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Aquella casa de México |
FUEGOS, MARGUERITE
YOURCENAR
Cuando lo pierdo todo, me queda Dios. Si pierdo a Dios, vuelvo a encontrarte. No se puede poseer al mismo tiempo la noche
inmensa y el sol.
(M.Y.)
María Magdalena o la
Salvación es uno de los nueve capítulos del libro FUEGOS de Marguerite
Yourcenar. Según ella misma manifiesta al comienzo del libro, “…es una colección de Poemas de Amor, o, si se
prefiere, como una serie de prosas líricas unidas entre sí por una cierta
noción del amor”... Este capítulo, María Magdalena o la Salvación, según
ella misma explica, es la excepción al ser incluido dentro de los clásicos, FEDRA O LA DESESPERACIÓN, AQUILES O LA
MENTIRA, PATROCLO O EL DESTINO, ANTÍGONA O LA ELECCIÓN, LENA O EL SECRETO, MARÍA
MAGDALENA O LA SALVACIÓN, FEDÓN O EL VÉRTIGO, CLITEMNESTRA O EL CRIMEN, SAFO O
EL SUICIDIO, “…los personajes míticos
o reales que
estos relatos evocan
pertenecen todos a la
antigua Grecia, excepto
María Magdalena, situada
en ese mundo
judeo-sirio en que apareció
el cristianismo…”
Leí el libro completo. Es
pequeño, según qué Edición entre 40 o 50 páginas, pero esa excepción, —incluir a esta Santa dentro de los
Clásicos—, es lo que consiguió despertar
mi interés particular, además de por ser yo una gran admiradora y devota de
María Magdalena por coincidir su festividad, el 22 de Julio, con el
fallecimiento de mi madre, hace ya 29 años; a ella dedico con profunda
nostalgia y amor, este pequeño artículo.
Gracias al Grupo de
Literatura de la Parroquia Nuestra Señora de La Paz de Gójar, tuve la
oportunidad de acercarme a esta gran escritora, Marguerite Yourcenar, a la que
he dedicado muchas horas estudiando su biografía, leyendo, releyendo,
profundizando en muchos de sus trabajos,
escritos, artículos, cuentos, libros, cada vez resultándome más interesantes y
en los que siempre encuentro respuestas a cuestiones importantes para el ser
humano.
Cuando llegó a mis
manos por casualidad este libro, y al leer el capítulo al que hago referencia,
lo encontré lleno de unas maravillosas metáforas que indicaban la sensibilidad
de Yourcenar para reflejar su espiritualidad, su enorme fe y su religiosidad
cristiana llena de simbolismos, además de demostrar un profundo conocimiento
del Evangelio. Sin más palabras, me sentí cautivada por su libro. Y, por ello,
lo comparto con vosotros.
Pequeño estudio de las metáforas de una parte del libro
FUEGOS: MARÍA MAGDALENA, O LA SALVACIÓN
de Marguerite Yourcenar.
Mis interpretaciones
personales las señalo en cursiva y en negrita.

Me llamo María: me
llaman Magdalena. Magdala es el nombre de mi pueblo: es la pequeña comarca
donde mi madre poseía unos campos, (trigo, pan), donde mi padre poseía
unas viñas, (vino). Nací en Magdala. A mediodía, (juventud), mi hermana
Marta repartía jarras de cerveza a los obreros, en la granja; (Marta
da lo material, el servicio), yo me llegaba a ellos con las manos
vacías; (yo lo carnal), bebían mi sonrisa a lengüetazos; sus miradas me
palpaban como si yo fuera una fruta ya casi madura, cuyo sabor depende de un
poco más de sol, (yo era muy joven aún). Mis ojos eran dos fieras atrapadas en
la red de mis pestañas; (no veía nada, no había conocido nada aún), mi
boca casi negra, una sanguijuela hinchada de sangre (la sanguijuela se aprovecha de
otra persona, también significa la maldición de Caín). El palomar
rebosaba de palomas; (abundancia, paz) el arca, (alianza
con Dios, compromiso) de panes; (milagro de los panes) el cofre, de
monedas con la efigie del César. (Da al César lo que es del Cesar…).
Marta se estropeaba la vista marcando mi ajuar con las iniciales de Juan (solo
las personas importantes marcaban con su “sello”, sus iniciales. —INRI—). La madre de Juan
tenía pesquerías; (milagro de los peces) el padre de Juan tenía viñas. (Conversión
del agua en vino). Juan y yo, sentados el día de la boda bajo la
higuera de la fuente, (Parábola de la Higuera Estéril), sentíamos
ya sobre nosotros el intolerable peso de setenta años de felicidad. (Número
que simboliza la espiritualidad, lo místico, la contemplación de Magdalena. Si
Marta es la activa, María es la contemplativa). La misma música de
baile se tocaría en las bodas de nuestras hijas; yo me sentía ya llena de los
hijos que ellas iban a tener. (Todo continuaría como siempre, según la
tradición, creced y multiplicaos). Juan llegaba hacia mí desde el fondo
de su infancia; (inocencia), sonreía a los ángeles como los niños, (Dejad
que los niños se acerquen a Mí) a los ángeles que eran sus únicos
compañeros; yo había rechazado, por amor a él, los ofrecimientos del centurión
romano. (Querían prostituirme, me obligaban a tener otro dios), Juan
huía de la taberna donde las prostitutas se agitan como víboras (serpientes,
símbolo del pecado, al que solo María de Nazaret, aplastaría su cabeza – su
poder) al son excitante de una flauta triste; (música de encantamiento, de
engaño, mentira), apartaba la vista para no ver el rostro redondo de
las criadas de la granja (miraba para otro lado). Amar su inocencia fue mi primer pecado. (Empezaría
aquí mi sufrimiento y abandono). No
sabía yo que estaba luchando contra un rival invisible, (estaba luchando por el amor de Juan a Dios,
a Jesús, y de Él a Juan), lo mismo que nuestro padre Jacob contra el
ángel, (Episodio bíblico Génesis 32 y Oseas 12, en el que Jacob puede vencer
al Ángel y éste le cambia el nombre para llamarlo Israel, que significa “lucha
con Dios”) ni que la apuesta
del combate era aquel muchacho de cabellos desordenados, coronados de briznas
de paja (el heno del Portal de Belén) y que esbozaban una especie de
aureola. (La Santidad, Jesús de Nazaret, ¡sería el premio!, ¡la recompensa!, ¡el
Paraíso!). Yo no sabía que otro, (Dios), había amado a Juan antes de
que yo lo amara, antes de que él me amara a mí; yo no sabía que Dios era el
remedio que buscan los solitarios. (Amaos los unos a los otros como yo os he
amado). Presidía yo el banquete de bodas (yo era la novia, la núbil, la Nueva
Esperanza) en el cuarto de las mujeres; las matronas me susurraban al
oído consejos de alcahuetas y recetas de cortesanas; la flauta gritaba como una
virgen; (las flautas son dulces, son sencillas, pero embaucadoras), los
tambores resonaban como corazones; (con el fuerte latido del tam, tam)
las mujeres se revolcaban en la sombra, paquetes de velos, racimos de senos, y
me envidiaban con voz pastosa la violenta felicidad de recibir al Esposo. (Eran
viejas, representan lo antiguo, se escondían entre los velos de las mentiras,
tenían celos de la plenitud de la novia, la Nueva Iglesia de Jerusalén).
Los corderos que estaban degollando en el patio chillaban como los inocentes
entre las manos de los carniceros de Herodes; (matanza de los Santos
Inocentes), no pude oír, a lo lejos, el balido del Cordero ladrón. (La
llamada de Jesús que me quitaba a Juan, ladrón significa “llegada inesperada de
Dios”). Los humos de la noche (“cortina de humo” Evangélica de San Juan,
el discípulo amado) lo emborronaron todo en la habitación de arriba; el
día gris perdió el sentido de las formas y colores de las cosas:
(gris y blanco, noche y día, duda…) — no reparé en el blanco vagabundo (Jesús
vestido con túnica blanca), sentado entre los parientes pobres, en el
extremo más alejado de la mesa de los hombres— (las mesas de las mujeres estaban
siempre separadas de las de los hombres, ellos no podían sentarse donde se
hubiera sentado una mujer por considerarla impura —apóstata—. Jesús estaba con los
pobres, con los desheredados) que comunicaba a los jóvenes, sólo con tocarlos
o con darles un beso, la horrible especie de lepra (ignorancia) que les
obliga a apartarse de todo. (Ven y Sígueme). Yo no adivinaba la
presencia del Seductor que hace parecer la renuncia tan dulce como el pecado. (Coge
tu Cruz y Sígueme). Cerraron las puertas (quitaron la oportunidad, la
Gracia), quemaron perfumes (inciensos) para alejar a los
diablos (aléjate de mí satanás) y nos dejaron solos. (Desnudos
ante la presencia de Dios). Al levantar los ojos, advertí que Juan no
había hecho sino atravesar su fiesta de bodas como si fuera una plaza llena de
gente con motivo de alguna fiesta pública. Temblaba sólo de dolor; estaba
pálido, pero de vergüenza; sólo temía un desfallecimiento del alma que lo
dejara impotente para poseer a Dios. (Tenía que elegir). Yo era incapaz de distinguir en el rostro de
Juan la mueca del asco de la del deseo: era virgen y, además, toda mujer que
ama es una pobre inocente (no conoce). Comprendí más tarde que
yo representaba para él la peor de las culpas carnales, el pecado legítimo,
aprobado por la costumbre, tanto más vil cuanto que está permitido revolcarse
en él sin rubor, tanto más de temer cuanto que no trae consigo la condenación. (El
amor bendecido). Había elegido
en mí a la más escondida de las muchachas a quien él pudiera cortejar con la
secreta esperanza de no obtenerla nunca; (yo tenía mejores ofertas) justificaba
su repugnancia hacia otras presas más accesibles; (a las prostitutas de las
tabernas), sentada en aquella cama, ya no era más que una mujer fácil
(como cualquiera de ellas). La imposibilidad en que se encontraba de
amarme creaba entre nosotros una similitud más fuerte que esos contrastes del
sexo que sirven, entre dos seres humanos, para destruir la confianza, para
justificar el amor: ambos deseábamos ceder a una voluntad más fuerte que la
nuestra, entregarnos, ser cogidos, y salíamos al paso de todos los dolores para
dar a luz una nueva vida. (La renuncia al placer vislumbraba un
cambio). Aquella alma de largos cabellos corría hacia un Esposo. (Juan
me abandonaba para seguir a Jesús). Apoyaba la frente en el cristal
cada vez más empañado por su aliento; los ojos cansados de las estrellas ya ni
siquiera nos espiaban; (estrellas, Ángeles, nos bendecían, estaban
seguros que no íbamos a pecar), una sirvienta al acecho al otro lado de
la puerta tomaba quizá mis sollozos por exclamaciones de amor. Se alzó en la
noche una voz llamando a Juan por tres veces, (negación de San Pedro), como
sucede en las casas en donde alguien va a morir: (Dicen que la muerte llama tres
veces para que recapacites, perdones, y entregues tu alma a Dios), Juan
abrió la ventana, (para poder oír las Buenas Nuevas) se asomó para medir la
profundidad de la sombra y vio a Dios. (Luz y sombra, distancia entre los dos
mensajes – Antiguo Testamento y el Nuevo). Yo no vi más que las sábanas
de la cama (lo profano) las ató para hacer con ellas una cuerda; moscas de
fuego palpitaban en la tierra como si fueran astros, (el infierno, el señor de las
moscas), así que él parecía sumergirse en el cielo. (Había
elegido a Jesús). Perdí de vista a aquel tránsfuga (el que cambia de opinión, el que
se fuga), incapaz de preferir una mujer al pecho de Dios. Abrí
prudentemente la puerta de mi habitación, en donde nada había sucedido a no ser
una huida. Salté por encima de los convidados, que roncaban en el vestíbulo y
cogí de la percha el capuchón de Lázaro. (Me protegía con la autoridad de mi
hermano). La noche era demasiado oscura para ver en el suelo las
huellas de las plantas divinas; (no podía seguir a Jesús, estaba ciega), las
piedras (de la inocencia) en las que tropezaba no eran de aquellas que
yo saltaba a la pata coja al salir del colegio; (eran las de la adultez,
tropiezos, los pecados, lo importante, las recaídas), percibía las
casas por primera vez como las ven desde fuera los que no tienen hogar. (Un
deseo de ser protegida). Por los rincones de las callejuelas de mala
fama, tornaban a rezumar los consejos en las bocas desdentadas de las
alcahuetas; (los malos avisos, las exhortaciones), había vomitonas de
borrachos (escupían sapos y culebras), bajo los arcos del mercado (Jesús
expulsa a los mercaderes del templo), que me recordaron los charcos de
vino del festín de bodas, (se arroja lo inservible, lo superfluo).
Para escapar de la ronda, (de las prostitutas) corrí a lo
largo de las galerías de madera de la posada, hasta llegar al cuarto del
teniente romano. Aquel bruto me abrió, borracho aún de las libaciones en mi
honor a la mesa de Lázaro; (había sido invitado a la boda), sin
duda me tomó por una de las rameras con quien solía acostarse. Mantuve la cara
tapada con el capuchón de Lázaro; (me escondía tras la protección de la casa
de mi hermano), la cosa fue más fácil cuando se trató de mi cuerpo. (No
me pudo quitar mi espíritu). Cuando él me reconoció, yo ya era María
Magdalena. (Magdalena, torre de Dios). Le oculté que Juan me había
abandonado en mi noche de bodas por miedo a que se creyera obligado a verter,
en el vino de su deseo, el agua insípida de su compasión. (Hacerme suya, mezclar el agua
con vino, evitar el repudio). Le dejé creer que yo prefería sus brazos
velludos a las manos largas y siempre juntas de mi pálido novio: (en
actitud de plegaria) le guardé el secreto a Juan de su fuga con Dios.
Los niños del pueblo (los que no entendían nada) descubrieron
dónde me encontraba y me tiraron piedras (como a las adúlteras). Lázaro mandó
limpiar el estanque del molino, creyendo encontrar allí el cadáver de Juan; (el
abandono a su hermana no podía tener otra razón, sino la causa de la muerte de
mi desposado,). Marta agachaba la cabeza al pasar por delante de la
posada; (sentía vergüenza), la
madre de Juan vino a pedirme cuentas del pretendido suicidio de su hijo único; (se
había ido, abandonó todo para seguir a Jesús), yo no me defendí: me parecía menos humillante dejarles creer a
todos que el desaparecido me había amado locamente. Al mes siguiente, Marius
recibió órdenes de reunirse, en Gaza, con la segunda división de Palestina; no
pude encontrar el dinero necesario para adquirir en el carro uno de esos
puestos de tercera clase reservados desde siempre a los profetas, a los miserables,
a los soldados con permiso y a los Mesías. EI posadero me contrató para limpiar
los vasos: (¡Ay de vosotros escribas y fariseos hipócritas, porque limpiáis los
vasos y platos por fuera, pero por dentro están llenos de robo y desenfreno!,
Mateo 23: 25-28) aprendí de mi patrón la cocina del deseo (lo
más íntimo de una persona). Era muy dulce para mí saber que la mujer
despreciada por Juan caía sin transición al último puesto de las criaturas:
cada golpe, cada beso me modelaban un rostro, unos pechos, un cuerpo diferente
del que mi amigo no había acariciado. Un camellero beduino consintió en
llevarme a Jaffa mediante el pago en abrazos; un marino marsellés me tomó a
bordo de su barco: yo iba acostada en la popa y me contagiaba del cálido
temblor del mar lleno de espuma. (Mucho tiempo alejada de Él en búsqueda
constante, perdida en muchos mares…) En un bar del Pireo, un filósofo
griego me enseñó la sabiduría como si fuera un desenfreno más. (Los que se burlan y escarnecen las severas máximas de la ley de Dios,
porque no se acomodan a las de su vivir desenfrenado, buscan la Sabiduría, y no la hallan). En
Esmirna, las larguezas de un banquero me enseñaron la dulzura que el chancro (perlas)
de la ostra y las pieles de los animales feroces añaden a la piel de
una mujer desnuda, de suerte que fui envidiada, además de deseada. En
Jerusalén, un fariseo me enseñó a hacer uso de la hipocresía como si fuera un
colorete inalterable. (Máscara, hipocresía, mentira…). En
un tugurio de Cesárea, un paralítico (convertido) ya curado me habló de
Dios. Pese a las súplicas de los ángeles, que sin duda se esforzaban por
devolverlo al cielo, Dios continuaba errando de pueblo en pueblo, mofándose de
los sacerdotes, (Mateo 21:23 Jesús perdido y hallado en el Templo), insultando
a los ricos, (no se puede servir a Dios y al dinero; que el hombre no viva apegado a
los bienes materiales, sino que los comparta,… la aguja en el pajar), dividiendo a las familias (deja a tu padre y a tu madre)
disculpando a la mujer adúltera, (el que esté libre de culpa que tire la
primera piedra) ejerciendo por todas partes su escandaloso oficio de
Mesías. (Perdonando a los pecadores, acogiendo a las rameras, no respetando el
Sábat, etc…) Hasta la eternidad
tiene su hora de moda: uno de aquellos martes en que sólo invitaba a gente
célebre, Simón el fariseo tuvo la ocurrencia de rogar la asistencia de Dios. (Simón
invitó a comer a Jesús, una mujer lavó sus pies, los perfumó y los secó con su
cabellera). Yo había rodado
tanto con la intención de darle, a aquel terrible Amigo, (Jesús) una rival menos
ingenua. Seducir a Dios era quitarle a Juan su porte de eternidad, era
obligarlo a recaer sobre mí con todo el peso de su carne. Pecamos porque Dios
no está: como nada perfecto se presenta a nosotros, nos resarcimos con las
criaturas. (El vacío, la nada…) Cuando Juan comprendiese que Dios sólo
era un hombre, ya no habría ninguna razón para que no prefiriese mis senos. Me
atavié como para ir al baile; me perfumé como para meterme en una cama. (Como
las mujeres fáciles,). Mi entrada en la sala del banquete (¿última
cena?, ¿comida en Betania?) hizo que se parasen las mandíbulas; los
Apóstoles se levantaron con gran tumulto, por miedo a verse infectados con el
roce de mis faldas: a los ojos de aquellas gentes yo era tan impura como si
estuviera continuamente sangrando (menstruando, ignorando el Mensaje).
Tan sólo Dios permanecía sentado en la banqueta de cuero: instintivamente
reconocí aquellos pies desgastados de tanto andar por todos los caminos de
nuestro infierno, (nuestros pecados), aquellos cabellos llenos de piojos de
astros, (estrellas, ángeles) aquellos grandes ojos puros como únicos
pedazos que de su cielo le quedaban...(azules, profundos…).

Era feo como el dolor; estaba sucio como el
pecado. (Isaías 53). Caí de rodillas, tragándome mi salivazo, (mis
palabras, mis blasfemias), incapaz de añadir el sarcasmo al horrible
peso del desamparo de Dios. Me di cuenta en seguida de que no podría seducirlo,
pues no huía de mí. (No podía haber deseo, estaba ya en mí). Deshice mis cabellos
como para tapar mejor la desnudez de mi culpa; (mi pelo cubriría mis senos), vacié
ante él el frasco de mis recuerdos (le confesé mis errores, mis pecados, mi
adulterio –no decidir entre el Nuevo y el Antiguo Testamento-).
Comprendía que aquel Dios fuera de la ley (de la Ley de los Romanos, de Leyes que
empezaban a cambiar con la Buena Noticia) debía haberse deslizado una
mañana fuera de las puertas del alba, (se había fugado del cielo) dejando
tras de sí a las personas de la Trinidad, sorprendidas de no ser más que dos. (Dios
y el Espíritu Santo). Se había alojado en la posada de los días; (se
quedaba con nosotros hasta el fin de los tiempos), se había prodigado a
innumerables transeúntes que le negaban su alma, (los que no querían seguirle), mas
reclamaban de él todas las tangibles alegrías. (Señor, cúrame, dáme, perdóname,
sálvame…) Había soportado la compañía de bandidos, el contacto de
leprosos, la insolencia de los policías: consentía igual que yo (una
ramera) en pertenecer a todos, espantoso destino... Puso sobre mi
cabeza su ancha mano de cadáver, (su crucifixión) que parecía hallarse ya sin sangre (muerte).
No hacemos más que cambiar de esclavitud: en el momento preciso en que me
abandonaron los demonios, me convertí en posesa de Dios. (Dejé de pertenecer a los hombres
para pertenecerle a Él). Juan se borró de mi vida, como si el
Evangelista (San Juan) no hubiera sido para mí sino el Precursor: frente a
la Pasión, me olvidé del amor. (El sufrimiento y Pasión de Jesús me
borraron el deseo carnal). He aceptado la pureza como la peor de las
perversiones: (siendo pura iba a agradar a Dios), he pasado noches en blanco,
(velando
por la llegada del Esposo), tiritando de rocío (madrugadas) y de
lágrimas, tumbada en el campo en medio de los Apóstoles, (mientras Jesús oraba al Padre) como
un montón de corderos enamorados del Pastor. He envidiado a los muertos sobre
los que se acuestan los Profetas para resucitarlos. (Los que se salvan) Ayudé
al divino curandero (Jesús) en sus curas maravillosas: froté con barro los ojos de
los ciegos de nacimiento. (Fui su Apóstol). Dejé que Marta
trabajase en mi lugar el día de la comida de Betania, (Juan 12: 1-3 Jesús es ungido en
Betania) por miedo a que Juan se sentara al lado de las rodillas
celestiales, en el taburete que yo habría dejado. Fueron mis lágrimas (Los
que lloran serán consolados), y mis gritos los que obtuvieron del dulce
taumaturgo (el que hace milagros) el segundo nacimiento de Lázaro: ((resurrección,
acepta el cambio,… y habrá un Cielo Nuevo y una Tierra Nueva) aquel
muerto envuelto en vendas que daba sus primeros pasos en el umbral de la tumba
era casi nuestro hijo. (Había nacido de nuestro deseo de volver a
vivir, la vida nueva del Antiguo al Nuevo Testamento.) Le busqué
discípulos, mojé mis manos pálidas con el agua de fregar de la Santa Cena; (me
humillé) me mantuve al acecho en el «square» (Huerto) de los Olivos,
mientras se daba el golpe de la Redención. Tanto lo quise que dejé de
compadecerlo: mi amor se cuidaba de agravar ese desamparo, lo único que lo
convertía en Dios. Para no arruinar su carrera de Salvador, consentí en verlo
morir, (acepto su martirio), a la manera de una amante, que consiente
en que su amado haga un brillante matrimonio. (Renuncia por amor, busca la
felicidad del otro). En la sala de los pasos perdidos, (lugar
de paso, de transición, de meditación) cuando Pilatos nos dio a elegir
entre un facineroso y Dios, grité como los demás que soltaran a Barrabás. Le vi
acostarse en el lecho vertical de sus nupcias eternas; (Cruz e Iglesia) asistí
al momento horrible en que lo ataban con cuerdas, al beso que dio a la esponja
aún empapada de un amargor marino, (las esponjas naturales del mar empapadas en
vinagre, beso de Judas..) a la lanzada del soldado (Longino) que se
esforzaba por perforar el corazón del divino vampiro, (Muerte, que chupa la sangre)
con miedo de que tornara a levantarse para chupar el porvenir. (Que
volviera a reinar sobre la tierra). Sentí estremecerse sobre mi frente aquella dulce
ave de rapiña clavada en la puerta de los Tiempos. Un viento de muerte horadaba
los cielos, desgarrándolos como si fueran un velo; el mundo se vencía del lado
de la noche, (la tierra tembló y se oscureció) arrastrado por el peso de la
cruz. El pálido capitán colgaba de las vergas (palo mayor de las naves) del
Tres Mástiles, (Los tres crucificados: Jesús, Dimas y Gestas) sumergido por la
Culpa: el hijo del carpintero (José) expiaba los errores que su
Padre eterno había cometido en sus cálculos. (El perdón de los pecados)
Yo sabía que nada bueno podría nacer de su suplicio: el único resultado de
aquella ejecución iba a ser mostrar a los hombres que es fácil deshacerse de
Dios. (poder de renuncia voluntaria a Él). El Divino sentenciado a
muerte sólo dejaba caer al suelo inútiles semillas de sangre. (Parábola
del Sembrador). Los dados trucados del Azar saltaban inútilmente en
manos de los centinelas; (los soldados rifaron su Túnica) los
harapos de la Túnica infinita no le servían a nadie para hacerse un traje. (La
Verdad no se puede tapar). En vano vertí a sus pies la ola oxigenada de
mi cabellera; en vano intenté consolar a la única Madre que ha concebido a
Dios. (María de Nazaret). Mis gritos de mujer y de perra no llegaban
hasta mi dueño muerto. Los ladrones, al menos, compartían su misma pena (Dimas y Gestas) al pie de aquel eje
por donde pasaba todo el dolor del mundo, yo no hacía sino estorbar su diálogo
con Dimas. (En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el Paraíso). Levantaron
escaleras, halaron cuerdas. (Descenso de la Cruz) Dios se
desprendió, como un fruto maduro, dispuesto ya a pudrirse en la tierra del
sepulcro. Por vez primera, su cabeza inerte descansó en mi hombro, el jugo de
su corazón nos ponía las manos pegajosas, como en época de vendimias. (Su
sangre y su sudor). José de
Arimatea iba delante de nosotros con un farol (Yo soy la luz del Mundo);
Juan y yo nos doblábamos bajo el peso de aquel cuerpo más pesado que el hombre;
(Éste
es mi Cuerpo), unos soldados nos ayudaron a colocar una piedra de
molino tapando la entrada del sepulcro. No regresamos a la ciudad hasta que
llegó el frío del sol crepuscular. Volvimos a encontrarnos, no sin estupor, con
tiendas y teatros, con la insolencia de los taberneros, con los diarios de la
tarde (voceros, portavoces) cuya página de sucesos llenaba la Pasión.
(Era
de lo único que se hablaba). Pasé la noche escogiendo mis mejores
sábanas de cortesana; (para hacer el Sudario), al llegar
la mañana envié a Marta a comprar todos los perfumes que encontrase al mejor
precio. Cantaban los gallos, como si quisieran refrescar el arrepentimiento de
Pedro: asombrada de que llegara el día, me metí por un camino de los arrabales
bordeado de manzanos que recordaban la culpa (el pecado original) y de
viñas que recordaban la Redención (el Sacramento de la Comunión, del
sacrificio de la Misa). Guiada por un recuerdo, ángel incorruptible, (la
conciencia) entré en aquella caverna horadada en lo más profundo de mí
misma; (mi yo profundo), me acerqué a aquel cuerpo como a mi propia
tumba. Yo había renunciado a toda esperanza de Pascua, a toda promesa de
resurrección. (Había perdido la fe). No me di cuenta de que la piedra del
lagar se hallaba tajada en toda su longitud a consecuencia de alguna
fermentación divina; Dios se había levantado de la muerte como de un lecho de
insomnio: (Resurrección) de la tumba deshecha colgaban las sábanas
mendigadas al jardinero (a Jesús que no había sido reconocido).
Era la segunda vez en mi vida que yo me hallaba ante una cama donde dormía un
ausente. (Juan y Jesús) Los granos de incienso rodaron por el suelo
del sepulcro y cayeron al fondo de la noche. Las paredes me devolvieron mi
aullido de vampiro insatisfecho; (el Eco de la vida) al salirme fuera
de mí, me di en la frente con la piedra del dintel. (Entendí. Caí de bruces.). La nieve de los narcisos (belleza) permanecía
virgen de toda huella humana: los que acababan de robar a Dios caminaban por el
cielo. (Los Ángeles). El jardinero, encorvado hacia el suelo, (Jesús
mirando al hombre) escardaba un macizo de flores: (los bendecidos) levantó
la cabeza bajo el sombrero de paja que formaba como una aureola de sol y de
verano; caí de rodillas, llena del dulce temblor de las mujeres enamoradas que
creen sentir cómo se derrama por todo su cuerpo la sustancia de su corazón. (Estaba
naciendo en ella el Amor para ser compartido con toda la Humanidad) El
llevaba al hombro el rastrillo que utiliza para borrar nuestras culpas; (el
Sacramento del Perdón) en la mano, el ovillo y las tijeras de podar (el
ovillo, “Todo lo que atareis en la tierra quedará atado”, las tijeras, “todo lo
que desatareis en la tierra, será desatado”) en las Parcas confían a su
hermano eterno. (La muerte). Quizá se preparase a bajar a los Infiernos por el
camino de las raíces. (… y bajó a los infiernos). Conocía
el secreto del remordimiento de las ortigas, de la agonía de la lombriz de
tierra. (Las luchas internas del hombre, la bajeza, la ruindad,...). La
palidez de la muerte permanecía en él, de suerte que parecía haberse disfrazado
de lirio. (Blanco lirio de pureza y castidad). Yo adivinaba que su primer
ademán sería para apartar a la pecadora contaminada por el deseo. Me sentía
babosa en aquel universo de flores. (babosa, limaco, molusco rastrero primario).
El aire era tan fresco que las palmas de mis manos tuvieron la sensación de
apoyarse en un espejo: mi maestro muerto había pasado al otro lado del espejo
del Tiempo. (Vida, pasar al otro lado del espejo significa ya no tener la
percepción terrenal, sino contemplar las experiencias desde otra magnitud, como
una “tercera fase”, incomprensible todavía a nuestra conciencia). Mi
aliento enturbió la gran imagen: Dios se borró, igual que un reflejo sobre el
cristal de la mañana. Mi cuerpo opaco no era un obstáculo para aquel
Resucitado. Se oyó un crujido, puede que en el fondo de mí misma; caí con los
brazos en cruz, arrastrada por el peso de mi corazón: no había nada detrás del
espejo que yo acababa de romper. (Lo busqué y no estaba). Me encontraba de nuevo más vacía que
una viuda, más sola que una mujer abandonada. (marginada). Por fin
conocía toda la atrocidad de Dios. Dios me había robado no sólo el amor de una
criatura, a la edad en que uno se figura que son insustituibles, (no
esperas ser traicionada a una edad tan párvula, crédula). Dios me había
robado además mis náuseas de embarazada, mis sueños de recién parida, mis
siestas de anciana en la plaza del pueblo, la tumba cavada al fondo del cercado
en donde mis hijos me hubieran enterrado. (Se había llevado mi amor, me había dejado
sin Juan). Después de robarme mi inocencia, Dios me robaba mis culpas: (me
perdonaba), cuando apenas empezaba a medrar en mi oficio de cortesana, (una
ramera rica) me quitaba la posibilidad de seducir al César o de subir a
las tablas (el éxito). Después de su cadáver, me quitaba su fantasma: (había
resucitado, no tenía su cuerpo), ni siquiera quiso que yo me embriagara
con un sueño. Como el peor de los celosos, ha destruido esa belleza que me
exponía a recaer en las camas del deseo: me cuelgan los pechos, me parezco a la
Muerte, a esa vieja amante de Dios. Como el peor de los maníacos, sólo amó mis
lágrimas. (No me amó como mujer, me amó como pecadora para poder salvarme). Pero
ese Dios que todo me lo quitó no me lo ha dado todo. No he recibido más que una
migaja de su amor infinito: compartí su corazón con las criaturas como
cualquier otra. (El Amor Universal). Mis amantes de antaño se acostaban sobre
mi cuerpo sin preocuparse de mi alma: mi celeste amigo de corazón sólo se
preocupó de calentar esa alma eterna, de suerte que una mitad de mi ser no ha dejado
de sufrir. Y, sin embargo, me ha salvado.
Gracias a él no recibí de las alegrías sino su parte de dolor, la única
inagotable. Me escapo de las rutinas de la casa y de la cama, del peso muerto
del dinero, del callejón sin salida que es el éxito, del contento que procuran
los honores, de los encantos de la infamia. Puesto que aquel condenado al amor
de Magdalena se ha evadido al cielo, evito el insípido error de serle necesaria
a Dios. Hice bien en dejarme llevar por la gran ola divina; no me arrepiento de
haber sido rehecha por las manos del Señor. No me ha salvado ni de la muerte,
ni del mal, ni del crimen, pues gracias a ellos nos salvamos. Me ha salvado tan
sólo de la felicidad.
Cuando vuelvo a verte, todo se torna límpido. Acepto sufrir.
*¿Y tú te vas? ¿Te vas?... No, no te vas: yo te retengo... Me
dejas tu alma entre las manos como si fuera un manto.
*¿Próximo? No, estás más
cerca aún. Te compadezco como a mí misma.
*He conocido a jóvenes
que pertenecían al mundo de los dioses.

Sus ademanes recordaban la trayectoria
de los astros; nadie podía extrañarse de hallar insensible su duro corazón de Porfirio; (de color púrpura) si
tendían la mano, la codicia de aquellos exquisitos mendigos era un vicio de
dioses. Como todos los dioses, revelaban inquietantes parentescos con los
lobos, los chacales, las víboras: si los hubieran guillotinado, hubieran
adquirido el aspecto lívido de los mármoles decapitados. Hay mujeres y jovencitas
que proceden del mundo de las Madonas: las peores amamantan a la esperanza como
a un hijo prometido a futuras crucifixiones. Algunos de mis amigos salen del
mundo de los sabios, de una especie de India o de China interior: en torno a
ellos el universo se disipa como el humo, cerca de esos fríos estanques donde
se mira la imagen de las cosas, las pesadillas merodean como tigres
domesticados. Amor, mi duro ídolo, tus brazos tendidos hacia mí son vértebras
de alas. He hecho de ti mi Virtud; acepto ver en tí al Dominio, al Poder.
Me entrego a ese terrible avión propulsado por un corazón. Por las noches, en
los tugurios a donde vamos juntos, tu cuerpo desnudo se parece a un Ángel
encargado de velar por tu alma.
*Dios mío, en vuestras manos entrego mi cuerpo.
*Se dice: loco de alegría. También podría decirse: cuerdo de
dolor.
*Poseer es lo mismo que conocer: las Escrituras siempre tienen
razón. El amor es brujo: sabe los secretos; es un zahorí: conoce los
manantiales. La indiferencia es tuerta; el odio es ciego; ambas tropiezan una
al lado de la otra y caen a la fosa del desprecio. La indiferencia ignora; el
amor sabe; deletrea la carne. Hay que gozar de un ser para tener ocasión de
contemplarlo desnudo. Ha sido preciso que yo te ame para llegar a comprender que
la más mediocre o la peor de las personas humanas es digna de inspirar allá
arriba el sacrificio de Dios.
*Hace seis días, hace seis meses, hizo seis años, hará seis
siglos... ¡Ah! Morir para detener el Tiempo...
Biografía Breve:
Novelista, Poetisa, Ensayista, traductora.
Marguerite Yourcenar nació en Bruselas (1903 y murió en Mount
Desert, Maine (Estados Unidos de América en 1987). Su apellido verdadero era
Crayencour, modificado por ella misma por Yourcenar, haciendo un juego
combinatorio de las sílabas y letras.
Su madre murió al nacer ella a los pocos días de dar a luz; su
padre la llevó a vivir a Francia haciéndose cargo de su refinada y esmerada
educación su abuela paterna.
De su padre aprendió el amor a la naturaleza, el amor a los
viajes, el amor a la lectura y a la escritura, la pasión por los clásicos que
se verían posteriormente reflejados en muchas de sus creaciones, por ejemplo en
su obra cumbre Memorias de Adriano y otras como Alexis o el tratado del inútil
combate, Opus Nigrum, Eurídice, Cuentos Orientales… Destacan también, entre
otras, Tiro de Gracia, Con los ojos abiertos, Como el Agua que fluye,
Recordatorios, Archivos del Norte…
La Segunda Guerra Mundial la sorprendió en Estados Unidos donde
fijó su residencia. Se dedicó a la enseñanza y tradujo obras de Henry James,
Virginia Wolf,…
Obtuvo los Premios Fémina y Erasmus.
Fue la primera mujer elegida para ser miembro de la Academia
Francesa en 1980.
Bibliografía:
Libro Fuegos Editorial Alfaguara (1992)
Biografía. Wikipedia.org
María Teresa Golzarri Canales
Aula
de Literatura
Parroquia
Nuestra Señora de la Paz
Párroco
D. José Antonio Espejo Zamora
Gójar,
Granada, Julio de 2018
La
lucha entre Jacob y el Ángel
Google
Books “Filosofía del espíritu y del corazón enseñada en el libro sagrado,
pág. 1785.