jueves, 25 de mayo de 2023

Mariana Pineda catedral Granada tumba

 

José Antonio Espejo Zamora

Mariana Pineda entre bufones





Los restos mortales de Mariana reposan en una cripta de la Catedral de Granada; no estaría de más que se trasladaran sus restos desde dicho lugar hasta una capilla lateral del mismo templo, donde los granadinos pudiésemos verla sin tener que esperar un año para refrescar la memoria y actualizar el pensamiento con la leyenda que bordó en la bandera: “Ley, Libertad, Igualdad”.


Partida bautismo de Mariana Pineda



En 1929, el Deán de la Catedral, Luis López-Dóriga, planteó una importante reforma de la catedral; de ello dará cuenta el periódico El Defensor de Granada: “La reforma proyectada consiste en llevar el coro al presbiterio y solicitar el traslado de la hermosa sillería de coro que existe en el templo de San Jerónimo -debida a Diego de Siloé- a la Catedral … Según nuestras noticias, la idea de la reforma es debida al deán de la Catedral, don Luis López Dóriga, y ha sido muy bien acogida por el cardenal arzobispo don Vicente Casanova y Marzol… Bajo el coro se encuentran los enterramientos de arzobispos y personalidades ilustres de Granada; allí está enterrado Alonso Cano…, y también en 1854 fueron trasladados allí los restos de Mariana Pineda…; a iniciativa del deán señor López Dóriga, nos referimos a la instauración en la antigua Sala Capitular de un valioso museo diocesano donde se admiren los tesoros que tiene la Catedral granadina…”


Tumba de Mariana Pineda Catedral de Granada

(D.O.M. Deo Optimo Maximo) Para Dios, el Mejor y más Grande// A la memoria perpetua// Restos mortales de Mariana de Pineda//qué brutal muerte// golpe de los tiranos// Granada el día siete de las kalendas de junio de mil ochocientos treinta y uno (26 - mayo-1831)// descanse en paz// su patria agradece su memoria// año 1856.

Acta de defunción de Mariana Pineda 26 de mayo de 1831







López Dóriga, en 1931, dará una conferencia sobre Mariana, invitado por el Ayuntamiento de Granada; el tema: “Mariana Pineda como cristiana y como granadina”. 



El Defensor de Granada dará cuenta de dicha conferencia: “…a más de una mujer granadina, fue una mujer cristiana porque nació en el seno de la Iglesia de Cristo, recibió una esmerada educación cristiana, hizo una vida ejemplar impregnada de cristianismo y murió en el seno de la religión católica, llena de fe en Dios y de fe en la Libertad…El señor López-Dóriga se extiende en hermosas consideraciones sobre el lema de la bandera bordada por Mariana Pineda: <<Ley, Libertad, Igualdad>>; …La sociedad tiene que estar regida por la Ley, por la Libertad y por la Igualdad, los tres principios que constituyen la raíz de la sociología cristiana… Habla a continuación del bien público que degenera en tiranía del Estado y del bien particular que degenera en tiranía de los particulares, por lo que debe tenderse al bien común”.



López Dóriga morirá exiliado en México gracias a las acciones del Fernando VII del siglo XX y sus bufones; con su exilio, cayó en el olvido su obra y su persona, sobre todo en el ámbito eclesiástico; qué menos que hubiese en la Catedral un retrato suyo, al igual que están grabados sobre mármol los nombres que cayeron por defender la fe católica; no sé qué defendía López Dóriga si no un catolicismo realmente anclado en la tradición. Algunos entregaron al general Franco todos los méritos: los de Isabel y Fernando, los de Carlos V y Felipe II. Gran error; el curriculum del general fue otro; pero puede ser que para algunos la tradición de la Iglesia Católica comience en el 36; pues parece como si en la Iglesia no hubiese existido un fray Luis de León, ni un San Juan de la Cruz, ni una Santa Teresa de Jesús, todos perseguidos por ser y actuar con libertad y, menos ella, todos probaron la cárcel; pues la Libertad forma parte de la tradición de la Iglesia Católica; en Granada, no sólo López-Dóriga sino también el granadino Nicolás Alonso Marcelau, párroco en Alomartes donde moriría en 1882, tras haber representado a los anarquistas españoles en Francia, donde entraría en contacto con Bakunin; por no recorrer los años 50 y 60 cuando un grupo de sacerdotes cuestionaron abiertamente al régimen; hoy, en pleno siglo XXI, parece que se ha apoderado de algunos la condición de bufones.




Mariana Pineda se topó con Fernando VII y sus bufones; entre ellos, Ramón Pedrosa, Alcalde del Crimen de Granada. El bufón es el encargado de hacer reír al jefe, de hacerlo entrar en el olvido de su responsabilidad, incluso de su autoridad. Recordemos las palabras de Hannah Arendt sobre la banalidad del mal; el mal, aunque sea terrible, no lo hacen grandes hombres sino los mediocres; para revestirse de autoridad, tienen que ponerse un uniforme, pues el poder ya lo tienen, pero exigen además autoridad; ésta se la concede la propaganda pero nunca la historia.



Pongamos por caso que un secretario-canciller recibe una llamada de teléfono, su interlocutor le habla con educación, pero él simula que le están gritando, pues tiene ante él gente que le servirá de testigos, aunque no hayan escuchado nada, para después poder acusarlo ante su jefe de no ser tratado con el respeto que merece un canciller; estos bufones son tan peligrosos como Fernando VII; el mal para ellos es banal, es más, siempre van a exigir, primero el olvido y el silencio por parte de sus víctimas y por otro, siendo éste imposible, el perdón.



Los generalísimos y sus bufones siempre han existido y existirán; no sólo en el ámbito público, sino también en la vida cotidiana, familiar y profesional.



Terminaremos citando al poeta Valente: “El uniforme del general se quita y pone como otro igual. …Sacó del bolsillo un lápiz que le habían dado por si quería dejar alguna despedida escrita para su madre o para alguien o para quién y dibujó despacio en la pared los entorchados, el fajín, los ribetes, los oros del uniforme del general. Después se puso en pie y meó largamente sobre el traje glorioso hasta quedar en paz”











martes, 21 de febrero de 2023

Eugenio Trías

 

EUGENIO TRÍAS




La primera vez que supe de Eugenio Trías fue durante mi estancia en el Colegio Español de San José en Roma; éste fue invitado para dar una conferencia junto con otros pensadores entre los que se encontraban Gianni Vattimo y García-Baró. Recuerdo que entró en el comedor junto con su mujer y ahí se quedó, parado, durante unos minutos observando cómo comíamos más de cien curas; acabábamos de llegar de las distintas universidades romanas; desde entonces le he seguido la pista. Ahora, tras de diez años de su muerte, publica la editorial Galaxia Gutenberg una selección de entrevistas, edición preparada por Francisco Arroyo.


Como se dice en la contraportada del libro, las entrevistas nos permiten acceder a lo nuclear de su pensamiento:


“Yo quería, como Arquímedes, como luego Galileo, alcanzar un punto de apoyo que me permitiese mover el mundo, mi mundo, el mundo propio que quería configurar a modo de ciudad (y cosmos) de naturaleza filosófica. Y al fin lo hallé leyendo a Wittgenstein, o releyéndolo atentamente: <<los límites de mi lenguje significan los límites de mi mundo>>. Era importante detenerse en esa frase. Lo mismo que en aquella en que dice, enigmáticamente, <<el sujeto es un límite del mundo>>. Al fin supe <<lo que somos>>; al fin se me hizo luz, no sólo sobre mi orientación filosófica, la que ya estaba latente desde La filosofía y su sombra, sino la más excelente respuesta a la gran pregunta filosófica, la que resume todas las demás (¿Qué somos? ¿En qué consiste esa asombrosa e inquietante condición que somos? ¿Qué es el hombre?). Al fin di con la respuesta que buscaba a una posible teoría de la subjetividad, una vez cuestionada y descentrada esta (o la versión moderna y poscartesiana de esta). El sujeto es <<un límite del mundo>>. El sujeto es el ser capaz de habitar ese límite que es y encarna; el sujeto es el límite entre la matriz física y el mundo, y entre el mundo y el arcano: ideas que ya están explicitadas en Los límites del mundo y que voy recorriendo desde entonces.”


“Este hombre fronterizo está abierto a muchos ámbitos, y uno de ellos es el misterio… Hay dos modos fundamentales de colonizar el misterio: la religión… y el arte… Pienso que es necesario que la razón se abra a la religión y esta a su vez, por la vía de los simbólico, a una cierta razón redefinida como fronteriza… la metafísica está aquí mismo… Lo sagrado refiere ese misterio del cual sólo podemos tener acceso indirecto, analógico…”


“Se vive un declive debido a la pujanza de la política nacionalista. El nacionalismo no ha hecho ningún bien a Cataluña y ha perjudicado, sobre todo, a Barcelona: era una ciudad abierta que ha ido perdiendo fuste y protagonismo cultural.”


miércoles, 8 de febrero de 2023

Caminando por nuestra cuenta o con maestros ajenos



¿Deben los seminaristas volver a la Facultad de Teología de Granada?


Ahora, con el cambio de obispo, muchos se preguntan si volverán o no a la facultad los seminaristas de Granada; algunos idolatran a los jesuitas, no es mi caso; ese mito del que se han rodeado estos; la sabiduría y amor a los pobres los podemos encontrar en mucha gente, en otras ordenes religiosas o movimientos nuevos o en el clero diocesano, aunque sólo sea porque somos muchos más; obras son amores y no buenas razones.

La cuestión es: ¿Qué le conviene a la Diócesis de Granada y si ésta tiene capacidad para formar a los sacerdotes en su vertiente intelectual? Cuando hablo de diócesis, no pienso más en el arzobispo y en los sacerdotes que en el pueblo de Dios.

Desconozco tanto la situación de la Facultad, en este momento, como la consistencia de la formación que los seminaristas reciben en el Seminario. Por ello, sólo puedo responder partiendo de mi experiencia en la facultad en los años que pasé en ella y contrastarlos con la facultad de Filosofía de la Universidad Lateranense de Roma, donde realicé, más tarde, el Bachiller, la Licencia y los cursos de doctorado en filosofía.

Para poder realizar los estudios de teología había que superar tres pruebas: una de griego, otra de latín y otra de francés; exactamente igual que en Roma; lo que las diferenciaba era el método. La primera diferencia es que los profesores romanos debían conocer al menos cinco idiomas y no veían a los alumnos como unos ridículos incultos que aspiran a saber; en la Lateranense, los exámenes siempre eran orales, alumno por alumno; me sorprendió que el profesorado partiese del principio de que el alumno, ante un examen, había estudiado y que lo sabía todo; en la medida en que avanzaba la disertación, la nota podía bajar de la máxima a la mínima; al final, el profesor preguntaba al alumno si estaba de acuerdo con la nota; si era así, el alumno firmaba; de lo contrario, podía volver a presentarse a la semana siguiente. La universidad romana giraba en torno al alumno; en Granada, no; recuerdo que cuando tuvimos que realizar el examen de latín en la FTGr, las chuletas iban de mano en mano hasta que cayó en las garras de una jesuitina que, tras copiarse, la destruyó; el examen de francés constaba de dos párrafos distintos e inconexos; el primero, sencillo; el segundo era para los aspirantes a entrar, no en dicha facultad granadina, sino en la Academia de la Lengua Francesa; el de griego, asumible; en Roma, en cambio, se conseguían los objetivos perseguidos por profesores y alumnos; el alumno elegía un libro de filosofía en cualquier idioma que no estuviese escrito ni en la lengua materna del alumno ni en italiano; así mismo, elegía un libro en latín; yo elegí uno de Étienne Gilson en francés y la Monodología de Leibniz, en latín; durante el examen, el alumno acudía con el libro elegido, el profesor tomaba el libro y lo abría aleatoriamente varias veces y el alumno tenía que traducirlo oralmente y de inmediato; me parece este método mejor que el practicado en la facultad de teología de Granada, pues el alumno se veía forzado a trabajar una obra filosófica consiguiendo adquirir vocabulario filosófico en otro idioma; así es posible que el alumno no alcanzase a conocer el vocabulario propio de las guías turísticas pero sí el filosófico y éste era el objetivo.

Cuando llegué a la facultad de teología de Granada, estaba en su última fase la lucha entre profesores con discursos teológicos distintos; a mí me interesaron muy poco, pues me parecían más disensiones personales entre jesuitas que teológicas, más cosas internas de ellos que cuestiones intelectuales; recuerdo un día que bajaba un histriónico gritando: “Están desmontando el despacho de Castillo, ¡impidámoslo!”; los que estábamos en el hall lo miramos y ni nos inmutamos; más tarde recibí clases del padre Pozo, no me pareció nada del otro mundo, muy anodino. Filosofía contemporánea nos las dio un recién licenciado en filosofía, y de aquellas clases, recuerdo cómo se nos dijo:“La filosofía contemporánea se caracterizaba por las obras de Marx, Nietzsche y Freud, los maestros de la sospecha, y en ¿qué consistía la sospecha? En pensar que Dios no existe”; esta frase, dicha por el sabio profesor a unos alumnos que iban a dedicar su vida a ese Dios inexistente era de una lucidez propia de los griegos; al licenciado se le olvidó someterlos a la crítica filosófica; pues digo yo que podrán ser cuestionados; al licenciado se le olvidó citar a todos aquellos pensadores que ya habían sometido a la crítica a tales filósofos; para el licenciado parece que el pensamiento terminó con los de la sospecha, lo cual siempre me hizo sospechar de su formación; tuve que esperar ir a la Urbe para enterarme del método fenomenológico del maestro Husserl, así como del pensamiento de sus discípulos Max Scheler, Edith Stein, Heidegger,  y por supuesto el de la discípula y amante del anterior, la gran Hannah Arendt. Si en la facultad granadina no podían coexistir planteamientos filosóficos y teológicos distintos, como hemos visto, en la Lateranense era todo lo contrario: había tomistas, agustinianos, hegelianos, forofos de la fenomenología, del personalismo, etc..., sin problema alguno, y esto con el Papa blanco, Juan Pablo II, tan cuestionado en estos lares por aquellos tiempos. ¡Cómo se iba a comparar al profesor polaco con los profesores de la FTGr! ¡Qué osadía la de Karol!  

No quisiera pasar de largo el examen de Filosofía Antigua en la FTGr; en mi respuesta a la pregunta en el examen, comencé a hablar de la analogía, y el profesor, temiendo mi ignorancia, me detuvo y me dijo: “No pises esos barros”. Ésta era la fe en los alumnos; pues si recorro estos caminos es porque los conozco, le contesté... En cuanto al modo como se enseñaba la lógica en la FTGr, era ridículo; me recordaba a los estudiantes de Magisterio que asomaban las manos sujetando marionetas por las ventanas de sus aulas; la lógica se nos quería enseñar con pequeños recortes de periódico; entiendo que el profesor quería que descubriésemos la estructura lógica del texto, del discurso, pero antes hay que enseñar la teoría; en la Urbe íbamos de la lógica formal al teorema de Göedel; el pensamiento de Wittgenstein lo vimos a través de una joven profesora italiana, magnífico; y a Carl Jung lo estudié por mi cuenta. Sólo vi a un profesor dejar de serlo para filosofar en directo, espectáculo único, se trataba del profesor Aniceto Molinaro; en la lateranense, profesor de metafísica; en San Anselmo, su casa, aunque era diocesano, abordaba la relación entre metafísica y mística; vivía en una de las torres del monasterio, los libros comenzaban en el primer escalón y al par que ascendías hasta la estancia, caminabas flanqueado por ellos; al llegar a la cumbre, unas copas sobre una mesa rodeada de sillones dispuestos para el diálogo y todo envuelto por estantes llenos de pensamientos, mientras que por el aire revoloteaba el maestro Eckhart, como en Zambrano Miguel de Molinos.

Hace un tiempo,  leyendo a Antonio Regalado, hijo de exiliado, criado en Estados Unidos, alumno en Harvard y profesor en la universidad de Nueva York, me sorprendió que admirase, junto con su amigo Julio Caro Baroja, a la casuística y yo tomé conciencia de lo poco que sabía sobre este tema; me trajo a la memoria las clases de moral de la persona en la FTGr, aquel profesor, aquel divo que desde que comenzaba la clase no paraba de defender sus ideas ridiculizando las demás, incluida la casuística; pero ¿cómo era esto posible, acaso no estábamos en la facultad más progre, más abierta y por tanto la más inteligente y crítica de toda España?, ¿cómo era posible que se liquidasen las ideas contrarias con un chiste y poco más?

Hay más, pero por ahora aquí me quedo...

¿Deben volver los seminaristas a la FTGr? No lo sé, pienso que deben tener una buena formación intelectual; la cuestión es si la facultad está preparada para recibirlos; si es una institución monolítica o plural; si tiene un profesorado sin complejos, maduro tanto a nivel personal como intelectual... Es sorprendente, una facultad de teología tan lejana...

La Diócesis debe pensar si le conviene ser dependiente de una orden religiosa.


Aniceto Molinaro



 

miércoles, 25 de enero de 2023

Pío Baroja El árbol de la ciencia



El árbol de la ciencia 

Pío Baroja


José Antonio Espejo Zamora



Sin duda no los jubilaban por sus influencias y por esa simpatía y respeto que ha habido siempre en España por lo inútil”.



Por el título parece que nos encontramos ante una defensa de la ciencia y del racionalismo como único horizonte del hombre; sin embargo, se trata de todo lo contrario. Sin duda, no es un libro para la gente acostumbrada a aplaudir siempre al hombre más fuerte, pues para ellos, El Árbol de la Ciencia, como dice Stendhal en Rojo y Negro, “estaría para siempre perdido para la gente sensata y moderada, que es la que distribuye, la buena consideración en el Franco Condado. De hecho, esa gente sensata ejerce aquí el más cargante despotismo; es a causa de esa fea palabra por lo que la estancia en las ciudades pequeñas es insoportable para quien ha vivido en esa gran república que se llama París. La tiranía de la opinión, ¡qué opinión!, es tan tonta en las pequeñas ciudades de Francia como lo es en las de los Estados Unidos de América…” y podría añadir como en España; es más, recuerdo una mañana desayunando en Bibarrambla en pleno s. XXI con un neurólogo, quien afirmaba que sólo creía en lo que veía y tocaba; yo callaba mientras me sentía feliz de poder tomar café con un hombre del s. XIX.




       La superación del carácter dogmático de la ciencia no es una tragedia sino una liberación tanto para la ciencia que puede seguir su camino en su ámbito como para el hombre; en esta sensibilidad encontramos también a Miguel de Unamuno desde finales del s. XIX; en palabras de don Pío: “La dictadura científica que Andrés (Hurtado) pretendía ejercer no se reconocía en la casa”. Que ellos detectaran tempranamente que el hombre y la sociedad es más que el racionalismo y aunque Pío Baroja y Unamuno, entre otros, lo expresaran en sus obras y éstas fueran leídas y ellos escuchados; no se siguió, ni para la masa de gente ni para los hombres de la política, las consecuencias que el fracaso del racionalismo como instrumento político comportaba; esta sordera conllevó la construcción social de la Alemania de Hitler y la Unión Soviética de Stalin y dos guerras: la mundial y la española. Así, el premio Príncipe de Asturias, Zygmunt Bauman, en su libro Modernidad y Holocausto, compara a la sociedad fruto del racionalismo con un jardín perfectamente diseñado del cual hay que ir arrancando todas las malas hierbas; de igual manera, en una sociedad perfecta, hay que ir eliminando a toda persona que no encajen con el diseño científico de la sociedad.


El árbol de la ciencia, si bien es cierto se ha clasificado por sus comentaristas entre los pesimistas de la generación del 98, se sitúa igualmente entre la literatura europea del siglo XX extremadamente angustiosa, consecuencia normal cuando la vida se ve como algo absurdo; recordemos la obra Albert Camus o el Lobo Estepario de Hermann Hesse; si bien Baroja no fue el maestro de estos autores, todos ellos parecen beber de las mismas fuentes, aunque Pío se adelantó a todos ellos.


En esta obra de Baroja, la angustia no surge por la pérdida de colonias ni por la toma de conciencia por parte de los españoles de su situación en el contexto internacional, como tantas veces nos han indicado en la escuela; más bien esta sensación de falta de sentido de la vida conecta con lo que se está viviendo entre algunos de los intelectuales europeos.


Europa, durante el siglo XVIII y primera parte del siglo XIX, vivirá entusiasmada por el descubrimiento del racionalismo y el método científico como el camino cierto que provocará el progreso ininterrumpido en todos los ámbitos de la vida; la economía, la sanidad, las relaciones sociales, etc…, se verán enriquecidas por estas ideas racionalistas; el problema estriba en que el progreso provocó la mejora en muchos aspectos; sin embargo, fue la vida misma la que se vio perjudicada, “-Sí -contestó Iturrioz-; la ciencia arrolla esos obstáculos y arrolla al hombre. -Eso en parte es verdad -murmuró Andrés paseando por la azotea”. En el capítulo IV se confrontarán dos visiones distintas: el racionalismo, representado por Kant y defendido por el protagonista de la novela, Andrés Hurtado, y Schopenhauer, con la exaltación de la voluntad frente a la razón como fundamento de la vida; el filósofo alemán adquiere su voz en la novela por boca de Iturrioz, tío del protagonista; aunque a lo largo de la novela quien encarna la visión de Schopenhauer es Andrés Hurtado y aunque éste no está tampoco lejos de Nietzsche, sorprende que el único momento en que es feliz es cuando contrae matrimonio con Lulú y su vida se convierte en algo aparentemente convencional contradiciendo a los dos filósofos de la voluntad; recordemos la animadversión de Schopenhauer hacia la mujer. El momento en que se declara en paz por primera vez tras su boda en una iglesia nos recuerda al artículo de Simone Weil, Formas implícitas de amor a Dios, cómo la persona ama a Dios cuando ama a otra persona a través de la amistad, del matrimonio etc… vivir amando y siendo amado se convierte en la novela en el pequeño paraíso donde el ser humano se siente realizado. 




El racionalismo comienza a balbucear con Descartes con su pienso luego existo pero será el discurso del físico Newton el que hará despertar en el mundo filosófico su deseo de utilizar el método de la física y de la matemática como modelo para filosofar; Kant desarrolla su pensamiento en este horizonte y en ese intento racionalista seguirá a través del pensamiento de Hegel, Marx, etc…; ante este camino, se desarrollará una reacción contra el racionalismo con el romanticismo, Schopenhauer, Nietzsche; así a principios del XX, cuando en 1911 se publica El árbol de la ciencia el racionalismo intelectualmente estaba superado, no así a nivel político ni a nivel popular.







La modernidad resquebrajada en sus fundamentos durante el s. XX no es fruto de las elucubraciones de cuatro filósofos y otros tantos literatos; el discurso moderno conlleva un modelo económico y político; la vida, la sociedad descrita por Baroja es fruto de dichos modelos: “A pesar de estas tendencias enfrentadoras, durante muchos días estuvo Andrés impresionado por lo que dijeron varios obreros en un mitin de anarquistas del Liceo Ríus. Uno de ellos, Ernesto Álvarez, un hombre moreno, de ojos negros y barba entrecana, habló en aquel mitin de una manera elocuente y exaltada; habló de los niños abandonados, de los mendigos, de las mujeres caídas…  Cuando exponía sus ideas acerca de la injusticia social, Julio Aracil le salía al encuentro con su buen sentido: -Claro que hay cosas malas en la sociedad -decía Aracil-. ¿Pero quién las va a arreglar? ¿Esos vividores que hablan en los mítines? Además, hay desdichas que son comunes a todos; esos albañiles de los dramas populares que se nos vienen a quejar que sufren el frío invierno y el calor del verano, no son los únicos; lo mismo nos pasa a los demás… -Si quieres dedicarte a esas cosas -le decía-, hazte político, aprende a hablar… Claro que toda reforma en un sentido humanitario tenía que ser colectiva y realizarse por un procedimiento político, y a Julio no le era muy difícil convencer a su amigo de lo turbio de la política… Se iba inclinando a un anarquismo espiritual, basado en la simpatía y en la piedad, sin solución práctica ninguna… La lógica justiciera y revolucionaria de los Saint-Just ya no le entusiasmaba, le parecía una cosa artificial y fuera de la naturaleza. Pensaba que en la vida ni había ni podía haber justicia. La vida era una corriente tumultuosa e inconsciente donde los actores representaban una tragedia que no comprendían, y los hombres, llegados a un estado de intelectualidad, completaban la escena con una mirada compasiva, y piadosa.


El siglo XIX, en el que todavía viven algunos, atacó de forma muy dura a la Iglesia Católica, teniendo la burguesía con su racionalismo la habilidad de ser verdugo y pasar por víctima; así el profesor norteamericano  Christopher A. Ferrara, en su libro La Iglesia y el liberalismo ¿Es compatible la enseñanza social católica con la Escuela Austriaca?, afirma: “Este proceso siempre fue básicamente el mismo: robar a la Iglesia para dar a los ricos… En resumen, el capital de los primeros capitalistas ingleses se obtuvo en gran parte por un latrocinio estatal a gran escala, por culpa del cual el pueblo común fue separado de la tierra y por tanto de los medios de producción, obligándolos, entonces, a ir a las fábricas de la Revolución Industrial para conseguir el sustento. Incluso aquel firme defensor protestante de la Revolución Industrial, T.S. Ashton, se vio obligado a reconocer la verdad: Desahuciados de sus casas, que fueron luego derruidas, ellos (los campesinos desposeídos) se aglutinaron en lugares donde las tierras estaban aún abiertas o se dedicaron a deambular como pobres. Ellos y sus descendientes contribuyeron en gran parte al cuerpo de los semi-empleados, trabajo ineficiente que iba a turbar la paz de los políticos y administradores de las Leyes de Pobres hasta 1834 y más allá… Éste es el latrocinio estatal de las tierras comunales que creó una gran masa de capital humano -hombres, mujeres y niños- sueldos de hambre; horarios mortales; condiciones laborales viles e insalubres; barcas de la muerte mandadas por rufianes fueron todos resultado de la primigenia intervención estatal por la cual la población de Inglaterra fue desahuciada de la tierra…” en Inglaterra y en el resto de Europa; pero tanto la burguesía como los movimientos sociales, en lugar de autoinculparse o de señalar con el dedo las causas reales de la marginación y explotación del hombre, dirigieron la mirada a la Iglesia culpándola, cuando en realidad ella fue una de las grandes víctimas; aun hoy algunos profesores, incultos o interesados, siguen enseñando de forma poco clara el pasado.




Si la Iglesia Católica fue debilitada tanto a nivel económico como en su credibilidad, conforme avanzaba el desarrollo del capitalismo burgués y el racionalismo se fijaba la idea de progreso ininterrumpido que nos ha ido conduciendo a lo que hoy se llama cambio climático y del que el sistema económico también sabe sacar partido a la vez que culpa al ciudadano, al individuo por sus usos y costumbres; ellos nunca son responsables; si la idea de progreso ininterrumpido se ha visto falsa como elemento salvador  al mostrar que no siempre se progresa sino que a veces el progreso realmente es un retroceso, el paraíso, fruto del progreso, siempre se sitúa en un futuro que no termina de llegar y desde luego la salvación no sería para todos; no es lo mismo ser belga que del Congo Belga. El conocimiento, tal y como lo concibe el racionalismo, exige, en un primer momento, deconstruir, para más tarde, construir, deshacer. Baroja, en el libro que nos ocupa, lo describe: “Jaime Massó… Sin ser inteligente, sentía tal curiosidad por el funcionamiento de los órganos, que si podía se llevaba a casa la mano o el brazo de un muerto, para disecarlos a su gusto. Con las piltrafas, según decía, abonaba unos tiestos… Otra cosa caracterizaba a Massó; su wagnerismo entusiasta e intransigente…”; pienso que abonar las macetas con restos humanos o hacer jabón con ellos debe ser propio de los wagnerianos. La Iglesia Católica convocará el Concilio Vaticano I para contrarrestar la dinámica racionalista; y como siempre, la Iglesia vuelve a anticiparse y acertar; es verdad: según mi recuerdo en la Facultad de Teología de Granada, nos ridiculizaban este concilio con el objeto de reivindicar el Vaticano II, pero ocultaban a qué respondía el concilio del siglo XIX.





Pío Baroja retrata muy bien al hombre del siglo XX, desprovisto de asideros; la religión y la ciencia han quedado desacreditadas; al hombre, sin Dios y sin proyecto humano, no le queda más remedio que convertirse en un vagabundo que busca sobrevivir. Ernst Cassirer, en su libro Filosofía de la Ilustración, citando a Goethe, dirá: “La frase de Goethe acerca de la fe y de la incredulidad muestra también su profundidad y verdad con respecto a la Ilustración. Cuando señala que el conflicto entre la fe y la incredulidad constituye el tema más hondo y hasta el único de la historia universal y humana y cuando añade que todas las épocas en que domina la fe son espléndidas, tonificadoras fecundas para el mundo coetáneo y para la posteridad, mientras que aquellas en que triunfa la incredulidad se disipan ante la posteridad porque nadie puede satisfacerse con el conocimiento de lo estéril…



El profesor Antonio Regalado, experto en Pío Baroja, en su estudio sobre Calderón de la Barca, apunta a una modernidad con raíz española perdida en favor del pensamiento alemán: “Calderón se nos presenta tenaz y profundo, oponiendo la menesterosidad del ser al optimismo de la ontoteo-logía y cuestionando el principio de razón suficiente, que nada es sin razón, enunciado formalmente por Leibniz, aunque implícito y operante desde los comienzos de la metafísica occidental e imprescindible fundamento de la fe en la razón. El dramaturgo gustó de la palabra abismo…para reflejar el vértigo del desamparo, vacío de toda razón y desvelador de la inefable presencia del misterio. En el teatro sagrado, el hombre descubre el deus absconditus agazapado en el tenebroso abismo interior; en el drama profano, borradas las huellas del dios escondido, sólo la muerte, el no ser, la nada… Descartes, su coetáneo, inaugura la filosofía moderna fundamentándola en el cogito ergo sum, el primero y el más cierto de los principios. Sin embargo, esa cosa pensante que Descartes identifica con el sujeto… es un ente que está desprovisto de dependencia, de menesterosidad, ya que a la enunciación cartesiana falta la circunstancia o mundo. Calderón parte de una posición análoga, de un sujeto pensante que al pensar conoce, desea, imagina, percibe y siente, es decir, representa, en tanto no sólo se hace presente el objeto sino que se representa a sí mismo representándose en un mundo inseparable de su representar…Ortega y Gasset en su segunda navegación… (afirmará) <<el drama del hombre es en rigor un auto sacramental, un misterio en el sentido de Calderón, es decir, un acontecimiento trascendental>>…

El racionalismo, sin embargo, sigue funcionando,

pero como un neurótico que continuamente se lava

las manos o como un hámster que no para de rodar dentro

de una rueda; así el racionalismo se ve incapaz de dar

salida al hombre.





martes, 17 de enero de 2023

Julio Ramón Ribeyro literatura Gójar

 Literatura

Parroquia de Gójar






Libro: Cuentos.

Autor: Julio Ramón Ribeyro.

Lugar: Salón Parroquial.

Fecha: 29 de enero a las 17:30 horas.



viernes, 6 de enero de 2023

Pedro de Granada Alpujarra Almería Andarax

 

PEDRO DE GRANADA

José Antonio Espejo Zamora

        No hace mucho, en un archivo granadino, encontré el documento por el cual los Reyes Católicos le donaban a Pedro de Granada las tierras en la Alpujarra de Almería (Valle de Andarax); el documento es de 1502. Así mismo, al final, encontraréis cómo en 1883, Rosa Santiesteban y Chinchilla, cuñada de Pastora García Alarcón, asesinada en la granadina calle de la Gloria, donó a Isabel II el retrato de Boabdil.


Real Cédula ganada por don Pedro de Granada, Reyes Católicos1502 (Foto: José Antonio Espejo Zamora)


Real Cédula ganada por don Pedro de Granada, Reyes Católicos1502 (Foto: José Antonio Espejo Zamora)

Real Cédula ganada por don Pedro de Granada, Reyes Católicos1502 (Foto: José Antonio Espejo Zamora).

Retrato de Boabdil

Periódico La Lealtad, Granada 11 de febrero de1883