domingo, 17 de febrero de 2013

Enciclica contra el Nazismo 1937

La voz de los Papas en el S. XX:

ENCÍCLICA CONTRA EL NAZISMO
LEIDA EN TODAS LAS IGLESIAS
ALEMANAS - AÑO 1937
 
Pio XI

CARTA ENCÍCLICA
 MIT BRENNENDER SORGE

 DEL SUMO PONTÍFICE
 PIO XI

A los venerables hermanos,  arzobispos, obispos y otros ordinarios de Alemania  en paz y comunión con la Sede Apostólica

1. Con viva preocupación y con asombro creciente venimos observando, hace ya largo tiempo, la vía dolorosa de la Iglesia y la opresión progresivamente agudizada contra los fieles, de uno u otro sexo, que le han permanecido devotos en el espíritu y en las obras; y todo esto en aquella nación y en medio de aquel pueblo al que San Bonifacio llevó un día el luminoso mensaje, la buena nueva de Cristo y del reino de Dios.

2. Esta nuestra inquietud no se ha visto disminuida por los informes que los reverendísimos representantes del episcopado, según su deber, nos dieron, ajustados a la verdad, al visitarnos durante nuestra enfermedad. Junto a muchas noticias muy consoladoras y edificantes sobre la lucha sostenida por sus fieles por causa de la religión, no pudieron pasar en silencio, a pesar de su amor al propio pueblo y a su patria y el cuidado de expresar un juicio bien ponderado, otros innumerables sucesos muy tristes y reprobables. Luego que Nos hubimos escuchado sus relatos, con profunda gratitud a Dios pudimos exclamar con el apóstol del amor: No hay para mi mayor alegría que oír de mis hijos que andan en la verdad (3Jn 4). Pero la sinceridad que corresponde a la grave responsabilidad de nuestro ministerio apostólico y la decisión de presentar ante vosotros y ante todo el mundo cristiano la realidad en toda su crudeza, exigen también que añadamos: No tenemos preocupación mayor ni más cruel aflicción pastoral que cuando oímos: Muchos abandonan el camino de la verdad (cf. 2Pe 2,2).

I. CONCORDATO

3. Cuando Nos, venerables hermanos, en el verano de 1933, a instancia del Gobierno del Reich, aceptamos el reanudar las gestiones para un concordato, tomando por base un proyecto elaborado ya varios años antes, y llegamos así a un acuerdo solemne que satisfizo a todos vosotros, tuvimos por móvil la obligada solicitud de tutelar la libertad de la misión salvadora de la Iglesia en Alemania y de asegurar la salvación de las almas a ella confiadas, y, al mismo tiempo, el sincero deseo de prestar un servicio capital al pacífico desenvolvimiento y al bienestar del pueblo alemán. 

4. A pesar de muchas y graves consideraciones, Nos determinamos entonces, no sin una propia violencia, a no negar nuestro consentimiento. Queríamos ahorrar a nuestros fieles, a nuestros hijos y a nuestras hijas de Alemania, en la medida humanamente posible, las situaciones violentas y las tribulaciones que, en caso contrario, se podían prever con toda seguridad según las circunstancias de los tiempos. Y con hechos queríamos demostrar a todos que Nos, buscando únicamente a Cristo y cuanto a Cristo pertenece, no rehusábamos tender a nadie, si él mismo no la rechazaba, la mano pacífica de la madre Iglesia. 
5. Si el árbol de la paz, por Nos plantado en tierra alemana con pura intención, no ha producido los frutos por Nos anhelados en interés de vuestro pueblo, no habrá nadie en el mundo entero, con ojos para ver y oídos para oír, que pueda decir, todavía hoy, que la culpa es de la Iglesia y de su Cabeza suprema. La experiencia de los años transcurridos hace patentes las responsabilidades y descubre las maquinaciones que, ya desde el principio, no se propusieron otro fin que una lucha hasta el aniquilamiento. En los surcos donde nos habíamos esforzado por echar la simiente de la verdadera paz, otros esparcieron —como el inimicus homo de la Sagrada Escritura (Mt 13, 25)— la cizaña de la desconfianza, del descontento, de la discordia, del odio, de la difamación, de la hostilidad profunda, oculta o manifiesta, contra Cristo y su Iglesia, desencadenando una lucha que se alimentó en mil fuentes diversas y se sirvió de todos los medios. Sobre ellos, y solamente sobre ellos y sobre sus protectores, ocultos o manifiestos, recae la responsabilidad de que en el horizonte de Alemania no aparezca el arco iris de la paz, sino el nubarrón que presagia luchas religiosas desgarradoras. 

6. Venerables hermanos, Nos no nos hemos cansado de hacer ver a los dirigentes, responsables de la suerte de vuestra nación, las consecuencias que se derivan necesariamente de la tolerancia, o peor aún, del favor prestado a aquellas corrientes. A todo hemos recurrido para defender la santidad de la palabra solemnemente dada y la inviolabilidad de los compromisos voluntarios contraídos frente a las teorías y prácticas que, si hubieran llegado a admitirse oficialmente, habrían disipado toda confianza y desvalorizado intrínsecamente toda palabra para lo futuro. Cuando llegue el momento de exponer a los ojos del mundo estos nuestros esfuerzos, todos los hombres de recta intención sabrán dónde han de buscarse los defensores de la paz y dónde sus perturbadores. Todo el que haya conservado en su ánimo un residuo de amor a la verdad, y en su corazón una sombra del sentido de justicia, habrá de admitir que, en los años tan difíciles y llenos de tan graves acontecimientos que siguieron al Concordato, cada una de nuestras palabras y de nuestras acciones tuvo por norma la fidelidad a los acuerdos estipulados. Pero deberá también reconocer con extrañeza y con profunda reprobación cómo por la otra parte se ha erigido en norma ordinaria el desfigurar arbitrariamente los pactos, eludirlos, desvirtuarlos y, finalmente, violarlos más o menos abiertamente. 

7. La moderación que, a pesar de todo esto, hemos demostrado hasta ahora no nos ha sido sugerida por cálculos de intereses terrenos, ni mucho menos por debilidad, sino simplemente por la voluntad de no arrancar, junto con la cizaña, alguna planta buena; por la decisión de no pronunciar públicamente un juicio mientras los ánimos no estuviesen bien dispuestos para comprender su ineludible necesidad; por la resolución de no negar definitivamente la fidelidad de otros a la palabra empeñada, antes de que el irrefutable lenguaje de la realidad le hubiese arrancado los velos con que se ha sabido y se pretende aún ahora disfrazar, conforme a un plan predeterminado, el ataque contra la Iglesia. Todavía hoy, cuando la lucha abierta contra las escuelas confesionales, tuteladas por el Concordato, y la supresión de la libertad del voto para aquellos que tienen derecho a la educación católica, manifiestan, en un campo particularmente vital para la Iglesia, la trágica gravedad de la situación y la angustia, sin ejemplo, de las conciencias cristianas, la solicitud paternal por el bien de las almas nos aconseja no dejar de considerar las posibilidades, por escasas que sean, que aún puedan subsistir, de una vuelta a la fidelidad de los pactos y una inteligencia que nuestra conciencia pueda admitir. Secundando los ruegos de los reverendísimos miembros del episcopado, en adelante no nos cansaremos de ser el defensor —ante los dirigentes de vuestro pueblo— del derecho conculcado, y ello, sin preocuparnos del éxito o del fracaso inmediato, obedeciendo sólo a nuestra conciencia y a nuestro ministerio pastoral, y no cesaremos de oponernos a una mentalidad que intenta, con abierta u oculta violencia, sofocar el derecho garantizado por solemnes documentos. 

8. Sin embargo, el fin de la presente carta, venerables hermanos, es otro. Como vosotros nos visitasteis amablemente durante nuestra enfermedad, así ahora nos dirigimos a vosotros, y por vuestro conducto, a los fieles católicos de Alemania, los cuales, como todos los hijos que sufren y son perseguidos, están muy cerca del corazón del Padre común. En esta hora en que su fe está siendo probada, como oro de ley, en el fuego de la tribulación y de la persecución, insidiosa o manifiesta, y en que están rodeados por mil formas de una opresión organizada de la libertad religiosa, viviendo angustiados por la imposibilidad de tener noticias fidedignas y de poder defenderse con medios normales, tienen un doble derecho a una palabra de verdad y de estímulo moral por parte de Aquel a cuyo primer predecesor dirigió el Salvador aquella palabra llena de significado: Yo he rogado por ti para que no desfallezca tu fe, y tú, una vez convertido, confirma a tus hermanos (Lc 22,32). 


2. GENUINA FE EN DIOS

9. Y ante todo, venerables hermanos, cuidad que la fe en Dios, primer e insustituible fundamento de toda religión, permanezca pura e íntegra en las regiones alemanas. No puede tenerse por creyente en Dios el que emplea el nombre de Dios retóricamente, sino sólo el que une a esta venerada palabra una verdadera y digna noción de Dios.

10. Quien, con una confusión panteísta, identifica a Dios con el universo, materializando a Dios en el mundo o deificando al mundo en Dios, no pertenece a los verdaderos creyentes. 

11. Ni tampoco lo es quien, siguiendo una pretendida concepción precristiana del antiguo germanismo, pone en lugar del Dios personal el hado sombrío e impersonal, negando la sabiduría divina y su providencia, la cual se extiende poderosa del uno al otro extremo (Sab 8,1) y lo dirige a buen fin. Ese hombre no puede pretender que sea contado entre los verdaderos creyentes.

12. Si la raza o el pueblo, si el Estado o una forma determinada del mismo, si los representantes del poder estatal u otros elementos fundamentales de la sociedad humana tienen en el orden natural un puesto esencial y digno de respeto, con todo, quien los arranca de esta escala de valores terrenales elevándolos a suprema norma de todo, aun de los valores religiosos, y, divinizándolos con culto idolátrico, pervierte y falsifica el orden creado e impuesto por Dios, está lejos de la verdadera fe y de una concepción de la vida conforme a esta.

13. Vigilad, venerables hermanos, con cuidado contra el abuso creciente, que se manifiesta en palabras y por escrito, de emplear el nombre tres veces santo de Dios como una etiqueta vacía de sentido para un producto más o menos arbitrario de una especulación o aspiración humana; y procurad que tal aberración halle entre vuestros fieles la vigilante repulsa que merece. Nuestro Dios es el Dios personal, trascendente, omnipotente, infinitamente perfecto, único en la trinidad de las personas y trino en la unidad de la esencia divina, creador del universo, señor, rey y último fin de la historia del mundo, el cual no admite, ni puede admitir, otras divinidades junto a sí. 

14. Este Dios ha dado sus mandamientos de manera soberana, mandamientos independientes del tiempo y espacio, de región y raza. Como el sol de Dios brilla indistintamente sobre el género humano, así su ley no reconoce privilegios ni excepciones. Gobernantes y gobernados, coronados y no coronados, grandes y pequeños, ricos y pobres, dependen igualmente de su palabra. De la totalidad de sus derechos de Creador dimana esencialmente su exigencia de una obediencia absoluta por parte de los individuos y de toda la sociedad. Y esta exigencia de una obediencia absoluta se extiende a todas las esferas de la vida, en las que cuestiones de orden moral reclaman la conformidad con la ley divina y, por esto mismo, la armonía de los mudables ordenamientos humanos con el conjunto de los inmutables ordenamientos divinos.

15. Solamente espíritus superficiales pueden caer en el error de hablar de un Dios nacional, de una religión nacional, y emprender la loca tarea de aprisionar en los límites de un pueblo solo, en la estrechez étnica de una sola raza, a Dios, creador del mundo, rey y legislador de los pueblos, ante cuya grandeza las naciones son como gotas de agua en el caldero (Is 40, 5).

16. Los obispos de la Iglesia de Cristo encargados de las cosas que miran a Dios (Heb 5,1), deben vigilar para que no arraiguen entre los fieles esos perniciosos errores, a los que suelen seguir prácticas aun más perniciosas. Es propio de su sagrado ministerio hacer todo lo posible para que los mandamientos de Dios sean considerados y practicados como obligaciones inconcusas de una vida moral y ordenada, tanto privada como pública; para que los derechos de la majestad divina, el nombre y la palabra de Dios no sean profanados (cf. Tit 2,5); para que las blasfemias contra Dios en palabras, escritos e imágenes, numerosas a veces como la arena del mar, sean reducidas a silencio, y para que frente al espíritu tenaz e insidioso de los que niegan, ultrajan y odian a Dios, no languidezca nunca la plegaria reparadora de los fieles, que, como el incienso, suba continuamente al Altísimo, deteniendo su mano vengadora. 

17. Nos os damos gracias, venerables hermanos, a vosotros, a vuestros sacerdotes y a todos los fieles que, defendiendo los derechos de la Divina Majestad contra un provocador neopaganismo, apoyado, desgraciadamente con frecuencia, por personalidades influyentes, habéis cumplido y cumplís vuestro deber de cristianos. Esta gratitud es particularmente íntima y llena de reconocida admiración para todos los que en el cumplimiento de este su deber se han hecho dignos de sufrir por la causa de Dios sacrificios y dolores.

3. GENUINA FE EN JESUCRISTO

18. La fe en Dios no se mantendrá por mucho tiempo pura e incontaminada si no se apoya en la fe de Jesucristo. Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quisiere revelárselo (Lc 10,22). Esta es la vida eterna, que te reconozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo (Jn 17,3). A nadie, por lo tanto, es lícito decir: Yo creo en Dios, y esto es suficiente para mi religión. La palabra del Salvador no deja lugar a tales escapatorias: El que niega al Hijo tampoco tiene al Padre; el que confiesa al Hijo tiene también al Padre (1Jn 2,23).

19. En Jesucristo, Hijo encarnado de Dios, apareció la plenitud de la revelación divina: Muchas veces y en muchas maneras habló Dios en otro tiempo a nuestros padres por ministerio de los profetas; últimamente, en estos días, nos habló por su Hijo (Heb 1,1-2). Los libros santos del Antiguo Testamento son todos palabra de Dios, parte sustancial de su revelación. Conforme al desarrollo gradual de la revelación, en ellos aparece el crepúsculo del tiempo que debía preparar el pleno mediodía de la Redención. En algunas partes se habla de la imperfección humana, de su debilidad y del pecado, como no puede suceder de otro modo cuando se trata de libros de historia y legislación. Aparte de otros innumerables rasgos de grandeza y de nobleza, hablan de la tendencia superficial y materialista que se manifestaba reiteradamente a intervalos en el pueblo de la Antigua Alianza, depositario de la revelación y de las promesas de Dios. Pero cualquiera que no esté cegado por el prejuicio o por la pasión no puede menos de notar que lo que más luminosamente resplandece, a pesar de la debilidad humana de que habla la historia bíblica, es la luz divina del camino de la salvación, que triunfa al fin sobre todas las debilidades y pecados. Y precisamente sobre este fondo, con frecuencia sombrío, la pedagogía de la salvación eterna se ensancha en perspectivas, las cuales a un tiempo dirigen, amonestan, sacuden, consuelan y hacen felices. Sólo la ceguera y el orgullo pueden hacer cerrar los ojos ante los tesoros de saludables enseñanzas encerrados en el Antiguo Testamento. Por eso, el que pretende desterrar de la Iglesia y de la escuela la historia bíblica y las sabias enseñanzas del Antiguo Testamento, blasfema la palabra de Dios, blasfema el plan de la salvación dispuesto por el Omnipotente y erige en juez de los planes divinos un angosto y mezquino pensar humano. Ese tal niega la fe en Jesucristo, nacido en la realidad de su carne, el cual tomó la naturaleza humana de un pueblo que más tarde había de crucificarle. No comprende nada del drama mundial del Hijo de Dios, el cual al crimen de quienes le crucificaban opuso, en calidad de Sumo Sacerdote, la acción divina de la muerte redentora, dando de esta forma al Antiguo Testamento su cumplimiento, su fin y su sublimación en el Nuevo Testamento.

20. La revelación, que culminó en el Evangelio de Jesucristo, es definitiva y obligatoria para siempre, no admite complementos de origen humano, y mucho menos sucesiones o sustituciones por revelaciones arbitrarias, que algunos corifeos modernos querrían hacer derivar del llamado mito de la sangre y de la raza. Desde que Cristo, el Ungido del Señor, consumó la obra de la redención, quebrantando el dominio del pecado y mereciéndonos la gracia de llegar a ser hijos de Dios, desde aquel momento no se ha dado a los hombres ningún otro nombre bajo el cielo, para conseguir la bienaventuranza, sino el nombre de Jesucristo (Hech 4,12). Por más que un hombre encarnara en sí toda la sabiduría, todo el poder y toda la pujanza material de la tierra, no podría asentar fundamento diverso del que Cristo ha puesto (1Cor 3,11). En consecuencia, aquel que con sacrílego desconocimiento de la diferencia esencial entre Dios y la criatura, entre el Hombre-Dios y el simple hombre, osase poner al nivel de Cristo, o peor aún, sobre El o contra El, a un simple mortal, aunque fuese el más grande de todos los tiempos, sepa que es un profeta de fantasías a quien se aplica espantosamente la palabra de la Escritura: El que mora en los cielos se burla de ellos (Sal 2,4).

4. GENUINA FE EN LA IGLESIA

21. La fe en Jesucristo no permanecerá pura e incontaminada si no está sostenida y defendida por la fe en la Iglesia, columna y fundamento de la verdad (1Tim 3,15). Cristo mismo, Dios eternamente bendito, ha erigido esta columna de la fe; su mandato de escuchar a la Iglesia (cf. Mt 18,17) y recibir por las palabras y los mandatos de la Iglesia sus mismas palabras y sus mismos mandatos (cf. Lc 10,16), tiene valor para todos los hombres de todos los tiempos y de todas las regiones. La Iglesia, fundada por el Salvador, es única para todos los pueblos y para todas las naciones: y bajo su bóveda, que cobija, como el firmamento, al universo entero, hallan puesto y asilo todos los pueblos y todas las lenguas, y pueden desarrollarse todas las propiedades, cualidades, misiones y cometidos, que han sido señalados por Dios creador y salvador a los individuos y a las sociedades humanas. El corazón materno de la Iglesia es tan generoso, que ve en el desarrollo de tales peculiaridades y cometidos particulares, conforme al querer de Dios, la riqueza de la variedad, más bien que el peligro de escisiones: se goza con el elevado nivel espiritual de los individuos y de los pueblos, descubre con alegría y santo orgullo materno en sus genuinas actuaciones los frutos de educación y de progreso, que bendice y promueve siempre que lo puede hacer en conciencia. Pero sabe también que a esta libertad le han sido señalados límites por disposición de la Divina Majestad, que ha querido y ha fundado esta Iglesia como unidad inseparable en sus partes esenciales. El que atenta contra esta intangible unidad, quita a la esposa de Cristo una de las diademas con que Dios mismo la ha coronado; somete el edificio divino, que descansa en cimientos eternos, a la revisión y a la transformación por parte de arquitectos a quienes el Padre celestial no ha concedido poder alguno. 

22. La divina misión que la Iglesia cumple entre los hombres y debe cumplir por medio de hombres, puede ser dolorosamente oscurecida por el elemento humano, quizás demasiado humano que en determinados tiempos vuelve a retoñar, como la cizaña en medio del trigo del reino de Dios. El que conozca la frase del Salvador acerca de los escándalos y de quienes los dan, sabe cómo la Iglesia y cada individuo deben juzgar sobre lo que fue y es pecado. Pero quien, fundándose en estos lamentables desacuerdos entre la fe y la vida, entre las palabras y los actos, entre la conducta exterior y los pensamientos interiores de algunos —aunque éstos fuesen muchos—, echa en olvido o conscientemente pasa en silencio la enorme suma de genuina actividad para llegar a la virtud, el espíritu de sacrificio, el amor fraternal, el heroísmo de santidad, en tantos miembros de la Iglesia, manifiesta una ceguera injusta y reprobable. Y cuando luego se ve que la rígida medida con que juzga a la odiada Iglesia se deja al margen cuando se trata de otras sociedades que le son cercanas por sentimiento o interés, entonces se evidencia que, al mostrarse lastimado en su pretencioso sentido de pureza, se revela semejante a aquellos que, según la tajante frase del Salvador, ven la paja en el ojo ajeno y no se dan cuenta la viga en el propio. También es menos pura la intención de aquellos que ponen por fin de su vocación lo que hay de humano en la Iglesia, hasta hacer quizás de ello un negocio bastardo, y si bien la potestad de quien está investido de la dignidad eclesiástica, fundada en Dios, no depende de su nivel humano y moral, sin embargo, no hay época alguna, ni individuo, ni sociedad que no deba examinar sinceramente su conciencia, purificarse inexorablemente, renovarse profundamente en el sentir y en el obrar. En nuestra encíclica sobre el sacerdocio y en la de la Acción Católica hemos llamado insistentemente la atención de todos los pertenecientes a la Iglesia, y particularmente la de los eclesiásticos, religiosos y seglares, que colaboran en el apostolado, sobre el sagrado deber de poner su fe y su conducta en aquella armonía exigida por la ley de Dios y reclamada con incansable insistencia por la Iglesia. También hoy Nos repetimos con gravedad profunda: No basta ser contados en la Iglesia de Cristo, es preciso ser en espíritu y en verdad miembros vivos de esta Iglesia. Y lo son solamente los que están en gracia de Dios y caminan continuamente en su presencia, o por la inocencia o por la penitencia sincera y eficaz. Si el Apóstol de las Gentes, el vaso de elección, sujetaba su cuerpo al látigo de la mortificación, no fuera que, después de haber predicado a los otros (cf 1Cor 9,27), fuese él reprobado, ¿habrá, por ventura, para aquellos en cuyas manos está la custodia y el incremento del reino de Dios, otro camino que el de la íntima unión del apostolado con la santificación propia? Sólo así se demostrará a los hombres de hoy, y en primer lugar a los detractores de la Iglesia, que la sal de la tierra y la levadura del cristianismo no se ha vuelto ineficaz, sino que es poderosa y capaz de renovar espiritualmente y rejuvenecer a los que están en la duda y en el error, en la indiferencia y en el descarrío espiritual, en la relajación de la fe y en el alejamiento de Dios, de quien ellos —lo admitan o lo nieguen— están más necesitados que nunca. Una cristiandad en la que todos los miembros vigilen sobre sí mismos, que deseche toda tendencia a lo puramente exterior y mundano, que se atenga seriamente a los preceptos de Dios y de la Iglesia y se mantenga, por consiguiente, en el amor de Dios y en la solícita caridad para el prójimo, podrá y deberá ser ejemplo y guía para el mundo profundamente enfermo, que busca sostén y dirección, si es que no se quiere que sobrevenga una enorme catástrofe o una decadencia indescriptible. 

23. Toda reforma genuina y duradera ha tenido propiamente su origen en el santuario, en hombres inflamados e impulsados por amor de Dios y del prójimo, los cuales, gracias a su gran generosidad en corresponder a cualquier inspiración de Dios y a ponerla en práctica ante todo en sí mismos, profundizando en humildad y con la seguridad de quien es llamado por Dios, llegaron a iluminar y renovar su época. Donde el celo de reformas no derivó de la pura fuente de la integridad personal, sino que fue efecto de la explosión de impulsos pasionales, en vez de iluminar oscureció, en vez de construir destruyó, y fue frecuentemente punto de partida para errores todavía más funestos que los daños que se quería o se pretendía remediar. Es cierto que el espíritu de Dios sopla donde quiere (Jn 3,8), de las piedras puede suscitar los cumplidores de sus designios (cf. Mt 3,9; Lc 3,8), y escoge los instrumentos de su voluntad según sus planes, no según los de los hombres. Pero El, que ha fundado la Iglesia y la llamó a la vida en Pentecostés, no quiebra la estructura fundamental de la salvadora institución por El mismo querida. Quien está movido por el espíritu de Dios observa, por esto mismo, una actitud exterior e interior de respeto hacia la Iglesia, noble fruto del árbol de la Cruz, don del Espíritu Santo en Pentecostés al mundo necesitado de guía.

24.. En vuestras regiones, venerables hermanos, se alzan voces, en coro cada vez más fuerte, que incitan a salir de la Iglesia; y entre los voceadores hay algunos que, por su posición oficial, intentan producir la impresión de que tal alejamiento de la Iglesia, y consiguientemente la infidelidad a Cristo Rey, es testimonio particularmente convincente y meritorio de su fidelidad al actual régimen. Con presiones ocultas y manifiestas, con intimidaciones, con perspectivas de ventajas económicas, profesionales, cívicas o de otro género, la adhesión de los católicos a su fe —y singularmente la de algunas clases de funcionarios católicos— se halla sometida a una violencia tan ilegal como inhumana. Nos, con paterna emoción, sentimos y sufrimos profundamente con los que han pagado a tan caro precio su adhesión a Cristo y a la Iglesia; pero se ha llegado ya a tal punto, que está en juego el último fin y el más alto, la salvación, o la condenación; y en este caso, como único camino de salvación para el creyente, queda la senda de un generoso heroísmo. Cuando el tentador o el opresor se le acerque con las traidoras insinuaciones de que salga de la Iglesia, entonces no habrá más remedio que oponerle, aun a precio de los más graves sacrificios terrenos, la palabra del Salvador: Apártate de mí, Satanás, porque está escrito: al Señor tu Dios adorarás y a El sólo darás culto (Mt 4,10; Lc 4,8). A la Iglesia, por el contrario, deberá dirigirle estas palabras: ¡Oh tú, que eres mi madre desde los días de mi infancia primera, mi fortaleza en la vida, mi abogada en la muerte, que la lengua se me pegue al paladar si yo, cediendo a terrenas lisonjas o amenazas, llegase a traicionar las promesas de mi bautismo! Finalmente, aquellos que se hicieron la ilusión de poder conciliar con el abandono exterior de la Iglesia la fidelidad interior a ella, adviertan la severa palabra del Señor: El que me negare delante de los hombres, será negado ante los ángeles de Dios (Lc 12,9).

5. GENUINA FE EN EL PRIMADO

25. La fe en la Iglesia no se mantendrá pura e incontaminada si no está apoyada por la fe en el primado del obispo de Roma. En el mismo momento en que Pedro, adelantándose a los demás apóstoles y discípulos, profesó su fe en Cristo, Hijo de Dios vivo, la respuesta de Cristo, que le premiaba por su fe y por haberla profesado, fue el anuncio de la fundación de su Iglesia, de la única Iglesia, sobre la roca de Pedro (Mt 1,18). Por esto la fe en Cristo, en la Iglesia y en el Primado, están en sagrada trabazón de mutua dependencia. Una autoridad genuina y legal es en todas partes un vínculo de unidad y un manantial de fuerza, una defensa contra la división y la ruina, una garantía para el porvenir. Y esto se verifica en un sentido más alto y noble donde, como en el caso de la Iglesia, y sólo en la Iglesia, a tal autoridad se le ha prometido la asistencia sobrenatural del Espíritu Santo y su apoyo invencible. Si personas, que ni siquiera están unidas por la fe de Cristo, os atraen y lisonjean con la seductora imagen de una iglesia nacional alemana, sabed que esto no es otra cosa que renegar de la única Iglesia de Cristo, una apostasía manifiesta del mandato de Cristo de evangelizar a todo el mundo, lo que sólo puede llevar a la práctica una Iglesia universal. El desarrollo histórico de otras iglesias nacionales, su entumecimiento espiritual, su opresión y servidumbre por parte de los poderes laicos, muestran la desoladora esterilidad, que denuncia con irremediable certeza ser un sarmiento desgajado de la cepa vital de la Iglesia. Quien, ya desde el principio, opone a estos erróneos desarrollos un no vigilante e inconmovible, presta un servicio no solamente a la pureza de la fe, sino también a la salud y fuerza vital de su pueblo.

6. NINGUNA ADULTERACIÓN
DE NOCIONES Y TÉRMINOS SAGRADOS


26. Venerables hermanos, ejerced particular vigilancia cuando conceptos religiosos fundamentales son vaciados de su contenido genuino y son aplicados a significados profanos.

27. Revelación, en sentido cristiano, significa la palabra de Dios a los hombres. Usar este término para indicar las sugestiones que provienen de la sangre y de la raza o la irradiaciones de la historia de un pueblo es, en todo caso, causar desorientaciones. Estas monedas falsas no merecen pasar al tesoro lingüístico de un fiel cristiano.

28. La fe consiste en tener por verdadero lo que Dios ha revelado y que por medio de la Iglesia manda creer: es demostración de las cosas que vemos (Heb 11,1). La confianza, risueña y altiva, sobre el porvenir del propio pueblo, cosa grata a todos, significa algo bien distinto de la fe en sentido religioso. El usar una por otra, el querer sustituir la una por la otra y pretender con esto ser considerado como «creyente» por un cristiano convencido, es un mero juego de palabras, una confusión de términos a sabiendas, o incluso algo peor.
29. La inmortalidad, en sentido cristiano, es la sobrevivencia del hombre después de la muerte terrena, como individuo personal, para la eterna recompensa o para el eterno castigo. Quien con la palabra inmortalidad no quiere expresar más que una supervivencia colectiva en la continuidad del propio pueblo, para un porvenir de indeterminada duración en este mundo, pervierte y falsifica una de las verdades fundamentales de la fe cristiana y conmueve los cimientos de cualquier concepción religiosa, la cual requiere un ordenamiento moral universal. Quien no quiere ser cristiano debería al menos renunciar a enriquecer el léxico de su incredulidad con el patrimonio lingüístico cristiano.
30. El pecado original es la culpa hereditaria, propia, aunque no personal, de cada uno de los hijos de Adán, que en él pecaron (cf. Rom 5,12); es pérdida de la gracia —y, consiguientemente, de la vida eterna— con la propensión al mal, que cada cual ha de sofocar por medio de la gracia, de la penitencia, de la lucha y del esfuerzo moral. La pasión y muerte del Hijo de Dios redimió al mundo de la maldita herencia del pecado y de la muerte. La fe en estas verdades, hechas hoy objeto de vil escarnio por parte de los enemigos de Cristo en vuestra patria, pertenece al inalienable depósito de la religión cristiana.
31. La cruz de Cristo, aunque que su solo nombre haya llegado a ser para muchos locura y escándalo (cf 1Cor 1,23), sigue siendo para el cristiano la señal sacrosanta de la redención, la bandera de la grandeza y de la fuerza moral. A su sombra vivimos, besándola morimos; sobre nuestro sepulcro estará como pregonera de nuestra fe, testigo de nuestra esperanza, aspiración hacia la vida eterna.
32. La humildad en el espíritu del Evangelio y la impetración del auxilio divino se compaginan bien con la propia dignidad, con la seguridad de sí mismo y con el heroísmo. La Iglesia de Cristo, que en todos los tiempos, hasta en los más cercanos a nosotros, cuenta más confesores y heroicos mártires que cualquier otra sociedad moral, no necesita, ciertamente, recibir de algunos campos enseñanzas sobre el heroísmo de los sentimientos y de los actos. En su necio afán de ridiculizar la humildad cristiana como una degradación de sí mismo y como una actitud cobarde, la repugnante soberbia de estos innovadores no consigue más que hacerse ella misma ridícula.
33. Gracia, en sentido lato, puede llamarse todo lo que el Creador otorga a la criatura. Pero la gracia, en el propio sentido cristiano de la palabra, comprende solamente los dones gratuitos sobrenaturales del amor divino, la dignación y la obra por la que Dios eleva al hombre a aquella íntima comunicación de su vida, que en el Nuevo Testamento se llama filiación de Dios. Ved qué amor nos ha mostrado el Padre: que seamos llamados hijos de Dios, y lo seamos en realidad (1Jn 3,1). Rechazar esta elevación sobrenatural a la gracia por una pretendida peculiaridad del carácter alemán, es un error, una abierta declaración de guerra a una verdad fundamental del cristianismo. Equiparar la gracia sobrenatural a los dones de la naturaleza equivale a violentar el lenguaje creado y santificado por la religión. Los pastores y guardianes del pueblo de Dios harán bien en oponerse a este hurto sacrílego y a este empeño por confundir los espíritus.

7. DOCTRINA Y ORDEN MORAL

34. Sobre la fe en Dios, genuina y pura, se funda la moralidad del género humano. Todos los intentos de separar la doctrina del orden moral de la base granítica de la fe, para reconstruirla sobre la arena movediza de normas humanas, conducen, pronto o tarde, a los individuos y a las naciones a la decadencia moral. El necio que dice en su corazón: No hay Dios, se encamina a la corrupción moral (Sal 13[14],1). Y estos necios, que presumen separar la moral de la religión, constituyen hoy legión. No se percatan, o no quieren percatarse, de que, el desterrar de las escuelas y de la educación la enseñanza confesional, o sea, la noción clara y precisa del cristianismo, impidiéndola contribuir a la formación de la sociedad y de la vida pública, es caminar al empobrecimiento y decadencia moral. Ningún poder coercitivo del Estado, ningún ideal puramente terreno, por grande y noble que en sí sea, podrá sustituir por mucho tiempo a los estímulos tan profundos y decisivos que provienen de la fe en Dios y en Jesucristo. Si al que es llamado a las empresas más arduas, al sacrificio de su pequeño yo en bien de la comunidad, se le quita el apoyo moral que le viene de lo eterno y de lo divino, de la fe ennoblecedora y consoladora en Aquel que premia todo bien y castiga todo mal, el resultado final para innumerables hombres no será ya la adhesión al deber, sino más bien la deserción. La observancia concienzuda de los diez mandamientos de la ley de Dios y de los preceptos de la Iglesia —estos últimos, en definitiva, no son sino disposiciones derivadas de las normas del Evangelio—, es para todo individuo una incomparable escuela de disciplina orgánica, de vigorización moral y de formación del carácter. Es una escuela que exige mucho, pero no más de lo que podemos. Dios misericordioso, cuando ordena como legislador: «Tú debes», da con su gracia la posibilidad de ejecutar su mandato. El dejar, por consiguiente, inutilizadas las energías morales de tan poderosa eficacia o el obstruirles a sabiendas el camino en el campo de la instrucción popular, es obra de irresponsables, que tiende a producir una depauperación religiosa en el pueblo. El solidarizar la doctrina moral con opiniones humanas, subjetivas y mudables en el tiempo, en lugar de cimentarla en la santa voluntad de Dios eterno y en sus mandamientos, equivale a abrir de par en par las puertas a las fuerzas disolventes. Por lo tanto, fomentar el abandono de las normas eternas de una doctrina moral objetiva, para la formación de las conciencias y para el ennoblecimiento de la vida en todos sus planos y ordenamientos, es un atentado criminal contra el porvenir del pueblo, cuyos tristes frutos serán muy amargos para las generaciones futuras.

8. RECONOCIMIENTO DEL DERECHO NATURAL 

35. Es una nefasta característica del tiempo presente querer desgajar no solamente la doctrina moral, sino los mismos fundamentos del derecho y de su aplicación, de la verdadera fe en Dios y de las normas de la relación divina. Fíjase aquí nuestro pensamiento en lo que se suele llamar derecho natural, impreso por el dedo mismo del Creador en las tablas del corazón humano (cf. Rom 2,14-15), y que la sana razón humana no obscurecida por pecados y pasiones es capaz de descubrir. A la luz de las normas de este derecho natural puede ser valorado todo derecho positivo, cualquiera que sea el legislador, en su contenido ético y, consiguientemente, en la legitimidad del mandato y en la obligación que implica de cumplirlo. Las leyes humanas, que están en oposición insoluble con el derecho natura, adolecen de un vicio original, que no puede subsanarse ni con las opresiones ni con el aparato de la fuerza externa. Según este criterio, se ha de juzgar el principio: «Derecho es lo que es útil a la nación». Cierto que a este principio se le puede dar un sentido justo si se entiende que lo moralmente ilícito no puede ser jamás verdaderamente ventajoso al pueblo. Hasta el antiguo paganismo reconoció que, para ser justa, esta frase debía ser cambiada y decir: «Nada hay que sea ventajoso si no es al mismo tiempo moralmente bueno; y no por ser ventajoso es moralmente bueno, sino que por ser moralmente bueno es también ventajoso [Cicerón, De officiis III, 30). Este principio, desvinculado de la ley ética, equivaldría, por lo que respecta a la vida internacional, a un eterno estado de guerra entre las naciones; además, en la vida nacional, pasa por alto, al confundir el interés y el derecho, el hecho fundamental de que el hombre como persona tiene derechos recibidos de Dios, que han de ser defendidos contra cualquier atentado de la comunidad que pretendiese negarlos, abolirlos o impedir su ejercicio. Despreciando esta verdad se pierde de vista que, en último término, el verdadero bien común se determina y se conoce mediante la naturaleza del hombre con su armónico equilibrio entre derecho personal y vínculo social, como también por el fin de la sociedad, determinado por la misma naturaleza humana. El Creador quiere la sociedad como medio para el pleno desenvolvimiento de las facultades individuales y sociales, del cual medio tiene que valerse el hombre, ora dando, ora recibiendo, para el bien propio y el de los demás. Hasta aquellos valores más universales y más altos que solamente pueden ser realizados por la sociedad, no por el individuo, tienen, por voluntad del Creador, como fin último el hombre, así como su desarrollo y perfección natural y sobrenatural. El que se aparte de este orden conmueve los pilares en que se asienta la sociedad y pone en peligro la tranquilidad, la seguridad y la existencia de la misma. 

36. El creyente tiene un derecho inalienable a profesar su fe y a practicarla en la forma más conveniente a aquélla. Las leyes que suprimen o dificultan la profesión y la práctica de esta fe están en oposición con el derecho natural.

37. Los padres, conscientes y conocedores de su misión educadora, tienen, antes que nadie, derecho esencial a la educación de los hijos, que Dios les ha dado, según el espíritu de la verdadera fe y en consecuencia con sus principios y sus prescripciones. Las leyes y demás disposiciones semejantes que no tengan en cuenta la voluntad de los padres en la cuestión escolar, o la hagan ineficaz con amenazas o con la violencia, están en contradicción con el derecho natural y son íntima y esencialmente inmorales. 

38. La Iglesia, que tiene como misión guardar e interpretar el derecho natural, divino en su origen, tiene el deber de declarar que son efecto de la violencia, y, por lo tanto, sin valor jurídico alguno, las inscripciones escolares hechas en un pasado reciente en una atmósfera de notoria carencia de libertad.

9. A LA JUVENTUD 


39. Representantes de Aquel que en el Evangelio dijo a un joven: Si quieres entrar en la vida eterna, guarda los mandamientos (Mt 19,17), Nos dirigimos una palabra particularmente paternal a la juventud.

40. Por mil voces se os repite al oído un Evangelio que no ha sido revelado por el Padre celestial; miles de plumas escriben al servicio de una sombra de cristianismo, que no es el cristianismo de Cristo. La prensa y la radio os inundan a diario con producciones de contenido opuesto a la fe y a la Iglesia y, sin consideración y respeto alguno, atacan lo que para vosotros debe ser sagrado y santo.

41. Sabemos que muchísimos de vosotros, por ser fieles a la fe y a la Iglesia y por pertenecer a asociaciones religiosas, tuteladas por el Concordato, habéis tenido y tenéis que soportar trances duros de desprecio, de sospechas, de vituperios, acusados de antipatriotismo, perjudicados en vuestra vida profesional y social. Y bien sabemos que se cuentan en vuestras filas muchos desconocidos soldados de Cristo que, con el corazón dolorido, pero con la frente erguida, sobrellevan su suerte y buscan alivio solamente en la consideración de que sufren afrentas por el nombre de Jesús (cf Hech 5,41).

42. Y hoy, cuando amenazan nuevos peligros y nuevas tensiones, Nos decimos a esta juventud: «Si alguno os quisiere anunciar un Evangelio distinto del que recibisteis» sobre el regazo de una madre piadosa, de los labios de un padre creyente, por las instrucciones de un educador fiel a Dios y a su Iglesia, ese tal sea anatema (Gál 1,9). Si el Estado organiza a la juventud en asociación nacional obligatoria para todos, en ese caso, dejando a salvo siempre los derechos de las asociaciones religiosas, los jóvenes tienen el derecho obvio e inalienable, y con ellos sus padres, responsables de ellos ante Dios, de exigir que esta asociación esté libre de toda tendencia hostil a la fe cristiana y a la Iglesia; tendencia que hasta un pasado muy reciente y aun hasta el presente angustia a los padres creyentes con un insoluble conflicto de conciencia, por cuanto no pueden dar al Estado lo que se les pide en nombre del Estado, sin quitar a Dios lo que a Dios pertenece.

43. Nadie piensa en poner tropiezos a la juventud alemana en el camino que debiera conducirla a la realización de una verdadera unidad nacional y a fomentar un noble amor por la libertad y una inquebrantable devoción a la patria. A lo que Nos nos oponemos y nos debemos oponer es al antagonismo voluntaria y sistemáticamente suscitado entre las preocupaciones de la educación nacional y de las propias del deber religioso. Por esto, Nos decimos a esta juventud: Cantad vuestros himnos de libertad, mas no olvidéis que la verdadera libertad es la libertad de los hijos de Dios. No permitáis que la nobleza de esta insustituible libertad desaparezca en los grilletes serviles del pecado y de la concupiscencia. No es lícito a quien canta el himno de la fidelidad a la patria terrena convertirse en tránsfuga y traidor con la infidelidad a su Dios, a su Iglesia y a su patria eterna. Os hablan mucho de grandeza heroica, contraponiéndola osada y falsamente a la humildad y a la paciencia evangélica, pero ¿por qué os ocultan que se da también un heroísmo en la lucha moral, y que la conservación de la pureza bautismal representa una acción heroica, que debería ser apreciada como merece, tanto en el campo religioso como en el natural? Os hablan de las fragilidades humanas en la historia de la Iglesia, pero ¿por qué os ocultan las grandes gestas que la acompañan a lo largo de los siglos, los santos que ha producido, los beneficios que la civilización occidental recibió de la unión vital entre la Iglesia y vuestro pueblo? Os hablan mucho de ejercicios deportivos, los cuales, si se usan en una bien entendida medida, dan gallardía física, que es un beneficio para la juventud. Pero hoy se les señala, con frecuencia, una extensión que no tiene en cuenta ni la formación integral y armónica del cuerpo y del espíritu, ni el conveniente cuidado de la vida de familia, ni el mandamiento de santificar el día del Señor. Con una indiferencia rayana en el desprecio, se despoja al día del Señor de su carácter sagrado y de su recogimiento que corresponde a la mejor tradición alemana. Esperamos confiados que los jóvenes alemanes católicos reivindicarán explícitamente, en el difícil ambiente de las organizaciones obligatorias del Estado, su derecho a santificar cristianamente el día del Señor; que el cuidado de robustecer el cuerpo no les hará olvidar su alma inmortal; que no se dejarán vencer por el mal, sino que más bien procurarán ahogar el mal con el bien (Rom 12,21); que seguirán considerando como meta altísima suya la corona de la victoria en el estadio de la vida eterna (1Cor 9,24-25).

10. SACERDOTES Y RELIGIOSOS

44. Dirigimos una palabra de particular gratitud y de exhortación a los sacerdotes de Alemania, a los cuales, con sumisión a sus Obispos, corresponde mostrar a la grey de Cristo los rectos senderos, en tiempos difíciles y en circunstancias duras, con la solicitud diaria, con la paciencia apostólica. No os canséis, amados hijos y partícipes de los divinos misterios, de seguir al eterno Sumo Sacerdote Jesucristo en su amor y oficio de buen samaritano. Caminad de continuo en una conducta inmaculada ante Dios, en una incesante autodisciplina y perfeccionamiento, en un amor misericordioso para todos los que os han sido confiados, especialmente para con los que peligran, los débiles y los vacilantes. Sed guías para los fieles, apoyo para los que titubean, maestros para los que dudan, consoladores para los afligidos, bienhechores desinteresados y consejeros para todos. Las pruebas y los sufrimientos por que ha pasado vuestro pueblo en el periodo de la posguerra, no pasaron sin dejar huellas en su alma. Os han dejado angustias y amarguras, que sólo paulatinamente podrán curarse y ser superadas por un espíritu de amor desinteresado y operante. Este amor, que es la armadura indispensable al apóstol, especialmente en el mundo presente, agitado y trastornado, Nos lo deseamos y lo imploramos de Dios para vosotros en medida copiosa. El amor apostólico, si no logra haceros olvidar, por lo menos os hará perdonar muchas amarguras inmerecidas que, en vuestro camino de sacerdotes y de pastores de almas, son hoy más numerosas que nunca. Por lo demás, este amor inteligente y misericordioso para con los descarriados y para con los mismos que os ultrajan no significa, ni en manera alguna puede significar, renuncia a proclamar, a hacer valer y a defender con valentía la verdad, y a aplicarla a la realidad que os rodea. El primero y más obvio don amoroso del sacerdote al mundo es servirle la verdad, la verdad toda entera; desenmascarar y refutar el error, cualquiera que sea su forma o su disfraz. La renuncia a esto sería no solamente una traición a Dios y a vuestra santa vocación, sino un delito en lo tocante al verdadero bienestar de vuestro pueblo y de vuestra patria. A todos aquellos, que han conservado para con sus obispos la fidelidad prometida en la ordenación, a aquellos que en el cumplimiento de su oficio pastoral han tenido y tienen que soportar dolores y persecuciones —algunos hasta ser encarcelados o mandados a campos de concentración—, a todos ellos llegue la expresión de la gratitud y el encomio del Padre de la Cristiandad.

45. Y Nuestra gratitud paterna se extiende igualmente a los religiosos de ambos sexos; una gratitud unida a una participación íntima por el hecho de que, a consecuencia de medidas contra las Ordenes y Congregaciones religiosas, muchos han sido arrancados del campo de una actividad bendita y para ellos gratísima. Si algunos han sucumbido y se han mostrado indignos de su vocación, sus yerros, condenados también por la Iglesia, no disminuyen el mérito de la grandísima mayoría que con desinterés y pobreza voluntaria se han esforzado por servir con plena entrega a su Dios y a su pueblo. El celo, la fidelidad, el esfuerzo en perfeccionarse, la solícita caridad para con el prójimo y la prontitud bienhechora de aquellos religiosos cuya actividad se desenvuelve en los cuidados pastorales, en los hospitales y en la escuela, son y siguen siendo gloriosa aportación al bienestar privado y público; un futuro tiempo más tranquilo les hará justicia más que el turbulento que atravesamos. Nos tenemos confianza de que los superiores de las comunidades religiosas tomarán pie de las dificultades y pruebas presentes para implorar del Omnipotente nueva lozanía y nueva fertilidad sobre el duro campo de su trabajo por medio de un redoblado celo, de una vida espiritual profunda, de una santa gravedad conforme a su vocación y de una genuina disciplina regular.

11. A LOS FIELES SEGLARES

46. Se ofrecen a nuestra vista, en inmenso desfile, nuestros amados hijos e hijas, a quienes los sufrimientos de la Iglesia en Alemania y los suyos nada han quitado de su entrega a la causa de Dios, nada de su tierno afecto hacia el Padre de la Cristiandad, nada de su obediencia a los obispos y sacerdotes, nada de su alegre prontitud en permanecer en lo sucesivo, pase lo que pase, fieles a lo que han creído y a lo que han recibido como preciosa herencia de sus antepasados. Con corazón conmovido les enviamos nuestro paternal saludo.

47. Y en prime lugar, a los miembros de las asociaciones católicas, que con valentía y a costa de sacrificios, a menudo dolorosos, se han mantenido fieles a Cristo y no han estado jamás dispuestos a ceder en aquellos derechos que un solemne pacto había auténticamente garantizado a la Iglesia y a ellos. 

48. Un saludo particularmente cordial va también a los padres católicos. Sus derechos y sus deberes en la educación de los hijos que Dios les ha dado están en el punto agudo de una lucha tal que no se puede imaginar otra mayor. La Iglesia de Cristo no puede comenzar a gemir y a lamentarse solamente cuando se destruyen los altares y manos sacrílegas incendian los santuarios. Cuando se intenta profanar, con una educación anticristiana, el tabernáculo del alma del niño, santificada por el bautismo; cuando se arranca de este templo vivo de Dios la antorcha de la fe y en su lugar se coloca la falsa luz de un sustitutivo de la fe, que no tiene nada que ver con la fe de la cruz, entonces ya está inminente la profanación espiritual del templo, y es deber de todo creyente separar claramente su responsabilidad de la parte contraria, y su conciencia de toda pecaminosa colaboración en tan nefasta destrucción. Y cuanto más se esfuercen los enemigos en negar o disimular sus turbios designios, tanto más necesaria es una avisada desconfianza y una vigilancia precavida, estimulada por una amarga experiencia. La conservación meramente formularia de una instrucción religiosa —por otra parte controlada y sojuzgada por gente incompetente— en el ambiente de una escuela que en otros ramos de la instrucción trabaja sistemática y rencorosamente contra la misma religión, no puede nunca ser título justificativo para que un cristiano consienta libremente en tal clase de escuela, destructora para la religión. Sabemos, queridos padres católicos, que no es el caso de hablar, con respecto a vosotros, de un semejante consentimiento, y sabemos que una votación libre y secreta entre vosotros equivaldría a un aplastante plebiscito en favor de la escuela confesional. Y por esto no nos cansaremos tampoco en lo futuro de echar en cara francamente a las autoridades responsables la ilegalidad de las medidas violentas que hasta ahora se han tomado, y el deber que tienen de permitir la libre manifestación de la voluntad. Entretanto, no os olvidéis de esto: ningún poder terreno puede eximiros del vínculo de responsabilidad, impuesto por Dios, que os une con vuestros hijos. Ninguno de los que hoy oprimen vuestro derecho a la educación y pretenden sustituiros en vuestros deberes de educadores podrá responder por vosotros al Juez eterno, cuando le dirija la pregunta: ¿Dónde están los que yo te di? Que cada uno de vosotros pueda responder: No he perdido a ninguno de los que me diste (Jn 18,9). 

49. Venerables hermanos, estamos ciertos de que las palabras que Nos os dirigimos, y por vuestro conducto a los católicos del Reich alemán, encontrarán, en esta hora decisiva, en el corazón y en las acciones de nuestros fieles hijos un eco correspondiente a la solicitud amorosa del Padre común. Si hay algo que Nos imploramos del Señor con particular fervor, es que nuestras palabras lleguen también a los oídos y al corazón de aquellos que han empezado a dejarse prender por las lisonjas y por las amenazas de los enemigos de Cristo y de su santo Evangelio y que les hagan reflexionar. 

50. Hemos pesado cada palabra de esta encíclica en la balanza de la verdad y, al mismo tiempo, del amor. No queríamos, con un silencio inoportuno, ser culpables de no haber aclarado la situación, ni de haber endurecido con un rigor excesivo el corazón de aquellos que, estando confiados a nuestra responsabilidad pastoral, no nos son menos amados porque caminen ahora por las vías del error y porque se hayan alejado de la Iglesia. Aunque muchos de éstos, acostumbrados a los modos del nuevo ambiente, no tienen sino palabras de ingratitud y hasta de injuria para la casa paterna y para el Padre mismo; aunque olvidan cuán precioso es lo que ellos han despreciado, vendrá el día en que el espanto que sentirán por su alejamiento de Dios y por su indigencia espiritual pesará sobre estos hijos hoy perdidos, y la añoranza nostálgica los conducirá de nuevo al Dios que alegró su juventud (Sal 42[43],4), y a la Iglesia, cuya mano materna les enseñó el camino hacia el Padre celestial. Acelerar esta hora es el objeto de nuestras incesantes plegarias. 

51. Como otras épocas de la Iglesia, también ésta será precursora de nuevos progresos y de purificación interior, cuando la fortaleza en la profesión de la fe y la prontitud en afrontar los sacrificios por parte de los fieles de Cristo sean lo bastante grandes para contraponer a la fuerza material de los opresores de la Iglesia la adhesión incondicional a la fe, la inquebrantable esperanza, anclada en lo eterno, la fuerza arrolladora de una caridad activa. El sagrado tiempo a la Cuaresma y de Pascua, que invita al recogimiento y a la penitencia y hace al cristiano volver los ojos más que nunca a la cruz, así como también al esplendor del Resucitado, sea para todos y para cada uno de vosotros una ocasión, que acogeréis con gozo y aprovecharéis con ardor, para llenar toda el alma con el espíritu heroico, paciente y victorioso que irradia de la cruz de Cristo. Entonces los enemigos de Cristo —estamos seguros de ello—, que en vano sueñan con la desaparición de la Iglesia, reconocerán que se han alegrado demasiado pronto y que han querido sepultarla demasiado deprisa. Entonces vendrá el día en que, en vez de prematuros himnos de triunfo de los enemigos de Cristo, se elevará al cielo, de los corazones y de los labios de los fieles el Te Deum de la liberación, un Te Deum de acción de gracias al Altísimo, un Te Deum de júbilo, porque el pueblo alemán, hasta en sus mismos miembros descarriados, habrá encontrado el camino de la vuelta a la religión; con una fe purificada por el dolor, doblará nuevamente su rodilla en presencia del Rey del tiempo y de la eternidad, Jesucristo, y se dispondrá a luchar —contra los que niegan a Dios y destruyen el Occidente cristiano— en armonía con todos los hombres bienintencionados de las otras naciones y a cumplir la misión que le han asignado los planes del Eterno. 

52. Aquel, que sondea los corazones y los deseos (Sal 7,10) nos es testigo de que Nos no tenemos aspiración más íntima que la del restablecimiento de una paz verdadera entre la Iglesia y el Estado en Alemania. Pero si la paz, sin culpa nuestra, no viene, la Iglesia de Dios defenderá sus derechos y sus libertades, en nombre del Omnipotente, cuyo brazo aun hoy no se ha abreviado. Llenos de confianza en El, no cesamos de rogar y de invocar (Col 1,9) por vosotros, hijos de la Iglesia, para que se acorten los días de la tribulación, y para que seáis hallados fieles en el día de la prueba, y para que aun a los mismos perseguidores y opresores les conceda el Padre de toda luz y de toda misericordia la hora del arrepentimiento para sí y para muchos que con ellos han errado y yerran.

Con esta plegaria en el corazón y en los labios, Nos impartimos, como prenda de la ayuda divina, como apoyo en vuestras decisiones difíciles y llenas de responsabilidad, como lenitivo en el dolor, a vosotros, obispos, pastores de vuestro pueblo fiel, a los sacerdotes, a los religiosos, a los apóstoles seglares de la Acción Católica y a todos vuestros diocesanos, y en señalado lugar a los enfermos y prisioneros, con amor paternal la Bendición Apostólica.
Dado en el Vaticano, en la dominica de Pasión, 14 de marzo de 1937.

PIUS PP.XI












sábado, 16 de febrero de 2013

Antonio Cañizares, Cardenal.

LA CAUSA DE LA VIDA, CUESTIÓN CRUCIAL Y DECISIVA DEL SIGLO XXI
 
Cardenal Antonio Cañizares
RECEPCIÓN COMO MIEMBRO HONORARIO DE LA REAL ACADEMIA DE LA MEDICINA DE GRANADA (22, XI, 2012)
 
          Ilustrísima Señora Presidente de la Real Academia de Medicina, sección de Granada, Ilustrísimos Señores Académicos, Profesores, Doctores, Señoras y Señores:
          La primera palabra con que abro mi intervención en esta solemne sesión académica no puede ser sino una de las más bellas y verdaderas palabras que expresan uno de los sentimientos más nobles y hondos en todos los vocabularios del mundo, en la totalidad de las lenguas, aunque fonéticamente suenen de manera diversa en cada una de ellas: ¡“Gracias”!,  ¡“muchísimas gracias”!. Así nos expresamos siempre que nos es dado algo, siempre que recibimos un don, algo indebido, para lo que no se tienen méritos, ni asiste derecho alguno: todo depende de la generosidad de quien da. Así me ocurre esta tarde en que recio un grande don, inmerecido, que esta Real Academia, por la magnanimidad y condescendencia de su reconocida bonhomía me otorga al admitirme como miembro honorario de ella: nunca mejor dicho, recibo, en efecto, un grandísimo honor, me siento muy honrado, Es para mí un inmenso honor que me acojan, señores, amigos académicos, entre ustedes, a quienes, sin duda, por diferentes motivos me siento tan unido y tan deudor.
 
 
 
Antonio Cañizares, prefetto della Congregazione per il culto Divino e la Disciplina dei sacramenti
          No soy médico, es evidente; ni poseo ninguna sabiduría médica; en temas médicos, como en tantos otros me considero y soy un ignorante no me he dedicado a la investigación biomédica, tampoco me encuentro entre quienes se dedican a las ciencias con que se relaciona de manera habitual esta Real Academia. Pero, además de la razón, de la que no se separa la e, hay algo que sí que me une muy estrechamente a ustedes: estar al servicio de la vida, a favor de la vida, apostar por la vida, ser académico defensor de la vida, como ustedes que, día tras día, en la  vocación y en el ejercicio médico lo hacen de manera tan real, efectiva y eficaz. Nos une, porque ustedes y yo, con verdadero gozo y esperanza, estamos al servicio del hombre, de su dignidad y de su grandeza: y la vida humana es donde primero se manifiesta esa grandeza y sea dignidad que nadie puede arrebatar, ni con todo el otro y plata del mundo se puede comprar. Permítanme que también les dé las gracias públicamente por este atento, constate, eficaz cuidado y servicio a la vida –desde el milagro de sus gestación, nacimiento, maduración y, hasta el momento de la muerte natural- que están llevando a cabo con plena y noble consagración y dedicación, que reconocemos admiramos.


Congregatio de Cultu Divino et Disciplina Sacramentorum
 
          Ante ustedes y con ustedes que con exquisito esmero y con tanto cuidado, como competencia científica y con tal generosidad humana, y verdadera abnegación, están al servicio de la vida, quiero unir mi voz y mi ánimo, una vez más, siempre,- como lo que soy, por encima de todo, sacerdote y obispo, también al servicio de la vida-, para proclamar a los cuatro vientos la Buena Noticia de la vida, desde esta Academia que, en su más honda entraña, es también testimonio y proclamación del bien más preciado y primero recibido, por amor, de Dios y de nuestros padres: el don de la vida. Me siento enteramente compenetrado e identificado con ese sí a la vida, claro y permanentemente de su labor cotidiana. Ese es el gran reto y desafío para este siglo XXI.
          Hace poco más de quince años, el 25 de marzo de 1995, fiesta de la Encarnación del Hijo de Dios, el Beato Papa Juan Pablo II, paladín y defensor, como pocos, de la vida, nos oreció a todos de cualquier condición y convicción, creyentes y no creyentes, el gran regalo de la Encíclica Evanaelium Vitae. Una corriente de aire fresco y puro irrumpía en este mundo nuestro tan calcinado y desierto por una cultura de la muerte. Resonaba con fuerza y vigor la voz de un Papa, libre y profética, abierta al futuro, iluminadora de un horizonte lleno de esperanza, de vida, -en la esperanza siempre está la vida,- al finalizar un siglo, el XX, que se ha caracterizado tan cruel y amaro para la vida. En esta Encíclica del buen Papa, tan lúcido ante el futuro y tan solícito ante las necesidades del mundo y de la historia, en el desierto amenazado e incierto de este siglo de hoy, encontramos esa voz que grita y anuncia la Buena Noticia de la vida. Una voz cargada de esperanza, que es consciente de que el futuro y la luz pata este mundo en este siglo se juega en el gran tema de la vida, en el valor sagrado de la vida humana desde su inicio hasta su término, y afirmar el derecho de cada ser humano a ver respetado totalmente ese bien primario suyo.
San Pedro

 
          Porque la Buena Notica –Evangelio- del amor de Dios al hombre, en efecto, la Buena Noticia -Evangelio- de la dignidad inviolable de la persona humana, y la Buena Noticia de la vida –Evangelio de la vida- son una única e indivisible Buena Notica, un único e indivisible Evangelio-: por ello el hombre es el camino primero y principal de todos, particularmente de la Iglesia. Un evangelio, una Buena notica se nos dio entonces cuando se publicó aquella Encíclica y sigue con la misma actualidad que en aquel momento. Una buena noticia aconteció en medio de nosotros, tan necesitados como andamos de buenas noticias. Una luz grande iluminando con renovado brillo la oscuridad de una “cultura de la muerte”, en que nos hallamos sumidos.
San Pietro


 
          Nadie, en este tiempo, ha hablado con tanta fuerza, con tanta claridad y verdad, ni con tanto amor y ternura en defensa del hombre amenazado, como lo hizo este paladín de la vida que fijé Juan Pablo II en esa carta Evancelium Vitae, que nos dirigió directamente a los fieles católicos –apelando a la puerta de nuestra conciencia-, pero también a todos los hombres de buena voluntad que quisieran escucharla y estén a favor del hombre y de su dignidad.
          Con ese amor y ternura, es preciso decir y reconocer, sale la Iglesia en defensa del hombre amenazado, en defensa de la vida despreciada, en defensa de la dignidad humana preterida, violada o dañada. Clama por el hombre inocente, de la cara con energía por el indefenso que no tiene protector, apuesta fuerte por la vida, por toda vida humana. Escuchando su mensaje, o acogiendo la voz de aquel Papa, como también la de su sucesor, Benedicto XVI, en pro de la vida, a favor del hombre, su grandeza y su dignidad, se siente el gozo inmenso de ser hombre, la alegría de haber sido llamado por Dios a la vida, la dicha de ser una de esas criaturas, sin duda predilectas, -un hombre, una persona humana- querida directamente y por sí misma por Dios, que quiere que el hombre viva y tenga vida para siempre, una vida plena, y cuya gloria es ésa: la vida del hombre, que el hombre viva.
Prefecto de la congregación para el culto Divino y la disciplina de los sacramentos
 
          La Iglesia –un servidor en ella y con ella- no puede, no podemos, callar y dejar de anunciar este Evangelio de la vida y denunciar, al mismo tiempo, toda violencia y violación de la vida que es su primera, principal e inalienable riqueza. “¡Ay de mí si no evangelizare!”, leemos en san Pablo; ¡ay de la Iglesia y de sus hijos!, si dejamos de anunciar este Evangelio de la vida, que no es otro que Jesucristo mismo, que trae vida y amor que la sostiene, que es Vida y Verdad, Amor y Pasión por el hombre y con el hombre. Al que todos buscan porque todos quieren y anhelan la vida y rechazan la muerte; ante Él todos se agolpan, a Él todos acuden –aún sin saberlo- porque es  sanación, venda las heridas, ha venido a curar, ha venido a que los hombres tengamos vida, porque ¡Él es la Vida!, que ansiamos. Para esto ha venido al mundo, para proclamar esta dichosa noticia y hacerla realidad en nuestro mundo y en el venidero y definitivo. En palabras suyas, “he venido para que los hombres tengan vida y la tengan en abundancia”. “Se reiere a aquella vida “nueva” y “eterna”. Es precisamente en esa “vida” donde encuentran pleno significado todos los aspectos y momentos de la vida del hombre (EvancTelium Vitae, 1). Mi pasión personal por la proclamación y la defensa de la vida, tan medular en mi existir y actuar, la he recibido de la Iglesia, con ella vibro, e inquebrantablemente me identifico con ella, para quien “toda amenaza a la dignidad y a la vida del hombre repercute en el corazón mismo de la Iglesia, afecta al núcleo de su fe en la encarnación redentora del Hijo de Dios y la compromete en su misión de anunciar el Evangelio de la vida por todo el mundo y a cada criatura (16,15)” (EV 3).
Antonio Cañizares Vaticano


 
         Si, al final del siglo XIX, la Iglesia –y cualquiera que tuviera conciencia social y entrañas humanas- “no podía callar ante los abusos sociales entonces existentes menos aún puede callar hoy, cuando a las injusticias sociales del pasado tristemente no superadas todavía, se añaden en tantas partes del mundo injusticias y opresiones incluso más graves, consideradas tal vez como elementos del progreso de cara a la organización de un nuevo orden mundial” (Evangelium Vitae 5)
          Sin duda, la injusticia y la opresión más grave que corroe el momento presente es esa gran multitud de seres humanos, débiles, inocentes e indefensos, que está siendo aplastada en su derecho fundamental a la vida, se les está privando del bien básico que corresponde a su dignidad de hombre,  de la vida. El desafío que tenemos ante nosotros, en este tercer milenio, en este siglo XXI, es arduo pero apasionante: la defensa de la vida en todas las fases de su existencia y la vida de todos, sin excepción. Sólo la cooperación concorde de cuantos creen en el valor básico de la vida, quieren al hombre y apuestan por él, podrá evitar una derrota de la civilización de consecuencias imprevisibles, ya las estamos sufriendo, y las sufriremos aún más, si no se cambia la mentalidad anti-vida que está impregnando esta pseudocultura que empecinadamente se impone, y es tan contraria al hombre, es la quiebra del hombre.
           Hoy, digamos con toda claridad secundando las palabras clamorosa y vigorosas del gran Juan Pablo II, el anuncio, la proclamación vigorosa por todas las partes, la divulgación y defensa a tiempo y a destiempo de la Buena Noticia de la vida, “es particularmente urgente ante la impresionante multiplicación y agudización de las amenazas a la vida de las personas y de los pueblos, especialmente cuando ésta es débil e indefensa. A las tradicionales y dolorosos plagas del hambre, las enfermedades endémicas, la violencia y las guerras, se añaden otras con nuevas facetas y dimensiones inquietantes. Ya el Concilio Vaticano II en una página de dramática actualidad, denunció con fuerza los numerosos delitos y atentados contra la vida humana. <A casi ya cincuenta años de distancia, asumiendo enteramente> palabras de aquella asamblea conciliar, una vez más, con idéntica firmeza los deploro <con la Iglesia y> con la certeza de interpretar el sentimiento auténtico de cada conciencia recta: ‘Todo lo que se opone a la vida, como los homicidios de cualquier género, los genocidios, el aborto, la eutanasia y el mismo suicidio voluntario; todo lo que viola la integridad de la persona humana, como las mutilaciones, las torturas corporales y mentales, incluso los intentos de coacción psicológica; todo lo que ofende a la dignidad humana, como las condiciones infrahumanas de la vida, los encarcelamientos arbitrarios, las deportaciones, la esclavitud, la prostitución, la trata de blancas y de jóvenes, también las condiciones ignominiosas de trabajo en que los obreros son tratados como meros instrumentos de lucro, no como personas libres y responsables; todas esas cosas y otras semejantes son ciertamente oprobios que, al corromper la civilización humana, deshonran más a quienes los practican que a quienes padecen injusticia y son totalmente contrarios al honor debido al Creador’ (GS, 27).
          Por desgracia este alarmante panorama, en vez de disminuir, se va más bien agrandando. Las nuevas perspectivas abiertas por el progreso científico y tecnológico surgen nuevas formas de agresión contra la dignidad de ser humano, a la vez que se va delineando una nueva situación cultural, que confiere a los atentados contra la vida un aspecto inédito – y podría decirse aún más inicuo ocasionando ulteriores y graves preocupaciones: amplios sectores de la opinión pública justifican algunos atentados contra la vida en nombre de los derechos de libertad individual, y sobre este presupuesto pretenden no sólo la impunidad, sino incluso la autorización por parte del Estado, con el fin de practicarlos con absoluta libertad y además con la intervención gratuita de las estructuras sanitarias. En la actualidad, todo esto provoca un cambio profundo en el modo de entender la vida y las relaciones entre los hombres…y causa no marginal de un grave deterioro moral….La misma medicina, que por su vocación <y su misma identidad> está ordenada a la defensa <,protección,> y cuidado de la vida humana se presta cada vez más, en algunos de sus sectores a realizar estos actos contra la persona, deformando así su rostro, contradiciéndose a sí misma y degradando la dignidad de quienes la ejercen. En este contexto cultural y legal, incluso los graves problemas demográficos, sociales y familiares, que pesan sobre numerosos pueblos del mundo y exigen una atención responsable y activa por parte de las comunidades nacionales y de la internacionales, se encuentran expuestos a soluciones falsas e ilusoria, en contraste con la verdad y el bien de las personas y de las naciones.
          El resultado al que se llega es dramático: si es muy grave y preocupante el fenómeno de la eliminación de tantas vidas humanas e incipientes o próximas a su acoso, no menos grave e inquietante es el hecho de que a la conciencia misma, casi oscurecida por condicionamientos tan grandes, le cueste cada vez más percibir la distinción entre el bien y el mal en lo referente al valor fundamental de la vida humana” (Ev 4). Es ésta una página lúcida y dramática, a la vez profética y abierta a una realidad nueva, que clama por una realidad nueva, por un cambio, por una conversión profunda, por una renovación y transformación de los criterios de juicio, las manera de pensar, de vivir y de actuar que estén en contraste con la verdad de la persona humana, con el bien, con el Evangelio de la vida. (Todo esto, la mentalidad generada por estos atentados contra vida humana y la dignidad del hombre, repercute incluso, y no es ajena en absoluto a la gran crisis económica que padecemos, que denota con toda claridad una quiebra moral y una quiebra muy profunda del hombre. Es preciso actuar, es necesario y urgentísimo crear una nueva cultura, la cultura de la vida.
          Permítame que, en este foro, donde se busca con pasión y se afirma la verdad, como respuesta y ofrecimiento a esa perentoria necesidad, diga lo siguiente: hace 2000 años, en medio de la noche, en la espera vigilante de la aurora de la esperanza para la humanidad entera, resonó para el mundo como gozosa noticia, el nacimiento de un niño. Aquel nacimiento ponía de manifiesto el sentido profundo de todo nacimiento humano; la alegría de aquel nacimiento constituye el fundamento y realización de la alegría por cada niño que nace (Ev1). Es cierto, es verdad que el mayor acontecimiento de la historia del mundo después de aquel nacimiento es el nacimiento de un niño. Es como decir que en el milagro y la maravilla admirable de la vida de cada ser humano se repite, en cierto modo, el milagro grandioso de un Dios, que por amor se hace hombre; es como decir que Dios es el precio de una vida humana, de todas y cada una de las vidas humanas. Es como reconocer, en suma, que el asombro ante la dignidad de la persona humana se encuentra en quien es la Buena Noticia de la Vida.
          El mundo actual trata de apagar o de poner sordina a tan importante mensaje. Son las campañas y la trompetería de los embajadores y servidores de los enemigos del hombre que no quieren que el hombre viva, y de la “cultura de la muerte” y de miedo al futuro que se cierne amenazadora sobre los hombres y los pueblos sumidos en un invierno demográfico; son las campañas de los que no aman al hombre, de los que engañan y pervierten, de los que se sirven de él y quieren tenerlo bajo su control. Pero la Buena Noticia de la Vida nadie puede encadenarla aunque se intente, aunque se trate de ponerle una losa encima tras desacreditarla. Es preciso que no se calle ni se debilite esta acuciante llamada a todos y a cada uno, en nombre de Dios: ¡Respeta, defiende, ama y sirve a la vida, a toda vida humana! Siguiendo ese camino se encontrará justicia, desarrollo, libertad verdadera, paz y felicidad (Cf. EV 5).
          Resulta claro, para mí evidente, que una de las más decisivas causas en las que se va a jugar el futuro de la humanidad y la salvación, también de la economía, siempre al servicio del hombre y del bien común, en este siglo y milenio, que tan sólo hace doce años que comenzaron, va a ser la causa de la vida. El siglo XX fue el siglo de las grandes guerras de las más terribles de toda la historia humana. Habría que añadir, además, el periodo histórico, en el que el valor fundamental de la vida se ha visto más universalmente amenazado y más abiertamente puesto en cuestión. Nadie puede negar que, como uno de los signos de los tiempos, verdaderamente esperanzadores, está la movilización de fuerzas que quieren defender la vida humana en diversos movimientos “pro vida”, “a favor de la vida”, movilización que, sin la menor reserva, es alentadora y ofrece motivos de esperanza. Pero, al mismo tiempo, hemos de reconocer francamente que hasta ahora es más fuerte, aparentemente, el movimiento contrario: la extensión de legislaciones y prácticas que destruyen voluntariamente la vida humana, sobre todo la vida de los más débiles: los niños aún no nacidos. Hoy somos testigos de una auténtica guerra de los poderosos contra los débiles, una guerra que busca la eliminación de los minusválidos, de los que resultan una molestia, e incluso de aquellos que son pobres e “inútiles”, en todos los momentos de su existencia. Con la complicidad de los Estados, se han empleado medios colosales contra las personas, al alba de su vida o cuando la vida se ha hecho vulnerable por un accidente o una enfermedad y cuando esa vida está cercana a su extinción.
          Nuevas y gravísimas amenazas se ciernen sobre la  vida y la dignidad e inviolabilidad de la persona humana en los primeros lustros del siglo XXI. La guerra y la violencia destructora de la violencia bélica se sigue utilizando sin escrúpulos como método brutal de solución a los problemas políticos y sociales. Se usa y utiliza el terrorismo con su secuela de asesinatos, crímenes y de tanta destrucción de vidas y familias deshechas como recurso “legítimo” de no se sabe bien qué fines e interés políticos o económicos, o pretendidamente sociales y culturales.
         Se justifica la manipulación genética con fines  experimentales o la eliminación de embriones, que son verdaderos seres humanos como científicamente está demostrado, desde el inicio de su existencia, como si no se tratara de “uno de los nuestros”: un ser humano como cualquiera de nosotros. ¿Quién podrá calcular el número  de las víctimas de esa hecatombe escondida?.
          Nos hemos acostumbrado a esas casi cuatro quintas partes de la humanidad que pasan hambre y dejan su vida o “infravida” a girones, o a esos millones de hombres –muchos-, que, ya desde niños, no tienen el mínimo para subsistir con dignidad.
          Se vende o publicita, sin ninguna o escasa justificación científica, e incluso falseando los mismos datos de las Naciones Unidas, el llamado “boom demográfico” con políticas abiertamente antinatalistas puestas al servicio de intereses económicos e ideológicos. El narcotráfico criminal y el consumo de drogas siguen haciendo estragos en la vida de numerosos jóvenes. No son, por desgracia, infrecuentes los malos tratos, incluso con heridas y consecuencias de muerte, infligidos sobre todo a mujeres y niños débiles e inermes.
           La vida de los no nacidos, de los enfermos terminales, de los ancianos, de los disminuidos físicos o psíquicos de todo tipo…se encuentra cada vez más desamparada no sólo por las leyes vigentes, sino también por las costumbres y estilos de vida más en boga en la sociedad actual. Parece que se trata de vidas humanas de inferior valor y menos dignas de protección jurídica y social que las de los sanos, fuertes y autosuficientes en lo físico, lo psíquico y lo económico-social. Es evidente: gana terreno lo que se ha calificado ya como la “cultura de la muerte”. “Pero, ¿por qué esta victoria de legislaciones o de algunas praxis antihumanas en el momento precisamente en que la idea de los derechos humanos parecía haber llegado a un reconocimiento universal e incondicionado? ¿Por qué también cristianos, incluso personas de elevada formación moral, piensan que la normativa sobre la vida humana podría y debería entrar en los compromisos necesarios de la vida política?
          Claramente aquí habría que tener en cuenta el medio en el que nos estamos moviendo, donde tanto y tan principalmente están afectando para la cuestión de la vida aspectos como la negación de la verdad y el relativismo con todas sus secuencias, la casi total desaparición de la metafísica y la preponderancia exclusiva de un cierto cientifismo, el debilitamiento y la pérdida del sentido de la persona humana, y de la misma naturaleza, del laicismo imperante y el eclipse de Dios o el vivir como si Dios no existiera, el poderío del positivismo jurídico y la progresiva implantación del olvido del derecho natural, y aún de los derechos humanos por sí mismos, no por la voluntad positiva de los legisladores.
          No deberíamos dejar de añadir a estos factores la difusión de una mentalidad de oposición a la vida se halla vinculado, en mi opinión,  a la concepción misma de la moralidad tan extendida hoy en día: A una visión individualista de la libertad, entendida como derecho absoluto a auto-determinarse sobre la base de las propias convicciones, se asocia con frecuencia una idea meramente formal de la conciencia.
          Ésta no tiene ya sus raíces en la concepción clásica conciencia moral, sino en una concepción desvinculada de su relación constitutiva con un contenido objetivo de verdad moral, y reducida así a una mera condición formal de la moralidad, referida sólo a la bondad de la intención subjetiva. También habría que añadir, además, que “uno de los motivos de esta actitud se refleja en la posición de aquellos que afirman la necesaria separación entre convicciones éticas personales y ámbito político, en el que se formulan las leyes: aquí el único valor que se ha de respetar sería la total  libertad de elección de todo individuo, dependiendo de sus propias opiniones privada. La vida social, en la imposibilidad de fundarse en cualquier referencia objetiva común, debería concebirse como resultado de un compromiso de intereses con el fin de garantizar a cada uno la mayor libertad posible. Pero, en realidad, donde el criterio decisivo del reconocimiento de los derechos es el de la mayoría, donde el derecho a la expresión de la propia libertad puede prevalecer sobre el derecho de una minoría que no tiene evidente y dramáticamente grave cuando, en nombre de la libertad de quien tiene poder y voz, se niega el derecho fundamental a la vida de quien no tiene la posibilidad de hacerse escuchar. En realidad, toda comunidad política debe reconocer al menos un mínimo de derechos objetivamente fundados, no acordados mediante convenciones sociales, sino anteriores a toda reglamentación política el derecho. Se entiende, entonces, cómo un Estado que usurpe la prerrogativa de definir cuáles seres humanos son  o no sujetos de derechos y que reconozca, por tanto, a algunos el poder de violar el derecho fundamental a la vida de otros, va contra el ideal democrático, al que dice atenerse, mina las mismas bases en que se apoya, y contribuye decisivamente a la destrucción del bien común, y, por tanto, destruye la misma integración y vertebración de la sociedad. En efecto, aceptando que se violen los derechos del más débil, acepta también que el derecho de la fuerza prevalezca sobre la fuerza del derecho. Se ve, así, que la idea de una tolerancia absoluta de la libertad de elección de algunos destruye el fundamento mismo de una convivencia justa entre los hombres. Es fundamental tener claro, estar clarificados –y a eso han contribuido decisivamente tantos estudios biomédicos- sobre cuándo comienza a existir el ser humano en cuanto tal, la persona, sujeto de derechos fundamentales que se han de respetar absolutamente. Se comprende claramente que la cuestión de la defensa de la vida, es una cuestión crucial en el siglo XXI, en el Tercer Milenio. (No entramos en la cuestión ecológica, futuro del ambiente del mundo, que es inseparable de una verdadera ecología humana, donde el tema de la vida y la dignidad de la  persona humana es vital: también en esta perspectiva el tema de la vida, la ecología humana, es crucial para el siglo XXI, en el que se cierne siempre amenazadora la realidad ambiental).
          Pero la muerte ha sido vencida, reconocemos los que firmamos y proclamamos con toda claridad la Buena Noticia de la Vida, en definitiva, Jesucristo, muerto en la Cruz y Resucitado, vencedor de la muerte. Desde la fe en Él, sin dejarme de apoyar en la razón, sencillamente fundado en la fe y en la razón, que son inseparables, digo claramente que no podemos jugar con la vida, con el derecho primero de todo ser humano, si queremos futuro y progreso para todos, y en igualdad para todos. Apuesto por un futuro y me mantengo en la esperanza, y por eso digo: ¡Sí a la vida! Los que tenemos esta firme convicción, esta fe segura y cierta, de nuestra Vida, los que queremos al hombre, no podemos desalentarnos, y no cejaremos jamás en la defensa de este hombre amenazado. Si hoy, con razón, nos avergonzamos de los tiempos de la esclavitud, no tardará el día en que nos avergoncemos y arrepintamos de esta cultura de la muerte, también tan legalmente establecida o más que aquella, de manera singular, de esos cincuenta millones de abortos protegidos y amparados por leyes contrarias al hombre, antihumanas, y, por tanto antisociales.
          Es preciso crear una conciencia más profunda y arraigada del don maravilloso de la vida y, consecuentemente, de una cultura de la vida, inseparable por lo demás de la familia, de la cultura de la verdad única de la familia inscrita en la gramática humana desde su creación, y de la educación humana que la acompaña por su propia naturaleza. Hay que ayudar a formar la conciencia, amordazada por las presiones, las agresiones y las manipulaciones de una cultura de la muerte, incluidas las manipulaciones de un lenguaje que enmascara, desfigura y oculta la verdad de las cosas e impide llamarlas por su nombre. En esta lucha se juega en gran parte el futuro de la humanidad. Será, a la vez, el test que medirá el grado y espesor de la verdadera calidad humana. Son grandes los retos, pero son muy grandes y con horizontes mucho más amplias las esperanzas.
          Es necesario trabajar y luchar por una nueva conciencia, por el cambio de mentalidad presente, negarse a secundar cualquier iniciativa que atenta contra la vida, no dar nuestra adhesión a cuantas personas, instituciones, obras o disposiciones vayan  o pretendan ir contra la vida, porque no cabe adherirse a quien niega algo tan fundamental y primero. En concreto, por ejemplo, las leyes que no protegen la vida o que van en contra de ella no son respetables: “cuando una ley civil legitima un atentado contra la vida –vgr. Aborto, eutanasia- deja de ser, por ello mismo, una verdadera ley civil moralmente vinculante” (EV 73).
          Nos encontramos hoy, inédito en la historia de la humanidad con un atentado contra la vida, un hecho generalizado que tiene una grandísima repercusión e incidencia en la sociedad, en la manera de pensar, de sentir y de actuar de tantos y tantos, particularmente en sectores más jóvenes y débiles de la sociedad, hasta formar como una especie de cultura o de atmósfera que nos envuelve y respiramos por doquier, algo que ha contribuido, en gran medida, a la quiebra de la humanidad que padecemos en estos momentos. Me refiero, como es obvio pensar, a la cuestión del aborto. Las legislaciones favorecedoras del aborto ponen en cuestión el carácter de “humano” de ese nuevo ser desde el momento en que es concebido. En esas legislaciones, ese ser vivo es visto como una cosa, un algo, no un alguien o un quién, al que no se le puede sustraer la condición de ser personal, inherente a todo ser humano. Con ello, no sólo queda gravemente cuestionado el derecho fundamental del hombre a la vida, sino también el concepto de persona misma. A partir de ahí ya no se sabe quién es el sujeto del derecho fundamental a la vida: ¿el ser humano en cuanto tal o el que deciden los legisladores, las mayorías parlamentarias, el poder, en suma? Aquí hay una cuestión de fondo principalísima: quién, cuándo y cómo se es hombre. ¿Quién lo decide? ¿O es que está en manos del hombre –del poder- el decidir cuándo se es persona?. Esto tiene unas consecuencias enormes, por ejemplo, en todo el campo de la concepción de los derechos humanos, de la creación o ampliación de “nuevos” derechos, etc… Por esto el tema del aborto es tan decisivo, más importante, incluso, que otros problemas. Así se comprende que sea lo más grave que ha sucedido en la historia de la humanidad y lo que marca una quiebra del hombre y de la sociedad nunca acaecida anteriormente. No tardará mucho en que la humanidad se avergüence de esto, como se avergüenza de la esclavitud o de genocidios –en su momento y lugar legales, pero tan horrendos- tan cercanos todavía a nosotros.


 
          El tema del aborto nos pone ante uno de los asuntos más graves y delicados de la actual situación –y de las sociedades democráticas- respecto a los derechos humanos como es el de la desaparición de un concepto de persona que no esté sometido a las decisiones cambiantes y de poder sobre qué es la persona. Es el mismo problema con el que se enfrenta la moral y la ética hoy: ha desaparecido la conciencia de la verdad de la persona como algo que nos precede y que no está sometido a nuestro arbitrio, a nuestras decisiones subjetivas, aunque esta subjetividad sea expresión de una amplia colectividad humana.
          El tema del aborto no es una cuestión puntual, ni una simple cuestión moral de algunos sectores de la población. Se trata de una cuestión de razón, muy envolvente y abarcadora de muchos aspectos que apunta a las grandes, fundamentales, imprescindibles bases y valores que sustentan la democracia, esto es: la dignidad de la persona, el respeto a sus derechos inviolables e inalienables, así como el considerar el “bien común” como in y criterio regulador de la vida política. El valor de la democracia se mantiene o caen con los valores que encarna y promueve. Para ser verdadera, crecer y fortalecerse como se debe, la democracia necesita de una ética y de un derecho que se fundamenta en la verdad del hombre y reclama el concepto de persona humana como sujeto trascendente de derechos fundamentales e inalienables, anterior al Estado y a su ordenamiento jurídico. La razón y los hechos mismos muestran que la idea de un mero consenso, social que ignore la verdad de la persona humana es insuficiente para un orden social que ignore la verdad de la persona humana es insuficiente para un orden social justo y honrado. Es evidente, por tanto, que quien niega el derecho a la vida está contra la democracia y conduce la sociedad al desastre. No habría que olvidar tampoco que una sociedad en que la dimensión moral de las leyes no es tenida suficientemente en cuenta o vulnera, es una sociedad desvertebrada, literalmente desorientada, fácil víctima de la manipulación, de la corrupción y del autoritarismo. 
 
Conclusión
          Concluyo con unas palabras del Papa Juan Pablo II, en una audiencia concedida al grupo Director de la Real Academia Nacional de Medicina de España, el 1 de marzo de 1994, como si las dijese a esta Real Academia de Medicina de Granada, que esta tarde, me concede tan generosamente el honor de recibirme y acogerme como miembro honorario suyo. Dijo entonces el Papa a aquellos ilustres representantes de la Medicina, que por su vocación está ordenada a la defensa de la vida: “Es obligado exclamar con fe y fuerza, la obligatoriedad de respetar, defender, amar y servir la vida, a toda vida humana…La vida humana es sagrada porque desde el primer momento es la acción creadora”. Con ustedes, Señores Académicos, apoyado en ustedes y de su mano, en este compromiso seguiré, porque esa es la voluntad del Creador y el deber para con todo ser humano, nuestro hermano.
Antonio Cañizares Llovera

viernes, 1 de febrero de 2013

La Granada Romana

LA GRANADA ROMANA Y CRISTIANA
 
Florentia Iliberritana, revista Universisdad de Granada 
 
 
            "La romanidad de esta ciudad de Granada está documentada desde hace siglos, y presente en muchos lugares de la misma. La sola recuperación, desde época renacentista, de una serie de inscripciones de época romana en el subsuelo del Albaicín, hasta ahora 27 del total de las 43 localizadas en toda Granada, es parte de esa información, y prueba suficiente de la entidad que tuvo en esa época este asentamiento, antiguo poblado ibérico...otros documentos que prueban la ocupación romana del Albaicín son una serie de hallazgos sueltos que a lo largo de centurias se han ido sucediendo como capiteles, monedas, columnas etc., referencias ya recopiladas en su momento por Gómez-Moreno...
           (...) que hubo un poblado romano en la demarcación de las antiguas parroquias de S. José, S. Miguel y S. Nicolás. Cúal fuera este pueblo, claramente lo pregonan las diez de las ventidós inscipciones auténticas registradas en la Alcazaba: la antigua ciudad ibérica de Iliberri, que bajo dominnio romano fue Municipio Florentino Iliberritano, acuñó moneda desde sus más remotos tiempos hasta el de los godos donde se celebró el importante Concilio del siglo IV. (escrito de Gómez-Moreno transcrito por Moya (Moya, 2004, pag. 169)... Desde el punto de vista arqueológico hay que destacar una serie de documentos de los primeros momentos de Granada en época romana...Nos referimos a una serie de acuñaciones monetarias sobre las que aparece el nombre de este asentamiento, a partir del siglo II a. C. Sus diferentes emisiones son fiel reflejo de los avatares históricos de esta urbe...". (Margarita Orfila Pons, Florentia Iliberritana, Universidad Granada, 2011).
 
 
 San Cecilio, Patrón de Granada
 
 
 Llegada del cristianismo a España
 
 
           El historiador y miembro de la Real Academia de la Historia, Luis Suárez Fernández, afirma: "San Pablo anunció por escrito su intención de venir a España, y, hacia el año 86, la Epístola de San Clemente a los corintios parece confirmar que, en efecto, dicho viaje tuvo lugar. Hay otra tradición, la de los <<siete varones apostólicos>> -Torcuato, Segundo, Indalecio (nombre, evidentemente, hispánico), Tesifonte, Eufrasio, Cecilio y Hesiquio, que habrían sido consagrados en Roma para que se encargasen de la evangelización de la Península. Las iglesias que se les atribuyen se encuentran en un reducido ámbito, entre las actuales provincias de Granada, Almería y Jaén. Probablemente tenemos con esto un dato histórico: la simiente cristiana ha llegado a España por la ruta de los comerciantes, y penetró por el Sudeste antes de la conclusión del siglo I".
 
 
 
          Continúa afirmando el historiador Luis Suárez: "Irineo habla el año 180 de las iglesias de España en plural, y Tertuliano afirma hacia el 202 que el cristianismo había sido predicado en toda ella...Durante la persecusión de Decio dos de estos obispos, Basílides, de Astorga, y Marcial, de Mérida, se las compusieron para obtener un libelo que les acreditaba como sacrificadores al genio del emperador. En la de Valerio, la Iglesia española tuvo su primer mártir importante, Fructuoso, de Tarragona. Sin duda, el aumento del número de cristianos en el largo periodo de paz que va desde el edicto de Galieno hasta la persecución de Diocleciano fue muy considerable, porque, al librarse la última batalla entre imperio e Iglesia, la contribución española en mártires forma una larga lista. Cayeron, entre otros, Marcelo, que era un centurión de la legión VII Gémica; Eulalia de Mérida; Justina y Rufina, en Sevilla; Engracia, de Zaragoza, y otros muchos. Hemos de tener encuenta que, por hallarse España dentro de la prefectura de las Galias, la ley fue aplicada con menos dureza que en otras partes".
 
 
 EL CRISTIANISMO EN GRANADA
 
           Hemos visto, primeramente, la presencia del imperio romano con toda su fuerza en Granada, y concretamente en el barrio del Albaicín, posteriormente, siguiendo las lecciones del historiador Suárez hemos concretado la presencia del cristianismo en el sudeste español (Granada, Almería y Jaén) en el primer siglo de nuestra era.
 
           En Granada tenemos por patrón y primer obispo de nuestra diócesis a San Cecilio; algunos historiadores afirman que no se puede asegurar que Cecilio fuese el primer obispo, pero lo cierto e indiscutible, salvo por historiadores subvencionados por la ideología de turno, es que:
 
1º.- el cristianismo está presente en Granada desde el siglo primero.
 
2º.- que estos cristianos tuvieron un primer obispo, se llamase este Pepe o Cecilio, pero, puesto que no hay ni indicios, ni tradición de que se llamase Pepe, lo vamos a llamar Cecilio, y para nosostros los cristianos granadinos San Cecilio.
 
          Pero, sin duda, el acontecimiento más importante de los primeros cristianos, en nuestra tierra, fue el CONCILIO DE ELVIRA, celebrado  en torno al año 300.
 
 
Primer obispo de Granada
 
           Según Arthur Barnes en, Council of Elvira, the Catholic Encyclopedia. Volumen 5. New York: Robert Appleton Company,: "el concilio de Evira se celebró considerablemente antes del año 300 - 303 y por consiguiente, previo a la persecución de Diocleciano. El principal obispo que asistió fue Hosio de Córdoba. Se menciona también a veintiseis sacerdotes, ocupando un lugar con los obispos. Los ochenta y un cánones... arrojan mucha luz sobre la vida religiosa y eclesiástica  de los cristianos españoles en la víspera del triunfo del cristianismo...".