domingo, 9 de diciembre de 2012

Simone Weil. La luz en medio de la noche.

Juana de Arco, Paris
 
 
GUERRA CIVIL ESPAÑOLA
 
CARTA DE SIMONE WEIL A GEORGES BERNANOS 
 
 



Estimado señor:

 
          Por ridículo que sea escribir a un escritor, que está siempre, por la naturaleza de su oficio, inundado de cartas, no puedo resistirme a hacerlo después de haber leído Los grandes cementerios bajo la luna. No es la primera vez que un libro suyo me afecta; el Diario de un cura rural es a mis ojos el más hermoso, al menos de los que he leído, y ciertamente un gran libro. Pero aunque me hayan podido gustar otros libros suyos, no tenía ninguna razón para importunarle escribiéndole. En cuanto a este último es otra cosa; he tenido una experiencia que responde a la suya, aunque mucho más breve, menos profunda, situada en otro lugar y vivida, en apariencia —solamente en apariencia— en un espíritu muy distinto.Yo no soy católica, aunque —lo que voy a decir parecerá presuntuoso a cualquier católico, dicho por un no católico, pero no me puedo expresar de otra manera— nada católico, nada cristiano me haya parecido nunca ajeno. A veces me he dicho que si se fijara a las puertas de las iglesias un cartel diciendo que se prohíbe la entrada a cualquiera que disfrute de una renta superior a tal o cual suma, poco elevada, yo me convertiría inmediatamente.



          Desde la infancia, mis simpatías se han dirigido hacia los grupos que se identificaban con las capas despreciadas de la jerarquía social, hasta que he tomado conciencia de que tales grupos son de una naturaleza que hace extinguirse cualquier simpatía. El último que me había inspirado alguna confianza era la CNT española. Había viajado un poco por España antes de la guerra civil; muy poco, pero lo suficiente para sentir el amor que es difícil no experimentar hacia ese pueblo; yo había visto en el movimiento anarquista la expresión natural de sus grandezas y sus defectos, de sus aspiraciones más legítimas y de las menos legítimas. La CNT, la FAI eran una mezcla asombrosa, donde se admitía a cualquiera, y donde, en consecuencia, se podría encontrar inmoralidad, cinismo, fanatismo, crueldad, pero también amor, espíritu de fraternidad y, sobre todo, la reivindicación del honor tan hermosa entre los hombres humillados; me parecía que aquellos que iban allí animados por un ideal prevalecían sobre aquellos a los que impulsaba la violencia y el desorden.
 
 
 

          En julio de 1936 yo estaba en París. No me gusta la guerra, pero lo que siempre me ha provocado más horror que la guerra es la situación de los que se encuentran en retaguardia. Cuando comprendí que, a pesar de mis esfuerzos, no podía dejar de participar moralmente en esa guerra, es decir, desear todos los días, a todas horas, la victoria de unos y la derrota de los otros, me dije que París era para mí la retaguardia, y tomé el tren para Barcelona con la intención de comprometerme. Era a principios de agosto de 1936. Un accidente me hizo abreviar forzosamente mi estancia en España. Estuve algunos días en Barcelona, después en pleno campo aragonés, junto al Ebro, a una quincena de kilómetros de Zaragoza, en el mismo lugar en que recientemente las tropas de Yagüe han pasado el Ebro. Después en el palacio de Sitges transformado en hospital; después nuevamente en Barcelona; en total, aproximadamente dos meses.


          Dejé España a mi pesar y con la intención de regresar; más tarde, voluntariamente no he hecho nada. No sentía ya ninguna necesidad interior de participar en una guerra que no era ya, como me había parecido al principio, una guerra de campesinos hambrientos contra propietarios terratenientes y un clero cómplice de los propietarios, sino una guerra entre Rusia, Alemania e Italia.He conocido ese olor de guerra civil, de sangre y de terror que desprende su libro; lo había respirado. No he visto ni oído nada, debo decirlo, que alcance la ignominia de algunas historias que usted cuenta, esos asesinatos de viejos campesinos, esos ballilas325 haciendo correr a los viejos a golpes de garrote. Sin embargo, lo que oí bastaba. Estuve a punto de asistir a la ejecución de un sacerdote; durante los minutos de espera, me preguntaba si simplemente iba a mirar o haría que me fusilaran al tratar de intervenir; todavía no sé qué habría hecho si una feliz casualidad no hubiera impedido la ejecución.
 
 

          Cuántas historias se agolpan bajo mi pluma... Pero sería demasiado largo; ¿y para qué? Una sola bastará. Estaba en Sitges cuando llegaron, vencidos, los milicianos de la expedición de Mallorca. Habían sido diezmados. De cuarenta muchachos jóvenes que habían salido de Sitges, habían muerto nueve. Sólo se supo a la vuelta de los otros treinta y uno. La misma noche siguiente se hicieron nueve expediciones punitivas, se mató a nueve fascistas, o supuestamente tales, en esta pequeña ciudad donde, en julio, no había pasado nada. Entre esos nueve, un panadero de unos treinta años, cuyo crimen era, me dijeron, haber pertenecido a la milicia de los «somatén»; su anciano padre, del que era hijo único y el único sostén, se volvió loco. Otra: en Aragón, un pequeño grupo internacional de veintidós milicianos de todos los países cogió, después de una escaramuza, a un joven de quince años que combatía como falangista. Nada más ser cogido, temblando por haber visto cómo morían sus camaradas junto a él, dijo que se le había enrolado a la fuerza. Se le registró, se le encontró una medalla de la Virgen y un carné de falangista. Se le envió a Durruti, jefe de la columna, que tras haberle expuesto durante una hora las bellezas del ideal anarquista le dio la elección entre morir y enrolarse inmediatamente en las filas de aquellos que lo habían hecho prisionero, contra sus camaradas de la víspera. Durruti dio al muchacho veinticuatro horas de reflexión; al cabo de veinticuatro horas, el chico dijo no y fue fusilado. Durruti era, sin embargo, en algunos aspectos, un hombre admirable. La muerte de este joven héroe no ha dejado nunca de pesar sobre mi conciencia, aunque no lo haya sabido sino después. Y esto otro: en una aldea que rojos y blancos habían tomado, perdido, retomado, vuelto a perder, no sé cuántas veces, los milicianos rojos, habiéndola vuelto a tomar definitivamente, encontraron en las cuevas un puñado de seres despavoridos, aterrorizados y hambrientos, entre ellos tres o cuatro jóvenes. Razonaron así: si estos jóvenes, en lugar de venirse con nosotros la última vez que nos hemos retirado, han permanecido aquí y han esperado a los fascistas, es que son fascistas. Por lo tanto, los fusilaron inmediatamente, después dieron de comer a los demás y se creyeron muy humanos.

Sagrado Corazón, París

          Una última historia, ésta de la retaguardia: dos anarquistas me contaron una vez cómo, con otros camaradas, habían cogido a dos sacerdotes; a uno se le mató en el sitio, en presencia del otro, de un disparo de revólver; después se dijo al otro que podía marcharse. Cuando estaba a veinte pasos, se le abatió. El que me contaba la historia se asombró mucho de no verme reír. En Barcelona se mataba como media, en forma de expediciones punitivas, a una cincuentena de hombres por noche. Proporcionalmente, era mucho menos que en Mallorca, puesto que Barcelona es una ciudad de casi un millón de habitantes; por otra parte, se desarrolló allí durante tres días una sangrienta batalla callejera. Pero tal vez las cifras no sean lo esencial en semejante materia. Lo esencial es la actitud con respecto al hecho de matar a alguien.

Simone Weil

          Ni entre los españoles, ni siquiera entre los franceses llegados, sea para combatir, sea para darse un paseo —estos últimos con mucha frecuencia intelectuales blandos e inofensivos—, he visto nunca expresar, ni siquiera en la intimidad, la repulsión, el desagrado ni tan sólo la desaprobación por la sangre vertida inútilmente. Usted habla de miedo. Sí, el miedo ha tenido una parte en esas matanzas; pero allí donde yo estaba no he visto la parte que usted le atribuye. Hombres aparentemente valientes —de uno de ellos, al menos, he constatado personalmente su valor— contaban con una sonrisa fraternal, en medio de una comida llena de camaradería, cómo habían matado a sacerdotes o a «fascistas», término muy amplio. En cuanto a mí, tuve el sentimiento de que, cuando las autoridades temporales y espirituales han puesto una categoría de seres humanos fuera de aquellos cuya vida tiene un precio, no hay nada más natural para el hombre que matar. Cuando se sabe que es posible matar sin arriesgarse a un castigo ni reprobación, se mata; o al menos se rodea de sonrisas alentadoras a aquellos que matan. Si por casualidad se experimenta primero cierto desagrado, se calla y pronto se lo sofoca por miedo a parecer que se carece de virilidad. Hay ahí una incitación, una ebriedad a la que es imposible resistirse sin una fuerza de ánimo que me parece excepcional, puesto que no la he encontrado en ninguna parte. He encontrado en cambio franceses pacíficos, que hasta ese momento yo no despreciaba, a los que no se les habría ocurrido ir por sí mismos a matar, pero que se sumergían en esa atmósfera impregnada de sangre con un visible placer. Nunca podré sentir por ellos, en el futuro, ninguna estima. Una atmósfera así borra pronto el objetivo mismo de la lucha. Pues no se puede formular el objetivo más que reconduciéndolo al bien público, al bien de los hombres, y los hombres tienen un valor nulo. En un país en que los pobres son, en su gran mayoría, campesinos, el mayor bienestar de los campesinos debe ser un objetivo esencial para todo grupo de extrema izquierda; y esta guerra fue tal vez, ante todo, al principio, una guerra por y contra la repartición de tierras. Y bien, esos míseros y magníficos campesinos de Aragón, tan dignos bajo las humillaciones, no eran para los milicianos siquiera un objeto de curiosidad. Sin insolencias, sin injurias, sin brutalidad —al menos yo no vi nada de eso, y sé que robo y violación eran merecedores, en las columnas anarquistas, de pena de muerte— un abismo separaba a los hombres armados de la población desarmada, un abismo semejante al que separa a los pobres y a los ricos. Se sentía en la actitud siempre algo humilde, sumisa, temerosa de unos, en la soltura, la desenvoltura, la condescendencia de los otros. Se parte como voluntario, con ideas de sacrificio, y se cae en una guerra que se parece a una guerra de mercenarios, con muchas crueldades de más y el sentido del respeto debido al enemigo de menos. Podría prolongar indefinidamente estas reflexiones, pero debo limitarme.




          Desde que estuve en España, oigo, leo todo tipo de con sideraciones sobre España, y no puedo citar a nadie, aparte de usted, que se haya sumergido, que yo sepa, en la atmósfera de la guerra española y lo haya resistido. Usted es monárquico, discípulo de Drumont: ¿qué me importa? Usted me es más cercano, sin comparación, que mis camaradas de las milicias de Aragón, esos camaradas a los que, sin embargo, yo amaba.


          Lo que dice del nacionalismo, de la guerra, de la política exterior francesa después de la guerra me ha llegado igualmente al corazón. Yo tenía diez años cuando el tratado de Versalles. Hasta entonces había sido patriota con toda la exaltación de los niños en período de guerra. La voluntad de humillar al enemigo vencido, que se desbordó por todas partes en ese momento (y en los años que siguieron) de una manera tan repugnante, me curó de una vez por todas de ese patriotismo ingenuo. Las humillaciones infligidas por mi país me son más dolorosas que las que éste pueda sufrir. Temo haberle molestado con una carta tan larga. No me queda más que expresarle mi más sincera admiración.

 
S. Weil
 
Mlle. Simone Weil, 3, rué Auguste-Comte, París (VIe) 
P.D.: He puesto mi dirección de forma mecánica. Pues, en primer lugar, pienso que usted tendrá mejores cosas que hacer que responder cartas. Además, pasaré un mes o dos en Italia, donde una carta suya tal vez no me llegaría, quedando detenida en la frontera.

 
SIMONE WEIL
 


Contexto histórico

          El siglo XX puede ser considerado como el gran fracaso de la Modernidad: el proceso histórico que comenzó con Descartes, tuvo su punto más ilusorio con la ilustración francesa y alemana con Kant, su expresión más “intelectual” con Hegel, su crítica más sistemática al pensamiento idealista con Marx y Nietzsche; muestra en el siglo XX su rostro más oscuro y atroz con las dos guerras mundiales.
 
 



Clara Lucchetti
 
          Así afirma la profesora Mª Clara Lucchetti Bingemer en su libro: Simone Weil, La fuerza y la debilidad del amor:

“El proceso de secularización llegó a su auge en el siglo XX, con todos sus elementos de autonomía del pensamiento, rechazo de la tutela de la religión, ateísmo y agnosticismo. Por otra parte, fueron 100 años en los que el mundo vivió la ascensión y caída de las utopías totalitarias, las ideologías materialistas y la canonización del progreso como la meta más grande del ser humano.
 
Dos ateos y el mal

          Al mismo tiempo fue un siglo marcado por el refinamiento de la violencia, una violencia que siempre ha estado presente en la historia humana, una violencia organizada, modernizada, sofisticada, que supo utilizar los recursos de la técnica para perpetrar sus objetivos. Se vivieron dos guerras mundiales, en las que el mundo vio su supervivencia seriamente amenazada por la ideología nacionalsocialista y el genocidio más cruel de su historia. Es el siglo de la Guerra Civil española, la bomba de Hiroshima, las guerras de Camboya y Vietnam.
 
 
 
          En fin, 100 años de cultura secularizada y técnica todopoderosa. El siglo que cuestiona la cultura occidental en sus raíces y parece deconstruirla en profundidad para dar a luz una nueva cultura. (…) El perfil del siglo XX parece decirnos que se trata de un periodo sin Dios, (…) esta perplejidad nos lleva a “escuchar” a Pablo de Tarso: <Que nadie se engañe. Si alguno de vosotros piensa que es sabio según el mundo, hágase necio para llegar a ser sabio. Porque la sabiduría del mundo es necedad a los ojos de Dios> (1Cor 3,18).”
 

          Este es el tiempo que le tocó vivir a Simone Weil, la forma de vivirlo, de pensarlo, la llevará a dar una respuesta desconcertante para ese mundo violento; ella, adentrada en el bosque de la historia violenta del siglo xx, encontrará en un claro de ese bosque, el resplandor de la verdad, del mundo y del hombre, más allá de la violencia.
 
 






sábado, 8 de diciembre de 2012

Belén en Huétor Tájar

NAVIDAD EN HUÉTOR TÁJAR
  
Portal de Belén realizado en la Casa de la Cultura  de Huétor Tájar
 
 
 Calle Nueva

 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 Tejas Verdes Huétor Tájar
 
 
 
 
 
 
 
  
 
 
 
 
  
 
 
  
 

 

 
 Plaza Guadix Belén Huétor Tájar
 
 Fuente de los veinticinco caños Loja Belén Huetor Tájar
 
 
 
 
 
 

 
 
 
 

 

 
Granada Calle del Darro Belén Huétor Tájar
 

 
 
 
 
 
 

martes, 4 de diciembre de 2012

Henri J.M. Nouwen: El regreso del hijo pródigo.


 
EL REGRESO DEL HIJO PRÓDIGO
Meditaciones ante un cuadro de Rembrandt
 Henri J. M. Nouwen
 
 




          Este libro ha sido presentado por Olga y las opiniones vertidas en este documento corresponden a todos y cada uno de los miembros del grupo de literatura.
          Esta obra toma como base el famoso cuadro que pintó Rembrand (El retorno del hijo pródigo), la parábola del Hijo Pródigo, contenida en la Biblia, y la trayectoria espiritual del propio autor. 
 
          El retorno del hijo pródigo es una obra del pintor holandés Rembrandt. Está realizado en óleo sobre tela, y fue pintado hacia el año 1662. Mide 2'62 m. de alto y 2'05 m. de ancho. Se exhibe actualmente el Museo del Hermitage, de San Petersburgo.

          Rembrandt, es el maestro del claroscuro, pintor del barroco que llevó una vida llena de inestabilidad, de grandes conflictos personales y familiares. Un año antes de su muerte, falleció su hijo Tito.

          Al final de su días, vivió una sincera y quizás angustiada búsqueda de Dios.

          El cuadro se inspira en la parábola del hijo pródigo, contenida en la Biblia, en el evangelio de San Lucas (Lc 15, 11-32). La escena representa el momento cumbre del perdón, de la reconciliación y de la misericordia. Es el arrepentimiento del Hijo, que había desgastado su vida y despilfarrado su patrimonio, perdiendo su dignidad, y vuelve al Padre, quien le perdona y lo restituye en su humanidad. El anciano padre lo acoge con un gesto afectuoso, lleno de amor, con una misericordia infinita. Coloca las manos sobre la espalda de su andrajoso hijo. La luz incide sobre esta pareja padre-hijo, así como en el rostro del personaje de la derecha, identificado como el hijo mayor.

Parroquia Granada: Gójar

         “¿Quién no ha escuchado o rezado alguna vez esta escena del evangelio de Lucas?¿Quién en su vida no ha exigido lo que le corresponde, se ha ido y luego ha tenido que regresar con la cabeza baja; o quién no ha sido cabezota y se ha negado a entrar en razones como el hijo mayor... o quién, por qué no, no ha sido alguna vez ese padre que acoge perdona y entiende a quien se acerca a su lado?” 
                                                 
          Todos nosotros regresamos a Dios, al Padre. Pasamos por todos los pasos y por todos los personajes que conforman esta escena evangélica. Es éste un libro que, leído despacio y meditando, hace que uno se identifique con cada frase. Es un libro para la meditación:

          “¿Cómo podemos encontrar la morada de Dios dentro de nosotros? A través de la oración continua.”

          Oramos para no desfallecer. Somos el hijo extraviado o el hijo resentido, pero podemos llegar a ver con la luz interior que da la maduración personal.

          Necesitamos de una conversión (hijo menor), o nos creemos justos (hijo mayor); pero Dios padre dice: “Todo lo mío es tuyo”. Dios sale a nuestro encuentro y nos acoge, nos perdona, nos reconcilia y nos restituye a nuestra propia humanidad.

          Esta parábola expresa quién es Dios y cómo es el hombre. Dios es misericordioso, que restituye la frágil humanidad del hombre por medio de un anillo, signo de la filiación recuperada; con sandalias, signo de la libertad también recuperada; con un traje nuevo, imprescindible para una vida nueva, reconciliada; y con el sacrificio de un novillo, el mejor, preanuncio del sacrificio del Cordero de Dios. Todo ello enmarcado en el abrazo de la acogida, íntima, gozosa, misericordiosa, festiva, comunicativa.


          Podemos conocer la vida oscura, pero elegimos vivir en la luz. El pecado del hijo mayor es el pecado de la envidia, la soberbia...; nosotros somos el hijo menor, o el hijo mayor en algún momento de nuestra vida; o somos el padre en el momento que  vemos necesidades en los demás.

          Profundizamos cada día en el diálogo con Dios y es necesario mantener una “tensión” diaria en todas nuestras actuaciones, como cuando cantamos, sin bajar la nota musical; ahora bien, esa tensión es agotadora, requiere de una lucha y de una disciplina en la relación con los demás y con Dios. Hay que hacer “lo ordinario extraordinariamente bien”.

         Es una tensión espiritual que hace que avancemos con un impulso que ya hemos recibido en la acogida, que restituye con ese abrazo íntimo del Padre que no ha olvidado su fidelidad para con el Hijo.

          En la Carta Encíclica DIVES IN MISERICORDIA,(30-nov-1980), Juan Pablo II nos presenta el proceso de conversión del hijo pródigo como el camino en busca de la dignidad perdida de la humanidad destrozada y despilfarrada, de la filiación despreciada. El hijo pródigo es el hombre de todos los tiempos, la humanidad entera que peca y busca el perdón. El Padre se mantiene fiel a su paternidad, a su amor para con el hijo. El Padre es consciente de que se ha salvado un bien fundamenteal: el bien de la humanidad de su hijo, que ha gastado todo su patrimonio, pero ha quedado salvada su humanidad.

         Según Juan Pablo II,  “la misericordia se manifiesta en su aspecto verdadero y propio, cuando revalida promueve y extrae el bien de todas las formas de mal existentes en el mundo y en el hombre ;[..] es el amor que no se deja vencer por el mal, sino que vence con el bien al mal”.