sábado, 14 de noviembre de 2015

comentario lectura domingo 15 noviembre 2015

LUZ DEL DOMINGO 
Domingo, 15 de noviembre de 2015
TRIGÉSIMO TERCER DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
CICLO B
 
Primera lectura: Daniel 12,1-3
Interleccional: Salmo 15
Segunda lectura: Hebreos 10,11-14. 18
EVANGELIO: Marcos 13, 24-32
24Ahora bien, en aquellos días, después de aquella an­gustia, el sol se oscurecerá y la luna no dará su resplandor, 25las estrellas irán cayendo del cielo y las potencias que es­tán en el cielo vacilarán, 26y entonces verán llegar al Hom­bre entre nubes, con gran potencia y gloria,  27y entonces enviará a los ángeles y reunirá a sus elegidos de los cuatro vientos, del confín de la tierra al confín del cielo. 28De la higuera, aprended el sentido de la parábola: Cuando ya sus ramas se ponen tiernas y echa las hojas, sa­béis que el verano está cerca. 29Así también vosotros: cuando veáis que esas cosas están sucediendo, sabed que está cerca, a las puertas. 30Os aseguro que no pasará esta generación antes que todo eso se cumpla. 31El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasaran. 32En cambio, en lo referente al día aquel o la hora, na­die entiende, ni siquiera los ángeles del cielo ni el Hijo, únicamente el Padre.

COMENTARIOS
 I
 EL FIN DE ESTE MUNDO
Leo en el Evangelio de Marcos: "Pero en aquellos días, después de aquella angustia, el sol se hará tinieblas, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo, los astros se tambalearán. Entonces verán venir a este Hombre sobre las nubes, con gran fuerza y majestad, y enviará a los ángeles para reunir a sus elegidos de los cuatro vientos, de horizonte a horizonte..."
Los predicadores de turno, interpretando este párrafo al pie de la letra, nos asustaban con esa catástrofe a la que está abocado nuestro universo en su recta final. El mismo Dios, que lo había creado y que parecía estar orgulloso de su obra, parecería haber cambiado de opinión, pues estaría decidido -tal vez debido al pecado del hombre- a acabar con el sistema que él mismo inventó. Dios haría al final algo nuevo y mejor... Pero no terminaban ahí los comentarios. Porque eso nuevo que Dios iba a hacer era enviar a su Hijo entre las nubes del cielo, con ángeles a son de trompeta, con el fin de convocar a todas las naciones para un ajuste de cuentas: un juicio de venganza para los malos y un premio de vida eterna para los buenos.
Y me digo yo: ¿de dónde se habrán sacado los predicadores todo este discurso? Porque me da la impresión de que, en este párrafo, no se habla ni del fin del mundo ni del juicio final. De nada de eso. Y por supuesto que nada se dice ahí de que todo nuestro mundo creado por Dios - con su sol, luna y estrellas- vaya a venirse por tierra, pues esto, si llega algún día, será por otras razones distintas a las aquí expuestas.
A mi juicio -y tras un estudio lento y minucioso del extraño lenguaje de esta página evangélica - hay que dar otra explicación:
Vivimos en un mundo que no funciona. La injusticia, la guerra, la división, la persecución de todos aquellos que luchan por la verdad y la justicia, la opresión cada día mayor de los oprimidos, la división en el seno de la familia, las luchas fratricidas, la droga, el alcoholismo, la marginación, el paro, el hambre y un largo etcétera de tristes realidades son el pan amargo nuestro de cada día. (Con bellas palabras Marcos describe en el capítulo 13 de su Evangelio el mundo de entonces, muy similar al nuestro). El mundo no funciona, ni hoy ni ayer. Y ante tanta tragedia es necesario soñar y esperar que es posible un cambio al que solamente llegaremos con la propia resistencia, lucha y unión de todos: "Quien resista hasta el final, se salvará".
El Evangelio anima a seguir luchando a los cristianos, inmersos en este mundo de desgracias y sombras. Y como la realidad era tan dura -hoy también- recurre a la poesía, a la hipérbole, citando frases e imágenes de los profetas-poetas Isaías, Daniel y Zacarías, y recomponiéndolas para hacer un canto a la esperanza: el día en que venga el Hijo del Hombre para reunir a los elegidos, a todos aquellos que lucharon por la causa de un mundo distinto, los cimientos del orbe, de este sistema mundano se conmoverán... Nada se dice aquí de que Jesús venga a castigar a los malos: vendrá a reunir a todos los elegidos dispersos por el mundo. Aquél será un gran día.
Mejor dicho, fue un gran día. Porque el Hijo del Hombre ya vino, y ya comenzó a reunir a los hijos dispersos de Dios. Por llevar adelante su tarea los hombres lo mataron, pero Dios -así lo creemos- lo resucitó. Aquel día comenzó el fin de este mundo que aún no ha llegado a su fin; porque este mundo, con su egoísta funcionamiento, fue sentenciado a muerte cuando Jesús se manifestó con poder y majestad en el trono de la cruz, invitándonos a seguir en la brecha para poner fin a un mundo que conduce  a la muerte. El fin del mundo ha comenzado ya. La luz del amor de Jesús -allí donde brilla- hace oscurecer las tinieblas de todos esos soles y astros,  -el dinero, el capital, el poder, los honores...- en torno a los que gira nuestro universo mundo.

II
 EL PADRE NO ES UN DIOS DE TIRANOS
Desde que los faraones se declaraban hijos de los dioses o los emperadores romanos exigían que sus súbditos les rindieran adoración hasta los emperadores y los dictadores de este siglo, todos los poderosos han justificado su poder en nombre de Dios; algunos incluso en nombre del Dios de Jesús, a pesar de que Jesús dejó claramente establecido que su Padre no es un Dios de tiranos
"DESPUES DE AQUELLA ANGUSTIA..."
Jesús acababa de anunciar que el templo de Jerusalén sería destruido (Mc 13,1-2). Ante este anuncio, los discípulos inter­pretan que, como había sucedido en otras ocasiones, también a este próximo desastre seguiría una acción salvadora de Dios para realizar la restauración, ahora definitiva, del reino de Israel, y preguntan a Jesús que cuándo sucederán esas cosas y con qué señal anunciará Dios su intervención salvadora en favor de la nación judía (Mc 13,3-4). La respuesta de Jesús, de la que forma parte el evangelio de hoy, es doble: por un lado, les dice que Dios no va a intervenir para salvar a la nación israelita y que, por tanto, no habrá señal ninguna que la anuncie (Mc 13,5-8.14-23); por otro, les comunica que con el desastre de la religión judía comenzará una nueva etapa de la historia, un proceso de liberación abierto a toda la huma­nidad (Mc 13,24-27). La ruina del templo no pertenece al plan de Dios, sino que es efecto de la infidelidad de Israel; esta infidelidad -que ha llegado al colmo cuando los dirigen­tes y la mayor parte del pueblo han rechazado a Jesús- ha hecho ineficaz la fuerza salvadora de la antigua alianza, que por eso deja ya de tener vigencia; su ruina será un momento de gran angustia, pero éste no será el final, sino el comienzo de los dolores de parto que preceden al alumbramiento de una nueva humanidad; el nacimiento y la maduración de ese mundo nuevo serán consecuencia del anuncio de la Buena Noticia, que tiene que proclamarse a todas las naciones (Mc 13,9-13). Al momento de la ruina de Jerusalén y al comienzo de la entrada de los pueblos paganos en el reino de Dios se refiere la comparación de la higuera.
«...EL SOL SE OSCURECERA...»
En aquellos días, después de aquella angustia, el sol se oscurecerá y la luna no dará su resplandor, las estrellas irán cayendo del cielo y las potencias que están en el cielo vacilarán, y entonces verán llegar al Hombre entre nubes con gran potencia y gloria...
En el Antiguo Testamento, el sol y la luna representaban a las divinidades paganas (Dt 4,19-20; 17,3; Jr 8,2; Ez 8,16); los astros y las potencias del cielo, a los jefes de las naciones que justifican su poder en nombre de sus dioses y que se divinizan a sí mismos (Is 14,12-14; 24,21; Dn 8,10). Diversos pasajes describen la caída de los imperios usando imágenes de una catástrofe cósmica (Is 13; 34; Jr 4,20-26; Ez 32,1-8). Con este mismo lenguaje, Jesús anuncia cuál va a ser el efecto del anuncio del evangelio a los demás pueblos. La traducción de todo este conjunto de imágenes podría ser, en síntesis, ésta:
Los sistemas de poder establecidos en las naciones se asientan en la opresión de los pueblos y son justificados por las respectivas religiones paganas. Al igual que la predicación de Jesús descubrió la corrupción del sistema judío, la predi­cación del evangelio a todos los pueblos va a descubrir que esos sistemas son injustos, tiránicos y causa de sufrimiento y de muerte; entonces las divinidades paganas aparecerán ante quienes las veneran como dioses falsos y los poderes opresores que se apoyan en ellas irán cayendo.
No se habla aquí de un momento final en el que toda injusticia será derrotada, sino de un proceso que se irá repi­tiendo a lo largo de la historia, consecuencia del avance de la Buena Noticia entre los hombres y los pueblos del mundo.

«...VERAN LLEGAR AL HOMBRE...»
... y entonces enviará a los ángeles y reunirá a los elegidos de los cuatro vientos, del confín de la tierra al confín del cielo.
Naturalmente que los poderosos se resistirán a caer, y usarán para defenderse su única arma: la muerte, en la que afianzan sus cimientos sus sistemas de poder. Y como Jesús entregó su vida por manifestar a los hombres que Dios es Padre, un Dios que es amor, que comunica vida y que quiere que todos vivamos como hermanos, habrá muchos otros se­guidores de Jesús que continuarán su tarea y que serán perse­guidos a muerte por los poderosos, a quienes la revelación de un Dios que no soporta la injusticia y la opresión deja en evidencia; muchos de estos seguidores, fieles hasta el final, morirán, pero su muerte no será definitiva, porque el Hombre, que posee la capacidad de dar vida definitiva, vendrá a recoger a aquellos que vayan cayendo en la lucha por convertir este mundo en un mundo de hermanos. Y lo que podría parecer una derrota, se revelará como el triunfo definitivo del Hombre y de sus partidarios.
A ese momento se refiere la última frase del evangelio de hoy, frase con la que comenzaba el evangelio del primer do­mingo de Adviento; así la comentábamos: «Ahora bien: "en lo referente al día aquel o a la hora, nadie entiende, ni siquiera los ángeles del cielo ni el hijo; únicamente el Padre", esto es, no hay que vivir preocupados por esa hora y ese día: de ese asunto entiende sólo el Padre, quien, llegado el momento, prestará a sus hijos la ayuda que sea menester. El peligro es dormirse mientras tanto en los laureles.»
Y los peores laureles en los que un seguidor de Jesús podría dormirse son los de los tiranos, que, a pesar del evan­gelio, se empeñan en justificar sus tiranías por la gracia de Dios.

III
 v. 24: «Ahora bien, en aquellos días, después de aquella angustia, el sol se oscurecerá y la luna no dará su resplandor»...
La frase introductoria marca una nueva época, con las mismas carac­terísticas que el tiempo de «la angustia» (en aquellos días), pero que no se identifica con ella (después de aquella angustia). Continúan «los dolores» del parto (13,7) de la humanidad nueva, el proceso liberador en la histo­ria iniciado con la caída de Jerusalén. Es la época de la instauración del reinado de Dios en la humanidad, el período histórico que puede llamarse escatológico o último.
Era un recurso literario frecuentemente utilizado por los profetas describir la caída de un imperio o nación opresora, concebida como un juicio divino o una intervención de Dios en la historia, utilizando imáge­nes cósmicas; así en los siguientes pasajes: Is 13, ruina de Babilonia; Is 34, de Edom; Jr 4,20-23, del desastre que amenazaba a Judea y Jerusalén; Ez 32,7s, de Egipto; también Jl 2,10; 3,4; 4,15; Am 8,9. Cada una de estas descripciones indica un viraje decisivo en la historia, pero no el final de la historia misma; en ellas, la destrucción se concibe como un juicio de Dios, pero no como un juicio final; de hecho, la vida continúa. Como en los textos proféticos, las imágenes cósmicas que se encuentran en este pasaje de Mc no han de ser tomadas en sentido literal, sino figurado, y, como en ellos, no indican el fin del mundo y de la historia.
Sin embargo, a diferencia de los profetas, que usaban la imagen de la conmoción cósmica para subrayar la gravedad de acontecimientos y desastres que afectaban a la humanidad, en Mc los fenómenos cósmicos no aparecen como un reflejo de lo que sucede en el mundo humano; se describen sin haber mencionado a éste, como anteriores a las consecuen­cias que puedan tener. De hecho, las descripciones de los profetas están teñidas de dolor y desgracia, mientras que en Mc la figura de un sistema cósmico que se deshace es signo de liberación.
A la luz de los textos proféticos, el significado de estas imágenes puede exponerse así: en el AT, los astros aparecen como objeto de culto idolátrico, y dar culto a Yahvé o los astros establecía la distinción entre Israel y los paganos (Dt 4,19s; 17,3; 2 Re 17,16; Jr 8,2; Ez 8,16). A diferen­cia de la unidad anterior (14-23), donde se trataba del mundo judío, en ésta, el sol y la luna representan a los falsos dioses: la conmoción cósmica afecta al mundo pagano. El oscurecimiento de los astros mayores signifi­ca el eclipse de esos dioses: los valores representados por ellos se juzgan ahora inaceptables.
v. 25: ... «las estrellas irán cayendo del cielo y las potencias que están en el cielo vacilarán».
Las estrellas o astros designan en ciertos textos del AT a los poderes políticos opresores (cf. Is 14,12-14; 24,21; Dn 8,10), que se han arrogado rango divino; irán cayendo del cielo (c£ Is 14,12) indica una serie de hechos puntuales sucesivos; la caída de estos poderes se describe, por tanto, como un fenómeno que irá teniendo lugar durante toda la época que sigue a la destrucción de la nación judía. Las potencias que están en los cie­los, en oposición a «vuestro Padre que está en los cielos» (11,25), son enti­dades que han usurpado el lugar exclusivo del Padre. Representan fuer­zas de muerte (Dios = fuerza de vida), es decir, los poderes opresores que se arrogan rango divino y que verán cuestionado su rango y su dominio (vacilarán) en la época posterior a la ruina de Jerusalén.
Bajo la conmoción cósmica aparece, pues, el siguiente contenido: los valores del paganismo se encarnan en los falsos dioses (sol y luna), que fundamentan la divinización del poder (estrellas, potencias del cielo). El sistema ideológico-religioso perderá crédito (oscurecimiento de sol y luna), lo que provocará la caída progresiva de los regímenes legitimados por él.
Mc no explicita la causa de estos hechos, pero la supone. Lo mismo que la nación e institución judías conocen su ruina por rechazar el men­saje de Jesús y dar muerte al «Hijo» (12,6-8), haciendo culminar así su infidelidad a la alianza, también los regímenes paganos opresores caen por rechazar el mensaje de Jesús, predicado ahora por sus seguidores en el mundo entero (13,10), y dar muerte a los que lo proclaman. Es la acti­tud ante el mensaje de Jesús en favor del hombre la que va decidiendo el curso de la historia.
v. 26: «y entonces verán llegar al Hijo del hombre entre nubes, con gran potencia y gloria».
Y entonces indica que la llegada del Hijo del hombre se verifica inme­diatamente después del eclipse de los falsos dioses y la caída de los poderes opresores y significa su triunfo sobre ellos. Son éstos los que verán esa llegada y ese triunfo. Es la segunda llegada del Hijo del hom­bre; la primera, que corresponde a la caída del sistema judío, es la que anunciará Jesús en su juicio ante el sumo sacerdote y será vista por sus jueces (14,62). Ahora bien, dado que la caída de las estrellas/poderes no indica un hecho único, sino sucesivo en la historia, tampoco la segunda llegada será única, sino iterada: cada caída de un poder opresor («estre­llas y potencias») será un triunfo del Hombre, percibido por los mismos opresores (14,62).
La dignidad del Hijo del hombre (el Hombre en su plenitud, inclu­yendo la condición divina) va explicada por varios símbolos: entre nubes, marco que rodea su figura, señala su verdadera condición divina, por oposición a la usurpada por los poderes; la llegada equivale a la de Dios mismo (Sal 89/88,7; 68/67,34); la potencia es la fuerza que da vida (12,24; 14,62); la gloria, la realeza, que es la del Padre (8,38).
Con estas imágenes afirma Mc que, a partir de la caída de Jerusalén, se irá verificando en la historia del mundo un triunfo progresivo de lo humano (el Hijo del hombre) sobre lo inhumano (los regímenes opreso­res de la humanidad).
v. 27: «y entonces enviará a los ángeles y reunirá a sus elegidos de los cuatro vientos, del confín de la tierra al confín del cielo».
Así como la conmoción cósmica no anuncia un juicio, tampoco la llegada del Hijo del hombre presenta rasgo alguno de violencia o casti­go; su objetivo es reunir a sus elegidos. Enviará a sus ángeles, manera de designar a sus seguidores que han llegado a la meta (cf. 8,38): la reunión de los elegidos es la última misión de los seguidores de Jesús; los que le ayudaron a realizar su obra le ayudan a recoger el fruto (cf. 4,29). Como la llegada del Hijo del hombre, también esta reunión tendrá lugar cada vez que se verifique «la caída de las estrellas». Sus elegidos (por opo­sición a los de la antigua alianza, vv. 20.22) son los que, en la pro­clamación del mensaje, «han resistido hasta el fin» (13,13; cf. 10,38s), la nueva humanidad, procedente del mundo entero (de los cuatro vientos, cf. Dt 28,64; 30,4).
No se menciona la resurrección de los elegidos antes de su reunión; se habla de ellos, sin embargo, como de hombres vivos. En contexto de mundo pagano, Jesús no utiliza el término «resurrección», perteneciente a la cultura judía, expresa la misma realidad afirmando simplemente la continuidad de la vida. El objetivo de la reunión es integrar a los elegi­dos en la comunidad definitiva, «el fin» (13,7.13: «se salvará»), el reino de Dios y del Hombre.
Esquematiza así Mc la dinámica de la salvación en la historia: ésta no tendrá lugar mediante una intervención divina portentosa (contra la ideología mesiánica del judaísmo), sino mediante la colaboración de los hombres que, siguiendo a Jesús, proclaman la buena noticia sin arre­drarse ante la persecución. La caída de los poderes, que aparece como instantánea, es un proceso histórico que se desarrolla en el tiempo; lo cierto es que lo que se opone al desarrollo y plenitud humanos acabará por caer.
v. 28: «De la higuera, aprended el sentido de la parábola: Cuando ya sus ramas se ponen tiernas y echa las hojas, sabéis que el verano esta cerca».
La mención de la higuera coloca al lector en la temática del templo y de su ruina (11,13.20s: la higuera seca); se conecta así esta unidad con «la gran angustia» descrita en la parte anterior (13,14-23). Lo que sucede con la higuera puede aclarar el sentido de una determinada parábola, en con­creto la de los viñadores homicidas, pronunciada en el templo (12,1-9); su sentido no ha sido agotado por la predicción de la catástrofe, pues en ella se anuncian al mismo tiempo destrucción (aspecto negativo) y paso del Reino a otros pueblos (aspecto positivo).
El verano es la estación de la cosecha y, por tanto, de la abundancia y la alegría (Sal 126/125,5; Is 9,2); ha de relacionarse con 4,29: «la cosecha está ahí», donde «cosecha» es un colectivo que engloba los frutos indivi­duales, imagen de los hombres nuevos. La alegría connotada por «el verano» se refiere, pues, a una cosecha de hombres, en particular paga­nos (Jl 4,10.13), que comenzarán a aceptar en gran número el mensaje de Jesús. La ruina de la nación judía señalará el momento propicio para ello. La fecundidad sigue existiendo, pero no ya en ese pueblo, cuyas instituciones no han cumplido su cometido y están destinadas a desapa­recer: el reino de Dios se ha transferido a otros pueblos (12,9).
v. 29: «Así también vosotros: Cuando veáis que esas cosas están sucediendo, sabed que está cerca, a las puertas».
En este contexto, la fórmula así también vosotros implica de nuevo la incomprensión de los discípulos (cf. 7,17) y les advierte que deben aprender, como ya han hecho otros y lo indicaba la parábola de los viña­dores, que la ruina que se ha descrito anuncia el paso del reinado de Dios a la humanidad entera. Han de pasar de una solidaridad étnica a otra universal.
v. 30: «Os aseguro que no pasara esta generación antes que todo eso se cumpla».
Este dicho solemne (Os aseguro) es el centro de la unidad. Esta genera­ción es la de Jesús, la que mantiene la esperanza de un Mesías triunfador que había de dar a Israel la hegemonía sobre los pueblos paganos (cf. 8,12.38; 9,19); es la generación del segundo éxodo, el del Mesías, que se comporta como la del primero (Dt 32,5.20; Sal 95/94,10); ella debía haber visto el cumplimiento de las promesas, pero rechaza la oferta de salvación.
Todo eso, lo que se va a cumplir dentro de la misma generación, inclu­ye tanto la ruina de Jerusalén como la entrada de los paganos en el Reino.
v. 31: «El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán».
Este dicho lapidario confirma la certeza profética de la predicción anterior: la promesa del Reino es más segura que la continuación del universo.
v. 32: «En cambio, en lo referente al día aquel o la hora, nadie entiende, ni siquiera los ángeles del cielo ni el Hijo, únicamente el Padre».
En contraste con el momento conocido («esta generación») expuesto en el dicho anterior, se habla aquí de un momento desconocido. El día es el de la llegada del Hijo del hombre en relación con la caída de un poder opresor, descrita en la unidad anterior (13,26), y señala un acontecimien­to gozoso y definitivo: la vida, más allá de la muerte, de los que se han entregado hasta el fin por la proclamación del mensaje (13,27: reunión de los elegidos, el Reino definitivo); la hora es la de la pasión de cada discí­pulo (13,11: ayuda divina, el Espíritu), acontecimiento doloroso, pero transitorio. Los discípulos habían preguntado por el momento de un «fin» colectivo, que iniciaría el reino mesiánico (13,4); pero «el fin» no es único ni está ligado a la destrucción de Jerusalén; se va verificando para cada individuo, como desenlace de su entrega personal (13,13). Por eso no es importante conocer el momento, sino saber que está en manos «del Padre», nombre de Dios en la comunidad cristiana, en la nueva humani­dad (cf. 13,19: «Dios», el Creador, se refiere a la humanidad entera; 13,20.22: «el Señor»  Yahvé, a la antigua alianza).
Nadie entiende: es decir, a nadie compete actuar más que al Padre, con su amor hacia los discípulos, sus hijos (11,25); él desplegará su actividad en esos momentos cruciales. En «la hora», dando al discípulo la ayuda del Espíritu para que tenga las palabras adecuadas a la situación (13,11); en «el día», con la llegada del Hijo del hombre, portador de la fuerza de vida (13,16); ésta hará que superen la muerte, y serán reunidos en la glo­riosa etapa final del Reino. Será el Padre quien reivindique al Hijo y a los suyos ante los perseguidores (cf. 12,36).

IV
 Cercanos ya al final del año litúrgico, la liturgia de hoy nos presenta a través de la lectura del Antiguo Testamento y del evangelio, textos relativos al final de los tiempos. En efecto, el pasaje de Daniel anuncia la intervención de Dios a favor de sus fieles a través de Miguel, el ángel encargado de proteger a su pueblo. Estas palabras de Daniel hay que enmarcarlas en el marco amplio de todo el libro cuyo género y estilo corresponden a la corriente apocalíptica bastante popularizada a finales del período veterotestamentario. Todo el libro de Daniel es un llamado a la esperanza, característica principal de toda la literatura apocalíptica. No se trata tanto de una revelación especial de lo que sucederá al final de los tiempos, cuanto la utilización de imágenes que invitan a mantener viva la esperanza, a no sucumbir ante la idea de una dominación absoluta de un determinado imperio. El texto que leemos hoy es subversivo para la época, pues invita al rechazo del señorío absoluto de los opresores griegos de aquel entonces que a punta de violencia se hacían ver como dueños absolutos de las personas, del tiempo y de la historia.
Por su parte el evangelio nos presenta una mínima parte del «discurso escatológico» según san Marcos. Un poco antes de comenzar la narración de la pasión, muerte y resurrección de Jesús, los tres sinópticos nos presentan palabras de Jesús cargadas de sabor escatológico.
El pasaje de hoy hay que leerlo a la luz de todo el capítulo 13. Es más, conviene que en casa o en el grupo lo leamos completo y, de ser posible, leamos también el discurso escatológico de Mateo y de Lucas, eso nos ayudará a ver mucho mejor las semejanzas y las diferencias entre los tres y, por otro lado, nos facilitará una mejor comprensión del sentido y finalidad que cada uno quiso darle a esta sección.
Tengamos en cuenta que en ningún momento hablan los evangelistas del «fin del mundo», en sentido estricto, esa es una interpretación equivocada que no ha traído los mejores resultados ni a la fe del creyente ni a su compromiso con el prójimo y con la historia. No es éste, con palabras sacadas de aquí y de allá, el «fundamento» bíblico o teológico de las «postrimerías» del hombre que nos enseñaba el «catecismo del padre Astete», o de los «novísimos» que nos enseñaban en teología... O, por lo menos, no se debe reducir a eso.
Jesús no predica el fin del mundo, ése no era su interés. Las imágenes de una conmoción cósmica descrita como estrellas que caen, sol y luna que se oscurecen, etc., son una forma veterotestamentaria de describir la caída de algún rey o de una nación opresora. Para los antiguos, el sol y la luna eran representaciones de divinidades paganas (cf. Dt 4,19-20; Jr 8,2; Ez 8,16), mientras que los demás astros y lo que ellos llamaban «potencias del cielo», representaban a los jefes que se sentían hijos de esas divinidades y en su nombre oprimían a los pueblos, sintiéndose ellos también como seres divinos (Is 14,12-14; 24,21; Dn 8,10). Pues bien, en línea con al Primer Testamento, Jesús describe no tanto la caída de un imperio o cosa por el estilo, para él lo más importante es anunciar los efectos liberadores de su evangelio; y es que el evangelio de Jesús debe propiciar en efecto el resquebrajamiento de todos los sistemas injustos que de uno u otro modo se van erigiendo como astros en el firmamento humano.
Jesús es consciente y sabe que la única forma de rescatar, redireccionar el rumbo de la historia por los horizontes queridos por el Padre y su justicia, es haciendo caer los sistemas que a lo largo de la historia intentan suplantar el proyecto de la justicia querido por Dios, con un proyecto propio, disfrazado de vida pero que en realidad es de muerte. Esta tarea la debe realizar el discípulo, el que ha aceptado a Jesús y su proyecto. Recordemos la intencionalidad teológica y catequética de Marcos: a Jesús, el Mesías (cuyo «secreto» se mantiene a lo largo de todo el evangelio) sólo se le puede conocer siguiéndolo; y bien, el seguimiento implica no sólo ir detrás de él, implica además, tomar el lugar de él, asumir su propuesta como propia y luchar hasta el final por su realización.
Discípulas y discípulos están entonces comprometidos en ese final de los sistemas injustos cuya desaparición causa no miedo, sino alegría, aquella alegría que sienten los oprimidos cuando son liberados. Esa debiera de ser nuestra preocupación constante y el punto para discernir si en efecto nuestras tareas de evangelización y nuestro compromiso con la transformación de lo injusto en relaciones de justicia está causando de veras ese efecto que debe tener el evangelio o si simplemente estamos ahí a merced de las corrientes del momento esperando quizás que se cumpla lo que no ni siquiera pasó por la mente de Jesús.

Para la revisión de vida
 ¿Cuál es mi compromiso real y concreto en la transformación del orden de cosas actual para que llegue el nuevo orden, el futuro orden, el «otro mundo posible», el «sueño de Dios».
Para la reunión de grupo
Hacer un cuadro en el que aparezcan lo que se denomina como «discurso escatológico» de Jesús según la versión de Mt, Mc y Lc. Establecer las semejanzas y las diferencias. Elaborar sus propias conclusiones en orden a corregir las falsas creencias que sobre algunas palabras de Jesús nos han metido en la cabeza.
El final de este mundo, en cuanto tal, es algo que en principio no entra en nuestros cálculos humanos; nadie se plantea la eventualidad de que pueda acontecer durante su propia vida. ¿Qué pueden significar, en este contexto, los relatos evangélicos (y bíblicos en general) sobre «el fin del mundo»? ¿Bajo qué condiciones hermenéuticas (interpretativas) pueden ser «significantes» para el hombre y la mujer actual?
En la Edad Media, y aun mucho después, y en algunos contextos culturales casi hasta hace poco, la estrella principal del horizonte humano era la salvación/condenación, la eternidad más allá de la muerte, el fin del mundo-global o del mundo-personal por la muerte cósmica o personal. La sociedad y la cultura occidental actual ignoran positivamente estas dimensiones. ¿Qué hacer para hablar de ellas: repetición, reinterpretación, resignificación, abandono…?

Para la oración de los fieles
Por los cristianos del mundo entero para que su esperanza en la venida de Cristo se traduzca en un efectivo compromiso de lucha por la justicia, oremos.
Por quienes dirigen nuestras iglesias para que llenos de esperanza sepan promover el bien entre los demás, oremos.
Por nuestros grupos y comunidades para que nuestro trabajo apostólico esté siempre orientado a la búsqueda de una mejor calidad de vida para todos, oremos.
Por quienes no creen o no aceptan el Evangelio, para que viéndonos a nosotros lleguen a descubrir el reino de la justicia y el amor, oremos.

Oración comunitaria
 Dios Padre del ser humano, de la Tierra, del Cosmos, de los miles de millones de estrellas que pueblan la noche… Tú que eres el origen misterioso de los Astros, y el fin inefable del Universo, danos un corazón sensato para comprender la pequeñez de nuestra vida, y lúcido para ponerse al servicio de la Vida hacia la que nos llamas. Tú que vives y haces vivir, por los siglos de los siglos. Amén.

Estos comentarios están tomados de diversos libros, editados por Ediciones El Almendro de Córdoba, a saber:
- Jesús Peláez: La otra lectura de los Evangelios, I y II. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Rafael García Avilés: Llamados a ser libres. No la ley, sino el hombre. Ciclo A,B,C. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Juan Mateos y Fernando Camacho: Marcos. Texto y comentario. Ediciones El Almendro.
        - Juan. Texto y comentario. Ediciones El Almendro. Más información sobre estos libros en 
www.elalmendro.org
        - El evangelio de Mateo. Lectura comentada. Ediciones Cristiandad, Madrid.
Acompaña siempre otro comentario tomado de la Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica: Diario bíblico



martes, 10 de noviembre de 2015

material catequesis adultos

CATECUMENADO ADULTOS

GÓJAR - 2015 -2016

       Nos sumamos a la Iglesia Universal en su reflexión, meditación sobre la Misericordia, manifestada de diversas formas a lo largo de la historia por el Padre, teniendo su culmen en Jesucristo y su prolongación en las obras de los cristianos.

             Con Silvano Sirboni, nos deslizamos en la reflexión sobre la liturgia eucarística.

Materiales:
Silvano Sirboni

Conocer, Celebrar y vivir la Eucaristía

Año de la Misericordia

Misericordiosos como el Padre

domingo, 8 de noviembre de 2015

comentario evangelio lectura domingo 8 noviembre 2015 - XXXII tiempo ordinario

LUZ DEL DOMINGO 
Domingo, 8 de noviembre de 2015

TRIGÉSIMO SEGUNDO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO


Primera lectura: 1 Reyes 17, 10-16

Salmo responsorial:  Salmo145
Segunda lectura: Hebreos 9, 24-28 

EVANGELIO: Marcos 12, 38-44
 38Entre lo que enseñaba, dijo:
-¡Cuidado con los letrados! Esos que gustan de pa­searse con sus vestiduras y de las reverencias en la calle, 39de los primeros asientos en las sinagogas y de los pri­meros puestos en los banquetes; 40esos que se comen los hogares de las viudas con pretexto de largos rezos. Esos tales recibirán una sentencia muy severa.
41Se sentó enfrente de la Sala del Tesoro y observaba cómo la gente iba echando monedas en el tesoro; muchos ricos echaban en cantidad. 42Llegó una viuda pobre y echó dos ochavos, que hacen un cuarto. 43 Convocando a sus discípulos, les dijo:
-Esa viuda pobre ha echado en el tesoro más que na­die, os lo aseguro.  44Porque todos han echado de lo que les sobra; ella, en cambio, sacándolo de su falta, ha echado todo lo que tenía, todos sus medios de vida.



COMENTARIOS



I



LA LIMOSNA DEL POBRE

La limosna desempeñaba un gran papel en la piedad. El rabino Hilel enseñaba: "Muchas limosnas, mucha paz". Por Jerusalén circulaba este proverbio: "La sal de la riqueza es la práctica de la caridad". Cuentan de Rabí Naqdemon ben Gorión que para hacer limosna empleaba el siguiente procedimiento: mandaba extender mantas de lana sobre el camino que le conducía a la casa de estudios para que pudiesen recogerlas los pobres que venían detrás; ostentoso procedimiento que Jesús se encargaría de condenar: "Cuando des limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha (Mt 6,3).
En el mismo templo de Jerusalén, entre los distintos cepillos que había para recoger limosnas, había uno cuyo dinero se empleaba en socorrer a los pobres vergonzantes de las buenas familias, venidas a menos. También había dos salas: una se llamaba Sala de los Silenciosos o de los Pecadores; la otra, Sala de los Utensilios. En la Sala de los Silenciosos, los que tenían miedo de sus pecados depositaban (sus dones) en secreto y los pobres de buena familia eran también socorridos allí en secreto.
Junto a uno de estos cepillos se sentó Jesús un día, frente a la Sala del Tesoro del Templo de Jerusalén y "observaba cómo la gente iba echando dinero en el cepillo; muchos ricos echaban en cantidad. Se acercó una viuda pobre y echó unos cuartos. Llamando a sus discípulos les dijo: "esa viuda, que es pobre, ha echado en el cepillo más que nadie, os lo aseguro. Porque todos han echado en el cepillo de lo que les sobra, mientras que ella ha echado de lo que le hace falta, todo lo que tenía para vivir".
Maravillosa lección de una pobre viuda que, con su comportamiento, anuncia la venida de un mundo nuevo, de un cambio en el modo de ser y de vivir de cara a Dios y a los hombres. Aquel sistema religioso había enseñado a la viuda cómo Dios se complace en la limosna, y ella, que amaba a Dios sobre todas las cosas, entregó para su templo todo lo que tenía. Los demás daban de su abundancia, ella de su indigencia. Sólo ella mereció la alabanza de Jesús: "Esa viuda, que es pobre, ha echado en el cepillo más que nadie, os lo aseguro". Para Jesús, la limosna del rico, que da de lo que le sobra, aun cuando dé en cantidad, no tiene valor ante Dios. Sólo merece ante El quien da hasta el punto de confiarse por entero en sus manos.
Poco sabía aquella pobre mujer de la explotación que había en el templo, de la inmensa riqueza que allí se acumulaba, de cómo los sacerdotes tesoreros del templo distribuían a placer aquel inmenso tesoro, y cómo se beneficiaban de aquello los que, diciendo servir a Dios, se servían de la gente para incrementar sus propias arcas. Ella, víctima del sistema religioso, demostró con aquel gesto su amor a Dios sobre todas las cosas. Sabía que Dios lee en lo oculto del corazón y salió aquel día justificada del recinto del templo.
Con su comportamiento abrió un camino nuevo, al que Jesús animará a sus discípulos: el camino del "desprendimiento radical" frente al sistema de los ricos que acaparan en sus manos lo que otros necesitan para sobrevivir. La religión, aliada de los poderosos, había practicado el sistema de la limosna -dar de lo que sobra- para tranquilizar las conciencias de quienes, en contra del mandamiento divino del amor, acaparaban injustamente los bienes de los demás. Pero esta limosna no agrada a Dios, ni tiene mérito alguno; es más bien una ofensa a la dignidad humana.
La limosna de aquella pobre viuda, sin embargo, anuncia el fin de un mundo -representado en el templo de Jerusalén- en el que se daba culto al dinero. No en vano, a continuación de esta escena, Jesús anuncia la destrucción del templo, centro de aquella religiosidad, acaparadora de injusticias, tranquilizadora de conciencias. Cuando llegue ese día "los cimientos del orbe se conmoverán..."


II



EMBAUCADORES Y EXPLOTADORES

Jesús parece que la tiene tomada con los fariseos, con los letrados, con los ricos. Sin embargo, a todos, en alguna ocasión, los invita a entrar en la familia del Dios-Padre. Eso sí, tienen que abando­nar a sus dioses y dejar de embaucar y explotar al pueblo, cosa que, además, hacen en nombre de Dios.
¡CUIDADO CON LOS LETRADOS!
¡Cuidado con los letrados! Esos que gustan de pasearse con sus vestidu­ras y de las reverencias en la calle, de los primeros asientos en las sinagogas y de los primeros puestos en los banquetes; esos que se comen los hogares de las viudas con pretexto de largos rezos. Esos tales recibirán una sentencia muy severa.
Eran los más peligrosos, pues presentaban una apariencia de santidad que engañaba a la gente sencilla. Por eso Jesús gasta gran parte de sus energías en desenmascararlos ante el pueblo. Esta es la razón de que, en la mayoría de las disputas que mantiene Jesús, los adversarios sean los letrados, que pertenecían casi todos al partido fariseo.
Los letrados eran los principales responsables de que la religión de Israel estuviera en una situación como la que describíamos en el comentario del domingo anterior. Cierto que no eran los únicos responsables; los sumos sacerdotes habían conver­tido la religión en un auténtico y rentable negocio. Pero los sumos sacerdotes quedaban lejos de la mayoría de la gente, en el templo de Jerusalén, y estaban bastante desprestigiados a los ojos del pueblo, ante el que, por el contrario, los letrados tenían mucho prestigio y mucha influencia. Ya se preocupa­ban ellos de dar una buena impresión, de hacer creer a la gente sencilla que ellos eran los únicos santos, los únicos que vivían de acuerdo a la voluntad de Dios, los únicos que trans­mitían la auténtica doctrina; igualmente tenían buen cuidado de procurar que los que no pertenecían a su partido se sintie­ran malos y pecadores; así su santidad resultaba mucho más evidente. Y su autoridad moral ante el pueblo se hacía cada vez mayor. Lo malo es que esa autoridad moral la utilizaban no para ayudar al pueblo a organizarse de acuerdo con el proyecto de Dios, viviendo según su voluntad, ni para contri­buir a que los hombres y mujeres de Israel fueran más libres y más justos, más felices. No, lo que les preocupaba era su propio prestigio, mantener y aumentar esa autoridad moral en la sociedad, defender sus propios intereses, satisfacer su propio orgullo: vestiduras especiales, exigencia de que la gente les hiciera reverencias, gusto por los primeros puestos en las ceremonias religiosas... y llenar la tripa (¡ellos, tan espiritua­les!) a costa de los más pobres -las viudas- «con pretexto de largos rezos».
Y para conseguir todo esto manipulaban la imagen de Dios, olvidaban y hacían olvidar que el Dios de Israel quería -exigía- la libertad de su pueblo y, ya lo comentábamos el domingo pasado, entretenían al pueblo con ceremonias vacías que ni acercaban el hombre a Dios ni acercaban a los hombres entre sí.

SACÁNDOLO DE SU FALTA

Se sentó enfrente de la sala del tesoro y observaba cómo la gente iba echando monedas en el tesoro; muchos ricos echaban en cantidad. Llegó una viuda pobre y echó dos ochavos, que hacen un cuarto. Convocando a sus discípulos, les dijo:
-Esa viuda pobre ha echado en el tesoro más que nadie, os lo aseguro. Porque todos han echado de lo que les sobra; ella, en cambio, sacándolo de su falta, ha echado todo lo que tenía, todos sus medios de vida.
 La religión de Israel, que nació como proceso de liberación para todos, se había convertido en el negocio de unos pocos. Los fariseos y los letrados eran los ideólogos del sistema; pero los que disfrutaban de la mayoría de los beneficios eran los sumos sacerdotes, que controlaban la gran empresa: el templo de Jerusalén. Había allí -y ésta no era su mayor fuente de ingresos- un cepillo en el que todos los que entraban depo­sitaban su limosna. Cuenta el evangelio que los ricos dejaban grandes limosnas «de lo que les sobraba». Y seguro que se sentían satisfechos. No les debía resultar demasiado difícil ser generosos. Primero, porque les sobraba el dinero; después, porque no les costaba mucho trabajo ganarlo: el sudor lo derramaban los jornaleros, a quienes, según el testimonio del apóstol Santiago, los ricos defraudaban el jornal (Sant 5,1-6); además, porque aquella religión les convenía, pues haciendo creer a la gente que la solución a los problemas que tenían bajaría del cielo, sin que ellos pudieran hacer nada más que rezar y ser individualmente buenos, domesticaba a los pobres y evitaba conflictos a los ricos, y, finalmente, porque, algunos al menos, estarían convencidos de que con sus limosnas al templo estaban comprando la amistad con Dios y la vida eterna.
Jesús quiere que sus discípulos tengan las ideas claras: hacía poco que había denunciado que los sumos sacerdotes habían convertido el templo en un negocio: «en una cueva de bandidos» (Mc 11,17). Ahora quiere dejar claro qué es lo que tiene valor: no el dinero, por mucho que éste sea, sino el don de sí mismo; lo que Dios valora no es la «generosidad» de los explotadores, de los ricos, de los que dan lo que les sobra, sino la propia entrega, que, además, es señal de confian­za plena en Dios. Ni siquiera alaba Jesús el hecho de que el dinero se dé para el templo: no tardará mucho en poner de manifiesto que la entrega que Dios quiere deberá ser no para un templo de piedra que ya ha dejado de ser el lugar de la presencia de Dios y que muy pronto será destruido, sino en favor de la humanidad, por quien Jesús entregará hasta la última gota de su sangre (véase Mc 13).
Saquemos las consecuencias pertinentes, pues estas ense­ñanzas del evangelio siguen estando de permanente actualidad y se escribieron también para nosotros.

III

v. 38: Entre lo que enseñaba, dijo: «¡Cuidado con los letrados! Esos que gus­tan de pasearse con sus vestiduras y de las reverencias en la calle,»...

Jesús previene al pueblo contra los letrados (¡Cuidado!) y pone en evi­dencia su conducta. Muestran un ansia desmedida de honores: visten de manera especial para señalar su categoría y recibir muestras de respeto (vestiduras, reverencias) y aceptan con gusto las señales de deferencia (pri­meros puestos). Al reconocimiento de su superioridad corresponde la sumisión del pueblo.
v. 39: ... «de los primeros asientos en las sinagogas y de los primeros puestos en los banquetes»;...
Por su deseo de preeminencia y prestigio, quieren ser siempre «pri­meros», ponerse por delante de los demás. Es lo contrario de lo que debe suceder entre los seguidores de Jesús (9,35; 10,44). Subrayando su supe­rioridad, crean la desigualdad y afirman su poder sobre el pueblo. Y eso en todos los terrenos: lugares públicos (la calle), asamblea religiosa (las sinagogas), actos sociales (los banquetes) 
v. 40: ... «esos que se comen los hogares de las viudas con pretexto de largos rezos. Esos tales recibirán una sentencia muy severa.»
En el ámbito privado, utilizan la religión para aprovecharse de gente desamparada e indefensa, cuyo prototipo eran las mujeres viudas (cf. 7,6s). Ellos, los hombres ejemplares, se hacen intercesores ante Dios; disfrazan su ansia de dinero de buena obra, y sus víctimas tienen todavía que estarles agradecidas por la injusticia de que son objeto. Su sentencia será muy severa porque explotan a los más desvalidos usando el nombre de Dios.
Jesús no hace acusaciones vagas e imprecisas, invita a la gente a darse cuenta de lo que tienen ante los ojos. Quiere que el pueblo adquie­ra espíritu crítico y así se haga libre: que no se someta a superioridades inmerecidas, que no tribute respetos impuestos, que dé a las personas su valor real. La apariencia de virtud de los letrados es falsa, en realidad están muy lejos de Dios (cf. 7,6s). Si el pueblo es capaz de ver los hechos, no se dejará guiar por tales maestros. 
v. 41: Se sentó enfrente de la Sala del Tesoro y observaba cómo la gente iba echando monedas en el tesoro; muchos ricos echaban en cantidad.
Terminados los encuentros con los dirigentes, Jesús se sienta ante la Sala del Tesoro, punto neurálgico del templo explotador. Su postura lo presenta como antagonista permanente de ese lugar, que almacena el expolio hecho al pueblo por los dirigentes.
La multitud, aunque ha quedado impresionada por la enseñanza de Jesús en la que denunciaba la explotación (11,18), y a pesar de ser vícti­ma de ésta, sigue apoyando al templo (iba echando monedas). El halo reli­gioso de que la institución se rodea tiene más fuerza que la denuncia de Jesús. Un grupo numeroso, los ricos, contribuyen con grandes sumas de dinero (echaban en cantidad); su generosidad muestra que aprueban los métodos de la institución injusta y la sostienen con gusto.
v. 42: Llegó una viuda pobre y echó dos ochavos, que hacen un cuarto.
A la gente y a los ricos se contrapone la figura de una viuda pobre, miembro débil, indefenso, de la sociedad (viuda, 12,40) y sin relieve social (pobre). Su oferta es insignificante; no es en realidad una contribu­ción al sostenimiento del templo, sino un acto de devoción, un símbolo de amor.
v. 43: Convocando a sus discípulos, les dijo: «Os aseguro que esa viuda pobre ha echado en el tesoro más que nadie»,...
Jesús convoca a los discípulos, que no habían comprendido su exi­gencia de dejar la riqueza (10,23-26). Les enseña a interpretar los hechos: compara el comportamiento de los ricos y el de la viuda pobre. Su dicho es solemne (Os aseguro) y enuncia una paradoja: lo que es menos vale más, lo poco del pobre vale más que lo mucho del rico. Va a explicarlo a continuación.
v. 44: «Porque todos han echado de lo que les sobra; ella, en cambio, sacándo­lo de su falta, ha echado todo lo que tenía, todos sus medios de vida».
Da un juicio general: todos han echado de lo que les sobra: es una multitud que no se entrega, para la que Dios no es el valor supremo. Dar de lo superfluo significa no dar lo esencial, que es la persona. No son los ricos de Israel quienes valen a los ojos de Dios, sino los que ponen su confianza en él.
Con su óbolo, la viuda se da a sí misma; hace de Dios el valor supre­mo, por encima de su propia persona, y hace depender su vida de él, pues no tiene más medios de subsistencia. Las expresiones; todo lo que tenía, todos sus medios de vida reflejan el mandamiento principal cita­do antes por Jesús (12,30: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu cora­zón, etc.»). Este ha de ser el criterio de los discípulos: una entrega par­cial, como la de los ricos, aunque muy aparente, tiene menos valor que una entrega total, aunque de apariencia modesta. Lo que vale es la totali­dad del don. La viuda es ejemplo de un amor total a Dios, expresado en el total desprendimiento del dinero; es la antítesis de los dirigentes, infieles a Dios por su amor al dinero.
La viuda representa al Israel fiel a Dios. Los discípulos, en cambio, estiman más la gloria que la entrega. Cuando se trató el tema de la rique­za, ellos se extrañaron de la exigencia de Jesús al rico y se preguntaban: «Entonces, ¿quién puede subsistir?» (10,26); la respuesta que les dio Jesús: «Con Dios todo es posible» (10,27), es la que se hace patente en el comportamiento de la viuda, que da todo lo que tenía para vivir. Esta con­fianza equivale a la del discípulo (10,21: «tendrás en Dios tu tesoro»). En ella, no en el esplendor, está la verdadera gloria de Israel.

IV
 La primera lectura tomada de 1Re nos presenta el caso de una viuda que comparte lo poco y único que tiene con el profeta Elías. El pasaje está ambientado en una sequía que el mismo profeta había pedido a Yavé para Israel. Ante una situación tan extrema, todo el mundo evita gastar lo poco que tiene como una forma de mantenerse aferrado a la vida. Eso es lo que ha hecho esta viuda. Sin embargo se ve «obligada» por el profeta a compartir con él aquello que solamente le proporcionará unas horas más de vida. Este gesto de la viuda tiene un final feliz: no faltó harina en la tinaja ni aceite en la jarra. Significa esto que cuando se comparte con generosidad lo poco que se tiene, parece que se multiplicara, y esa es una de las características principales del pobre. Donde más disponibilidad hay para compartir, donde más desprendimiento uno encuentra es entre los pobres; con toda razón se puede decir que los pobres nos evangelizan. Con razón están ellos en primer lugar en el corazón de Dios, no sólo porque es Él lo único que a ellos les queda, sino porque entre ellos, los signos de la presencia de Dios son más visibles; son ellos por medio de los cuales Dios se hace ver con mayor claridad en el mundo; ellos son el sacramento de Dios en el mundo y el testimonio permanente de cuán lejos estamos del proyecto de solidaridad y de la igualdad querido por Dios.
Nos encontramos en el reino del Norte, el país está pasando por una de las etapas más difíciles de su historia: la dinastía de Omrí ha ido dejando el país en la miseria; el último de los monarcas de esa monarquía, Ahab, gobierna veintidós años (nunca un largo gobierno es benéfico para ninguna institución, termina por arruinarla), y también él ha hecho su aporte al desastre nacional: se casó con una extranjera: Jezabel, hija de Et-Baal, rey de Sidón, y acabó por adorar y rendir culto a Baal (1Re 16,29-31). Es fácil entonces imaginar el ambiente del reino en todas sus ámbitos: político, económico, social y religioso. El autor bíblico lo simboliza en una sequía que el profeta hace venir sobre Israel. En esa situación de extrema urgencia, el profeta hará ver que sólo Yavé es la salvación para el pueblo, y que esa salvación de la que está urgido el pueblo Dios la realizará con y desde los desheredados, con los pobres. En el Segundo Testamento vamos a encontrar esta misma realidad: Dios actuado en medio de los pobres, y con los pobres llama a la construcción de un orden de cosas distinto en donde los pobres parece que fueran los únicos capaces de aportar.
El evangelio de hoy nos presenta dos perícopas: la primera, todavía en conexión con la del domingo anterior sobre la declaración del mandamiento más importante o, mejor, los dos mandamientos más importantes. Jesús previene a sus discípulos para que no repitan el modo de ser de los escribas que se las dan de mucho cuando en su interior no existe ni amor a Dios ni al prójimo, sólo amor a sí mismos.
La segunda perícopa está más en consonancia con la primera lectura del primer libro de los Reyes. El dar implica renuncia, desprenderse no de lo que abunda y sobra, sino desde la misma escasez.
A Jesús, que observa como los fieles van pasando a depositar su ofrenda para el tesoro del templo, no lo ha impresionado como al común de los observadores, la cantidad que cada rico ha depositado en el cofre de las ofrendas; sus criterios y parámetros de juicio son completamente diferentes a los criterios mercantilistas y economicistas que se basan en la cantidad, en el binomio inversión ganancia (costo beneficio se diría hoy).
A partir de esta imagen Jesús instruye a sus discípulos y en definitiva alecciona hoy a las iglesias. Esa viuda que a duras penas sobrevive, objeto de la caridad y del recibir, se mete a pesar de todo en la fila para dar, no desde lo que le sobra, y sin intención alguna de aparentar, todo lo contrario lo haría con cierto disimulo para que nadie viera la «cantidad» que depositó. Aún si pensáramos que ella también deposita lo que tiene con el fin de ser retribuida, y lo más seguro es que así fue porque ya la falsa religión había alienado su conciencia, aún admitiendo eso, no deja ser un caso aleccionador que Jesús no deja pasar por alto. Mientras los demás teniendo ya suficiente para vivir desean tener mucho más, para lo cual realizan la inversión que sea, esta mujer echa lo único que tiene y seguro lo ha hecho con amor, con toda seguridad no se atreve a pedirle a Dios le multiplique esa mínima cantidad, tal vez su único «interés» es que Dios no le falte con aquello con lo cual sobrevive.
Desde la óptica de Jesús, esta pobre viuda, representación de lo más pobre entre los pobres, salió del templo justificada; fue quien recibió un mayor don a cambio de su desprendimiento: la gracia divina, mas desde la óptica de un donante rico, esta mujer tendría muy poca, casi ninguna recompensa.
El reino que Jesús proclama no puede regirse por los mismos criterios de personas como los dirigentes de Israel; el reino se construye desde los criterios de la calidad y disponibilidad para aportar desde una genuina generosidad, desde las propias carencias, no desde lo superfluo.
Se necesita discernir continuamente nuestro comportamiento y actitudes con aquellas personas que dan generosas ofrendas a nuestros centros religiosos comparado con aquellos que ofrecen poco o definitivamente no tienen nada que ofrecer, ¿quiénes son los de mayor objeto de nuestra «consideración» y aprecio? Seamos sinceros en esto y reconozcamos con humildad que las más de las veces nos sentimos muy a gusto con aquellos que dan más, que tienen más y mejores medios; y el evangelio... ¿dónde está?
La viuda del evangelio que hoy escuchamos simboliza aquella porción del Israel empobrecido, que entró en la dinámica de Jesús, que está dispuesto a dar, a darse, a entregarse con lo que tiene a la causa del reino del Padre. Esos que dedican tiempo desinteresadamente en nuestras obras nos evangelizan con su generosidad, y especialmente ellas que no escatiman nada para que la obra del reino continúe su marcha, ¿captan esas personas nuestra atención como aquella viuda a Jesús, y nos dejamos interpelar realmente por ellas?

Para la revisión de vida
¿ En qué grado de estima tengo o tenemos en la comunidad o grupo a las personas que según nosotros «no aportan mucho» ? ¿Nos hemos puesto a pensar que tal vez esas personas son las que mayor aporte están haciendo para la instauración del reino?

Para la reunión de grupo
Una de las ideas que saltan cuando volvemos a leer el pasaje de la ofrenda de la viuda es la realidad «ricos y pobres». Quizás nos sentamos preocupados por eso y de ahí que tratamos en vano de mover el corazón de los ricos para que «compartan» con los pobres. También se nos ha ido la mano en cualquier momento promoviendo actividades que solo se quedan en el asistencialismo. ¿Están ambas posiciones en línea con el Evangelio? ¿No estaremos por el contrario «desevangelizando»? Procuremos conseguir el artículo « ¿Asistencialismo o solidaridad? De Pablo Bonavía, que se puede tomar de <http://servicioskoinonia.org/relat/119.htm>, y confrontemos esa realidad ricos y pobres con las acciones que se emprenden en los lugares donde estamos. En lo posible socialicemos con otros grupos nuestras conclusiones.
Para la oración de los fieles
Roguemos al Padre por nuestras iglesias para que cada día sientan mayor compromiso de compartir con generosidad la Palabra y los bienes con los más necesitados, roguemos.
Por quienes administran los bienes y la economía para que en sus proyectos políticos y económicos tengan siempre como prioridad la justicia y la equidad, roguemos.
Por nuestros grupos y equipos de evangelización para que practicando la generosidad entre nosotros mismos, podamos también promoverla en los ambientes donde nos movemos, roguemos.
Oración comunitaria
Dios Padre nuestro, que nos has mostrado tu gusto por la autenticidad, la entrega generosa y la coherencia entre la fe y la vida: robustece nuestra fe, fortalece nuestra sinceridad, y ayúdanos a estar, como Jesús, siempre atentos al amor de los pequeños. Nosotros te lo pedimos por Jesús, nuestro Hermano Mayor, Transparencia tuya. Amén.

Estos comentarios están tomados de diversos libros, editados por Ediciones El Almendro de Córdoba, a saber:
- Jesús Peláez: La otra lectura de los Evangelios, I y II. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Rafael García Avilés: Llamados a ser libres. No la ley, sino el hombre. Ciclo A,B,C. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Juan Mateos y Fernando Camacho: Marcos. Texto y comentario. Ediciones El Almendro.
        - Juan. Texto y comentario. Ediciones El Almendro. Más información sobre estos libros en 
www.elalmendro.org
        - El evangelio de Mateo. Lectura comentada. Ediciones Cristiandad, Madrid.
Acompaña siempre otro comentario tomado de la Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica: Diario bíblico