Mostrando entradas con la etiqueta TEOLOGÍA. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta TEOLOGÍA. Mostrar todas las entradas

sábado, 21 de septiembre de 2024

Comentario a las lecturas del domingo 22 de septiembre de 2024; domingo XXV del tiempo ordinario.

   Comentario a las lecturas del domingo 22 de septiembre de 2024

 Domingo XXV del tiempo ordinario


José Antonio Espejo Zamora

-Libro de la Sabiduría 2,12. 17-20.

-Salmo 53,53 3-4.5.6.8.

-Carta del apóstol Santiago 3, 16-4, 3.

-Evangelio: San Marcos 9, 30-37.


En hebreo, la palabra piedad significa útero, espacio donde se gesta y se engendra al hijo; entre la madre y el hijo se establece vínculo eterno; por tanto, el hombre piadoso es el que ha sido engendrado por Dios; en ese espacio, el útero, Dios, por una parte, crea una unión con la persona gestada en la que Él asume la realidad humana y el hombre la realidad divina.


En la primera lectura, desde el primer momento, quedan sentenciados los actores del mal como impíos; entre ellos y Dios no hay nada. Sin embargo, se nos presentan como los expertos en lo sagrado. Ellos aparecen como la élite con capacidad para sentenciar a muerte a un hombre justo; sus acciones son una reacción al bien, al justo, que sí se ha gestado en el útero:

-lo acusan de denunciar su forma de actuar; recordemos aquella frase de Jesús, por sus obras los conoceréis.

-Les reprocha el que se salten la ley; leyes que promulgan ellos, seguramente, como sigue ocurriendo, para que los cumplan los demás.

-Les reprende por la educación recibida, esto es, los modos de comportamiento adquiridos y, por lo tanto, no naturales; el mal no estaría en lo esencial del hombre.

Los impíos no conocen a Dios, pero lo manejan, ellos se constituyen en intérpretes de los actos divinos: “si el justo es hijo de Dios, Él lo auxiliará y lo librará de las manos de sus enemigos”; la élite piensa que todos quieren ocupar su lugar, incluido el hombre justo; esto les hace pensar que el interés de Dios con respecto al justo es que éste, de forma mágica, se libere de las decisiones de los impíos que ellos creen en consonancia con Dios; sin embargo, la comunión establecida entre Dios y el justo no camina por esa senda, lo importante para ellos es no entrar por las sendas del mal; por una parte, Dios libera al justo haciendo que éste permanezca en el bien y la justicia; por otra parte, Dios permanece en el justo sufriendo los ultrajes y muerte del justo; la comunión tiene estas cosas que uno padece en el otro. El justo no quiere ocupar el lugar de los impíos sino permanecer en la comunión con Dios; por ello, sus pensamientos y actos no tienen otro horizonte que el de Dios: “perdónalos porque no saben lo que hacen”. Recordemos esa experiencia que Europa ha aportado al mundo: el tiempo en el que las élites decidieron no eliminar al justo, sino a Dios, ese tiempo en el que el Estado y el Partido se convirtieron en dios y sus intérpretes en Hitler y Stalin.



En la segunda lectura Santiago se pregunta: “¿De dónde proceden los conflictos y las luchas que se dan entre vosotros?” Él dará una respuesta que apunta al interior del hombre: “¿No es precisamente de esos deseos de placer que pugnan dentro de vosotros?”; a simple vista, parece que la cuestión es psicológica, pero parece que la causa es más profunda y está más allá de lo psicológico. Heidegger dirá que el hombre, el ser-ahí, al verse arrojado al mundo, no sólo se verá dentro de ese horizonte, sino que, al mismo tiempo, se ve y se siente en la angustia; dentro de nosotros, sentimos la angustia y al mismo tiempo un fuerte deseo de plenitud que no llegamos a saciar, pues como dice el apóstol: “Pedís y no recibís, porque pedís mal, con la intención de satisfacer vuestras pasiones”; esto es, el hombre, al sentirse en la angustia e incompleto, se lanza a satisfacer ese deseo de plenitud creándose un mundo irreal, su mundo, es muy cambiante; los que hoy forman la élite mañana pueden estar en lo más bajo, o muertos; es un mundo, el personal, como el social, sin cimientos. En ese mundo se produce una lucha por ser, buscan apaciguar su angustia y salir del anonimato, en un mundo que en lugar de apaciguar, lo que hace es aumentar la angustia; ese aumento hace que los impíos se lancen con más empeño a las luchas a las guerras. Si en ese mundo hace acto de presencia un hombre justo, pone en evidencia toda la dinámica del mal; pensemos en Gandhi, en Martin Luther King, en Óscar Romero, en Jesucristo, el Justo por antonomasia.

En el ABC publicado hoy día 21 de septiembre de 2024, viene una entrevista al pensador alemán Peter Sloterdijk, éste responde a la pregunta: “¿Cómo explica el auge del populismo en Europa? -El populismo es solo uno de los viejos nombres de la democracia…porque en la actualidad hay mucha más gente miserable, insatisfecha y descontenta de la que estamos dispuestos a reconocer… Es una forma profunda de descontento, pero no con respecto a la sexualidad, sino con respecto al reconocimiento social. Porque hoy en día la gente no sólo busca la satisfacción sexual, sino que también busca la importancia. Y lo que el ser humano no puede soportar es la constatación de lo poco importante que es. Todos trabajamos para llegar a ser importantes. Y si el Gobierno y tus vecinos hacen todo lo posible para demostrarte que nunca serás escuchado, que nunca serás importante, que tu voz nunca cambiará nada en el mundo…; <<no puedo obtener satisfacción>>, cantaron los Rolling Stones, esto se ha convertido en una verdad general. La mayoría de la gente está insatisfecha. Ni siquiera los dueños de los yates más grandes están satisfechos a bordo del lujo…

Conviene recordar a San Agustín cuando afirmó que nuestra inquietud sólo se superará cuando descansemos en Dios. En el evangelio de hoy aparecen los discípulos de Jesús discutiendo sobre quién es el más importante a lo que Jesucristo, el Justo, responderá: “Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos”; Cristo mismo ha roto esa dinámica del mal y a eso invita a sus discípulos.

Estas luchas se han dado y se dan en todos los ámbitos: en el mundo de la política, donde tienen que aparentar que son legales y que trabajan por los ciudadanos; en el mundo empresarial, donde el egoísmo es un elemento fundamental; en el mundo de la economía, donde, en no pocas ocasiones, se busca la libertad total del mercado (escuela económica de Austria), sin que el Estado pueda legislar para proteger a los más débiles; en la universidad, en las asociaciones y también en la Iglesia, también se da esta lucha dentro de ciertos grupos… esto es así, basta con abrir los ojos, hay hombres que se escandalizan ante lo real, pero estos no coinciden con el hombre que se sitúa en el último lugar, como nos indica Jesucristo, sino con el último hombre, como lo concibe Nietzsche. Un ejemplo de tantos que podría poner: en cierta ocasión, hace unos 20 años, tuve que tratar con el vicario general de Granada un asunto, no muy importante y que no planteaba ninguna dificultad, pero que tenía que resolver él; me invitó a entrar en su despacho, tomé asiento, era verano, él sobre su sillón giró su cabeza hacia la mesa de su despacho, ésta, al dilatarse, hizo un pequeño crujido, después giró su cabeza a su derecha, me miró y me dijo, estoy preocupado por la mesa; al final yo conseguí lo que buscaba; él ya hacía tiempo que sabía del mal.

sábado, 13 de febrero de 2021

lecturas y comentario domingo 14 de febrero de 2021

 LUZ DEL DOMINGO

Lecturas y comentario a las lecturas del domingo 14 de febrero de 2020.


José Antonio Espejo Zamora


Comentario a las lecturas:


En el relato del Génesis se nos dice que Dios creó el paraíso; de Él no podía surgir otra cosa; de la misma manera, vemos cómo de Jesús surge la liberación del hombre y su vuelta a la comunidad de la que había sido expulsado.


Paraíso, armonía y belleza vienen a significar lo mismo; la convivencia de los contrarios en paz: 


“Habitará el lobo con el cordero,

el leopardo se tumbará con el cabrito,

el ternero y el león pacerán juntos: un muchacho será su pastor. 

La vaca pastará con el oso, sus crías se tumbarán juntas;

el león como el buey, comerá paja.

El niño de pecho retoza junto al escondrijo de la serpiente,

y el recién destetado extiende la mano hacia la madriguera del áspid.” (Is. 11, 6-8)


A lo largo de la historia del arte, los arquitectos, pintores, escultores, músicos, a partir de formulas matemáticas, han conseguido reflejar en su obra el paraíso; cuando nos acercamos a un edificio del Renacimiento o de la Grecia clásica, cuando contemplamos una escultura o pintura, cuando nos sumergimos en la música de Joan Sebastian Bach o en la de Wagner, quizás no sepamos descifrar ni el trabajo ni las fórmulas matemáticas que hay detrás de esas obras; de lo que sí es capaz el hombre es de leer con su alma la belleza que nace de esa obra, sentir que se es elevado al paraíso; o como Santa Teresa, caer ante un crucificado para, a través de la oración, entrar en comunión con Dios.


El paraíso perdido late en la historia de la humanidad como una herida;  en la primera lectura, vemos cómo el leproso es declarado impuro y expulsado de la comunidad, cómo Adán y Eva lo fueron del paraíso, buscando que la mayoría, esto es, la comunidad, pueda convivir lo más armónicamente posible; recuerdo, en aquella facultad donde estudié, que las mentes, autodenominadas como las más abiertas, se sonreían al mirar al pasado y constatar los errores de aquella lejana historia bíblica que excluía al enfermo declarándolo impuro; no sé si ahora siguen sonriéndose al constatar cómo ante la pandemia del coronavirus sanos y enfermos hemos sido declarados impuros prohibiéndosenos la convivencia en nombre de los expertos y de la cultura laicista. En este caso, la convivencia que hace posible la comunidad y el surgimiento de los pueblos, ha sido prohibida.


El pálpito constante por recuperar el paraíso perdido llevó a Tomás Moro a soñar con la isla Utopía; a Marx, con una sociedad sin clases; a Hitler, con un pueblo de raza aria; al liberalismo económico, con una sociedad de éxito científico-técnico; sin embargo, aún esperamos la irrupción del mismo.


Sabemos que Jesucristo correrá el mismo destino que los leprosos, será apartado de la comunidad para que ésta siga conservándose; sin embargo, en el evangelio vemos cómo Jesucristo libera al leproso de la enfermedad haciendo posible su vuelta a la comunidad. Es curioso que no es  ni la religión ni el sacerdote el que cura, sino Dios mismo, que en ese encuentro personal entre su Hijo y el hombre, queda éste sano y reconstruida la comunidad rota. Hay que ir más allá de lo aparente, esto es, de las estructuras sociales, y por ello convencionales, para llegar desde el fondo del alma a contactar con la fuente de la belleza donde la obra de arte palidece ante el encuentro vivo de la criatura con su creador.

En la segunda lectura, dice Pablo que, a imitación de Cristo, él busca no su propio bien sino el de la mayoría; ambos trabajan por el bien de la comunidad, pero no por exigencia de ésta sino como expresión del amor de Cristo a cada individuo de los que están compuestos los pueblos, pues cuando la comunidad exige la exclusión del diferente, se autoaniquila, pasando del bien común al bien de un grupo que pide no la convivencia de los contrarios, sino la eliminación del otro. No es, por tanto, posible el paraíso si falta la libertad y la diferencia o el diferente.


Vayamos a la vida concreta; podríamos comenzar analizando la propia alma ¿Qué hay en mí que yo he excluido de mí mismo? ¿Cualidades, defectos, miedos…?; ¿Qué o a quién excluyo de mi familia o de la comunidad a la que pertenezco? ¿He perdido la capacidad de elevarme con la contemplación de una obra de arte? ¿He perdido la capacidad para la oración y, con ello, la posibilidad de encontrarme con el que me puede sanar? ¿A quién excluyo de la Iglesia, de la comunidad, de mi pueblo, del trabajo?

José Antonio Espejo Zamora


Primera lectura

Lectura del libro del Levítico (13,1-2.44-46)


El Señor dijo a Moisés y a Aarón: «Cuando alguno tenga una inflamación, una erupción o una mancha en la piel, y se le produzca la lepra, será llevado ante Aarón, el sacerdote, o cualquiera de sus hijos sacerdotes. Se trata de un hombre con lepra: es impuro. El sacerdote lo declarará impuro de lepra en la cabeza. El que haya sido declarado enfermo de lepra andará harapiento y despeinado, con la barba tapada y gritando: "¡Impuro, impuro!" Mientras le dure la afección, seguirá impuro; vivirá solo y tendrá su morada fuera del campamento.»


Palabra de Dios


Salmo

Sal 31,1-2.5.11


R/. Tú eres mi refugio, me rodeas de cantos de liberación


Dichoso el que está absuelto de su culpa,

a quien le han sepultado su pecado;

dichoso el hombre a quien el Señor 

no le apunta el delito. R/.


Había pecado, lo reconocí,

no te encubrí mi delito;

propuse: «Confesaré al Señor mi culpa» 

y tú perdonaste mi culpa y mi pecado. R/.


Alegraos, justos, y gozad con el Señor;

aclamadlo, los de corazón sincero. R/.



Segunda lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (10,31–11,1)


Cuando comáis o bebáis o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios. No deis motivo de escándalo a los judíos, ni a los griegos, ni a la Iglesia de Dios, como yo, por mi parte, procuro contentar en todo a todos, no buscando mi propio bien, sino el de la mayoría, para que se salven. Seguid mi ejemplo, como yo sigo el de Cristo.


Palabra de Dios



Lectura del santo evangelio según san Marcos (1,40-45)


En aquel tiempo, se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: «Si quieres, puedes limpiarme.»

Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó, diciendo: «Quiero: queda limpio.» 

La lepra se le quitó inmediatamente, y quedó limpio.

Él lo despidió, encargándole severamente: «No se lo digas a nadie; pero, para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés.»

Pero, cuando se fue, empezó a divulgar el hecho con grandes ponderaciones, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo, se quedaba fuera, en descampado; y aun así acudían a él de todas partes.


Palabra del Señor



miércoles, 19 de diciembre de 2018

k. Rahner escritos navidad

Parroquia Gójar
Las parroquias de Gójar y Dílar les desea Feliz Navidad
(Al final del artículo de K. Rahner están los horarios de navidad)
CELEBRAR  LA NAVIDAD
¡Navidad!...
        Ten el valor de estar solo. Sólo si lo consigues realmente, sólo si lo llegas a saber hacer cristianamente, podrás también abrigar la esperanza de regalar un corazón navideño—un corazón dulce, paciente, valientemente recogido, tierno sin melosidad—a aquellos a quienes te esfuerzas por amar... Este es el regalo que debes poner bajo el árbol de Navidad—y de lo contrario serán los demás regalos sólo gastos inútiles que también pueden hacerse en otras épocas del año. ¡Animo, pues!, y aguanta un rato a solas contigo mismo. Quizás tengas, a pesar de todo, un cuarto donde puedas estar solo.
Granada facultad de medicina en construcción
 O conozcas un camino solitario, una iglesia silenciosa. Ahora no hables ya, no hables contigo siquiera, ni con esos otros con los que disputamos y nos peleamos aunque no estén presentes. Aguarda. Escucha. Y no aguantes ese silencio para hablar después de él. Tienes que adentrarte tanto en él, que te decidas a no salir de él hasta que de la llamada ocurrida en ese silencio—en el seno de la silenciosa infinitud— hayas hecho tu última palabra, la que se mantiene en sí misma, que existe en sí y no para otra cosa, que nadie necesita oir más que aquel para quien vale de verdad. Resiste, pues, y cállate y espera… De ese silencio no debe brotar otra cosa que la pura sobriedad de la verdad: lo puro y lo callado. No te afirmes a ti mismo. 
Granada parroquia San Pedro y San Pablo, Darro.
         Tienes, desde luego, que aceptarte a ti mismo (y esto es ya casi más que sólo un preludio para el dulce canto de los ángeles). No tienes que liberarte de ti acusándote a ti mismo. Ni festejarte a ti mismo demasiado despreocupadamente. Ni gozarte a ti mismo satisfechamente como un pequeño burgués (nada habrías percibido entonces de los cielos ni de los abismos de tu ser). Calladamente hazte regresar sobre ti mismo; recoge el pasado, el presente y el futuro en este silencio; reúne el vaivén de todas las aguas confusas y alborotadas de tu -vida en la concha única del corazón presente a sí mismo. Quizás te horrorices entonces. Tal vez suban entonces las aguas amargas del asco, del aburrimiento, de la oquedad y del vacío; tal vez suban—desde las profundidades—hasta las tierras altas del corazón. Tal vez te des cuenta —si eres sincero contigo mismo—de cuán lejos de ti quedan esos con quienes tratas a diario y a quienes tu versión oficial dice estás unido en el amor. 


       Quizás no encuentres en ti más que inanidad, miseria y otras cosas de las que quisieras huir refugiándote en tus inercias cotidianas, que ahora—señoreado por el vértigo de esta experiencia—te parecen la única felicidad accesible (las llamarás entonces trabajo, deber, racionalidad, sobriedad sin ilusiones y cosas parecidas). Quizás te sientas a ti mismo como un horroroso sentimiento de vacío y de muerte. ¡Sopórtate! Harás entonces la experiencia de cómo todo, todo lo que se presenta dentro de ese silencio, está acogido por una lejanía sin nombre, está transido de algo que se deja sentir como el vacío. No es algo a lo que se pueda espantar. Ello mira al través de todo, lo abarca todo en sí, y uno, espantada y violentamente, quisiera pasarlo por encima, pero no se consigue quitarlo de delante. Ese vacío abarcador, lejano y que, sin embargo, lo traspasa todo, impondría su presencia de todas las maneras, aunque intentáramos atascar el corazón con lo tangible, abarrotarlo lo más posible de «realidades»; aunque ensayáramos ahogar todos los horizontes con esas «realidades»—en contraste con el misterio fantasmal al que nos referimos—para que nuestra mirada proclive al vacío se viera acogida por todas partes por lo tangible espeso sin fisuras. «Ello» es como un silencio cuyo callar grita, como el sentimiento enorme de ser mirado con fijeza, y uno no sabe desde dónde (por unos ojos que, casi como ciegos, no son encontrables). 


        Es lo siempre presente y siempre retenido y ya escapado: se piensa en hoy, y el pensamiento se escurre ya hacia el mañana; se contempla esto, y ya se lo compara discerniéndolo con algo que hay que buscar todavía; uno se decide, y lo decidido está ya acogido por un saber que sabe que podría haber sido de otra manera; se lleva la copa a los labios, y se ve el fondo, y a través del fondo, el abismo. «Ello» es lo que hace que en ninguna parte nos sintamos enteramente en casa, que no podamos entregarnos enteramente a nada de lo que tocamos, que la mirada y la garra no encuentren en ninguna parte un fin definitivo al que se sintieran por fin llegadas, sin traspasarlo y penetrar en lo indeterminado. No se puede dejar a un lado a este «ello» como si fuera tan sólo una presencia marginal, diciéndonos que lo terrible y sin nombre mejor es que no sea llamado. Pues sin «ello» tampoco habría el espacio del corazón en que cobran para nosotros presencia las cosas familiares, nada podría ser puesto en su lugar adecuado, ni la libertad podría decir sí y no, ni el espíritu que proyecta tendría verdadero pretérito ni anchura para el futuro. Todo se precipitaría de consuno en la ahogada estrechez del momento animal y en un muerto olvido de sí, y nada se presentaría en su lugar diferenciado dentro de la inmensa amplitud, que, sin límites y por eso incaptable, se extiende como lo indecible. «Sólo tus ojos—tremendamente me miran, infinitud.» Hay que fijar la mirada en lo invisible y dejar hablar en el silencio a lo que calla. Haz eso. Y sé al mismo tiempo prudente. No lo llames Dios». Tampoco busques gozar de ello como si fuera un fragmento de ti. «Ello» es lo que remite mudamente hacia Dios, lo que en su absoluta falta de nombre y de límites deja adivinar que Dios es lo definitivamente otro y no una cosa más añadida a aquellas con las que ya tenemos que habérnoslas. «Ello» remite a él. A través de ello nos permite él que presintamos su presencia, si callamos y no huimos espantados de eso terrible que puebla el silencio (huimos aunque sea el árbol de Navidad, o velozmente hacia conceptos religiosos más tangibles... que pueden matar la religión).


        Pero esto es sólo el comienzo, la preparación de tu celebración de la Navidad. Si aguantas así cabe ti mismo, y dejas que el silencio hable del verdadero Dios, este silencio preñado de una profunda llamada se hará extrañamente ambiguo. Esa infinitud que calladamente te abarca, ¿te despega y rechaza hacia tus bien delimitadas costumbres de cada día, te impone apartarte del silencio en que ella impera, se precipita sobre ti con la inexorable soledad de la muerte para que huyas de ella y te emboces en lo que te es familiar de tu vida, hasta que te recoja aniquiladora cuando te mate en tu muerte? ¿O sólo quiere ser para ti la vasta lejanía en cuyo seno lo familiarmente conocido se te aparece claro y pequeño a la vez? ¿Es ella sólo el juicio que desde lejos, cobijándolo, establece y ordena tu pequeño mundo y revelando su finitud, lo juzga? ¿O acaso es lo que aguarda que tú estés abierto para ella misma, que se acerca y adviene, prometida felicidad? ¿Pero es que puede ella hacérsete cercana sin que perezcas, ascender a tu corazón sin reventarlo? ¿Es salvación o juicio? ¿Y qué, si desde sus cielos lejanos se dejara caer sobre la tierra pequeña de tu existir? ¿Quedaría aplastada tu pecaminosidad o redimida en el regazo de la libertad? Aquel a quien «ello» temblorosamente anuncia, ¿es proclamado como el eternamente lejano o señalado como Aquel que llega? Si preguntamos sólo a tu corazón que mira solitario a la lejanía, no podrá darte respuesta clara. La angustia de la muerte y la promesa de la infinitud que se acerca bendiciente, están demasiado cerca la una de la otra para que podamos interpretar desde nosotros mismos esa infinitud lejana que nos rodea desde cerca. No que no diga nada. Si no dijera nada, no podríamos celebrar la Navidad desde el corazón. Ya nos dice algo, y aun muy concreto: el mensaje de Navidad dicho desde dentro. 

Granada

        Porque el mensaje de la Navidad no resuena tan sólo, ni siquiera por vez primera, en las débiles palabras que caen desde los púlpitos (casi como pájaros helados caen de un cielo invernal), sino que es dicho por Dios en aquel rincón del corazón al que debiéramos habernos recogido, es dicho por la navideña luz de la gracia que ilumina a todo aquel que entra en este mundo. El mensaje del nacimiento del Señor quedaría exterior si fuera dicho para el oído y en conceptos, pero no hubiera entrado y no hubiera sido celebrado en el corazón. La experiencia de dentro y el mensaje de fuera se encuentran el uno con la otra, y cuando el uno en la otra se entienden, acontece la celebración de la Navidad, porque la fe viene del oir y de la gracia que brota de la íntima médula del corazón. Y por eso, también es así en la celebración de la Navidad.
río Darro Granada
El mensaje de la fe, que viene en la palabra oída, abre los ojos a la experiencia interna para que se atreva a entenderse a sí misma, para que se atreva a aceptar la dulce quietud de su inquietud y la acepte como sentido auténtico de esta experiencia: Dios está realmente cerca de ti, ahí donde estás; Dios está cerca si has encontrado el camino—realmente y no sólo en conceptos— hacia la abertura al infinito del auténtico hombre. Si lo has encontrado de veras, la bajada de Dios a la carne te explicará el misterioso y bienaventurado sentido de la trascendencia de tu espíritu. La lejanía de Dios es la incomprensibilidad de su cercanía omnipresente, dice el mensaje de Navidad. Está dulcemente ahí. Está cerca, con su amor roza levemente el corazón. Dice: no temas. 

Parroquia Gójar
       Está por dentro en la cárcel. Creemos que no está aquí, que no existe, porque no ha habido un momento en nuestra vida en que no le tengamos ya; siempre le hemos tenido ya en la dulzura de su amor sin nombre, cuando hemos empezado a buscarle. Está ahí como la clara luz extendida por todas partes, como la clara luz que se esconde en la callada humildad de su ser, haciendo visibles todas las cosas. En la experiencia de la soledad, la Navidad te dice: confía en la proximidad, no está vacía; piérdete y encontrarás, regala y te harás rico. Pues en tu experiencia interna ya no necesitas más lo tangible y duro que se individualiza rígidamente afirmándose a sí mismo, no necesitas lo que puede ser tenido; pero tú no tienes sólo eso: pues la infinitud se te ha hecho cercana. Así tienes que interpretar tu experiencia interior y sentirla como la gran fiesta de la bajada divina desde la eternidad al tiempo, como las bodas de Dios con la criatura. Esta es la fiesta que ocurre en ti, ¡también en ti! (los teólogos la llaman «gracia», a secas). Ocurre en ti, si estás callado y esperas, si interpretas tu experiencia correctamente, con fe, esperanza y amor, desde la Navidad.
Dílar
       Sólo la experiencia del corazón (en el Espíritu y en la gracia, no la experiencia hecha con las propias fuerzas) permite entender bien el mensaje de fe de la Navidad. Pero debes esforzarte un poco por entender conceptualmente el mensaje de Navidad antes de intentar entenderlo en la callada y silenciosa experiencia de tu corazón.
Dios se ha hecho hombre. ¡Ay!, qué fácilmente lo decimos, y qué fácilmente (aún después de habernos entrenado en la exactitud de las fórmulas ortodoxas) lo entendemos de manera monofisita o nestoriana (y no sólo los escépticos y los «desmitologizados»). Demasiado fácilmente concebimos al hombre que Dios se ha hecho (Dios es en esta proposición sujeto y no predicado) como una especie de disfraz, como una librea del «buen Dios», de manera que Dios, en el fondo, queda siendo Dios, y uno no sabe exactamente si él (y no sólo su signo) está realmente aquí, donde nosotros estamos. Esta falsa representación, error común, la interpretamos después bien monofisita, bien nestorianamente. Y es que no es fácil ni siquiera el dar a entender, con palabras la dimensión inefable y péndula del Dios-Hombre (que precisamente en esta su inefabilidad dialéctica es la más real de las realidades). Dios es hombre: esto no significa que él haya dejado de ser Dios en la ilimitada plenitud de su gloria divina. «Dios es hombre» tampoco significa: la «humano» en él es algo que no le afecta propiamente demasiado, que sólo es manipulado por él exteriormente como su mero instrumento, que solamente, porque «no mezclado» y como tal (junto a él, aunque ciertamente por él) «asumido» o añadido, en definitiva, nada nos dice sobre él y sólo manifiesta, no lo que él es, sino lo que somos nosotros. Que Dios es hombre dice realmente algo sobre Dios mismo, y precisamente porque lo humano que es afirmado y en lo que Dios mismo se nos dice, dice algo realmente sobre Dios mismo, por esto es justamente esto humano realidad suya, propia de Dios, en la que nos sale al encuentro él mismo, y no sólo una naturaleza humana distinta de él, de manera que con toda verdad se ha entendido y se ha asido algo de Dios mismo, cuando se entiende y se aprehende esto humano. Ni es lícito afirmar en muerta uniformidad lo humano de Dios con la divinidad de Dios, ni añadírselo tan sólo como algo muerto, como algo que queda sólo en sí permanentemente como un mero remolque de Dios unido sólo verbalmente con él por un vacío «y». Cuando Dios muestra esto humano de él (como no es abstracto) nos sale ya siempre al encuentro, de manera que él mismo está ahí; porque esta plena y auténtica humanidad es siempre ella misma porque es suya, y es suya precisamente porque es humana con absoluta pureza y plenitud. Continuamente estamos en peligro de equivocar el ámbito en que el misterio de la Navidad encuentra su sitio dentro .de nuestra existencia que se trasciende a sí misma, ese sitio exacto en que se ajusta como salvación nuestra a nuestra vida y a nuestra historia; corremos este peligro porque yuxtaponemos dentro del Verbo encarnado la divinidad y la humanidad, porque las predicamos casi sólo yuxtapuesta o sucesivamente, porque yuxtaponemos su unidad y distinción como dos enunciados; no comprendemos que ambas tienen la misma razón y fundamento, aunque a nosotros esa razón sólo se nos manifieste escondiéndose como un misterio en la dualidad de esos enunciados.
 No estaría mal, por tanto, que conjuráramos la experiencia del corazón para presentir felizmente lo que significa la encarnación del Verbo. Bueno sería si esto sucediera en aquel silencio en que uno, regresando a sí mismo, se encuentra consigo mismo. Y si ni siquiera de esta forma podrán nunca ser sustituidas palabras que Jesús dijo sobre sí mismo, sí que puede ser traída esta nuestra experiencia sobre aquellos conceptos en los que Jesús—precisamente porque nos habló con palabras humanas—nos reveló y comunicó el misterio de la Navidad, su misterio, por el mismo hecho de participar en nuestro misterio, en el misterio de ser-hombre.
Granada río Darro
Pero ¿cómo? Para el que calla, el que hace que todo se repliegue sobre su finita limitación y otea sobre los márgenes de ésta, para ver más allá de ella y fuera de ella, aunque más allá no haya «algo» más que ver, para ése Dios está ahí. Pero por de pronto quizá tan sólo en la proximidad de la lejanía. En una lejanía que nos da la impresión de lo que consume y aniquila, cuando se nos acerca; en una lejanía que, a nosotros y a las cosas entre sus barrotes de finitud, nos hace ver la defectibilidad y la posibilidad de la culpa. Y, sin embargo, precisamente entonces y así es el hombre el abierto, el que no tiene en sí lo que necesita para ser él mismo. A una piedra se la podría definir en un sentido mucho más exhaustivo por lo que ella tiene y es en sí. Decir al hombre sólo es posible si se habla de algo que él no es: de Dios. Hay que hacer teología para haber conseguido hacer antropología, porque el hombre es la pura referencia a Dios. Por eso es un misterio para sí mismo, siempre de camino y fuera de sí hacia el interior del misterio de Dios. Este es su ser: es definido por lo indefinible que él no es, pero ni siquiera por un momento es él y puede hacer brotar de sí mismo lo que él es. Si a lo infrahumano queda bloqueada esta absoluta referencia, precisamente porque no es espíritu, justamente esta referencia es en lo que el hombre cae, cuando intenta no preocuparse de otra cosa sino de sí mismo: quiere mirarse fijamente a sí mismo, y no puede conseguirlo de otra manera que contemplando el misterio que él no es. Pero si esta referencia y este salto sobre los propios límites se realizara absolutamente y, sin embargo, no quedara lo humano suprimido por ello, sino precisamente consumado en su propia naturaleza, porque ella es precisamente este exceso sobre sí mismo; si esta asumpción de lo definitivo—que es la indefinibilidad misma del hombre-— ocurriera perfectamente—y entonces no a partir del hombre, radicalmente incapaz para ello por sí mismo, pues justamente en su trascendencia recae él siempre en su subsistencia separante—, sino desde Dios, es decir: si esta infinitud de Dios mismo se acercara por sí misma absolutamente, si asumiera de tal forma que lo asumido quedara por esto mismo conservado, y, sin embargo, quedara transformado en la presencia y la tangibilidad de aquello que en la infinitud de Dios sabe Dios de sí mismo y en- aquella ilimitada libertad se dice a sí mismo; si esta presencial tangibilidad ocurriera allí donde sólo puede ocurrir, a saber, en aquel que, proviniendo del ínfimo linde sin esencia propia de la realidad creatural, es ya siempre la absoluta potencia (aunque vacía) del mundo para la infinitud de Dios, es decir, en el hombre; si bajo el silencio del corazón dejáramos que este presentimiento se perdiera en la infinitud a que tiende por su misma esencia..., entonces lograríamos al menos una remota sensibilidad para la dirección de la que procede la afirmación del evangelio de la Navidad: el Verbo, que estaba en Dios y era Dios, se hizo carne y tuvo su tienda entre nosotros, y nosotros vimos su gloria. Tal vez pudiéramos y tuviéramos que decir más. Cuando en este contexto hablamos de que el Verbo de Dios asumió la naturaleza humana, de antemano nos suponemos a nosotros mismos (aunque tal vez no nos esté permitido); nosotros, hombres, hemos supuesto como visible la naturaleza humana. Hemos pensado la creación como lo obvio, y el hacerse Dios criatura como lo ulterior, lo no obvio que descansa en aquello obvio. Sin duda es cierto que Dios pudo ser creador sin necesidad de identificarse (encarnándose) con la creación en la unidad de un sólo sujeto. También es cierto que vivimos ya familiarmente en la creación cuando empezamos a saber de la Encarnación. Pero cabría preguntar: ¿no se basa la posibilidad de la creación (quoad se, no quoad nos) en la posibilidad de que Dios mismo se haga criatura? ¿No se funda la posibilidad de lo «yecto» (Geworfenes) en la posibilidad de un autoproyecto (Selbstentwurfj de Dios en el adentro de la finitud... de un autoproyecto de Dios, que es en sí mismo la perfecta infinitud y que no necesita de ningún autoproyecto como realización de sí mismo; un autoproyecto libre, que justamente por serlo enuncia lo que Dios es siempre: el amor dilapidador y pródigo? Y si es así (aquí no podemos detenernos a explicarlo), habría que decir propiamente: el mundo tal cual efectivamente es, es por ser Dios el dilapidador que efectivamente se da a sí mismo pródigamente. Y al hacer esto, es en lo otro, en cuyo interior se vacía, eso precisamente que nosotros llamamos hombre, la absoluta patencia para Dios, que no puede enajenarse más que creando lo que le puede recibir. Cuando Dios se abandona a sí mismo, aparece el hombre, que, precisamente por eso, es justamente desde el linde de la nada (de lo material) la pura apertura para Dios. Cuando Dios se dice a sí mismo hacia afuera de sí mismo, hacia el vacío de lo no-divino, cuando hace teología fuera de sí mismo, lo que resulta entonces no es otra cosa precisamente que la antropología, que él hace aparecer como su propio autoexpresión en la Encarnación, y la antropología no es para esta teología un vocabulario previamente dado, sino lo que de ella misma brota. Aunque esto ocurre solamente porque Dios crea de la nada esta gramática de su autoexpresión, esta gramática puede enunciar a Dios y no sólo a las demás cosas, precisamente porque procede de la teología en cuanto tal, que antes dijimos. Y eso otro en que Dios se expresa a sí mismo es lo humano en cuanto viviente, en cuanto «se mueve a sí mismo», en cuanto libre, en cuanto referido a Dios en movimiento creatural. Pues si la creación, en el orden efectivamente real, ocurre originariamente como un momento del enajenamiento de Dios en lo extraño que tiene él mismo que bosquejar y proyectar de antemano para tener en qué enajenarse y, sin embargo, la creación es producción por Dios de algo absolutamente real—por Dios, que puede hacer algo más que meras marionetas, que efectivamente pueden afirmarse entre ellas, pero no ante Dios—, entonces, lo más próximo a Dios, es decir, Dios en la carne, tiene que ser lo más poderoso y lo más vivo, el centro más originario de la vitalidad y del señorío de sí del mundo, precisamente porque (no: aunque) es Dios mismo. Si pensamos en algo así como un paso al límite de esa nuestra propia existencia espiritual, realizada en el silencio, tal vez se nos acerque una adivinación de la Encarnación del Verbo y una mayor inteligencia del misterio de la fe. Si una existencia así fuera entregada absolutamente a lo infinito, si fuera absolutamente apropiada por lo infinito, si fuera asumida totalmente, mientras nosotros nos esforzamos por acercarnos a esa meta sólo rudimentariamente y sólo asintóticamente, y si precisamente por esa asumpción se produjera lo humano en su total libertad y consumación, eso sería lo que es Jesús; así podríamos confiar, en nuestro infinito movimiento, que la infinitud está cerca de nosotros en amorosa comunicación.
Granada
Tal vez hayamos hecho demasiada teología y demasiado poca introducción a la meditación, a pesar de que pretendíamos esto y no lo primero. Pero volvamos al silencio, que, entendido correctamente desde la fe en el mensaje de la Navidad, es una experiencia del hombre infinito (¡que sólo así se puede sentir criatura!), y dice algo que, sólo porque Dios se ha hecho hombre, es como es. Aunque ni por la mera reflexión sobre nosotros mismos, ni por nuestras propias fuerzas podamos separar en esta experiencia existencial su calidad cristiana y su ser natural (no podemos salir del ámbito de Cristo y de la gracia para conocer la naturaleza pura), podemos y tenemos que decir: Si Dios no hubiera nacido como hombre, nos experimentaríamos internamente de manera distinta. Si a eso mudo enorme que nos rodea a la vez como la lejanía y la cercana prepotencia, queremos nosotros aceptarlo como la cercanía acogedora y el amor tierno que no se reserva nada; si tenemos, además, el valor de entendernos así—cosa que solamente es posible en la fe y en la gracia (se sepa o no)—, es que hemos hecho la navideña experiencia de la gracia en la fe. Es una experiencia muy sencilla. Pero es la paz prometida a los hombres del beneplácito divino en buena voluntad.
Gójar
Cuando se viene de allá, cuando esta experiencia sube desde el corazón y encuentra su camino hacia la pluralidad de la realidad exterior—puesto que ella misma también sólo se entiende a sí misma al recibir desde fuera su propia interpretación—, entonces esa experiencia tiene que encontrar en su tangibilidad histórica a aquel hacia el que tiende, iluminándole y al mismo tiempo iluminada por él, tiene que encontrar a Jesús, en el que la total plenitud de la divinidad se nos hizo presente corporalmente en la humildad de nuestro propio ser. Y le encontrará en su realidad histórica, en su palabra, en la permanencia de su presencia en la Iglesia, que celebra su fundación en la Cena, al hacerle y tenerle presente verdaderamente en carne y sangre entre los creyentes. Por eso toda íntima celebración de la Navidad que crece hasta la plena consumación de su propio ser, sólo puede terminar, cuando en la comunidad del Señor, en la comunidad que le tiene y que le representa ante el mundo, se da al creyente el Cuerpo en que el Verbo se hizo Carne y habita entre nosotros.
Granada diócesis


lunes, 1 de octubre de 2018

zubiri el logos telogal


El Logos teologal 


Zubiri
Continuamos con el resumen del libro de Xavier Zubiri: El problema teologal del hombre: Dios, Religión, Cristianismo.
        Por debajo del logos teo-lógico (científico y ostensivo) está el logos revelante; y por bajo del logos revelante está el logos teologal mismo.
Comienza Zubiri lentamente con la pregunta:
¿Qué es el logos teologal?
        Cinco pasos:
Paso 1º:
-El hombre es, ante todo, una realidad personal por ser una realidad intelectiva. Sus actos constituyen, por esto, un trascurso cuyo carácter último consiste en que, en ellos, la persona se posee a sí misma en la figurade eso que llamamos <<yo>>. Todos los actos tienen, pue, constitutivamente sentido, el sentido de configuradores del yo.
        -Toda persona con los demás y, por tanto, el transcurso de su vida es constitutivamente un proceso hacia otros.
        -La convivencia no es el principio sino la consecuencia de la índole misma de la persona humana… Los actos de cada persona tienen así. En unidad primaria y radical, carácter intelectivo, vital e histórico: son 3 caracteres de la realidad humana… De ahí que toda aprehensión de una vida desde otra es inexorablemente una aprehensión conceptiva, histórica y hermenéutica…
        -El logos humano que se propone comprender a otro tiene unitariamente estos tres caracteres, (…) por ser el logos de una vida personal humana. Porque la vida del otro no es aprehendida como mero objeto sino como algo convivido por el aprehensor, (…) y éste sólo es posible por la convivencia y este <<con>> imprime así al logos aprehensor el carácter unitariamente intelectivo, vital e histórico del logos aprehendido.
Paso 2º:
        De aquí resulta que la revelación como convivencia de Cristo con los demás posee en sí misma aquellos tres caracteres, y su aprehensión por estos <<demás>> es un logos conceptivo, hermenéutico e histórico. Ese logos posee estos tres caracteres (…) por ser humano. El logos revelante se apoya en el logos personal humano y transcurre en él.
Paso 3º:
        Dimensión teologal del hombre: recíprocamente, el logos personal humano es la dimensión por la que el hombre en cuanto hombre está desde sí mimo y en cuanto hombre vertido al Θεós.
Paso 4º:
        Lo que la revelación confiere al hombre en esta dimensión teologal es la manifestación de la conformación teologal de su ser entero. Esto es, deificación Zubiri sustituirá este término por deiformidad, pues según afirma: deificado está sólo el justo mientras que incluso el condenado mantiene la deiformidad.
Paso 5:
        …la revelación es en este respecto lo que Cristo da a los hombres como razón de su ser: deiformidad.
        En resumen, por ser deiforme puede el hombre poseer una fe que vive como sentido religioso en un esfuerzo que abarca todo su ámbito, y que se despliega en una intelección conceptual, esto es, una teología. Fe en el logos revelante, ostensión del cuerpo de su verdad y conceptuación teológica de su sistema son los tres momentos de un solo movimiento de esa realidad deiforme que es el hombre.
        Pues bien, precisamente por eso, la deiformidad es el punto preciso y formal en que este logos va a dialogar con el hombre actual.
        Este diálogo debe llamarse y es <<el problema teologal del hombre>> (…) esto es, se trata del problema de lo que constitutivamente es el ser del hombre.
        …se trata de la intelección del hombre mismo como manifestación intrínseca de Dios; por tanto, no es una cuestión antropocéntrica sino teocéntrica, pero de un Θεós cuya manifestación es el ser mismo del hombre. Y donde Dios se manifiesta es, entonces, en la plenitud formal de la vida y no en sus censuras. Es preciso tener la energía de levantar los ojos a Dios precisamente cuando la vida va bien, y no sólo suplicarle cuando va mal.