jueves, 23 de abril de 2015

Patrimonio artístico español 3ª edición

LA DESTRUCCIÓN DEL PATRIMONIO ARTÍSTICO ESPAÑOL
Lectura recomendada:



Tercera edición de un magnífico estudio sobre la destrucción de nuestro patrimonio cultural.

Autores: José Miguel Merino de Cáceres y María José Martínez Ruiz.

Título: LA DESTRUCCIÓN DEL PATRIMONIO ARTÍSTICO ESPAÑOL, W.R. Hearst: El gran acaparador.

Editorial: Cátedra.

En la contraportada se nos dice: 
          "...la crónica de un tiempo en el que un país pobre e inculto hizo almoneda de su casa, vendiendo sus enseres al mejor postor."



En la página 28 de esta tercera edición se  cita un texto de Manuel Gómez Moreno en el que se hace mención al patrimonio perdido en Granada durante el S. XIX:

          "Dos años escasos estuvieron los franceses en Granada, y en ese tiempo derribaron el convento e iglesia del Ángel Custodio, hecho por trazas de Alonso Cano; la iglesia de San Agustín Alto,  dirigida por fray Lorenzo de San Nicolás: el convento e iglesia de San Francisco, cuya iglesia era gótica y fue la primitiva catedral, fundada por el venerable y gran arzobispo fray Hernando de Talavera; la torre de San Jerónimo, edificada por Diego de Siloé; la ermita de San Miguel y la torre del Aceituno, donde estaba aquella; la Puerta de Bibatauvin, y muchos otros edificios de menos importancia (...). Los principales edificios que arruinaron en esta ocasión -la de la voladura con pólvora los días 15 y 16 de septiembre de 1812- fueron: la entrada principal a la Alhambra y dos torres que se alzaban a sus lados; la torre del Agua y otras cuatro o cinco más;  una ermita llamada del Santo Sepulcro y un mirabh que había en la Silla del Moro (...) en el monasterio de San Jerónimo, fueron robadas preciadas obras de Berruguete y Becerra y de otros artista del siglo XVI; arrancaron las rejas del presbiterio y de las capillas, se profanó por primera vez la tumba del Gran Capitán y se esparcieron sus cenizas..." 

corral del carbón

El libro mira no sólo a  la perdida provocada por los franceses, analiza la venta masiva del patrimonio a coleccionistas norteamericanos.

Sobre las causas de esta perdida se indica en el libro lo siguiente:

          "...circunstancias y coyunturas históricas...:
                    -Ocupación francesa y Guerra de la Independencia.
                    -Desamortización eclesiástica.
                    -La afluencia de capital extranjero....
                    -Guerra Civil y posguerra.
                    -El desarrollismo y sus efectos para el patrimonio de las ciudades y del medio rural.

          "...la falta de interés, incultura, codicia y necesidad".

sábado, 18 de abril de 2015

Granada Heráldica Sociedad Genealogía

 HISTORIA
Alhama Granada
"Soberbias torres, altos edificios,
que ya cubriste siete excelsos montes,
y agora en descubiertos horizontes
apenas de haber sido dais indicios
de Plutarcos, Platones, Jenofontes,
teatro que le dio reinocerontes,
olimpias, lustros, baños, sacrifícios;
¿qué fuerzas deshicieron peregrinas
la mayor pompa de la gloria humana
imperios, triunfos, armas y doctrinas?
¡Oh gran consuelo a mi esperanza vana,
que el tiempo que os volvió breves ruinas
no es mucha que acabese mi sotana!" 
                                                    (Lópe de Vega)


Ruinas Alhama
Presentación Libro Heráldica Genealogía

Salvador Raya Retamero

Camino presentación Libro: Genealogía, Heráldica, Historia y Sociedad Alhama de Granada


Biblioteca Andalucía

Biblioteca Andalucía

San Jerónimo

Alhama Granada

Heráldica Granada

Presentación Libro



Amalia, técnica archivera protocolos notariales Granada
Alhama Granada
Protocolos Notariales Granada. Amalia doctora en Historia


Biblioteca Andalucía


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viernes, 17 de abril de 2015

comentarios lecturas y evangelio domingo 19 abril 2015 tercer domingo pascua

        LUZ DEL DOMINGO
TERCER DOMINGO DE PASCUA
Primera lectura: Hechos 3,13-15. 17-19
Interleccional: Salmo 4
Segunda lectura: 1 Juan 2,1-5
EVANGELIO Lucas 24, 35-48
 “35Ellos contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan. 36Mientras hablaban de esto, se presentó Jesús en me­dio de ellos y les dijo: -Paz con vosotros. 37Se asustaron y, despavoridos, pensaban ver un fan­tasma. 38É1 les dijo: -¿Por qué ese espanto y a qué vienen esas dudas? 39Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y mirad; un fantasma no tiene carne ni huesos como veis que yo tengo. 40Dicho esto, les mostró las manos y los pies. 41Como aún no acababan de creer de la alegría y no salían de su asombro, les dijo:  -¿Tenéis ahí algo de comer? 42Ellos le ofrecieron un trozo de pescado asado; 43é1 lo cogió y comió delante de ellos. 44Después les dijo: -Esto significaban mis palabras cuando os dije, es­tando todavía con vosotros, que todo lo escrito en la Ley de Moisés y en los Profetas y Salmos acerca de mí tenía que cumplirse. 45Entonces les abrió el entendimiento para que com­prendieran la Escritura. 46Y añadió: -Así estaba escrito: El Mesías padecerá, pero al tercer día resucitará de la muerte; 47y en su nombre se predicará la enmienda y el perdón de los pecados a todas las na­ciones. Empezando por Jerusalén 48vosotros seréis testigos de todo esto.”
COMENTARIOS
 I
 El lenguaje de los relatos evangélicos sobre las apariciones de Jesús resucitado a los discípulos resulta enigmático. Llama la atención el hecho de que ni siquiera en momentos tan importantes se pongan de acuerdo los evangelistas. Entre ellos hay divergencias evidentes en cuanto al número, tiempo, lugar y testigos de los encuentros con Jesús resucitado. Comparadas unas narraciones con otras, un observador atento descubre claras contradicciones.
 Valgan unos ejemplos como botones de muestra: las mujeres van a embalsamar el cadáver de Jesús y encuentran la tumba vacía; en el lugar del cadáver hay un joven vestido de blanco que les anuncia la resurrección para que la comuniquen al resto de los discípulos; pero ellas, según Marcos (16,8) "salieron huyendo del sepulcro, del temblor y desconcierto que les entró, y no dijeron nada a nadie, del miedo que tenían". Lucas dice exactamente lo contrario al narrar el mismo acontecimiento: "Las mujeres volvieron del sepulcro y anunciaron todo esto a los once y a los demás". Y si, según Marcos, las mujeres vieron en la tumba a un joven vestido de blanco, en el evangelio de Lucas se dice que había dos hombres con vestidos refulgentes; para Mateo se trata, por el contrario, de un ángel. Según Marcos y Lucas, las mujeres no vieron a Jesús aquella mañana, en contra de Mateo, quien añade que, cuando iban de camino, Jesús les salió al encuentro (Mt 28,9).
 La presencia del crucificado -vivo ahora- es extraña y misteriosa. Esto explica que no sea reconocido por sus discípulos a la primera: María Magdalena cree estar hablando con el hortelano (Jn 2,15); los dos de Emaús, sin reconocerlo, caminan largamente con él y le reprochan ser el único forastero que no tiene conocimiento de los trágicos sucesos de Jerusalén (Lc 24,18)... Lo reconocen después de que Jesús les hable, les explique las Sagradas Escrituras, parta el pan o coma con ellos pescado. Partir el pan, comer pescado y leer las Sagradas Escrituras eran los ingredientes de las comidas eucarísticas que la primitiva comunidad celebraba el primer día de la semana, el domingo, día en que tienen lugar las apariciones en los Evangelios.
Para reconocer al crucificado-resucitado no bastaba con los ojos de la carne, había que volverse a las Escrituras y disponerse a partir el pan en comunidad.
 Sin el carácter peculiar e irrepetible de las primeras apariciones del resucitado, también éste es el marco y el medio en el que Jesús se hace presente hoy.
En la Eucaristía, trágico recuerdo de la muerte, celebración gozosa de la resurrección, compromiso de amor fraterno y entrega mutua, el cristiano descubre cada domingo la presencia del resucitado. Presencia que lo impulsa a gritar por el mundo, sin miedos ni complejos, que ha comenzado ya otro mundo, que es posible ya otra vida, desde ahora, en la que todos los hombres se sienten a la mesa para partir el pan y compartir la existencia; pan y existencia que nuestra sociedad de consumo, en nombre de unos pocos, niega a más gente cada día. 
II
A veces es más fácil dejarse morir que arriesgarse a vivir la vida. Con frecuencia continuar luchando en medio de un mundo que nos considera enemigos resulta un peso demasiado difícil de soportar. Pero nuestra misión es ésta: ser testigos de la vida. 
MIEDO A LA VIDA
...se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo:
-Paz con vosotros. Se asustaron, y despavoridos, pensaban ver un fantasma.
 Los discípulos tenían miedo. Juan, en su evangelio, nos dice que, al principio, en los días que siguieron a la muerte de Jesús, estaban encerrados porque temían a los dirigentes judíos: les asustaba la muerte y sentían cercana la mano asesina de los jefes de su pueblo. Pero, según nos informa Lucas en el evangelio, los discípulos también sintieron miedo, al menos en una ocasión, ante la presencia de la vida: «Se asustaron, y despavoridos, pensaban ver un fantasma.»
Un fantasma. No tenían esperanza, dudaban de la palabra de Jesús, y eso les impedía reconocer la plenitud de vida que se hacía presente en medio de ellos. O, quizá, lo que les daba miedo eran las exigencias que plantea el creer en la vida, en especial la que no se guarda para sí, sino que, gastada por amor, es semilla que, tras caer en tierra y morir, da como fruto más vida. Y no perdieron el miedo hasta que Jesús les demostró que era la misma persona que había conocido. Y que el suyo no era un vivir a medías, sino la vitalidad desbor­dante de un hombre capaz de comunicarse y de compartir con sus amigos el afecto y, sobre todo, su vida: « ... soy yo en persona. Palpadme y mirad; un fantasma no tiene carne ni huesos como veis que yo tengo.»
Entonces el miedo se tornó en alegría. Y quedó demostra­da por los hechos la verdad del anuncio de Jesús: tendría que sufrir y ser perseguido, pero, en un breve espacio de tiempo, resucitaría (Lc 9,22.43; 18,31-34). 
TESTIGOS DE TODO ESTO
Entonces les abrió el entendimiento para que comprendieran la Escritu­ra. Y añadió:
-Así estaba escrito: el Mesías padecerá, pero al tercer día resucitará de la muerte, y en su nombre se predicará la enmienda y el perdón de los pecados a todas las naciones. Empezando por Jerusalén, vosotros seréis testigos de todo esto.
 «Empezando por Jerusalén»: el lugar en el que se había consumado la aparente victoria de los poderes de este mundo contra el Mesías Jesús. Precisamente allí debían empezar los amigos de Jesús a dar un triple testimonio de su victoria: «El Mesías padecerá... » El primer elemento del testimonio cristiano será el dar noticia de su muerte, de todo lo que se refiere a su muerte: del amor de Dios que se revela en el amor y en la entrega de Jesús y también de la maldad de un mundo, de un orden social homicida, que para mantenerse en pie necesita destruir al Hombre.
« ... pero al tercer día resucitará de la muerte. » Es el ele­mento fundamental de nuestra fe: la resurrección de Jesús. El evangelista, cuando habla de que todo lo que le sucedió a Jesús estaba previsto en las Escrituras, destaca ante todo la resurrección. Por tanto, a pesar de lo que nuestra forma de celebrar la Semana Santa parece indicar, lo más importante de Jesús no es su muerte, sino su vida: la que él goza ahora porque el Padre se la conservó; la que nos reúne cada vez que celebramos la eucaristía; la que fundamenta nuestra esperanza en que el orden este será progresivamente vencido y sustituido por un mundo de hermanos.
« ... y en su nombre se predicará la enmienda.» Por eso, el anuncio de la victoria de Jesús tiene que incluir una invita­ción a enmendarse, esto es, a abandonar todo comportamiento que nos haga culpables o cómplices de la existencia y del mantenimiento del orden este, una invitación a actuar de un modo semejante al de Jesús, sin miedo a que los grandes, los ricos y los poderosos nos consideren sus enemigos, pues a partir de ese momento Dios nos considerará sus amigos: « ... y el perdón de los pecados a todas las naciones».
 SIN MIEDO A LA VIDA
No terminemos la celebración de la Semana Santa el Vier­nes Santo. Es cierto que en aquella tarde se produjo una muerte heroica; pero no nos conviene refugiarnos en el recuer­do del héroe y en la exaltación del valor que mostró en su martirio: eso sería quedarnos fijos en la muerte y renunciar a la vida. Nuestra fe no se agota en la cruz. Nosotros creemos en Jesús el Resucitado, y anunciamos que él vive, aunque este mundo injusto exigió -y él soportó por amor esa injusticia- que tuviera que pasar por el dolor de una muerte violenta.
 El pueblo, los oprimidos, los explotados, los margina­dos..., todos víctimas del mundo este, condenados a vivir sin gustar el buen sabor de la vida, no debemos permitir que se nos arrebate la alegría de la vida que vence a la muerte. El miedo a la vida no es nuestro, no nos pertenece; nos lo quieren imponer los que hacen de la muerte su fuerza y su razón. El miedo a la vida es propio de quienes, responsables o cómplices del mundo este, ven en la vida de los demás una amenaza no para su vida, sino para sus privilegios.
Vivamos intensamente dando testimonio de que Dios está del lado de los que viven y, mediante la entrega por amor de su propia vida, hacen germinar la vida. 
III
 En la lectura de los Hechos encontramos de nuevo a Pedro, que se dirige a todo Israel y lo sigue siendo invitado a la conversión. Pedro tranquiliza a sus oyentes haciéndoles ver que todo ha sido fruto de la ignorancia, pero al mismo tiempo invita a acoger al Resucitado como al último y definitivo don otorgado por Dios. La muerte de Jesús se convierte para el creyente en sacrificio expiatorio. No hay asomo de resentimiento ni de venganza, sino invitación al arrepentimiento para recibir la plenitud del amor y de la misericordia del Padre, que se concreta en la confianza y en la seguridad de haber recuperado aquella filiación rota por la desobediencia.
El creyente, expuesto a las tentaciones, rupturas y caídas no tiene por qué sentirse condenado eternamente al fracaso o a la separación de Dios. San Juan nos da hoy en su Primera Carta el anuncio gozoso del perdón y de la reconciliación consigo mismo y con Dios. El cristiano está invitado por vocación a vivir la santidad; sin embargo, las infidelidades a esta vocación no son motivo de rechazo definitivo por parte de Dios, más bien son motivo de su amor y su misericordia, al tiempo que son un motivo esperanzador para el cristiano, para mantener una actitud de sincera conversión.
En el evangelio nos encontramos una vez más con una escena pospascual que ya nos es común: los Apóstoles reunidos comentado los sucesos de los últimos días. Recordemos que en esta reunión que nos menciona hoy san Lucas, están también los discípulos de Emaús que habían regresado a Jerusalén luego de haber reconocido a Jesús en el peregrino que los ilustraba y que luego compartió con ellos el pan.
En este ambiente de reunión se presenta Jesús y, a pesar de que estaban hablando de él, se asustan y hasta llegan a sentir miedo. Los eventos de la Pasión no han podido ser asimilados suficientemente por los seguidores de Jesús. Todavía no logran establecer la relación entre el Jesús con quien ellos convivieron y el Jesús glorioso, y no logran tampoco abrir su conciencia a la misión que les espera. Digamos entonces que “hablar de Jesús”, implica algo más que el simple recuerdo del personaje histórico. De muchos personajes ilustres se habla y se seguirá hablando, incluido el mismo Jesús; sin embargo, ya desde estos primeros días pospascuales, va quedando definido que Jesús no es un tema para una tertulia intranscendente.
Me parece que este dato que nos cuenta Lucas sobre la confusión y la turbación de los discípulos no es del todo fortuito. Los discípulos creen que se trata de un fantasma; su reacción externa es tal que el mismo Jesús se asombra y corrige: “¿por qué se turban... por qué suben esos pensamientos a sus corazones?”.
Aclarar la imagen de Jesús es una exigencia para el discípulo de todos los tiempos, para la misma Iglesia y para cada uno de nosotros hoy. Ciertamente en nuestro contexto actual hay tantas y tan diversas imágenes de Jesús, que no deja de estar siempre latente el riesgo de confundirlo con un fantasma. Los discípulos que nos describe hoy Lucas sólo tenían en su mente la imagen del Jesús con quien hasta un poco antes habían compartido, es verdad que tenían diversas expectativas sobre él y por eso él los tiene que seguir instruyendo; pero no tantas ni tan completamente confusas como las que la “sociedad de consumo religioso” de hoy nos está presentando cada vez con mayor intensidad. He ahí el desafío para el evangelizador de hoy: clarificar su propia imagen de Jesús a fuerza de dejarse penetrar cada vez más por su palabra; por otra parte está el compromiso de ayudar a los hermanos a aclarar esas imágenes de Jesús.
Es un hecho, entonces, que aún después de resucitado, Jesús tiene que continuar con sus discípulos su proceso pedagógico y formativo. Ahora el Maestro tiene que instruir a sus discípulos sobre el impacto o el efecto que sobre ellos también ejerce la Resurrección. El evento, pues, de la Resurrección no afecta sólo a Jesús. Poco a poco los discípulos tendrán que asumir que a ellos les toca ser testigos de esta obra del Padre, pero a partir de la transformación de su propia existencia.
Las expectativas mesiánicas de los Apóstoles reducidas sólo al ámbito nacional, militar y político, siempre con característica triunfalistas, tienen que desaparecer de la mentalidad del grupo. No será fácil para estos rudos hombres re-hacer sus esquemas mentales, “sospechar” de la validez aparentemente incuestionable de todo el legado de esperanzas e ilusiones de su pueblo. Con todo, no queda otro camino. El evento de la resurrección es antes que nada el evento de la renovación, comenzando por las convicciones personales. Este pasaje debe ser leído a la luz de la primera parte: la experiencia de los discípulos de Emaús.
Las instrucciones de Jesús basadas en la Escritura infunden confianza en el grupo; no se trata de un invento o de una interpretación caprichosa. Se trata de confirmar el cumplimiento de las promesas de Dios, pero al estilo de Dios, no al estilo de los humanos.
De alguna forma conviene insistir que el evento de la resurrección no afecta sólo al Resucitado, afecta también al discípulo en la medida en que éste se deja transformar para ponerse en el camino de la misión. Nuestras comunidades cristianas están convencidas de la resurrección, sin embargo, nuestras actitudes prácticas todavía no logran ser permeadas por ese acontecimiento. Nuestras mismas celebraciones tienen como eje y centro este misterio, pero tal vez nos falta que en ellas sea renovado y actualizado efectivamente.
 Queremos llamar la atención sobre el necesario cuidado al tratar el tema de las apariciones del Resucitado, y su conversar con los discípulos y comer con ellos… No podemos responsablemente tratar ese tema hoy como si estuviéramos en el siglo pasado o antepasado… Hoy sabemos que todos estos detalles no pueden ser tomados a la letra, y no es correcto teológicamente, ni responsable pastoralmente, construir toda una elaboración teológica, espiritual o exhortativa sobre esos datos, como si nada pasara, igual que si pudiéramos dar por descontado que se tratase de daos empíricos rigurosamente históricos, sin aludir siquiera a la interpretación que de ellos hay que hacer… Puede resultar muy cómodo no entrar en ese aspecto, y el hacerlo probablemente no suscitará ninguna inquietud a los oyentes, pero ciertamente no es el mejor
Para la revisión de vida
 «Para ver si conocemos a Dios, veamos si cumplimos sus mandamientos», dice la carta de san Juan. ¿Cómo va mi «conocimiento de Dios» según este indicador? ¿Rebosa mi vida «conocimiento de Dios», o sea, conformidad con su voluntad? 
Para la reunión de grupo
Lean detenidamente el cap. 24 de san Lucas, tratando de descubrir el esquema pedagógico que según el evangelista emplea Jesús para instruir a sus discípulos. Miren atentamente cómo comienza, como continúa y cómo termina. Complementen –si se puede- este pequeño estudio con la lectura de la Introducción que nos presenta el documento de Santo Domingo (“Mensaje a los Pueblos de América Latina, nº 12-27). Confrontar este esquema con nuestros métodos y esquemas de evangelización. 
Para la oración de los fieles
Oremos a Dios Padre que en Jesús ha querido acercarse a cada uno de nosotros y supliquémosle diciendo: Escucha, Padre nuestras súplicas.
Por todas las Iglesias y confesiones cristianas, para que muestren siempre la veracidad de su conocimiento de Dios en la autenticidad de su compromiso de solidaridad para con los más necesitados. Escucha...
Por la sociedad civil, para que con el influjo de la fuerza renovadora del Evangelio a través de la aportación de os cristianos y cristianas, se involucre con gozo en la construcción de esa Utopía que nosotros llamamos «Reino». Escucha...
Por nuestras comunidades cristianas, para que en el continuo ejercicio del compartir seamos cada vez más signo de amor, de bondad y fraternidad en nuestras sociedades. Escucha... 
Oración comunitaria
 Oh Dios, Padre-Madre de todos: que tu pueblo universal se regocije al saber de tu fidelidad, que nosotros vemos manifestada en su intervención en la resurrección de Jesús; y que la alegría de saber que Tú estás tan fielmente de parte del Amor y de la Vida, nos ayude a todos/todas a continuar sin desfallecimiento en la construcción del proyecto de Vida y Salvación que quieres para todos los pueblos; tú que vives y haces vivir, por los siglos de los siglos. Amén. 
Estos comentarios están tomados de diversos libros, editados por Ediciones El Almendro de Córdoba, a saber:
- Jesús Peláez: La otra lectura de los Evangelios, I y II. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Rafael García Avilés: Llamados a ser libres. No la ley, sino el hombre. Ciclo A,B,C. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Juan Mateos y Fernando Camacho: Marcos. Texto y comentario. Ediciones El Almendro.
        - Juan. Texto y comentario. Ediciones El Almendro. Más información sobre estos libros en 
www.elalmendro.org
        - El evangelio de Mateo. Lectura comentada. Ediciones Cristiandad, Madrid.
Acompaña siempre otro comentario tomado de la Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica: Diario bíblico

martes, 14 de abril de 2015

Literatura, Historia, Mística, Filosofía

GRUPO DE LITERATURA

Reunión: 10 de mayo.
Libro: Teresa de Ávila y la España de su tiempo.
Autor: Joseph Pérez, Premio Príncipe de Asturias. Titular de la Cátedra de Civilización española y de América Latina en la Universidad de Burdeos.
Editorial: ALGABA ediciones.


          Joseph Pérez en la entrevista publicada por la revista SL de la Fundación Troa afirma:

          "Teresa de Ávila representa para mi un ejemplo magnífico de vida contemplativa y al mismo tiempo de vida activa, un equilibrio logrado entre razón y sensibilidad, una capacidad prodigiosa para expresar los estados más sutiles de la vida espiritual. Todo ello viene resumido en lo que ella misma llamaba las tres mercedes que le hizo Dios:
1) Sensibilidad y entusiasmo para las grandes causas.
2) Lucidez para entender exactamente de qué se trata y no dejarse llevar por un entusiasmo ciego.
3) Capacidad para expresar de modo claro lo que ella sentía."

          Aunque para la reunión del próximo día diez de mayo el libro que vamos a comentar es el de Joseph Pérez, teniendo en cuenta que se trata de un libro escrito desde la visión de un historiador, recomiendo para el que quiera profundizar otro libro:

Libro: Terésa de Ávila, Las tres vidas de una mujer.
Autora: Erika Lorenz, doctora en romanística por la Universidad de Hamburgo.
Editorial: Herder






sábado, 11 de abril de 2015

comentario lecturas evangelio domingo 12 abril 2015 2º domingo pascua

LUZ DEL DOMINGO
Domingo, 12 de abril de 2015
SEGUNDO DOMINGO DE PASCUA
Primera lectura: Hechos 4, 32-35
Interleccional: Salmo 117
Segunda lectura:  Juan 5, 1-6
EVANGELIO Juan 20, 19-31
“ 19Ya anochecido, aquel día primero de la semana, es­tando atrancadas las puertas del sitio donde estaban los discípulos, por miedo a los dirigentes judíos, llegó Jesús, haciéndose presente en el centro, y les dijo: -Paz con vosotros. 20y dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos sintieron la alegría de ver al Señor. 21Les dijo de nuevo: Paz con vosotros. Igual que el Padre me ha enviado a mí, os envío yo también a vosotros. 22y dicho esto sopló y les dijo: -Recibid Espíritu Santo. 23A quienes dejéis libres de los pecados, quedarán libres de ellos; a quienes se los im­putéis, les quedarán imputados. 24Pero Tomás, es decir, Mellizo, uno de los Doce, no estaba con ellos cuando llegó Jesús. 25Los otros discípulos le decían: -Hemos visto al Señor en persona. Pero él les dijo: -Como no vea en sus manos la señal de los clavos y, además, no meta mi dedo en la señal de los clavos y meta mi mano en su costado, no creo. 26Ocho días después estaban de nuevo dentro de casa sus discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús estando las puertas atrancadas, se hizo presente en el centro y dijo: -Paz con vosotros. 27Luego dijo a Tomás: -Trae aquí tu dedo, mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo, sino fiel. 28Reaccionó Tomás diciendo: -¡Señor mío y Dios mío! 29Le dijo Jesús: -¿Has tenido que verme en persona para acabar de creer?. Dichosos los que, sin haber visto, llegan a creer. 30Ciertamente, Jesús realizó todavía, en presencia de sus discípulos, otras muchas señales que no están escritas en este libro;  31éstas quedan escritas para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y, creyendo, tengáis vida unidos a él.”  
COMENTARIOS
 I
 Se llamaba Tomás. Era uno de los doce. Pasó a la historia por su insistencia en no fiarse de los demás. A él le debemos la consabida frase "si no lo veo, no lo creo". De su "curriculum vitae" el Evangelio da estas pinceladas:
-Cuando Jesús decidió subir a Judea para ver a su amigo Lázaro, enfermo de muerte, "los discípulos le replicaron: Maestro, hace nada que querían apedrearte los judíos y ¿vas a ir allí otra vez?". Tomás, voluntarioso y valiente, dijo a sus compañeros: "Vamos también nosotros a morir con él". Tomás significa "mellizo" y, haciendo honor a su nombre, se parecía a su maestro, estaba dispuesto a morir con y como él (Jn 11,8ss).
-Tras predecir la negación de Pedro, Jesús invitó a los discípulos a no asustarse. Les hablaba metafóricamente: "La casa de mi Padre tiene muchos aposentos... Cuando vaya y os prepare sitio volveré para llevaros. Y sabéis el camino para ir adonde yo voy". Jesús se refería a la muerte como paso para la Vida-Resurrección. Pero Tomás no cree que pueda hablarse de la muerte en términos de paso que permite alcanzar una meta. Para él, la muerte es la meta y el final del viaje. Por eso pregunta: "Señor, no sabemos a dónde te marchas, ¿cómo podemos saber el camino?. Jesús le respondió: "Yo soy el camino, la verdad y la vida". No debió entender demasiado la respuesta (Jn 14,1-6). Sus creencias no iban más allá de la muerte.
-Por eso, cuando sus compañeros, tras la muerte del Maestro, le aseguran: "Hemos visto al Señor", él les contestó: "Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo". Jesús fue deferente con él. Cuenta el Evangelio que "a los ocho días estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando las puertas cerradas, se puso en medio y dijo: "Paz a vosotros". Luego dijo a Tomás: "Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo sino creyente".
Con esto tuvo suficiente. No dice el Evangelio que Tomás hiciera la prueba. Llegó a comprender que no era necesario tocar: ¡Señor mío y Dios mío!" -musitó. Sublime invocación, la mayor pronunciada por labios humanos en todo el Evangelio. Pero el Señor resucitado le reprochó: "¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto" (Jn 20,19-29).
La última bienaventuranza vale también para todos nosotros. Quien quiera encontrar a Jesús resucitado deberá buscarlo en la comunidad, reunida por el amor; ésta es, por siempre, la verdadera aparición de Jesús al mundo, su presencia perenne en la humanidad.
Tomás aprendió bien la lección. Con la comunidad, dirigida por Pedro, se lanzó a la mar a pescar. Y en el transcurso de aquella pesca de hombres ya no dudó de que Jesús vivía y estaba presente en la tarea. Sólo bastaba estar dispuesto a obedecer su palabra -"echad la red a la derecha de la barca y encontraréis". Para quien cree, todo es posible. "Dichosos los que crean sin haber visto".
 II
 Parece que están de moda otra vez, porque ya lo han estado muchas veces, las apariciones de seres sobrenaturales. Dejando aparte la intención de los videntes, que en algunos casos no está demasiado clara -¿o sí lo está?-, parece que muchos necesitan que Dios les confirme personalmente su fe, pero eso, si se da, es excepcional. 
UN DISCÍPULO DESCONFIADO
 Ya anochecido, el primer día de la semana, estando atrancadas las puertas del sitio donde estaban los discípulos, por miedo a los dirigentes judíos, llegó Jesús, haciéndose presente en el centro... Pero Tomás, es decir, Mellizo, uno de los doce, no estaba con ellos cuando llegó Jesús. 
Tomás, entre todos los discípulos, era el que con más decisión se había mostrado dispuesto a acompañar a Jesús a la muerte: «Vamos también nosotros a morir con él», había dicho en una ocasión a los demás discípulos (Jn 11,18). Tenía valor para enfrentarse a la muerte y era generoso y leal como para dar la vida; pero, sin embargo, no creía que el amor pudiera vencer a la muerte. Y, por lo que parece, tampoco confiaba mucho en la palabra de sus compañeros: «Como no vea en sus manos la señal de los clavos y, además, no meta mi dedo en la señal de los clavos y meta mi mano en su costado, no creo», respondió cuando le dijeron que habían visto vivo a Jesús (él no estaba con la comunidad cuando Jesús se presentó en medio de ella). Y para creer el testimonio de sus compañeros exige tener el privilegio de experimentar personal e individualmente la presencia de Jesús resucitado. 
UN PRIVILEGIO EXCEPCIONAL
 Ocho días después estaban de nuevo dentro de la casa sus discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús estando las puertas atrancadas, se hizo presente en el centro y dijo:
-Paz con vosotros.
Luego dijo a Tomás:
-Trae aquí tu dedo, mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo, sino fiel. 
Jesús le concede esa experiencia, pero en medio de la comunidad. Porque es en ella donde él se va a hacer pre­sente de ahora en adelante. Será la comunidad cristiana el lugar en el que se podrá sentir la presencia de Jesús resucitado: para Tomás, las pruebas de que aquel que estaba vivo era el mismo Jesús fueron las señales físicas de su amor (las heridas de las manos y del costado de Jesús); en adelante serán otras señales de ese mismo amor las que hagan visible su presencia: el amor, al estilo de Jesús, practicado por los que han recibido la misión de ser testigos de su resurrección.
La reacción de Tomás, «¡Señor mío y Dios mío!», es una afirmación de lealtad con Jesús y una confesión de fe en lo que él ha enseñado con su entrega: que el ser humano llega a lo más alto, a participar del ser de Dios, no cuando alcanza el poder, sino cuando está dispuesto a servir, por amor, hasta dar la propia vida. 
ÉL SIGUE PRESENTE
 Pero esa experiencia es excepcional. Ese privilegio se le concede a Tomás quizá como reconocimiento a su disposición de acompañar a Jesús a la muerte y, sobre todo, para aprove­char la ocasión de anunciar que, en adelante, lo habitual será otra cosa: «¿Has tenido que verme en persona para acabar de creer? Dichosos los que sin haber visto llegan a creer. »
Esos somos nosotros. Pero el que hayamos creído sin haber visto físicamente a Jesús resucitado no quiere decir que no hayamos podido sentir su presencia en medio de la comu­nidad de los que le son leales y siguen creyendo que la meta de todo ser humano es llegar a ser hijo de Dios, como Jesús. Porque Jesús sigue vivo y activo en el centro de las comuni­dades cristianas. Y su presencia se nota, se debe notar, no en apariciones extraordinarias, sino en que estas comunidades reproducen en su vida las señales de la muerte de Jesús, y no tanto en lo que aquella muerte tuvo de sufrimiento y de dolor, sino sobre todo en lo que tiene de entrega y de amor, de afirmación de la vida y de anuncio de liberación. La presencia del Hijo único de Dios en un grupo se nota en que los hombres y mujeres que forman ese grupo viven como hermanos: «En la multitud de los creyentes, todos pensaban y sentían lo mismo: nadie consideraba suyo nada de lo que tenía, sino que lo poseían todo en común» (Hch 4,32).
El camino normal para llegar a la fe en el resucitado es éste. Si para creer hay muchos que necesitan todavía aparicio­nes milagrosas, esto debe preocuparnos: quizá las señales que hacen visible la presencia de Jesús no se vean por ningún lado. Esas señales no son otras que el amor fraterno porque «quien cree que Jesús es el Mesías ha nacido de Dios, y quien ama al que le da el ser ama también a todo lo que ha nacido de él» (1 Jn 5,1). 
III
 19a Ya anochecido, aquel día primero de la semana, es­tando atrancadas las puertas del sitio donde estaban los discípulos, por miedo a los dirigentes judíos...,
Es el mismo día en que comienza la nueva creación (pri­mero de la semana, cf. 20,1) y, con ella, la nueva alianza. Esta realidad va a ser considerada ahora desde el punto de vista de la Pascua definitiva, con alusión al éxodo del Mesías.
La denominación los discípulos (el artículo indica totalidad), incluye a todos los que dan su adhesión a Jesús; no se mencionan nombres propios ni se establece limitación alguna. La situación en que los discípulos se encuentran, con las puertas atrancadas, por miedo...  muestra su inseguridad; aún no tienen experiencia de Jesús vivo (16,16) ni, frente a la amenaza que supone la institución judía, se sienten apoyados por él.
Como José de Arimatea, son discípulos clandestinos (19,38), atemorizados, sin valor para pronunciarse públicamente en favor del injustamente condenado. Es una situación de temor paralela a la del antiguo Israel en Egipto (Éx 14,10); pero, como lo estuvo aquel pueblo, están en la noche (Ya anochecido) en que el Señor va a sacarlos de la opresión (Éx 12,42; Dt 16,1).
El mensaje de María Magdalena no los ha liberado del temor. No basta tener noticia de que Jesús ha resucitado; sólo su presencia misma puede dar la seguridad en medio del mundo hostil.
19b-20 ...llegó Jesús, haciéndose presente en el centro, y les dijo: «Paz con vosotros». Y, dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos sintieron la alegría de ver al Señor.
En esta situación se hace presente Jesús, como lo había prometido (14,18s: No os voy a dejar desamparados, volveré con vosotros, cf. 16,l8 ss). Aparece en el centro de la comunidad, como punto de referencia, fuente de vida, factor de unidad.
A ellos, que por el miedo habían perdido la paz, el saludo (Paz con vosotros) se la devuelve: es el saludo del que ha vencido al mundo y a la muerte (cf. 14,27s; 16,33).
Jesús les muestra los signos de su amor y de su victoria (las manos y el costado): el que está vivo delante de ellos es el mismo que murió en la cruz. Si tenían miedo a la muerte que podrían infligirles "los judíos", ahora ven que nadie puede quitarles la vida que él comunica.
Viendo las señales en el cuerpo de Jesús, los discípulos pueden dar fe al texto de la Escritura (2,17: La pasión por tu casa me consumirá), que malinterpretaron en su momento (2,22).
Las manos de Jesús no se han mencionado en la escena de la crucifixión. Pero a lo largo del evangelio se ha afirmado que el Padre lo ha puesto todo en ellas (3,35; 13,3), y que nadie podría arrebatar a las ovejas de su mano, como tampoco de la del Padre (10,28s). Son estas manos las que dan seguridad a los discípulos, pues ellas representan la fuerza de Jesús que los defiende; las manos libres son signo de su victoria e instrumento de su actividad. El costado, que había sido traspasado por la lanza, es la muestra de su amor sin límite; son sus manos las que han de llevar a cabo la obra de ese amor.
La mención del costado remite a la escena de la lanzada, donde Jesús aparece como el Cordero de Dios que ha sido inmolado (19,36: No se le romperá ni un hueso), el de la Pascua nueva y definitiva, cuya sangre los libera para siempre de la muerte (Éx 12,12s). Es el Cordero que será el alimento de este éxodo (Éx 12,8): su carne y su sangre han quedado preparadas en la cruz,  para que los suyos pue­dan asimilarse a él (6,53s).
La permanencia de las señales en las manos y el cos­tado indica la de su amor: Jesús será para siempre el Mesías-rey crucificado, del que brotan la sangre y el agua (19,34). Lo que el discípulo describió en el Calvario como un signo a la vista del mundo entero, el Hijo del hombre levantado en alto del que fluía la vida (cf. 3,14s), se propone ahora como experiencia de Jesús en el seno de la comunidad.
El efecto del encuentro con Jesús es la alegría, como él mismo había anunciado (16,20: vuestra tristeza se convertirá en alegría). Ha comenzado la fiesta de la nueva Pascua y de la creación definitiva. Ha nacido el Hombre (16,21). Las manos y el costado recuerdan al mismo tiempo el dolor del parto y su fruto: el Hombre-Dios.
El éxodo del Mesías no se hace saliendo físicamente del mundo injusto (17,15), sino saliendo de él hacia Jesús, entrando en su espacio. La comunidad centrada en él es la nueva tierra prometida, situada en medio del sistema opresor.
21 Les dijo de nuevo: «Paz con vosotros. Igual que el Padre me ha enviado a mí, os envío yo a mi vez a vosotros».
La repetición del saludo introduce la misión, que era el objetivo de la elección de los discípulos (15,16; 17,18). La paz que antes les ha comunicado Jesús les ha confirmado su victoria y los ha liberado del miedo. Ahora les da de nuevo paz, es decir, confianza y seguridad para el presente y para el futuro. Esa paz deberá acompañarlos en la misión que comienza, en las dificultades de la labor en el mundo.
La misión de Jesús ha consistido en dar testimonio en favor de la verdad (18,37), manifestando con sus obras la persona del Padre (19,30; 17,6) y su amor a los hombres (17,1.4: la gloria). En lo sucesivo, toca a los discípulos realizar esas mismas obras (9,4) y producir fruto unidos a Jesús (15,5).
La misión ha de ser cumplida como él la cumplió, demostrando el amor hasta el final que simbolizan las manos y el costado. Van a un mundo que los odia como lo odió a él (15,18); ahora pueden ir sin temor alguno.
Como en el caso de María Magdalena (20,17), Jesús no quiere que la comunidad esté absorbida por la unión con él. La dedicación al bien de los hombres es esencial, y con ella se conecta el don del Espíritu. 
22 Y, dicho esto, sopló y les dijo: «Recibid Espíritu Santo».
El Espíritu los capacitará para la misión. El verbo sopló o “exhaló su aliento” es el mismo que se encuentra en Gn 2,7 para indicar la infusión en el hombre del aliento de vida. Jesús les infunde ahora su propio aliento, el Espíritu,  aquel que había entregado en la cruz una vez acabada en él la creación del Hombre (19,30: dijo: “Queda terminado”. Y... entregó el Espíritu).
Con  el “amor y lealtad” que les comunica (1,16), crea la nueva condición humana, la de  hombre-espíritu  (3,6, 7,39). Queda así superada la condición de “carne”, es decir, la de lo débil y transitorio. De este modo culmina la obra creadora. Esto significa “nacer de Dios” (1,13), estar capacitado para “hacerse hijo de Dios” (1,12). Bautizados con el Espíritu (1,33), quedan liberados “del pecado del mundo” (1,29) y salen de la esfera de la opresión. La experiencia de vida que da el Espíritu es “la verdad que hace libres” (8,31s). Han sido “consagrados con la verdad” (17,17s). Al recibir la efusión del Espíritu, reconocen en Jesús el nuevo santuario de Dios (2,19.21s).
Con esto queda constituida la comunidad. Su centro es Jesús, pero no está cerrada en sí misma. Al contrario, así preparada, se dedicará a comunicar vida a otros, sabiendo que ese amor hacia los demás será fuente incesante de Espíritu en ella. Jesús no comunica el Espíritu a los suyos como un privilegio personal, sino como una capacitación para la labor con la humanidad, objeto del amor de Dios (3,16). A medida que otros hombres vayan dando su adhesión a Jesús, irán recibiendo a su vez el Espíritu.
23 «A quienes dejéis libres de los pecados, quedarán libres de ellos; a quienes se los im­putéis, les quedarán imputados».
Este dicho de Jesús, dirigido a la comunidad como tal, señala el resultado positivo y negativo de la misión, paralelo con el de la suya.
El pecado, la represión o supresión de la vida que impide la realización del proyecto creador, se comete al aceptar los valores de un orden injusto; los pecados son las injusticias concretas que se derivan de esa aceptación. Cuando el individuo cambia de actitud y se pone a favor de los seres humanos, cesa el pecado (15,3).
La comunidad prolonga en el tiempo el ofrecimiento de vida que hace el Padre a la humanidad en Jesús. Pero el testimonio de los discípulos (15,26s) obtendrá las mismas respuestas que tuvo el suyo: habrá quienes lo acepten y quienes, por el contrario, se endurezcan en su actitud (15,18-21; 16,1-4).
Al que lo acepta y es admitido en el grupo cristiano, rompiendo de hecho con los valores del sistema injusto, la comunidad le declara que su pasado ya no pesa sobre él. Dios refrenda esta declaración infundiéndole el Espí­ritu que lo purifica (19,34) y lo consagra (17,16s).
Con los que rechazan el testimonio y persisten en la injusticia, más que las palabras, la existencia misma de la comunidad denuncia su modo de obrar. El contraste entre la actividad en favor de los hombres ejercida por el grupo cris­tiano y la conducta perversa de los que pertenecen al sistema opresor pone en evidencia los pecados de éstos y los acusa. La confirmación divina significa que sobre estos hombres, que se mantienen voluntariamente en la zona de la tiniebla, pesa la reprobación divina (3,36).
La aceptación o rechazo del amor que se le ofrece hace resonar dentro del hombre mismo su propia liberación o su propia sentencia. 
24-25 Pero Tomás, es decir, Mellizo, uno de los Doce, no estaba con ellos cuando llegó Jesús. Los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor en persona». Pero él les dijo: «Como no vea en sus manos la señal de los clavos y, además, no meta mi dedo en la señal de los clavos y meta mi mano en su costado, no creo».
La traducción del nombre de Tomás (Mellizo) había aparecido en 11,16, donde este discípulo manifestó su parecido con Jesús por su prontitud para acompañarlo en la muerte. Al repetir la traducción, el evangelista recuerda los episodios anteriores en que ha aparecido Tomás.
Es uno de los Doce, denominación que en este evangelio ha designado a la comunidad cristiana en cuanto heredera de las promesas de Israel (6,70), pero que ya no la designa después de la muerte-resurrección de Jesús, cuando las promesas se han cumplido (cf. 21,2 siete discípulos, comunidad abierta a todos los pueblos) y Jesús no es ya “el rey de los judíos”, sino el rey universal (cf. 19,19-24).
Tomás no había entendido el sentido de la muerte de Jesús (14,5); la concebía como un final, no como un encuentro con el Padre. Separado de la comunidad (no estaba con ellos) no ha estado presente en el acto de fundación del pueblo de la nueva alianza, no ha participado de la experiencia común, no ha recibido el Espíritu ni, con él, la misión. Permanece en las categorías del pasado (uno de los Doce).
Para el evangelista, no existe verdadera adhesión a Jesús mientras no se crea en la victoria de la vida. La resurrección es, por eso, el quicio de la fe cristiana. No se reconoce el alcance del amor del Padre mientras no se crea en la calidad de vida que comunica.
La frase jubilosa de los discípulos (Hemos visto al Señor, cf. 20,18) formula su experiencia de Jesús, que los ha transformado infundiéndoles el Espíritu. Existe ya la nueva comunidad humana, liberada del temor, donde brilla el amor gratuito y generoso. Esta nueva realidad muestra por sí sola que Jesús no es una figura del pasado. La existencia de tal comunidad es la prueba de que Jesús vive.
Pero Tomás no acepta el testimonio de los otros discípulos ni le basta ver a la comunidad transformada por el Espíritu. No admite que el que ellos han visto sea el mismo que él había conocido; no cree en la permanencia de la vida. Exige una prueba individual y extraordinaria. Las frases redundantes de Tomás, con su repetición de palabras (sus manos, meter mi dedo, meter mi mano), subrayan estilísticamente su testarudez. No busca a Jesús fuente de vida, sino una reliquia del pasado.
26 Ocho días después estaban de nuevo dentro de casa sus discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús estando las puertas atrancadas, se hizo presente en el centro y dijo: «Paz con vosotros».
Ocho días después: el día permanente de la nueva creación es “primero” (20,1.19) por su novedad y “octavo” (número que simboliza el mundo futuro) por su plenitud. En él va surgiendo el mundo definitivo.
Los discípulos están den­tro, es decir, en el lugar de Jesús, en la esfera del Espíritu. El "dentro" es la tierra prometida, distinta del mundo injusto que la rodea. Tomás se ha reintegrado a la comunidad.
El verbo traducido por llegó está en el texto original en presente (llega Jesús), a diferencia del episodio anterior (20,19: llegó).Entonces llegaba Jesús para constituir su comunidad; ahora, en cambio, se trata de su presencia habitual en la reunión de los suyos. Jesús se hace presente al grupo, en el centro, no a Tomás en particular.
 Las puertas atrancadas ya no indican temor; trazan la frontera entre la comunidad y el mundo, al que Jesús no se manifiesta (14,22s).
El evangelista no ofrece descripción alguna del encuentro de la comunidad con Jesús. Menciona solamente el saludo (Paz con vosotros). En el episodio anterior éste abría cada una de las dos partes de la escena. En la primera (20,19-20), precedía al reconocimiento de Jesús por parte de la comunidad; en la segunda (20,21-23), a la misión y el don del Espíritu. Dado que en esta escena no se trata ya del primer encuentro con Jesús, el saludo remite a la segunda parte de la anterior (20,21). Es decir, cada vez que Jesús se hace presente (la mención del "día octavo" alude a la eucaristía), re­nueva la misión de los suyos comunicándoles su Espíritu.
27 Luego dice a Tomás: «Trae aquí tu dedo, mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo, sino fiel».
La indicación de posterioridad (Luego) divide la escena; ahora va a tratarse de Tomás. Unido al grupo, éste se encontrará con Jesús y hallará solución a su problema.
Demostrándole su amor, Jesús toma la iniciativa y lo invita a tocarlo. La insistencia del evangelista en lo físico (dedo, manos, mano, meter, costado) subraya la continuidad entre el pasado y el presente de Jesús: la resurrección no lo ha despojado de su condición humana anterior ni significa el paso a una condición distinta y supe­rior a ella: muestra la condición humana llevada a su cumbre, asumiendo toda su his­toria precedente. Ésta no ha sido solamente una etapa preliminar; ella ha realizado el estado presente y definitivo de Jesús. 
28-29 Reaccionó Tomás diciendo:  «¡Señor mío y Dios mío!» Le dijo Jesús: «¿Has tenido que verme en persona para acabar de creer? Dichosos los que, sin haber visto, llegan a creer».
La respuesta de Tomás es tan extrema como su incredulidad anterior. "Señor" y "Maestro" eran los apelativos que los discípulos usaban para dirigirse a Jesús (13,13) o designarlo (20,2.13, etc.). El Señor es el que lavó los pies a sus discípulos (13,14), anunciando su muerte por ellos, expresión de su máximo amor (15,13); es así como en Jesús ha culminado la condición humana (19,30). Con la ex­presión Señor mío, Tomás reconoce el amor de Jesús y lo acepta, expresando al mismo tiempo su total adhesión; ve en Jesús el Hombre en su plenitud (el Hijo del hombre) y lo toma por modelo (mío).
Paralelamente, Jesús, con su muerte en la cruz, ha dado remate a la obra del que lo envió (4,34): realizar en el Hombre el amor total y gratuito propio del Padre (17,1). Se ha cum­plido el proyecto creador: “un ser divino era el proyecto” (1,1). Tomás des­cubre en Jesús la plenitud de la condición divina; él es el Hombre-Dios, identificado con el Padre (14,9.20), la realidad divina accesible al hombre (Dios mío).
La experiencia de Tomás no es modelo. Jesús se la concede para evitar que se pierda uno de los que el Padre le ha entregado (17,12; 18,9). Tomás ha invertido los términos: sin escuchar a los otros discípulos ni prestar atención a la nueva realidad creada por el Espíritu, quiere encontrarse con Jesús. Pero a Jesús no se le encuentra sino en esa nueva realidad de amor mutuo, valentía frente al mundo y dedicación al bien de los seres humanos que existe en la comunidad; ella demuestra que está vivo y presente y, por tanto, que ha vencido la muerte. La existencia de esa nueva realidad (sin haber visto) es la que lleva a la fe en Jesús vivo (llegan a creer; cf. 17,21.23).
30 Ciertamente, Jesús realizó todavía, en presencia de sus discípulos, otras muchas señales que no están escritas en este libro.
Para el evangelista, la vida de Jesús significa ante todo un conjunto de hechos, las “señales”, en las que ha manifestado su amor  a los hombres (2,11: “su gloria”). El autor, que no se nombra, ha hecho una selección. La experiencia de los discípulos fue mucho más amplia de lo que se cuenta en el evangelio.
El obje­tivo de la obra es suscitar la adhesión de los lectores a Jesús. La selección que ha hecho el autor es, por tanto, significativa; piensa que el relato ha presentado los rasgos de Jesús que puedan mover a esa fe y que ésos bastan para llegar a ella.
31 Éstas quedan escritas para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y, creyendo, tengáis vida unidos a él.
Se trata de la fe en Jesús, el que, después de una actividad liberadora, ha sido condenado y ejecutado por los poderes del mundo. El creyente ha de ver en él al Mesías, el consagrado por Dios para llevar a cabo su designio en la historia, el que forma la nueva comunidad humana. Pero cumple esa misión en cuanto es el Hijo de Dios, presencia y actividad del Padre, que despliega en él y a través de él su amor a los hombres.  
La adhesión a Jesús, que se traduce en norma de acción y de conducta (13,34), obtiene la vida, el Espíritu. Se anunciaba en el prólogo que la palabra-proyecto divino contenía vida (1,4). Esa vida plena, frente a la mediocridad y al raquitismo humano, es la que se obtiene por la fe en Jesús Mesías e Hijo de Dios. Con esta nota final subraya el evangelista que la misión de Jesús no fue revelar verdades arcanas, sino dar vida a los hombres (10,10: Yo he venido para que tengan vida y les rebose), sabiendo que la experiencia de la vida es la verdad.
IV
 El libro de los Hechos, el Apocalipsis y el evangelio de Juan se escribieron casi por la misma época. La Iglesia de Jesús, formada por muchas y diferentes comunidades, estaba recogiendo las diversas tradiciones sobre  Jesús histórico y cada comunidad las reelaboraba y contaba de acuerdo a las nuevas situaciones que estaban viviendo. Era tiempos de grandes conflictos con el imperio romano y con los fariseos de Yamnia, el único grupo oficial judío que había sobrevivido a la destrucción del templo el año 70. Las Iglesias estaban descubriendo su propia identidad y Pedro (que por este tiempo ya había sido martirizado en Roma)  ya era reconocido como autoridad dentro y fuera de la Iglesia. Con textos de estos tres libros  la liturgia de hoy nos brinda la oportunidad de reflexionar sobre el fundamento de nuestra fe.
Así como en nuestras rutas necesitamos señales que nos indiquen las curvas, los puentes, los caminos estrechos, también en el camino de la Iglesia necesitamos esas señales que nos indican si andamos en la buena ruta o no. Las señales son las mismas de siempre: la práctica liberadora de Jesús, su opción por  los/as más necesitados y su trabajo por la vida. Comenzando por la buena sombra de Pedro que curaba a los enfermos, vemos cómo, en medio de conflictos, las primeras comunidades repetían la práctica liberadora de Jesús. También el Apocalipsis nos invita a mirar al Hijo del Hombre, centro de la vida de la Iglesia.
El evangelio de Juan  nos traslada a un día como hoy, ocho días después de la pascua. 
Jesús entra y se coloca en medio de la comunidad. Sopla sobre ellos/as y les da el Espíritu Santo. Para la Comunidad de Juan, la Pascua de Resurrección y Pentecostés acontecieron el mismo día en que Jesús resucitó. (Para Lucas que tiene otra teología, y que tal vez por razones catequéticas es la única que recogió la Iglesia, hay que esperar 50 días para Pentecostés). Y en esta Pascua-Pentecostés toda la comunidad de discípulos y discípulas recibe la autoridad para perdonar los pecados.
En la segunda parte de este evangelio nos encontramos con el diálogo de Jesús y Tomás. Ojos que no ven corazón que no siente, dice el refrán.
 Es que fuera de la comunidad no se ve a Jesús, ni en el cielo ni en la tierra. Es en la comunidad donde se percibe la presencia del Señor. Es allí donde se realiza el seguimiento de Jesús. La comunidad no es optativa. Es parte esencial del mensaje cristiano, lo mismo que la opción por los pobres. En las Comunidades Eclesiales de Base tenemos experiencias que se asemejan a las que vivían las primeras comunidades. Evaluamos el camino volviendo siempre a la práctica liberadora de Jesús y sus opciones; experimentamos en la lucha por la vida la fuerza de la Pascua-Pentecostés y  también tenemos la experiencia del perdón en la comunidad. ¿Por qué retacear el perdón cuando la alegría de Dios es perdonar, sanar y salvar?
Cuando Jesús no está en el centro se pierde parte de su mensaje liberador impidiendo la novedad que brota de su Espíritu.
Para la revisión de vida
-Dichosos los que sin ver han creído. ¿Cuáles son los fundamentos de mi fe? ¿Por qué creo? ¿Es mi fe una fe que no se apoya en argumentos racionales?
-Paz a vosotros. ¿Tengo paz, paz profunda, shalom?

Para la reunión de grupo
Si la fe es «creer lo que no se ve», ¿tuvo fe Tomás cuando confesó a Jesús como “Señor mío y Dios mío” sólo después de haberlo visto?
¿Qué relación (semejanzas, diferencias...) hay entre la fe humana (creer a alguien) y la fe religiosa (creer a Dios)?
Distinción entre «fe» y «creencias»
¿Cuáles serían las principales dificultades que la fe, el creer, las creencias... comportan hoy en el ámbito de la nueva «sociedad del conocimiento» que adviene? ¿Es posible que Dios haya puesto su gran ilusión –y la principal prueba para el ser humano- en la «fe», en el «creer lo que no se ve»? ¿Y en que «creamos a los que dicen que Dios les dijo para que nos dijeran»?
Para la oración de los fieles
Para que nuestras comunidades cristianas se miren en el espejo de aquella primera comunidad surgida a partir de la resurrección de Jesús, roguemos al Señor...
Por todos los que tienen dificultades para la fe; para que encuentren en la comunidad de los creyentes un testimonio atractivo e iluminador...
Para que como en el tiempo de la comunidad primitiva sean también hoy muchos los que se adhieran a la fe...
Para que también hoy nuestra comunidad cristiana ejerza el ministerio de la curación, del alivio de todas las penalidades que afectan a la vida humana...
Para que los cristianos de hoy aprovechemos también el ministerio del perdón de los pecados, tanto en forma individual como comunitaria... 
Oración comunitaria
Dios de misericordia infinita que reanimas la fe de tu pueblo con la celebración anual de las fiestas pascuales: acrecienta en nosotros los dones de tu gracia para que comprendamos mejor que eres verdaderamente Padre y dador de Vida, que nos has encomendado acoger y acrecentar la vida, y que la Vida finalmente triunfará. Por J.N.S.
Estos comentarios están tomados de diversos libros, editados por Ediciones El Almendro de Córdoba, a saber:
- Jesús Peláez: La otra lectura de los Evangelios, I y II. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Rafael García Avilés: Llamados a ser libres. No la ley, sino el hombre. Ciclo A,B,C. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Juan Mateos y Fernando Camacho: Marcos. Texto y comentario. Ediciones El Almendro.
        - Juan. Texto y comentario. Ediciones El Almendro. Más información sobre estos libros en 
www.elalmendro.org
        - El evangelio de Mateo. Lectura comentada. Ediciones Cristiandad, Madrid.
Acompaña siempre otro comentario tomado de la Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica: Diario bíblico