viernes, 20 de noviembre de 2015

comentario lecturas evangelio domingo Cristo Rey domingo 22 noviembre 2015 - 34 tiempo ordinario

LUZ DEL DOMINGO

Domingo, 22 de noviembre de 2015

TRIGÉSIMO CUARTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
CICLO B

Primera lectura: Daniel 7, 13-14
Salmo responsorial: Salmo 92
Segunda lectura: Apocalipsis 1, 5-8 
EVANGELIO: Juan 18, 33-37
 “33Entró de nuevo Pilato en la residencia, llamó a Jesús y le dijo: -¿Tú eres el rey de los judíos? 34Contestó Jesús:  -¿Dices tú eso como cosa tuya o te lo han dicho otros de mí? 35Replicó Pilato: -¿Acaso soy yo judío? Tu propia nación y los sumos sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué has hecho? 36Contestó Jesús: -La realeza mía no pertenece al orden este. Si mi rea­leza perteneciera al orden este, mis propios guardias ha­brían luchado para impedir que me entregaran a las autori­dades judías. Ahora que mi realeza no es de aquí. 37Le preguntó entonces Pilato: -Luego ¿tú eres rey? Contestó Jesús: -Tú lo estás diciendo, yo soy rey. Yo para esto he na­cido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio en favor de la verdad. Todo el que pertenece a la verdad escucha mi voz.”
COMENTARIOS
I
 MI REINO NO ES DE ESTE MUNDO
"Mi reino no es de este mundo", respondió Jesús a Pilato cuando éste le preguntaba si era el Rey de los Judíos. Y añadió: Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí".
Traducido y entendido al pie de la letra, el texto griego del Evangelio se ha prestado a falsas interpretaciones. Si el reino de Jesús no es de este mundo, poco tiene que hacer el cristiano aquí abajo. Sólo le toca inmiscuirse cuanto menos en los asuntos del mundo para mancharse lo menos posible. La tarea cristiana será separarse del mundo, apartarse de la política y de la vida, dedicarse a la contemplación, huir de este ajetreo cotidiano para esperar un más allá esperanzador donde se implante el reino de Jesús. Ideal de vida éste que refleja el verso de Fr. Luis de León al salir de la cárcel: "...Dichoso el humilde estado/ del sabio que se retira/ de aqueste mundo malvado..."
Para quienes entienden así las palabras de Jesús, el ideal de vida cristiana sería la reclusión en un convento de clausura para rezar y esperar. Pero Jesús no fue ni monje, ni invitó a los suyos a serlo. Lo del monacato vino después...
Esta interpretación del texto evangélico entra en conflicto abierto con gran parte del Evangelio donde se compara el Reino de Dios con realidades que no sólo no están en este mundo, sino que están metidas de lleno en él con la finalidad de cambiarlo y transformarlo. El reino de Dios -que dicen no ser de este mundo- se parece a un puñado de levadura que se pierde en la masa, a un grano de trigo que se pudre en la tierra, a un dracma perdido en el suelo, a una red barredera sumergida en el mar, a una perla preciosa escondida en el campo. Difícilmente podríamos entender cómo Jesús -si su reino no es de este mundo- invita a sus discípulos a ser "luz del mundo" y "sal de la tierra". Luz que ilumina -y que si se mira deslumbra y ciega-; sal de la tierra que desaparece en el guiso y que, si no se disuelve, molesta al paladar.
La mala interpretación de esta frase puede deberse a un desconocimiento de la riqueza de significados y matices que la palabra "mundo" tiene en el Evangelio de Juan. Con ella se indica el mundo físico, la tierra, la humanidad, los hombres o un grupo de hombres que habitan en el mundo, pero principalmente la humanidad en cuanto sistema abiertamente opuesto al plan que Dios quiere llevar adelante, gracias a Jesús.
Los que pertenecen al mundo, en este último sentido, utilizan el poder y la fuerza para dominar e implantar su voluntad. Aman la violencia como método, buscan la dominación por sistema. Pero ni el reino de Dios, ni el modo de ser rey de Jesús giran en torno a estos presupuestos. Por eso Jesús responde a Pilato: "Si mi reino fuera de este mundo" (o sea, si mi realeza perteneciese a este orden de cosas) "mis propios guardias hubieran luchado para impedir que me entregaran a las autoridades judías. Pero mi reino no es de este mundo" (o sea, no es como los de este mundo). Ni el poder ni la fuerza son atributos de este Jesús en quien Pilato se empeña en ver a un rey más de la cadena de reyes de Israel, una especie de contrincante político.
Quien sea cristiano, por tanto, en lugar de huir, deberá sumergirse en el mundo, en sus instituciones políticas, sociales o religiosas; deberá perderse como sal o levadura para -desde dentro y desde abajo -acabar con este viejo sistema de violencia, de fuerza y de odio e implantar -por el amor- otro modo de ser y de vivir, donde la fuerza y la violencia sean palabras excluidas del diccionario. 
II 
UNA REALEZA MAL ENTENDIDA. JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO

Jesucristo, Rey del Universo. Un título muchas veces mal enten­dido, muchas veces manipulado. Por unos, porque, de una u otra manera, quieren hacer de Jesús un rey como los reyes de este mundo; por otros, porque quieren hacerlo rey sin ninguna relación con este mundo. Por unos y otros, porque quieren ponerle al servicio de los grandes intereses de este mundo.
EL REY DE LOS JUDÍOS
Entró de nuevo Pilato en la residencia, llamó a Jesús y le dijo:
-¿Tú eres el rey de los judíos?
Con la acusación de que Jesús intentaba proclamarse rey de los judíos se presentaron los dirigentes religiosos judíos ante Pilato. El hecho de que fueran precisamente ellos los que llevaran a Jesús ante el tribunal romano indica hasta qué punto se había corrompido la jerarquía religiosa judía. Ellos eran, al menos en teoría, los representantes del Señor, el Dios que liberó a su pueblo de la esclavitud de Egipto y les dio la posibilidad de ser un pueblo soberano, y son precisamente ellos quienes ponen en manos del representante del Imperio romano, que, en aquel momento, negaba a Israel la libertad que el Señor les había dado, a quien viene a continuar y llevar a su culminación la obra liberadora del Señor.
No obstante, la idea que ellos tenían de la realeza del Mesías era la misma que los discípulos habían manifestado en otras ocasiones, la misma que sin duda tenía Pilato: todos pensaban que el rey de los judíos debería rebelarse contra la dominación extranjera poniéndose al frente de un ejército, y una vez expulsados los invasores y con la fuerza obtenida gracias a la victoria militar, destituir de sus puestos a los dirigentes corruptos y hacer justicia. Eso era lo que los discí­pulos habían esperado y lo que los jerarcas judíos y Pilato temían que Jesús hiciera. A esa manera de ser rey se refiere Pilato cuando pregunta a Jesús: « ¿Tú eres el rey de los ju­díos?»


MI REINO NO ES DE ESTE MUNDO
-La realeza mía no pertenece al orden este. Si mi realeza perteneciera al orden este, mis propios guardias habrían luchado para impedir que me entregaran a las autoridades judías. Ahora que mi realeza no es de aquí.
La respuesta de Jesús rompe los esquemas de sus acusado­res. Él no niega que es rey, pero dice que su manera de ser rey no es la de los reyes de este mundo: «La realeza mía no pertenece al orden este. » Y explica las diferencias. Primero diciendo en qué no consiste su realeza: «Si mi realeza perte­neciera al orden este, mis propios guardias habrían luchado para impedir que me entregaran a las autoridades judías.» Jesús no va a reinar como los reyes de la tierra: mediante la fuerza violenta de las armas, mediante la coacción y la amenaza del castigo. La propuesta que él hace a la humanidad es de un carácter muy distinto: «Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio en favor de la ver­dad.» Su proyecto, que es el proyecto de Dios, se basa en la verdad que, en el evangelio de Juan, coincide con la vida: es verdad aquello que favorece, transmite y defiende para el hombre la vida en plenitud; es verdad el amor que se expresa mediante la entrega de la propia vida para que la vida de los hombres pueda ser realmente vida. Es una manera de reinar que se realiza sólo sobre aquellos que libremente lo aceptan, sólo sobre aquellos que quieren escuchar la voz de este parti­cularísimo rey.
HE VENIDO
Pero el que no pertenezca al orden este no quiere decir que la realeza de Jesús sea puramente espiritual, ajena a la historia y a los problemas concretos de los hombres. Esa ha sido la segunda gran equivocación acerca de la realeza de Jesús. Muy al contrario, Jesús viene a este mundo, desarrolla su tarea en esta historia y su proyecto empieza necesariamente en esta vida, en este mundo. Y, como hemos visto en los últimos comentarios, su misión es dar a los hombres los ins­trumentos necesarios para que se organicen de tal manera que esta tierra no sea, como a muchos les interesa que los pobres crean que tiene que ser, un valle de lágrimas.
Jesús es rey del universo, de este universo, y eso quiere decir que tiene un proyecto para esta tierra y para esta historia, que no es ajeno a los sufrimientos y a los problemas de los pobres, oprimidos, marginados, explotados. Pero su realeza no pertenece al orden este; lo que supone que ni podemos organizar la comunidad de Jesús al estilo de los reinos de la tierra ni podemos utilizar el mensaje de Jesús como un progra­ma más para organizar los reinos de este mundo (por eso ningún partido debe usar honestamente el nombre de cris­tiano).
Colaborar para que Jesús reine en la tierra significa dar testimonio de la verdad: mostrar con la entrega de la propia vida que Dios es amor y quiere que, mediante la práctica del amor, los hombres, todos los hombres, vivan. Y vivan libres y felices.
¿Y el compromiso político de los cristianos? También hay que estar en ese ambiente y dar testimonio de la verdad, de la justicia, de la igualdad entre todos los hombres, llamados a vivir como hermanos. Pero sin confundir nuestras opciones políticas, las soluciones concretas que proponemos para los problemas políticos concretos, con el evangelio, y sin permitir que nadie reine en ningún reino de este mundo, por pequeño que este reino sea, atribuyendo su poder a la gracia de Dios: en cualquiera de estos casos estaríamos haciendo de Jesús un rey como los reyes de este mundo.

III
 vv. 33-34: Entró de nuevo Pilato en la residencia, llamó a Jesús y le dijo: -¿Tú eres el rey de los judíos? 34Contestó Jesús: -¿Dices tú eso como cosa tuya o te lo han dicho otros de mí?
Pilato entra en su residencia, donde se encuentra al abrigo de la presión judía. Jesús ha sido detenido como »el Nazareno» (18,5.7), es decir, como el pretendiente al trono de David. Pilato quiere informarse de primera mano. El pagano no dice «el rey de Israel» (1,49; 12,13), sino el rey de los judíos, de la nación; implicación mesiánica (¿Tú eres?). Jesús quiere que Pilato razone su postura, que examine si está siendo manipulado y considere su responsabilidad como juez.
v. 35: Replicó Pilato: -¿Acaso soy yo judío? Tu propia nación y los sumos sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?
Pilato no quiere reconocer la presión de los judíos y niega que la cuestión le afecte personalmente. Rechaza toda responsabilidad; son otros los acusadores, los jefes religiosos y, detrás, el pueblo que no ha sabido optar por Jesús y en contra de sus autoridades opresoras (12,34). Los títulos de Jesús no interesan a Pilato, pero sí su actividad (¿Qué has hecho?), que puede suponer una amenaza para el poder que representa.
v. 36: Contestó Jesús: -La realeza mía no pertenece al orden este. Si mi rea­leza perteneciera al orden este, mis propios guardias ha­brían luchado para impedir que me entregaran a las autori­dades judías. Ahora que mi realeza no es de aquí.
Jesús no responde directamente a la segunda pregunta de Pilato, sino a la primera: » ¿Tú eres el rey de los judíos?». Afirma claramente su calidad de Rey, pero niega todo parecido con los reyes que Pilato conoce. Al descartar la realeza que se apoya en la fuerza queda patente que no pretende ocupar el trono y que no es un rival del empe­rador. Él practica el servicio a los hombres y rechaza el poder. Los reyes del mundo imponen su dominio. Para Jesús, la violencia pertenece a la esfera de la injusticia. Él se ha entregado voluntariamente y ha cor­tado en seco la violencia de Pedro (18,11). Ha probado no ser rey como los otros.
v. 37: Le preguntó entonces Pilato: -Luego ¿tú eres rey?
Contestó Jesús: -Tú lo estás diciendo, yo soy rey. Yo para esto he na­cido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio en favor de la verdad. Todo el que pertenece a la verdad escucha mi voz.
Extrañeza de Pilato y nueva afirmación de Jesús. Explica su función como rey: no dominar, sino dar testimonio de la verdad; con estas palabras condensa el significado de su vida y actividad. Jesús co­munica vida (Espíritu) y la experiencia de esa vida es la verdad sobre Dios / el Padre, que se manifiesta como amor sin límite, y sobre el hombre, llamado a ser hijo de Dios. Su muerte en cruz, máxima expresión de amor, resumirá y hará culminar todo su testimonio. Los que están   en favor de la vida / verdad, de la plenitud humana, responden a su lla­mada.

IV
 La liturgia de este domingo nos trae de nuevo un pasaje del libro de Daniel. En contraposición a las pretensiones de divinidad y de dominio absoluto típicos de los dominadores (griegos para la época del libro), Daniel va mostrando otras imágenes del verdadero y eterno Dios. No hay que tomar en sentido literal el contenido de estos materiales apocalípticos. Más bien hay que verlos y valorarlos desde la óptica de la resistencia, un recurso que se ingenia el hagiógrafo para ir contrarrestando en el fiel judío los peligrosos efectos de una ideología que pretende suplantar el poder y señorío únicos del Dios bíblico. La historia ha demostrado que tanto imperios como emperadores, reinos y reyes fenecen, pasan, se acaban, y eso no va a cambiar; que sólo una cosa es inmutable el poder, la gloria y el reinado de Dios a favor siempre del oprimido, eso nunca pasará.
Celebramos la solemnidad de Jesucristo «Rey del Universo». A ese fin hemos leído el pasaje de Daniel en donde uno como hijo de hombre recibe de parte del anciano el poder y la soberanía universal. En contraste con esta imagen de Daniel que fue asumida por el cristianismo como una prefiguración del reinado universal de Cristo, nos presenta el evangelio de Juan el momento del juicio político de Jesús ante Pilato. «Oficialmente» Jesús no se ha proclamado Rey, sin embargo éste es el argumento por el cual sus adversarios quieren que sea condenado. De hecho sus adversarios ya lo han condenado a muerte, sólo que ellos no podían ejecutar la pena capital (Jn 18,31), que era derecho exclusivo de Roma (ius gladii). Por eso la insistencia a Pilato para que él confirme la sentencia que ellos ya habían dictado.
Pilato ya está informado de la situación y por eso pregunta directamente a Jesús: « ¿Eres tú el rey de los judíos?». Jesús responde con otra pregunta, indaga al interrogador cuál es el origen de esa acusación, que de todo modos en este punto se convierte en aclamación. Pilato no está interesado en establecer ningún tipo de vínculo con Jesús y sin embargo según la forma como el evangelista Juan conduce el hilo del relato, la realeza de Jesús viene proclamada no por los de su nación, sino por los paganos.
Indirectamente Jesús responde de modo afirmativo a la primera pregunta de Pilato, pero hace una aclaración que por supuesto ni Pilato ni sus acusadores pueden entender: «mi reinado», o también «mi realeza no es de este mundo», pero debe entenderse «no es al modo o a la manera de este mundo». Y la aclaración continúa: «si mi realeza fuera al estilo de esta realidad hubiera sido defendido por mi ejercito y no hubiera caído en manos de los judíos».
Pero Pilato quiere una respuesta más clara, un sí o un no, y de nuevo interroga: « ¿entonces, tú eres rey?». De nuevo san Juan pone en labios de un pagano la expresión que confirma la realeza de Jesús. Pilato lo ha dicho y así es pero enseguida corrige Jesús la característica de esa realeza: «a eso he venido, no a dominar ni a infundir terror, sino a servir a la verdad».
Así pues, el evangelista deja claro en qué consiste la dimensión mesiánica y real de Jesús, no se trata de un rey al estilo de los reinados temporales, sino al estilo que ya se había entrevisto en el Primer Testamento desde la entrega, desde el servicio al proyecto del Padre, que es ante todo la justicia esa es la verdad para Juan, el proyecto del Padre encarnado en Jesús.
Desafortunadamente con el correr del tiempo se tergiversó el contenido de este interrogatorio, especialmente la respuesta de Jesús sobre el origen de su realeza. Algunas corrientes cristológicas, que subsisten hoy, defienden una dimensión «espiritual» del reinado de Jesús. Según eso, «mi reinado no es de este mundo» desconecta a Jesús y su evangelio de todo compromiso con el orden temporal, y con esta realidad concreta que vivimos, y lo transfiere a un mundo «espiritual» o simplemente a aquel «mundo de las ideas» de Platón.
Esa falsa interpretación tiene varios reparos. Por una parte, cuando Juan habla de «mundo», casi siempre lo hace para referirse a esta realidad habitada por seres humanos y en donde se verifican las tendencias más contradictorias, de las cuales, las que le interesan al evangelistas son aquellas que están en oposición al querer y a la voluntad de Dios. En una palabra «mundo» para Juan es una forma sintética de referirse a todo lo que contradice el proyecto divino, y que puede equipararse con lo que él mismo intenta describir también con la expresión «tinieblas» en contraposición a la «luz». En tal sentido, se puede entender «mi reino no es de este mundo», «no es de esos reinos o reinados que se oponen al querer de Dios» y en ese sentido, Jesús ha realizado toda su acción, no ha contradicho en nada la voluntad de su Padre. Si proyectamos el reinado de Jesús a una categoría extramundana, es dejar de reconocer su compromiso y su incidencia en los asuntos del diario vivir durante todo su ministerio público, desde Galilea hasta Jerusalén, si hubiera sido de carácter «espiritual», no se hubiera visto enfrentado a las autoridades Judías, es más, desde una cueva en el desierto hubiera podido decir lo que tenía que decir y punto.
Otra consecuencia que deriva de una falsa interpretación de esa expresión tiene que ver con el cristiano en cuanto tal. Para quienes creen que Jesús y su obra «no son de este mundo», lo más práctico es no inmiscuirse en asuntos temporales, lo mejor es no «meterse en problemas...». Desafortunadamente esta corriente cuenta con demasiados adeptos tanto en el campo católico como en el no católico. Mientras cuatro evangelistas, equivale a decir cuatro de las comunidades primitivas (entre muchas que seguro habían) nos legan un testimonio de abierto compromiso de Jesús con la causa de su Padre expresada en los pobres, un par de versículos que reflejan apenas una mínima parte del pensamiento juaneo sobre Jesús, vienen a convertirse en el argumento «definitivo» para sustraer a Jesús de su concreto compromiso político y social con su generación y de su intención de que sus seguidores hicieran lo mismo.
No es necesario ni conveniente subrayar tanto la «realeza» de Jesús si ello implica tergiversar su auténtico y efectivo proyecto de vida; hace mucho daño, sobre todo a los más oprimidos, presentar esa imagen monárquica y principesca de un Jesús que, en verdad, dedicó toda su vida y sus energías a desenmascarar y a luchar contra ese tipo de estructuras.

Para la revisión de vida
¿Qué posición tengo yo respecto a las ideologías y tendencias que pretenden manejar la figura de Jesús como si se tratara de un jefe monárquico? ¿En mi predicación o en mi trabajo apostólico refuerzo esa ideología o la ataco? ¿Con base en cuáles pasajes de la Escritura sustento mi posición?
Para la reunión de grupo
Procúrense el artículo "¿Es Jesús buena noticia?", de Jon Sobrino, <http://servicioskoinonia.org/relat/070.htm>Leerlo por partes (en las sesiones que vean conveniente) e ir confrontando lo que nos propone el autor con la realidad que vivimos a nivel eclesial y en nuestro grupo local. Socializar este estudio con otros grupos del lugar, sin imponer, sino más bien ir proponiendo nuevas perspectivas.
A pesar de lo que contestó a Pilato, Jesús no quería ser Rey, y de hecho huyó cuando le quisieron nombrar rey. Proclamando a Cristo como Rey muchas veces lo que se quería proclamar era la supremacía de una religión, o la reclamación de privilegios por parte de la autoridad civil. Todavía peor, la aclamación de Cristo Rey por parte de las derechas y de los poderes económicos en las sociedades injustas venía a servir de legitimación de la injusticia. Profundizar en el grupo en estos aspectos negativos que, de hecho, ha tenido en la historia esta proclamada realeza de «Cristo Rey».
Jesús habló y se desvivió por el Reino (de Dios), a cuyo advenimiento se entregó incondicionalmente. Convertirlo en Rey a él, fue de hecho para muchos una forma de olvidar precisamente la Causa de Jesús. El predicador del Reino fue convertido él mismo en Rey y se olvidó el Reino de Dios que él había anunciado. Comentar esta paradoja.
¿Es legítima una reinterpretación de este título y de esta fiesta? ¿Se puede pensar que un título mucho más adecuadamente expresado que el de «Rey» sería el de «luchador por la Causa del Reino»? Pros y contras.

Para la oración de los fieles
Por los animadores y dirigentes de las iglesias en el mundo, para que no caigan en la tentación de ejercer sus encargos al estilo de los gobiernos de este mundo, oremos.
Por la sociedad civil, para que toda acción política esté de algún modo impregnada de evangelio, oremos.
Por todos los pueblos y grupos que padecen alguna opresión y tiranía, para que sepan levantarse con dignidad y con motivaciones evangélicas contra todo los que los oprime, oremos.
Por cada uno de nosotros para que cada día proyectemos con mayor claridad la imagen de un Jesús liberado y liberador de todo poder de dominio, oremos.
Para que en cada celebración seamos capaces de actualizar el mando del amor y del servicio, oremos.

Oración comunitaria
 Dios nuestro y de todos los pueblos, Tú que, de un modo u otro, esperas a la Humanidad revestido de todos los nombres, tras todas las religiones, en todas las experiencias religiosas... Haznos comprender que Jesús nunca quiso encomendarnos una evangelización que sometiera a los pueblos ni que arrancara culturas ni religiones, sino un diálogo que promoviera el Amor y la Justicia, la Verdad generosa y la Vida para todos y todas. Nosotros te lo pedimos por Jesús, hijo tuyo, hermano mayor, Transparencia tuya. Amén.
   Dios Padre que en Jesús te has hecho uno de nosotros y has querido ponerte al servicio de la humanidad oprimida, haz que comprendamos que esa es nuestra verdadera vocación y que no tardemos más en ponernos también nosotros al servicio de quienes ocupan el centro de tu corazón: los empobrecidos de este mundo. Te lo pedimos en el nombre de Jesús, Amén. 
Estos comentarios están tomados de diversos libros, editados por Ediciones El Almendro de Córdoba, a saber:
- Jesús Peláez: La otra lectura de los Evangelios, I y II. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Rafael García Avilés: Llamados a ser libres. No la ley, sino el hombre. Ciclo A,B,C. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Juan Mateos y Fernando Camacho: Marcos. Texto y comentario. Ediciones El Almendro.
        - Juan. Texto y comentario. Ediciones El Almendro. Más información sobre estos libros en 
www.elalmendro.org
        - El evangelio de Mateo. Lectura comentada. Ediciones Cristiandad, Madrid.
Acompaña siempre otro comentario tomado de la Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica: Diario bíblico



martes, 17 de noviembre de 2015

Alhama Granada construcción sacristía año 1739

SACRISTÍA ALHAMA

        En 1739 el arzobispo de Granada, Felipe deTueros y Huerta, de visita pastoral en Alhama de Granada, constata la pequeñez de la sacristía, por ello decide comprar una casa cercana a la iglesia, pagando él mismo la casa, mientras la construcción se sufragará con los ingresos de la parroquia. Para construir la nueva sacristía se pide permiso al Ayuntamiento de Alhama para edificar un Arco sobre el cual descansará la nueva sacristía.



        Transcripción del acta notarial, en la cual se da cuenta de la compra de una casa para la construcción de la nueva sacristía de Alhama.

*Archivo Protocolos Notariales Granada, Alhama Granada.
*Escribano: José Francisco Calvo de Moya.

*Año: 1739



         “Nos don Felipe de los Tueros y Huerta del Consejo de S.M. que Dios guarde, Arzobispo de la ciudad de Granada por Autoridad Apostólica y Real.


Arco sobre la que se asienta la nueva sacristía de Alhama



       Decimos que por cuanto en la visita general que estamos haciendo de las Iglesias del Arzobispado se ha reconocido que la sacristía de la Iglesia Mayor parroquial de esta ciudad de Alhama es tan estrecha que además de la incomodidad con que se usa y están los Archivos de Papeles, ornamentos y demás de las cosas dedicadas al culto divino, es casi imposible prolongarla o dilatarla según la situación que ella y la iglesia ocupan sus confines la Plaza Principal, y tres calles públicas de esta ciudad: Por tanto queriendo remediar dicha falta por escritura hallen otorgada ante el infrascrito escribano compramos de Pedro Manuel Palacio, vecino de esta ciudad una casa de morada en ella intramuros, frente de la dicha iglesia y en la calle que de la plaza va a la Puerta de Málaga por un mil y ochocientos reales de todo valor que de nuestra orden se pagaron de contado y así para que tenga cumplido efecto nuestro buen deseo de la propia autoridad, libre y espontanea voluntad dirigida a la Mayor Honra y Gloria de Dios Nuestro Señor y de la Gloriosísima Virgen María Nuestra Señora de la Encarnación titular de la dicha Iglesia; en aquella vía y forma que más haya lugar en derecho otorgamos que haremos cesión, donación intervino, buena manera, pura perfecta e irrevocable de la expresada casa y cuanto le pertenece en al dicha Iglesia Mayor de esta ciudad con cesión de derechos y acciones reales y personales mixtos directos y ejecutarlos que pertenecen y correspondieren en lo futuro para que precisamente se labre en dicha casa nueva sacristía que será mucho más capaz de la que tiene la iglesia a costa y expensas de los caudales de sus fábricas que en adelante se dieren con la justificación correspondiente; y respecto de que par la ejecución y cumplimiento de la obra se necesita impetrar del Consejo y Justicia y regimiento de esta ciudad permiso para ocupar la calle con Arco y Puente segura que facilite el tránsito de la Iglesia a la nueva sacristía y que el contrario; el cual se sabe por premisas y ciertas se concederá y asimismo se cree que esto mediante los caudales, distribuidores del caudal de fábricas mayores en común ni en particular, ni otra persona alguna (…)  En la ciudad de Alhama  a tres días del mes de junio de mil setecientos y treinta y nueve años. Estando presentes por testigos: D. Pedro Martín de Agreda y D. Juan Negro Siruela beneficiados, y D. Christobal Josph de Morales y Velasco teniente vicario eclesiástico y vecinos de esta ciudad.”

Ventana Sacristía Alhama

sábado, 14 de noviembre de 2015

comentario lectura domingo 15 noviembre 2015

LUZ DEL DOMINGO 
Domingo, 15 de noviembre de 2015
TRIGÉSIMO TERCER DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
CICLO B
 
Primera lectura: Daniel 12,1-3
Interleccional: Salmo 15
Segunda lectura: Hebreos 10,11-14. 18
EVANGELIO: Marcos 13, 24-32
24Ahora bien, en aquellos días, después de aquella an­gustia, el sol se oscurecerá y la luna no dará su resplandor, 25las estrellas irán cayendo del cielo y las potencias que es­tán en el cielo vacilarán, 26y entonces verán llegar al Hom­bre entre nubes, con gran potencia y gloria,  27y entonces enviará a los ángeles y reunirá a sus elegidos de los cuatro vientos, del confín de la tierra al confín del cielo. 28De la higuera, aprended el sentido de la parábola: Cuando ya sus ramas se ponen tiernas y echa las hojas, sa­béis que el verano está cerca. 29Así también vosotros: cuando veáis que esas cosas están sucediendo, sabed que está cerca, a las puertas. 30Os aseguro que no pasará esta generación antes que todo eso se cumpla. 31El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasaran. 32En cambio, en lo referente al día aquel o la hora, na­die entiende, ni siquiera los ángeles del cielo ni el Hijo, únicamente el Padre.

COMENTARIOS
 I
 EL FIN DE ESTE MUNDO
Leo en el Evangelio de Marcos: "Pero en aquellos días, después de aquella angustia, el sol se hará tinieblas, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo, los astros se tambalearán. Entonces verán venir a este Hombre sobre las nubes, con gran fuerza y majestad, y enviará a los ángeles para reunir a sus elegidos de los cuatro vientos, de horizonte a horizonte..."
Los predicadores de turno, interpretando este párrafo al pie de la letra, nos asustaban con esa catástrofe a la que está abocado nuestro universo en su recta final. El mismo Dios, que lo había creado y que parecía estar orgulloso de su obra, parecería haber cambiado de opinión, pues estaría decidido -tal vez debido al pecado del hombre- a acabar con el sistema que él mismo inventó. Dios haría al final algo nuevo y mejor... Pero no terminaban ahí los comentarios. Porque eso nuevo que Dios iba a hacer era enviar a su Hijo entre las nubes del cielo, con ángeles a son de trompeta, con el fin de convocar a todas las naciones para un ajuste de cuentas: un juicio de venganza para los malos y un premio de vida eterna para los buenos.
Y me digo yo: ¿de dónde se habrán sacado los predicadores todo este discurso? Porque me da la impresión de que, en este párrafo, no se habla ni del fin del mundo ni del juicio final. De nada de eso. Y por supuesto que nada se dice ahí de que todo nuestro mundo creado por Dios - con su sol, luna y estrellas- vaya a venirse por tierra, pues esto, si llega algún día, será por otras razones distintas a las aquí expuestas.
A mi juicio -y tras un estudio lento y minucioso del extraño lenguaje de esta página evangélica - hay que dar otra explicación:
Vivimos en un mundo que no funciona. La injusticia, la guerra, la división, la persecución de todos aquellos que luchan por la verdad y la justicia, la opresión cada día mayor de los oprimidos, la división en el seno de la familia, las luchas fratricidas, la droga, el alcoholismo, la marginación, el paro, el hambre y un largo etcétera de tristes realidades son el pan amargo nuestro de cada día. (Con bellas palabras Marcos describe en el capítulo 13 de su Evangelio el mundo de entonces, muy similar al nuestro). El mundo no funciona, ni hoy ni ayer. Y ante tanta tragedia es necesario soñar y esperar que es posible un cambio al que solamente llegaremos con la propia resistencia, lucha y unión de todos: "Quien resista hasta el final, se salvará".
El Evangelio anima a seguir luchando a los cristianos, inmersos en este mundo de desgracias y sombras. Y como la realidad era tan dura -hoy también- recurre a la poesía, a la hipérbole, citando frases e imágenes de los profetas-poetas Isaías, Daniel y Zacarías, y recomponiéndolas para hacer un canto a la esperanza: el día en que venga el Hijo del Hombre para reunir a los elegidos, a todos aquellos que lucharon por la causa de un mundo distinto, los cimientos del orbe, de este sistema mundano se conmoverán... Nada se dice aquí de que Jesús venga a castigar a los malos: vendrá a reunir a todos los elegidos dispersos por el mundo. Aquél será un gran día.
Mejor dicho, fue un gran día. Porque el Hijo del Hombre ya vino, y ya comenzó a reunir a los hijos dispersos de Dios. Por llevar adelante su tarea los hombres lo mataron, pero Dios -así lo creemos- lo resucitó. Aquel día comenzó el fin de este mundo que aún no ha llegado a su fin; porque este mundo, con su egoísta funcionamiento, fue sentenciado a muerte cuando Jesús se manifestó con poder y majestad en el trono de la cruz, invitándonos a seguir en la brecha para poner fin a un mundo que conduce  a la muerte. El fin del mundo ha comenzado ya. La luz del amor de Jesús -allí donde brilla- hace oscurecer las tinieblas de todos esos soles y astros,  -el dinero, el capital, el poder, los honores...- en torno a los que gira nuestro universo mundo.

II
 EL PADRE NO ES UN DIOS DE TIRANOS
Desde que los faraones se declaraban hijos de los dioses o los emperadores romanos exigían que sus súbditos les rindieran adoración hasta los emperadores y los dictadores de este siglo, todos los poderosos han justificado su poder en nombre de Dios; algunos incluso en nombre del Dios de Jesús, a pesar de que Jesús dejó claramente establecido que su Padre no es un Dios de tiranos
"DESPUES DE AQUELLA ANGUSTIA..."
Jesús acababa de anunciar que el templo de Jerusalén sería destruido (Mc 13,1-2). Ante este anuncio, los discípulos inter­pretan que, como había sucedido en otras ocasiones, también a este próximo desastre seguiría una acción salvadora de Dios para realizar la restauración, ahora definitiva, del reino de Israel, y preguntan a Jesús que cuándo sucederán esas cosas y con qué señal anunciará Dios su intervención salvadora en favor de la nación judía (Mc 13,3-4). La respuesta de Jesús, de la que forma parte el evangelio de hoy, es doble: por un lado, les dice que Dios no va a intervenir para salvar a la nación israelita y que, por tanto, no habrá señal ninguna que la anuncie (Mc 13,5-8.14-23); por otro, les comunica que con el desastre de la religión judía comenzará una nueva etapa de la historia, un proceso de liberación abierto a toda la huma­nidad (Mc 13,24-27). La ruina del templo no pertenece al plan de Dios, sino que es efecto de la infidelidad de Israel; esta infidelidad -que ha llegado al colmo cuando los dirigen­tes y la mayor parte del pueblo han rechazado a Jesús- ha hecho ineficaz la fuerza salvadora de la antigua alianza, que por eso deja ya de tener vigencia; su ruina será un momento de gran angustia, pero éste no será el final, sino el comienzo de los dolores de parto que preceden al alumbramiento de una nueva humanidad; el nacimiento y la maduración de ese mundo nuevo serán consecuencia del anuncio de la Buena Noticia, que tiene que proclamarse a todas las naciones (Mc 13,9-13). Al momento de la ruina de Jerusalén y al comienzo de la entrada de los pueblos paganos en el reino de Dios se refiere la comparación de la higuera.
«...EL SOL SE OSCURECERA...»
En aquellos días, después de aquella angustia, el sol se oscurecerá y la luna no dará su resplandor, las estrellas irán cayendo del cielo y las potencias que están en el cielo vacilarán, y entonces verán llegar al Hombre entre nubes con gran potencia y gloria...
En el Antiguo Testamento, el sol y la luna representaban a las divinidades paganas (Dt 4,19-20; 17,3; Jr 8,2; Ez 8,16); los astros y las potencias del cielo, a los jefes de las naciones que justifican su poder en nombre de sus dioses y que se divinizan a sí mismos (Is 14,12-14; 24,21; Dn 8,10). Diversos pasajes describen la caída de los imperios usando imágenes de una catástrofe cósmica (Is 13; 34; Jr 4,20-26; Ez 32,1-8). Con este mismo lenguaje, Jesús anuncia cuál va a ser el efecto del anuncio del evangelio a los demás pueblos. La traducción de todo este conjunto de imágenes podría ser, en síntesis, ésta:
Los sistemas de poder establecidos en las naciones se asientan en la opresión de los pueblos y son justificados por las respectivas religiones paganas. Al igual que la predicación de Jesús descubrió la corrupción del sistema judío, la predi­cación del evangelio a todos los pueblos va a descubrir que esos sistemas son injustos, tiránicos y causa de sufrimiento y de muerte; entonces las divinidades paganas aparecerán ante quienes las veneran como dioses falsos y los poderes opresores que se apoyan en ellas irán cayendo.
No se habla aquí de un momento final en el que toda injusticia será derrotada, sino de un proceso que se irá repi­tiendo a lo largo de la historia, consecuencia del avance de la Buena Noticia entre los hombres y los pueblos del mundo.

«...VERAN LLEGAR AL HOMBRE...»
... y entonces enviará a los ángeles y reunirá a los elegidos de los cuatro vientos, del confín de la tierra al confín del cielo.
Naturalmente que los poderosos se resistirán a caer, y usarán para defenderse su única arma: la muerte, en la que afianzan sus cimientos sus sistemas de poder. Y como Jesús entregó su vida por manifestar a los hombres que Dios es Padre, un Dios que es amor, que comunica vida y que quiere que todos vivamos como hermanos, habrá muchos otros se­guidores de Jesús que continuarán su tarea y que serán perse­guidos a muerte por los poderosos, a quienes la revelación de un Dios que no soporta la injusticia y la opresión deja en evidencia; muchos de estos seguidores, fieles hasta el final, morirán, pero su muerte no será definitiva, porque el Hombre, que posee la capacidad de dar vida definitiva, vendrá a recoger a aquellos que vayan cayendo en la lucha por convertir este mundo en un mundo de hermanos. Y lo que podría parecer una derrota, se revelará como el triunfo definitivo del Hombre y de sus partidarios.
A ese momento se refiere la última frase del evangelio de hoy, frase con la que comenzaba el evangelio del primer do­mingo de Adviento; así la comentábamos: «Ahora bien: "en lo referente al día aquel o a la hora, nadie entiende, ni siquiera los ángeles del cielo ni el hijo; únicamente el Padre", esto es, no hay que vivir preocupados por esa hora y ese día: de ese asunto entiende sólo el Padre, quien, llegado el momento, prestará a sus hijos la ayuda que sea menester. El peligro es dormirse mientras tanto en los laureles.»
Y los peores laureles en los que un seguidor de Jesús podría dormirse son los de los tiranos, que, a pesar del evan­gelio, se empeñan en justificar sus tiranías por la gracia de Dios.

III
 v. 24: «Ahora bien, en aquellos días, después de aquella angustia, el sol se oscurecerá y la luna no dará su resplandor»...
La frase introductoria marca una nueva época, con las mismas carac­terísticas que el tiempo de «la angustia» (en aquellos días), pero que no se identifica con ella (después de aquella angustia). Continúan «los dolores» del parto (13,7) de la humanidad nueva, el proceso liberador en la histo­ria iniciado con la caída de Jerusalén. Es la época de la instauración del reinado de Dios en la humanidad, el período histórico que puede llamarse escatológico o último.
Era un recurso literario frecuentemente utilizado por los profetas describir la caída de un imperio o nación opresora, concebida como un juicio divino o una intervención de Dios en la historia, utilizando imáge­nes cósmicas; así en los siguientes pasajes: Is 13, ruina de Babilonia; Is 34, de Edom; Jr 4,20-23, del desastre que amenazaba a Judea y Jerusalén; Ez 32,7s, de Egipto; también Jl 2,10; 3,4; 4,15; Am 8,9. Cada una de estas descripciones indica un viraje decisivo en la historia, pero no el final de la historia misma; en ellas, la destrucción se concibe como un juicio de Dios, pero no como un juicio final; de hecho, la vida continúa. Como en los textos proféticos, las imágenes cósmicas que se encuentran en este pasaje de Mc no han de ser tomadas en sentido literal, sino figurado, y, como en ellos, no indican el fin del mundo y de la historia.
Sin embargo, a diferencia de los profetas, que usaban la imagen de la conmoción cósmica para subrayar la gravedad de acontecimientos y desastres que afectaban a la humanidad, en Mc los fenómenos cósmicos no aparecen como un reflejo de lo que sucede en el mundo humano; se describen sin haber mencionado a éste, como anteriores a las consecuen­cias que puedan tener. De hecho, las descripciones de los profetas están teñidas de dolor y desgracia, mientras que en Mc la figura de un sistema cósmico que se deshace es signo de liberación.
A la luz de los textos proféticos, el significado de estas imágenes puede exponerse así: en el AT, los astros aparecen como objeto de culto idolátrico, y dar culto a Yahvé o los astros establecía la distinción entre Israel y los paganos (Dt 4,19s; 17,3; 2 Re 17,16; Jr 8,2; Ez 8,16). A diferen­cia de la unidad anterior (14-23), donde se trataba del mundo judío, en ésta, el sol y la luna representan a los falsos dioses: la conmoción cósmica afecta al mundo pagano. El oscurecimiento de los astros mayores signifi­ca el eclipse de esos dioses: los valores representados por ellos se juzgan ahora inaceptables.
v. 25: ... «las estrellas irán cayendo del cielo y las potencias que están en el cielo vacilarán».
Las estrellas o astros designan en ciertos textos del AT a los poderes políticos opresores (cf. Is 14,12-14; 24,21; Dn 8,10), que se han arrogado rango divino; irán cayendo del cielo (c£ Is 14,12) indica una serie de hechos puntuales sucesivos; la caída de estos poderes se describe, por tanto, como un fenómeno que irá teniendo lugar durante toda la época que sigue a la destrucción de la nación judía. Las potencias que están en los cie­los, en oposición a «vuestro Padre que está en los cielos» (11,25), son enti­dades que han usurpado el lugar exclusivo del Padre. Representan fuer­zas de muerte (Dios = fuerza de vida), es decir, los poderes opresores que se arrogan rango divino y que verán cuestionado su rango y su dominio (vacilarán) en la época posterior a la ruina de Jerusalén.
Bajo la conmoción cósmica aparece, pues, el siguiente contenido: los valores del paganismo se encarnan en los falsos dioses (sol y luna), que fundamentan la divinización del poder (estrellas, potencias del cielo). El sistema ideológico-religioso perderá crédito (oscurecimiento de sol y luna), lo que provocará la caída progresiva de los regímenes legitimados por él.
Mc no explicita la causa de estos hechos, pero la supone. Lo mismo que la nación e institución judías conocen su ruina por rechazar el men­saje de Jesús y dar muerte al «Hijo» (12,6-8), haciendo culminar así su infidelidad a la alianza, también los regímenes paganos opresores caen por rechazar el mensaje de Jesús, predicado ahora por sus seguidores en el mundo entero (13,10), y dar muerte a los que lo proclaman. Es la acti­tud ante el mensaje de Jesús en favor del hombre la que va decidiendo el curso de la historia.
v. 26: «y entonces verán llegar al Hijo del hombre entre nubes, con gran potencia y gloria».
Y entonces indica que la llegada del Hijo del hombre se verifica inme­diatamente después del eclipse de los falsos dioses y la caída de los poderes opresores y significa su triunfo sobre ellos. Son éstos los que verán esa llegada y ese triunfo. Es la segunda llegada del Hijo del hom­bre; la primera, que corresponde a la caída del sistema judío, es la que anunciará Jesús en su juicio ante el sumo sacerdote y será vista por sus jueces (14,62). Ahora bien, dado que la caída de las estrellas/poderes no indica un hecho único, sino sucesivo en la historia, tampoco la segunda llegada será única, sino iterada: cada caída de un poder opresor («estre­llas y potencias») será un triunfo del Hombre, percibido por los mismos opresores (14,62).
La dignidad del Hijo del hombre (el Hombre en su plenitud, inclu­yendo la condición divina) va explicada por varios símbolos: entre nubes, marco que rodea su figura, señala su verdadera condición divina, por oposición a la usurpada por los poderes; la llegada equivale a la de Dios mismo (Sal 89/88,7; 68/67,34); la potencia es la fuerza que da vida (12,24; 14,62); la gloria, la realeza, que es la del Padre (8,38).
Con estas imágenes afirma Mc que, a partir de la caída de Jerusalén, se irá verificando en la historia del mundo un triunfo progresivo de lo humano (el Hijo del hombre) sobre lo inhumano (los regímenes opreso­res de la humanidad).
v. 27: «y entonces enviará a los ángeles y reunirá a sus elegidos de los cuatro vientos, del confín de la tierra al confín del cielo».
Así como la conmoción cósmica no anuncia un juicio, tampoco la llegada del Hijo del hombre presenta rasgo alguno de violencia o casti­go; su objetivo es reunir a sus elegidos. Enviará a sus ángeles, manera de designar a sus seguidores que han llegado a la meta (cf. 8,38): la reunión de los elegidos es la última misión de los seguidores de Jesús; los que le ayudaron a realizar su obra le ayudan a recoger el fruto (cf. 4,29). Como la llegada del Hijo del hombre, también esta reunión tendrá lugar cada vez que se verifique «la caída de las estrellas». Sus elegidos (por opo­sición a los de la antigua alianza, vv. 20.22) son los que, en la pro­clamación del mensaje, «han resistido hasta el fin» (13,13; cf. 10,38s), la nueva humanidad, procedente del mundo entero (de los cuatro vientos, cf. Dt 28,64; 30,4).
No se menciona la resurrección de los elegidos antes de su reunión; se habla de ellos, sin embargo, como de hombres vivos. En contexto de mundo pagano, Jesús no utiliza el término «resurrección», perteneciente a la cultura judía, expresa la misma realidad afirmando simplemente la continuidad de la vida. El objetivo de la reunión es integrar a los elegi­dos en la comunidad definitiva, «el fin» (13,7.13: «se salvará»), el reino de Dios y del Hombre.
Esquematiza así Mc la dinámica de la salvación en la historia: ésta no tendrá lugar mediante una intervención divina portentosa (contra la ideología mesiánica del judaísmo), sino mediante la colaboración de los hombres que, siguiendo a Jesús, proclaman la buena noticia sin arre­drarse ante la persecución. La caída de los poderes, que aparece como instantánea, es un proceso histórico que se desarrolla en el tiempo; lo cierto es que lo que se opone al desarrollo y plenitud humanos acabará por caer.
v. 28: «De la higuera, aprended el sentido de la parábola: Cuando ya sus ramas se ponen tiernas y echa las hojas, sabéis que el verano esta cerca».
La mención de la higuera coloca al lector en la temática del templo y de su ruina (11,13.20s: la higuera seca); se conecta así esta unidad con «la gran angustia» descrita en la parte anterior (13,14-23). Lo que sucede con la higuera puede aclarar el sentido de una determinada parábola, en con­creto la de los viñadores homicidas, pronunciada en el templo (12,1-9); su sentido no ha sido agotado por la predicción de la catástrofe, pues en ella se anuncian al mismo tiempo destrucción (aspecto negativo) y paso del Reino a otros pueblos (aspecto positivo).
El verano es la estación de la cosecha y, por tanto, de la abundancia y la alegría (Sal 126/125,5; Is 9,2); ha de relacionarse con 4,29: «la cosecha está ahí», donde «cosecha» es un colectivo que engloba los frutos indivi­duales, imagen de los hombres nuevos. La alegría connotada por «el verano» se refiere, pues, a una cosecha de hombres, en particular paga­nos (Jl 4,10.13), que comenzarán a aceptar en gran número el mensaje de Jesús. La ruina de la nación judía señalará el momento propicio para ello. La fecundidad sigue existiendo, pero no ya en ese pueblo, cuyas instituciones no han cumplido su cometido y están destinadas a desapa­recer: el reino de Dios se ha transferido a otros pueblos (12,9).
v. 29: «Así también vosotros: Cuando veáis que esas cosas están sucediendo, sabed que está cerca, a las puertas».
En este contexto, la fórmula así también vosotros implica de nuevo la incomprensión de los discípulos (cf. 7,17) y les advierte que deben aprender, como ya han hecho otros y lo indicaba la parábola de los viña­dores, que la ruina que se ha descrito anuncia el paso del reinado de Dios a la humanidad entera. Han de pasar de una solidaridad étnica a otra universal.
v. 30: «Os aseguro que no pasara esta generación antes que todo eso se cumpla».
Este dicho solemne (Os aseguro) es el centro de la unidad. Esta genera­ción es la de Jesús, la que mantiene la esperanza de un Mesías triunfador que había de dar a Israel la hegemonía sobre los pueblos paganos (cf. 8,12.38; 9,19); es la generación del segundo éxodo, el del Mesías, que se comporta como la del primero (Dt 32,5.20; Sal 95/94,10); ella debía haber visto el cumplimiento de las promesas, pero rechaza la oferta de salvación.
Todo eso, lo que se va a cumplir dentro de la misma generación, inclu­ye tanto la ruina de Jerusalén como la entrada de los paganos en el Reino.
v. 31: «El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán».
Este dicho lapidario confirma la certeza profética de la predicción anterior: la promesa del Reino es más segura que la continuación del universo.
v. 32: «En cambio, en lo referente al día aquel o la hora, nadie entiende, ni siquiera los ángeles del cielo ni el Hijo, únicamente el Padre».
En contraste con el momento conocido («esta generación») expuesto en el dicho anterior, se habla aquí de un momento desconocido. El día es el de la llegada del Hijo del hombre en relación con la caída de un poder opresor, descrita en la unidad anterior (13,26), y señala un acontecimien­to gozoso y definitivo: la vida, más allá de la muerte, de los que se han entregado hasta el fin por la proclamación del mensaje (13,27: reunión de los elegidos, el Reino definitivo); la hora es la de la pasión de cada discí­pulo (13,11: ayuda divina, el Espíritu), acontecimiento doloroso, pero transitorio. Los discípulos habían preguntado por el momento de un «fin» colectivo, que iniciaría el reino mesiánico (13,4); pero «el fin» no es único ni está ligado a la destrucción de Jerusalén; se va verificando para cada individuo, como desenlace de su entrega personal (13,13). Por eso no es importante conocer el momento, sino saber que está en manos «del Padre», nombre de Dios en la comunidad cristiana, en la nueva humani­dad (cf. 13,19: «Dios», el Creador, se refiere a la humanidad entera; 13,20.22: «el Señor»  Yahvé, a la antigua alianza).
Nadie entiende: es decir, a nadie compete actuar más que al Padre, con su amor hacia los discípulos, sus hijos (11,25); él desplegará su actividad en esos momentos cruciales. En «la hora», dando al discípulo la ayuda del Espíritu para que tenga las palabras adecuadas a la situación (13,11); en «el día», con la llegada del Hijo del hombre, portador de la fuerza de vida (13,16); ésta hará que superen la muerte, y serán reunidos en la glo­riosa etapa final del Reino. Será el Padre quien reivindique al Hijo y a los suyos ante los perseguidores (cf. 12,36).

IV
 Cercanos ya al final del año litúrgico, la liturgia de hoy nos presenta a través de la lectura del Antiguo Testamento y del evangelio, textos relativos al final de los tiempos. En efecto, el pasaje de Daniel anuncia la intervención de Dios a favor de sus fieles a través de Miguel, el ángel encargado de proteger a su pueblo. Estas palabras de Daniel hay que enmarcarlas en el marco amplio de todo el libro cuyo género y estilo corresponden a la corriente apocalíptica bastante popularizada a finales del período veterotestamentario. Todo el libro de Daniel es un llamado a la esperanza, característica principal de toda la literatura apocalíptica. No se trata tanto de una revelación especial de lo que sucederá al final de los tiempos, cuanto la utilización de imágenes que invitan a mantener viva la esperanza, a no sucumbir ante la idea de una dominación absoluta de un determinado imperio. El texto que leemos hoy es subversivo para la época, pues invita al rechazo del señorío absoluto de los opresores griegos de aquel entonces que a punta de violencia se hacían ver como dueños absolutos de las personas, del tiempo y de la historia.
Por su parte el evangelio nos presenta una mínima parte del «discurso escatológico» según san Marcos. Un poco antes de comenzar la narración de la pasión, muerte y resurrección de Jesús, los tres sinópticos nos presentan palabras de Jesús cargadas de sabor escatológico.
El pasaje de hoy hay que leerlo a la luz de todo el capítulo 13. Es más, conviene que en casa o en el grupo lo leamos completo y, de ser posible, leamos también el discurso escatológico de Mateo y de Lucas, eso nos ayudará a ver mucho mejor las semejanzas y las diferencias entre los tres y, por otro lado, nos facilitará una mejor comprensión del sentido y finalidad que cada uno quiso darle a esta sección.
Tengamos en cuenta que en ningún momento hablan los evangelistas del «fin del mundo», en sentido estricto, esa es una interpretación equivocada que no ha traído los mejores resultados ni a la fe del creyente ni a su compromiso con el prójimo y con la historia. No es éste, con palabras sacadas de aquí y de allá, el «fundamento» bíblico o teológico de las «postrimerías» del hombre que nos enseñaba el «catecismo del padre Astete», o de los «novísimos» que nos enseñaban en teología... O, por lo menos, no se debe reducir a eso.
Jesús no predica el fin del mundo, ése no era su interés. Las imágenes de una conmoción cósmica descrita como estrellas que caen, sol y luna que se oscurecen, etc., son una forma veterotestamentaria de describir la caída de algún rey o de una nación opresora. Para los antiguos, el sol y la luna eran representaciones de divinidades paganas (cf. Dt 4,19-20; Jr 8,2; Ez 8,16), mientras que los demás astros y lo que ellos llamaban «potencias del cielo», representaban a los jefes que se sentían hijos de esas divinidades y en su nombre oprimían a los pueblos, sintiéndose ellos también como seres divinos (Is 14,12-14; 24,21; Dn 8,10). Pues bien, en línea con al Primer Testamento, Jesús describe no tanto la caída de un imperio o cosa por el estilo, para él lo más importante es anunciar los efectos liberadores de su evangelio; y es que el evangelio de Jesús debe propiciar en efecto el resquebrajamiento de todos los sistemas injustos que de uno u otro modo se van erigiendo como astros en el firmamento humano.
Jesús es consciente y sabe que la única forma de rescatar, redireccionar el rumbo de la historia por los horizontes queridos por el Padre y su justicia, es haciendo caer los sistemas que a lo largo de la historia intentan suplantar el proyecto de la justicia querido por Dios, con un proyecto propio, disfrazado de vida pero que en realidad es de muerte. Esta tarea la debe realizar el discípulo, el que ha aceptado a Jesús y su proyecto. Recordemos la intencionalidad teológica y catequética de Marcos: a Jesús, el Mesías (cuyo «secreto» se mantiene a lo largo de todo el evangelio) sólo se le puede conocer siguiéndolo; y bien, el seguimiento implica no sólo ir detrás de él, implica además, tomar el lugar de él, asumir su propuesta como propia y luchar hasta el final por su realización.
Discípulas y discípulos están entonces comprometidos en ese final de los sistemas injustos cuya desaparición causa no miedo, sino alegría, aquella alegría que sienten los oprimidos cuando son liberados. Esa debiera de ser nuestra preocupación constante y el punto para discernir si en efecto nuestras tareas de evangelización y nuestro compromiso con la transformación de lo injusto en relaciones de justicia está causando de veras ese efecto que debe tener el evangelio o si simplemente estamos ahí a merced de las corrientes del momento esperando quizás que se cumpla lo que no ni siquiera pasó por la mente de Jesús.

Para la revisión de vida
 ¿Cuál es mi compromiso real y concreto en la transformación del orden de cosas actual para que llegue el nuevo orden, el futuro orden, el «otro mundo posible», el «sueño de Dios».
Para la reunión de grupo
Hacer un cuadro en el que aparezcan lo que se denomina como «discurso escatológico» de Jesús según la versión de Mt, Mc y Lc. Establecer las semejanzas y las diferencias. Elaborar sus propias conclusiones en orden a corregir las falsas creencias que sobre algunas palabras de Jesús nos han metido en la cabeza.
El final de este mundo, en cuanto tal, es algo que en principio no entra en nuestros cálculos humanos; nadie se plantea la eventualidad de que pueda acontecer durante su propia vida. ¿Qué pueden significar, en este contexto, los relatos evangélicos (y bíblicos en general) sobre «el fin del mundo»? ¿Bajo qué condiciones hermenéuticas (interpretativas) pueden ser «significantes» para el hombre y la mujer actual?
En la Edad Media, y aun mucho después, y en algunos contextos culturales casi hasta hace poco, la estrella principal del horizonte humano era la salvación/condenación, la eternidad más allá de la muerte, el fin del mundo-global o del mundo-personal por la muerte cósmica o personal. La sociedad y la cultura occidental actual ignoran positivamente estas dimensiones. ¿Qué hacer para hablar de ellas: repetición, reinterpretación, resignificación, abandono…?

Para la oración de los fieles
Por los cristianos del mundo entero para que su esperanza en la venida de Cristo se traduzca en un efectivo compromiso de lucha por la justicia, oremos.
Por quienes dirigen nuestras iglesias para que llenos de esperanza sepan promover el bien entre los demás, oremos.
Por nuestros grupos y comunidades para que nuestro trabajo apostólico esté siempre orientado a la búsqueda de una mejor calidad de vida para todos, oremos.
Por quienes no creen o no aceptan el Evangelio, para que viéndonos a nosotros lleguen a descubrir el reino de la justicia y el amor, oremos.

Oración comunitaria
 Dios Padre del ser humano, de la Tierra, del Cosmos, de los miles de millones de estrellas que pueblan la noche… Tú que eres el origen misterioso de los Astros, y el fin inefable del Universo, danos un corazón sensato para comprender la pequeñez de nuestra vida, y lúcido para ponerse al servicio de la Vida hacia la que nos llamas. Tú que vives y haces vivir, por los siglos de los siglos. Amén.

Estos comentarios están tomados de diversos libros, editados por Ediciones El Almendro de Córdoba, a saber:
- Jesús Peláez: La otra lectura de los Evangelios, I y II. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Rafael García Avilés: Llamados a ser libres. No la ley, sino el hombre. Ciclo A,B,C. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Juan Mateos y Fernando Camacho: Marcos. Texto y comentario. Ediciones El Almendro.
        - Juan. Texto y comentario. Ediciones El Almendro. Más información sobre estos libros en 
www.elalmendro.org
        - El evangelio de Mateo. Lectura comentada. Ediciones Cristiandad, Madrid.
Acompaña siempre otro comentario tomado de la Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica: Diario bíblico