lunes, 14 de diciembre de 2015

España - Fancia

España 1 - Francia 0
(1779 - 1813)

         Este dibujo se pintó en un libro de escrituras diversas, entre las que hemos encontrado varias actas donde dan cuenta de la detención en Alhama de Granada de varios franceses habitantes de dicha ciudad.

        El escribano de Alhama no sólo dejó constancia escrita, sino que además quiso dibujar las diversas detenciones de franceses llevadas a cabo en Alhama a las puertas de la Revolución Francesa.

Alhama: un caballero español detiene a un francés.
        Supongo que durante la ocupación francesa de Alhama Josef Ferrero añadió la leyenda que aparece a los pies del caballo.

       En las próximas semanas la Asociación Amigos de Alhama  publicará el primer número de la revista ÇIBDAD, donde aparecerá este dibujo acompañado de diversos documentos hasta ahora inéditos.

sábado, 12 de diciembre de 2015

domingo 13 diciembre 2015 lectura evangelio homilía oración de los fieles

LUZ DEL DOMINGO

Domingo, 13 de diciembre de 2015
TERCER DOMINGO DE ADVIENTO
CICLO C

Primera lectura: Sofonías 3, 14-18 a.
Salmo responsorial: Isaías 12, 2-6
Segunda lectura: Filipenses 4, 4-7 
EVANGELIO Lucas 3, 10-18
 "10Las multitudes le preguntaban:
-¿Qué tenemos que hacer?
11Él  les contestó:
-El que tenga dos túnicas, que las comparta con el que no tiene, y el que tenga que comer, que haga lo mismo.
12Llegaron también recaudadores a bautizarse y le pre­guntaron:
-Maestro, ¿qué tenemos que hacer? 13Él  les dijo:
-No exijáis más de lo que tenéis establecido.
14lncluso soldados le preguntaban:
-Y nosotros, ¿qué tenemos que hacer?
Les dijo:
-No extorsionéis dinero a nadie con amenazas; con­formaos con vuestra paga.
15Mientras el pueblo aguardaba y todos se preguntaban para sus adentros si acaso Juan era el Mesías, 16declaró Juan dirigiéndose a todos:
-Yo os bautizo con agua, pero llega el que es más fuerte que yo, y yo no soy quién para desatarle la correa de las sandalias. Él os va a bautizar con Espíritu Santo y fuego. 17Trae el bieldo en la mano para aventar su parva y reunir el trigo en su granero; la paja, en cambio, la que­mará en un fuego inextinguible." 
COMENTARIOS
I
INVITACIÓN AL CAMBIO
Al oír la invitación al cambio total, al cambio de vida y mente, quienes acudían a Juan Bautista se sentían interpela­dos: «Entonces, ¿qué tenemos que hacer?», preguntaban al profeta (Lc 3,10ss).
El profeta no tenía pelos en la lengua; sus palabras eran duras, provocativas, razonablemente hirientes. A sus interlo­cutores -un gran gentío que iba a recibir su bautismo- les decía: « ¡Raza de víboras! ¿Quién os ha enseñado a vosotros a escapar del castigo inminente?» "Raza de víboras", animales que matan a traición inyectando un veneno de muerte. El comportamiento de aquel pueblo -en especial de sus diri­gentes- no sólo no fomentaba la vida, sino que ocasionaba la muerte de toda ilusión o esperanza de cambio y bienestar.
Y ante la pregunta del pueblo, inquietado por el mensaje de Juan, éste exponía a cada uno de los estamentos sociales privilegiados su programa de acción: «El que tenga dos túni­cas -símbolo de riqueza-, que se las reparta con el que no tiene, y el que tenga de comer, que haga lo mismo.» A los recaudadores -profesión en la que se lucraban con excesivos y arbitrarios impuestos- decía: «No exijáis más de lo que tenéis establecido», pues lo legalmente establecido era ya, de suyo, abusivo. A los guardias -que tenían en su mano la fuerza y las armas- aconsejaba: «No hagáis violencia a nadie, ni saquéis dinero; conformaos con vuestra paga.»
Era la voz de Juan una invitación a la justicia, a compar­tir, a terminar con todo tipo de abusos y prácticas que, favo­reciendo a unos, hundían en la pobreza y en la miseria a otros.
Pero su voz no era del todo nueva ni original. No era más que el eco de otras voces a las que el pueblo, por desgracia, se había acostumbrado. Antes que él, ocho siglos antes, Isaías, otro profeta, con palabras de inmensa actualidad, había gritado sin descanso contra todo tipo de injusticia. Sus palabras pare­cen dirigidas a nosotros, ciudadanos del siglo XX. «Buscad el derecho, enderezad al oprimido, defended al huérfano, prote­ged a la viuda», decía (Is 1,17); y hoy seguiría: Dad trabajo a los parados, integrad en la sociedad a los minusválidos, no marginéis a los enfermos de SIDA, acabad con la droga y el alcoholismo, devolved la dignidad a los gitanos, dad casa digna al pueblo, poned al alcance de todos la educación y la cultura. Era Isaías la voz defensora de todos los marginados de la tierra.
La culpa de aquella situación la tenían, según él, los pode­rosos -«los montes y colinas de Israel»-, los jefes del pue­blo en cuyas manos estaba legislar y hacer cambiar al país; a éstos gritaba: «Vosotros devastáis las viñas, tenéis en casa lo robado al pobre» (Is 2,14). Gracias a esta práctica de pillaje y robo, sus mujeres podían convivir con el lujo y el derroche (Is 3,16ss).
Actuales resultan las palabras del profeta cuando se diri­gen a latifundistas y terratenientes: « ¡ Ay de los que añaden casas y casas, y juntan campos con campos hasta no dejar sitio y vivir ellos solos en medio del país» (Is 5,18ss).
Al leer estos textos da la impresión de que el mundo no ha cambiado desde entonces. Su lenguaje es actual y sus de­nuncias valederas. Su objetivo era hacer renacer la vida, im­plantando la justicia en un mundo sembrado de abusos sin fin...

II
UNA ALIANZA NUEVA Y UNIVERSAL
Esto es lo que anuncia Juan Bautista: una alianza universal, una nueva manera de relacionarse con Dios, basada en la libertad de los hombres y que empieza por transformar las relaciones entre los hombres mismos, relaciones que deberán construirse sobre el cimiento del respeto mutuo y la solidaridad.
 
SOLIDARIDAD Y HONRADEZ
Los tres grupos que allí se repartían el poder, culpables de que la tierra de Israel se hubiera convertido en tierra de opresión, encabezaban la presentación de Juan Bautista en el evangelio del domingo pasado; en el de este domingo otros tres grupos de personas van a servir para presentar a los que se interesan por la liberación que Juan anuncia. Todos ellos son víctimas del sistema de poder dominante en Palestina y en todo el imperio; por eso, porque son víctimas de la injus­ticia, se acercan a Juan buscando la libertad que éste proclama. Pero ellos, que son parcialmente responsables de su propia opresión, pues la aceptan sin rebelarse, son también cómplices de la situación de quienes, con su colaboración, son aún más marginados y explotados y sometidos a una mayor servidum­bre; por eso deben empezar por enmendarse.
 Las multitudes le preguntaban:
-¿Qué tenemos que hacer?
El les contestó:
-El que tenga dos túnicas, que las comparta con el que no tiene, y el que tenga qué comer, que haga lo mismo.
Las multitudes representan al pueblo de Israel -hijos de Abraham, se llamaban a sí mismos, según las frases inmedia­tamente anteriores del evangelio (Lc 3,8); ellos, dominados por la ideología religiosa, manipulada por los sumos sacerdo­tes (Lc 3,2), marginan y desprecian a los que no pertenecen a su raza y a su religión.
 Llegaron también recaudadores... El les dijo:
-No exijáis más de lo que tenéis establecido.
Los recaudadores, marginados en la sociedad israelita, uti­lizados por el poder y despreciados por la gente, colabora­ban con los opresores en la explotación del pueblo cobrando -como lo hacían a gran escala los reyezuelos como Herodes, Filipo y Lisano (Lc 3,1)- los impuestos para los romanos y, además, robando lo que podían para sí mismos.
 Incluso unos soldados le preguntaban... Les dijo:
-No extorsionéis dinero a nadie con amenazas; conformaos con vuestra paga.
Y los soldados romanos, que recibían órdenes directamen­te del gobernador, Pilato (Lc 3,1), pertenecientes a las clases populares de Roma y que, quizá dominados por una ideología patriotera y necesitados de un sueldo seguro, se dejaban matar y mataban lejos de los suyos, aceptando ser instrumentos para la dominación de otros pueblos en favor del imperio.
Ellos son, con sus contradicciones a la espalda, los que responden a la predicación de Juan, y a ellos se dirigen las primeras indicaciones sobre lo que hay que hacer para prepa­rarse a participar en el proceso de liberación que, según el anuncio de Juan, está para comenzar. La respuesta de Juan a la pregunta «qué tenemos que hacer» es semejante para todos ellos: hay que ser solidarios, hay que ser honrados, no se debe aprovechar la injusticia establecida en beneficio pro­pio; los oprimidos deben dejar de ser ellos mismos opresores de sus hermanos. Este podría ser el resumen de las respuestas del bautista. No les exige práctica religiosa alguna; sus exigen­cias se refieren a la convivencia, al reconocimiento de la dig­nidad y al respeto de los derechos de los demás: compartir vestido y comida, no robar más a los que ya son robados, no extorsionar, más aún, a los sometidos.
Puede parecer que Juan es poco exigente; pero su misión no es iniciar el proceso de liberación, sino solamente preparar el camino al liberador que llega.

UNA ALIANZA NUEVA Y UNIVERSAL
Yo os bautizo con agua, pero llega el que es más fuerte que yo, y yo no soy quién para desatarle la correa de las sandalias. El os va a bautizar con Espíritu Santo y fuego.
 Los que escuchan la predicación de Juan y se acercan a él pertenecen a tres grupos hasta ahora incompatibles entre sí: judíos de raza y religión; judíos de raza, marginados por motivos religiosos, y no judíos; esta diversidad es signo de la universalidad de su llamada: la ya próxima intervención libe­radora de Dios no se va a limitar esta vez al pueblo de Israel, sino que podrán beneficiarse de ella todos los hombres.
Este proceso de liberación incluye una nueva alianza -esto es, un modo nuevo de relación- que Dios quiere esta­blecer con los hombres y que el evangelista expresa con una frase llena de simbolismo para la cultura hebrea: «... llega el que es más fuerte que yo, y yo no soy quién para desatarle la correa de las sandalias». Esta frase hace alusión a una costumbre muy antigua, conocida como la ley del levirato, que regulaba el derecho a contraer matrimonio en determina­das circunstancias; según dicha ley, cuando ese derecho pasa­ba de un individuo a otro, el que lo adquiría desataba la sandalia del que lo perdía (Rut 4,5-11); por otra parte, el matrimonio había sido usado en la predicación y en los escri­tos de los profetas como símbolo de las relaciones de amor de Dios -el esposo- con su pueblo -la esposa-. Con esta frase Jesús es presentado como el nuevo Esposo, como el que va a instaurar la nueva alianza, una relación de amor entre Dios y los hombres que, acompañados por el mismo Dios y llenos de su Espíritu de amor, luchan por conseguir su libe­ración integral a partir de la solidaridad y el respeto entre los hombres mismos.
Es posible que seamos cristianos sin haberlo decidido nunca de modo responsable. Ahora que nos preparamos para celebrar el nacimiento de Jesús, el liberador, podríamos em­pezar, siguiendo las indicaciones de Juan Bautista, viendo cómo andamos de solidaridad, de honradez, de espíritu uni­versalista..., de libertad personal y de compromiso con la liberación de todos los oprimidos.

III
 El texto del profeta Sofonías nos habla de un tiempo poco antes del reinado de Josías.
El país se hallaba sumido en la mayor miseria moral y hacía tiempo se dejaba sentir la amenaza de Asiria. Sofonías, testigo de los grandes pecados de Israel y del duro castigo con que Dios va a purificar a su pueblo, preanuncia la restauración y redención que Dios va a obrar. A los beneficiarios de ella los llama el “resto”. Con este “resto” creará Dios un pueblo nuevo.
Al final de su libro Sofonías vislumbra algunas luces de esperanza: el rey Josías se presenta como un gran reformador y Asiria parece aflojar por el momento su cerco. Es la ocasión para anunciar días mejores para Jerusalén e invitar a la alegría a través de una gran fiesta en la que todo serán danzas, alegría y regocijo.
Israel rebosa gozo porque el Señor ha cancelado todas sus deudas o el castigo de sus pecados (la cautividad). El Señor establece su trono en Sión. Con Rey tan poderoso y Padre tan misericordioso nada tiene que temer nunca más (v.14-15). Ahora ya no es Israel el que se goza en el Señor; es el mismo Señor quien se goza con su nuevo pueblo. Es como el “esposo” que se goza en la “esposa”. Muchas veces en los profetas la “Alianza” es presentada como “Desposorio”: “Yahvé, tu Dios, está en medio de ti; exulta de gozo por ti y se complace en ti; te ama y se alegra con júbilo; hace fiesta por ti” (v.16-17).
Los textos de la liturgia de hoy nos invitan a la alegría. Ese es el modo de esperar al Señor: la auténtica alegría del pueblo de Dios es Cristo, el Mesías largo tiempo esperado. A los filipenses Pablo les recomienda: “Alegraos siempre en el señor. Otra vez os digo, alegraos”.
El pasaje de Lucas nos habla del testimonio de Juan Bautista, el precursor. Su predicación impresiona al pueblo, la gente se acerca para preguntarle: “¿Qué debemos hacer?” (v.10), es una prueba de que han comprendido el mensaje, perciben que el bautismo de Juan exige un comportamiento. La respuesta llega enseguida: compartan lo que tengan: vestido, comida, etc. (vv. 10-11).
No se pregunta lo que hay que pensar, ni siquiera lo que hay que creer. El Evangelio pretende que el oyente de la Palabra de Dios se convierta, es decir, que su conducta y su comportamiento estén de acuerdo con la justicia que exige el Reino. La buena noticia entraña una exigencia nítida: los que tienen bienes o poder deben compartirlos con los que no tienen nada o son más débiles. Gracias a esta conversión, los pobres y menesterosos son iguales a los otros. En realidad, los pobres no preguntan, sino que están en “expectación”.
El “¿qué debemos hacer?” lo deberían preguntar quienes tienen el dinero, la cultura, el poder... porque la exigencia básica, según la Biblia, es compartir.
Servicio Bíblico Latinoamericano
La conversión es un cambio de conducta más que un cambio de ideas; es la transformación de una situación vieja en una situación nueva. Convertirse es actuar de manera evangélica. El evangelio nos invita a una “conversión al futuro” que se despliega en el Reino. No es mirar y volverse atrás. El futuro (que es Dios y su reinado) es la meta de la llamada a la conversión.
La tentación para no convertirse es quedarse en una búsqueda permanente o contentarse con preguntar sin escuchar respuestas verdaderas. Según el Bautista, la conversión exige “aventar la parva” (saber seleccionar o elegir), “reunir el trigo” (ir a lo más importante y no quedarse en las ramas) y “quemar la paja” (echar por la borda lo inservible o lo que nos inmoviliza); acoger la Buena Nueva de la venida del Señor requiere esa conversión. Con nuestros gestos discernimos lo que nos acerca de aquello que nos aleja de la llegada del Señor. Este día Dios discernirá entre el trigo y la paja que haya en nuestra conducta.
Este domingo se denominó tradicionalmente domingo “gaudete”, o de alegría. Por dos veces nos dice Pablo que estemos alegres, alegres por la venida del Señor, por la celebración próxima de la Navidad, por mantener la esperanza, por situarnos en proceso de conversión y por compartir con los hermanos la cena del Señor.
En la Biblia, la alegría acompaña todo cumplimiento de las promesas de Dios. Esta vez el gozo será particularmente profundo: “El Señor está cerca” (Flp 4,5). Toda petición a Dios debe estar apoyada en la acción de gracias (v. 6). La práctica de la justicia y la vivencia de la alegría nos llevarán a la paz auténtica, al Shalom (vida, integridad) de Dios.
¿Qué debemos hacer? Es la pregunta que muchos nos podemos formular hoy. La respuesta de Juan Bautista no es teoría vacía. Es a través de gestos y acciones concretas de justicia, respeto, solidaridad, y coherencia cristiana, como demostramos nuestra voluntad de paz, vamos construyendo un tejido social más digno de hijos de Dios, vamos conquistando los cambios radicales y profundos que nuestra vida y nuestra sociedad necesitan. Pero para eso, es necesario purificar el corazón, dejarnos invadir por el Espíritu de Dios, liberarnos de las ataduras del egoísmo y el acomodamiento, no temer al cambio y disponernos con alegría, con esperanza y entusiasmo a contribuir en la construcción de un futuro no remoto más humano, que sea verdadera expresión del Reino de Dios que Jesús nos trae, y así poder exclamar con alegría: ¡venga a nosotros tu Reino, Señor!
Para la revisión de vida
Buen tiempo, éste de adviento, para hacerse la pregunta que se hacía la gente al escuchar a Juan: "y nosotros, ¿qué debemos hacer?". Pregunta de conversión que también yo debo hacerme. A la luz de este evangelio, ¿qué respuesta creo que me daría el radical profeta Juan?, ¿qué debo hacer?
Para la reunión de grupo
- En la próxima Navidad volvemos a recibir la alegría y el alborozo del nacimiento de Cristo. Pero, preguntémonos: ¿se ven por algún sitio, en nuestro mundo, en nuestra patria, en nuestra sociedad los signos de la llegada Reinado de Dios? ¿Es Navidad en el mundo? ¿Dónde nace Jesús? ¿Qué significa realmente ser navidad? ¿Les llega a los pobres la salud, la vida, el empleo, la justicia... las Buenas Noticias? ¿Qué podemos hacer para que esta navidad nazca efectivamente Jesús a nuestro alrededor?
- ¿Es la Navidad una celebración muy “occidental” además de cristiana? ¿La celebra también en nuestra región algún grupo étnico o religioso diferente del nuestro? ¿Sería coherente con el sentido cristiano de la Navidad el acercarnos y establecer contacto, diálogo, conocimiento mutuo, posible colaboración?
Para la oración de los fieles
- Para que en este adviento sigamos alimentando nuestra esperanza, chequeándola, profundizándola y compartiéndola, roguemos al Señor
- Por todos los que en estos días cercanos a la navidad se sienten tristes o nostálgicos, lejos de sus familias, en soledad... para que la potencia de su amor supere todas esas distancias y les haga sentirse en comunión universal...
- Para que nos preparemos a la celebración de la navidad con realismo tratando de hacer que "efectivamente nazca Jesús" a nuestro alrededor...
- Para que la lejanía en que hoy día se ubica la utopía que todos los soñadores buscamos, no nos conduzca a la resignación o al fatalismo, sino que quede superada en la constancia, en la fe sin claudicaciones, en la resistencia y el esfuerzo por acercar una y otra vez la utopía del Reino...
- Para que en estas vísperas de navidad la austeridad de Juan Bautista, el precursor, nos recuerde que la sobriedad en el gasto motivada por el deseo de compartir con los más necesitados, es para los pobres una buena noticia que anuncia la efectividad del nacimiento de Jesús...

Oración comunitaria
Oh Dios y Padre-Madre de todos los seres humanos: al acercarse las entrañables fiestas de la Navidad te pedimos que hagas aflorar en nuestras vidas lo mejor de nuestro propio corazón, para que podamos compartir con los hermanos que nos rodean tu ternura,  tu mismo amor, del que nos has hecho partícipes. Nosotros te lo pedimos por Jesús, hijo tuyo, hermano nuestro. A Ti que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

Estos comentarios están tomados de diversos libros, editados por Ediciones El Almendro de Córdoba, a saber:
- Jesús Peláez: La otra lectura de los Evangelios, I y II. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Rafael García Avilés: Llamados a ser libres. No la ley, sino el hombre. Ciclo A,B,C. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Juan Mateos y Fernando Camacho: Marcos. Texto y comentario. Ediciones El Almendro.
        - Juan. Texto y comentario. Ediciones El Almendro. Más información sobre estos libros en 
www.elalmendro.org
        - El evangelio de Mateo. Lectura comentada. Ediciones Cristiandad, Madrid.
Acompaña siempre otro comentario tomado de la Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica: Diario bíblico


viernes, 4 de diciembre de 2015

comentario evangelio lecturas 2 domingo adviento 6 diciembre 2015 ciclo C

LUZ  DEL DOMINGO
Domingo, 6 de diciembre de 2015
SEGUNDO DOMINGO DE ADVIENTO
CICLO C
Primera lectura: Baruc 5, 1-9
Salmo responsorial: Salmo 125
Segunda lectura: Filipenses 1, 3-6. 8-11
EVANGELIO: Lucas 3, 1-6
 “3 1El año quince del gobierno de Tiberio César, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea, Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Filipo tetrarca de Iturea y Traconítide y Lisanio tetrarca de Abilene, 2bajo el sumo sacerdocio de Anás y Caifás, un mensaje divino le llegó a Juan, el hijo de Zacarías, en el desierto.
3Recorrió entonces toda la comarca lindante con el Jor­dán, proclamando un bautismo en señal de enmienda, para el perdón de los pecados, 4como está escrito en el libro del profeta Isaías:
 Una voz clama desde el desierto:
"Preparad el camino del Señor, enderezad sus senderos: 5que todo valle se rellene, que todo monte y colina se abaje, que lo torcido se enderece, lo escabroso se allane, 6y vea todo mortal la salvación de Dios"
COMENTARIOS
I
UN MUNDO DE IGUALES
No es tarea fácil la de igualar a los humanos. Llevamos tan metido en la médula de los huesos el deseo de sobresalir, de ser más, de distinguirnos de los otros, que hasta lo más profundo de nuestro ser se resiste ante semejante empresa.
Se habla de 'igualar' mientras se está abajo, donde 'igualar' es sinónimo de subir. Menos se habla ya cuando se está arriba, donde equivale a descender para que otros suban de nivel. Para los de abajo, la lucha por un mundo igualitario es esperanzadora. Los de arriba mirarán con recelo todo programa en cuyo léxico entre este terrorífico verbo. Difícil y dura tarea. Los profetas que la tomen por bandera deberán refrendarla con sudores de sangre, encontrarán resistencia por doquier.
Que no somos iguales los humanos, o que 'unos somos más iguales que otros' es un axioma que no hay que demostrar.
Pero 'igualar' no es uniformar, no significa perder la pro­pia identidad o función para confundirse con la masa. Es, más bien, situarse en un nivel en el que haya para todos, y lo que a unos sobra remedie la carencia de los otros. Y esto no sólo en lo económico, sino en lo cultural, en tiempo, derechos, re­cursos, esperanzas de futuro... 'Igualar' es acortar la distancia que existe entre ricos y pobres, gobernantes y gobernados, hombre y mujer; es acabar con la dominación de unos sobre otros. Por eso sólo se puede 'igualar' desde una actitud de servicio incondicional. Sólo el que se hace servidor, quien se abaja y se pone a disposición del otro puede ser promotor de igualdad. Sólo renunciando a privilegios y a 'superávit' de cualquier tipo se puede alumbrar un mundo de iguales.
El evangelio de Jesús va por ahí. Es una 'buena noticia' para todos aquellos que sufren la marginación y la opresión, y teniendo derechos, como los que más, no los pueden ejer­cer. Basta con abrir la primera página de esa esperanzadora 'buena-nueva' para comprenderlo: «Que los valles se levan­ten, que los montes y colinas se abajen, que lo torcido se enderece, lo escabroso se iguale. Y todos verán la salvación de Dios» (Lc 3,1ss). Utopía que parece no tener lugar ni ca­bida en nuestro mundo, maravilloso quehacer para una tarea de gobierno, espléndido programa para una comunidad cris­tiana, objetivo directo de un mundo más humano.
Así gritaba Juan Bautista, el último de los profetas del Antiguo Testamento, el precursor del profeta por excelencia, Jesús de Nazaret.
Juan miraba a la ciudad y a la vida pública con sus diver­sos estamentos y estratos sociales. Desde el desierto, fuera del sistema, gritaba a todos. Su mensaje comenzó a prender en el pueblo. Proclamaba lo de siempre, aquello por lo que sus pre­decesores los profetas habían luchado, aquello que aún no se había conseguido y por lo que habían sufrido persecución hasta la muerte: « ¿Hubo un profeta que vuestros padres no persiguieran? Ellos mataron a los que anunciaban la venida del justo, y a él lo habéis traicionado y asesinado vosotros ahora» (Hch 7,52). Así se expresaba Esteban ante la presen­cia de quienes terminarían matándolo a pedradas. Toda la historia de Israel, según él, estaba teñida de sangre de justos, injustamente caídos por una causa justa: la de alumbrar un mundo nuevo, allanado, igualado, hermanado. Tras la sangre derramada de Jesús de Nazaret, la del mismo Esteban estaba a punto de caer al suelo...
Para preparar la venida del 'Justo', y con él la del mundo venidero, los profetas invitaban a una sociedad más iguali­taria. La voz del Bautista era su más viva actualización. Tam­bién tuvo un trágico final. Pero sus palabras y su vida alientan a quienes, tras él, emprenden la noble tarea de hacer un mun­do más habitable por el camino de la igualdad.

II
DE NUEVO LA LIBERACIÓN
No debería resultarnos extraño encontrar un anuncio de libera­ción cada vez que abramos el evangelio; el evangelio, el proyecto de Dios para la humanidad, es eso: la propuesta de un mundo de hombres que, en libertad, se quieren y, amándose, son felices. Ahora y por siempre.

EN LA HISTORIA
El año quince del gobierno de Tiberio César, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea, Herodes tetrarca de Galilea..., bajo el sumo sacerdocio de Anás y Caifás, un mensaje divino le llegó a Juan...
No es sólo una forma erudita de empezar una historia. Lucas, al decirnos exactamente cuándo empezó Juan Bautista a preparar a la gente para recibir a Jesús, está indicando que la intervención de Dios se realiza en unas circunstancias con­cretas de la historia colectiva de la humanidad y no sólo en la conciencia individual de cada persona.
El evangelista, para fijar con precisión el momento histó­rico, presenta los tres grupos que en ese momento se reparten el poder en Palestina y que son los mismos que al final del evangelio llevarán a Jesús a la muerte.
Primero, el imperio, el poder romano, que usurpaba la soberanía de Israel, representado por el emperador Tiberio y su gobernador en Judea, Poncio Pilato, el que pronunciará contra Jesús la sentencia de muerte. Después los sucesores de Herodes el Grande, reyezuelos-títeres de los romanos, que explotaban doblemente al pueblo, una vez en su propio bene­ficio y otra para pagar el tributo de vasallaje al emperador; también Herodes, tetrarca de Galilea, intervendrá en la pasión de Jesús. Y los dirigentes religiosos, representados por Anás y Caifás, que además de usar la religión en beneficio propio, la habían puesto a los pies de los romanos, adormeciendo con ella la conciencia del pueblo; de ellos será la iniciativa de llevar a Jesús a la muerte. Todos ellos, que serán los má­ximos responsables de la muerte de Jesús, son ya los respon­sables de que la tierra que el Señor regaló a Israel se haya convertido en tierra de esclavitud para el pueblo que Dios había liberado repetidamente: de la servidumbre de Egipto y del destierro de Babilonia.
 EN EL DESIERTO
...un mensaje divino le llegó a Juan en el desierto.
 Fuera del control de estos poderes opresores se encuentra Juan: «en el desierto». Hablar del desierto recuerda a los israelitas las acciones del Dios liberador, especialmente la salida de Egipto; les trae a la memoria el proceso que los llevó a constituirse en un pueblo de hombres libres y el tiempo en el que sus relaciones con Dios tuvieron su mejor momento (véase, por ejemplo, Jr 31,2-3; Sal 107,1-8). Allí recibe Juan el encargo de preparar al pueblo para un nuevo éxodo, una nueva intervención liberadora del Dios de Israel.
Para explicar cuál es la misión de Juan, Lucas utiliza las mismas palabras con las que en el libro de Isaías (40,3-5) se anuncia el final del destierro de Babilonia; Juan -nos dice el evangelista de esta manera- realiza aquí la misma misión que llevó a cabo el antiguo profeta: anunciar que Dios va a intervenir de nuevo, que su intervención será nuevamente liberadora y que hay que estar preparados para beneficiarse de la acción de Dios. Y puesto que la tarea de Juan es preparar la misión de Jesús, nos da la clave fundamental para entender el resto del evangelio: la misión de Jesús consiste en realizar un nuevo éxodo, en comenzar un nuevo proceso de liberación que ya no es sólo para un pueblo, sino para toda la humanidad. 
DESDE EL DESIERTO
Una voz clama desde el desierto: «Preparad el camino al Señor...»
 Todo comienza, pues, en el desierto, junto al Jordán. Al atravesar el Jordán culminó el proceso de liberación que había comenzado al pasar el mar Rojo; cruzando el Jordán, los israelitas entraron en la tierra prometida; pero ahora esa tierra, por culpa del dominio del imperio romano, de la corrupción de los reyezuelos y de la infidelidad de los sumos sacerdotes, se ha convertido en tierra de opresión. Y ahora el Jordán señala la salida -el éxodo- de la opresión y el comienzo del camino hacia una libertad definitiva.
Y desde el desierto llama Juan a la gente para que empiece a prepararse, para que empiece a ponerse bien con Dios, tomando la decisión de cambiar de vida y aceptando el perdón de Dios. Los que estén dispuestos a correr el riesgo de buscar la libertad deberán someterse a un proceso de cambio perso­nal, rompiendo con cualquier clase de responsabilidad o de complicidad con el sistema opresor, del que hay que salir para ponerse del lado de Dios. Esa ruptura la expresan los oyentes de Juan acercándose a recibir el «bautismo en señal de enmienda, para el perdón de los pecados», que proclama Juan en la «comarca lindante con el Jordán».
Reflexionar sobre estas cosas debería ser, para nosotros los cristianos, recordar los primeros pasos que nos acercaron a la fe. Pero esto, reconozcámoslo, es sólo teoría: todavía estamos dando esos primeros pasos; todavía quedan en noso­tros valles que rellenar, colinas que allanar y curvas que ende­rezar.
Hagámoslo. Dejémonos liberar y colaboremos en la libe­ración de otros. Rompamos con todo poder y toda opresión y pongámonos de la parte del Dios liberador.
III
EL COMIENZO DE LA MISIÓN DEL BAUTISTA MARCA LA ENCRUCIJADA DE LA HISTORIA
Los datos que enmarcan el comienzo de la misión del Bautista son todos verificables históricamente. Lucas los ha distribuido en dos series a guisa de coordenadas del poder, civil y religioso. El poder civil está estructurado a modo de pirámide: en la cúpula del poder se encuentra el emperador Tiberio, que ostenta el gobierno universal; debajo, Poncio Pilato, gobernador de la Judea; más abajo, hay una tetrarquía repartida entre Herodes, Filipo y Lisanio, quienes han debido conformarse con pequeñas parcelas de poder. El poder religioso está representado por dos personajes, emparentados entre ellos, unidos mediante una designación desconcertante, «bajo el sumo sacerdote (en sg.) Anás y Caifás»: Lucas quiere poner de relieve que Caifás, el sumo sacerdote en activo, no es sino un títere de Anás; éste, aunque había sido destituido, continúa ejerciendo el poder supremo.
En el punto de la historia universal marcado por la coexisten­cia de todos estos poderosos, «el año quince», Dios envía un mensaje a Juan, «el hijo de Zacarías», es decir, el heredero de toda la tradición religiosa de su padre, «en el desierto», pues ha roto con su tierra, la tierra prometida, que se ha convertido en tierra de opresión, a fin de que proclame un nuevo éxodo, una liberación de la esclavitud. 
EL INICIO DEL MINISTERIO DE JESÚS, EL PUNTO ALFA DE LA NUEVA HUMANIDAD
A diferencia de los datos rigurosamente históricos que encua­dran el comienzo del ministerio del Bautista, los datos que des­criben la unción mesiánica de Jesús trascienden las categorías y la experiencia del hombre y no son, por consiguiente, científica­mente comprobables. Al doble «gobierno/gobernador» de Tiberio/Poncio Pilato corresponde ahora un doble «bautizarse»; a los tres «tetrarcas», tres acontecimientos relativos a la esfera divina; al «sumo sacerdote», de cariz religioso, la oración de Jesús. Ofrezco la traducción literal de este pasaje, incorporándole la nueva puntuación que justifiqué en la revista Bíblica (65/1984):
 «Sucedió que,
después de bautizarse el pueblo en masa
y -habiéndose bautizado Jesús,
mientras oraba-
después que se hubiese abierto el cielo
y que hubiese bajado el Espíritu Santo sobre él
en forma corpórea como de paloma
y que se hubiese oído una voz del cielo:
«Hijo mío eres tú, yo hoy te he engendrado",
también él, Jesús, comenzaba como a la edad de treinta años, siendo hijo -según se creía- de José (1º), de... Josué (28º)... de David (42º)... de Abrahán (56º)... de Henoc (70º)... de Adán (76º), de Dios (77º).»
 Con dos encabezamientos solemnes, uno repleto de datos históricos y el otro rebosante de rasgos metahistóricos, Lucas enmarca el que podríamos llamar punto Alfa de la historia del Hombre nuevo, momento en que Jesús inaugura el reinado de Dios entre los hombres. Juan inició su predicación dirigiendo a todo el pueblo de Israel la enmienda como respuesta a la situa­ción de opresión en que vivía el pueblo bajo el poder despótico ejercido por los gobernantes extranjeros y por sus propios diri­gentes, civiles y religiosos; Jesús ha acudido al Jordán como uno más, pero no para sellar con el bautismo de agua una actitud interior de conversión, sino para sancionar con un gesto signifi­cativo su plena disposición interior a aceptar hasta la misma muerte (sentido de la inmersión en el agua), a fin de llevar a término el encargo que le había sido confiado. Los acontecimien­tos externos que tienen lugar después de haberse bautizado, en el momento en que se puso a orar y durante la plegaria, sirven para describir la experiencia interior que acaba de tener Jesús en el momento de su unción mesiánica. A la disposición expre­sada por Jesús de entrega incondicional, corresponde por parte de Dios la donación total de su Espíritu.
La fortísima experiencia que ha tenido Jesús en su unción mesiánica se describe a base de tres imágenes, dos visuales y una auditiva. El «cielo abierto» de par en par, después de siglos en que se ha mantenido «cerrado», por haber acallado el pueblo de Israel la voz de los profetas, abre una nueva etapa en la historia, la comunicación definitiva y permanente del hombre con Dios. Se trata de una imagen visual estática. La segunda, en cambio, es dinámica: la bajada del Espíritu Santo sobre Jesús para ungirlo con la unción del rey mesiánico (Is 11,1-5), del Servidor de Dios con misión universal (42,1 -7), del Profeta-Me­sías (61,1-4). No se trata ya de una inspiración puntual, por el estilo de los profetas, sino de una unción permanente, al reposar el Espíritu «sobre él».
La forma de paloma alude al Espíritu creador de Gn 1,2; la calificación de «corpórea» subraya que se trata de una experien­cia real y tangible, aunque describa una experiencia personal. Los evangelistas suelen echar mano de imágenes y figuras exter­nas para describir experiencias interiores. La unión efectiva y permanente entre el Espíritu de Dios y el hombre Jesús cierra una etapa de la revelación (AT) y abre una nueva: la creación culmina en Jesús, el Hombre perfectamente acabado, el Hijo del hombre.
El texto de la comunicación celeste, imagen auditiva, varía según los manuscritos. La que figura en la mayoría de traduccio­nes: «Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto», es igual a la de Marcos. Seguimos la que se encuentra en algunos manuscritos y muchos Padres de la Iglesia latinos y griegos antiguos, inspirada en el Salmo 2,7, por considerarla propia, si bien no exclusiva de Lucas (cf. Hch 13,33; He 1,5; 5,2).
En el preciso momento en que Jesús se ha puesto a orar abriendo un diálogo permanente del hombre con Dios, éste ha derramado sobre él la plenitud de su Espíritu dándole a luz como Mesías. 
IV
 El tiempo de adviento es tiempo de esperanza y de apertura al cambio: cambio de vestido y de nombre (Baruc), cambio de camino (Isaías). Cambiar, para que todos puedan ver la salvación de Dios.
En un bello poema Baruc canta con fe jubilosa la hora en que el Eterno va a cumplir las promesas mesiánicas, va a crear la nueva Jerusalén, va a dar su salvación. Jerusalén es presentada como una “Madre” enlutada por sus hijos expatriados. Dios regala a Sión, su esposa, la salvación como manto regio, le ciñe como diadema la “Gloria” del Eterno. La Madre desolada que vio partir a sus hijos, esclavos y encadenados, los va a ver retornar libres y festejados como un rey cuando va a tomar posesión de su trono. Le da un nombre nuevo simbólico: “Paz de Justicia-Gloria de Misericordia”; es decir, Ciudad-Paz por la salvación recibida de Dios. Ciudad-Gloria por el amor misericordioso que le tiene Dios.
Haciéndose eco de los profetas del destierro, Baruc dice una palabra consoladora a un pueblo que pasa dificultad: “El Señor se acuerda de ti” (5,5). Ya el segundo Isaías se había preguntado: “¿Puede una madre olvidarse de su criatura? (...) pues aunque ella se olvide, yo no me olvidaré” (Is 49,15). El Dios fiel no se olvida de Jerusalén, su esposa, que es invitada ahora a despojarse del luto y vestir “las galas perpetuas de la Gloria que Dios te da” (5,1). Es la salvación que Dios ofrece para los que ama, de los que se acuerda en su amor.
¿Dónde está nuestro profetismo cristiano? El profeta no es un adivino, ni alguien que predice los acontecimientos futuros. El profeta se enfrenta a todo poderío personal y social, habla desde el “clamor de los pobres” y pretende siempre que haya justicia.
Obviamente le preocupa el futuro del pueblo, la situación sangrante de los pobres. Los profetas surgen en los momentos de crisis y de cambios para avizorar una situación nueva, llena de libertad, de justicia, de solidaridad, de paz.
La misión del profeta cristiano es cuestionar los “sistemas” contrarios al Espíritu, defender a toda persona atropellada y a todo pueblo amenazado, alentar esperanzas en situaciones catastróficas y promover la conversión hacia actitudes solidarias. Tiene experiencia del pueblo (vive encarnado) y contacto con Dios (es un místico), y de ahí obtiene la fuerza para su misión. Por medio de los profetas, Dios guía a su pueblo “con su justicia y su misericordia” (Bar 5,9). El profeta “allana los caminos” a seguir.
En el evangelio, al llegar la plenitud de los tiempos, el mismo Dios anuncia la cercanía del Reino por medio de Juan y asegura con Isaías que “todos verán la salvación de Dios” (Lc 3,6). Para el Dios que llega con el don de la salvación debemos preparar el camino en el hoy de nuestra propia historia.
Juan Bautista, profeta precursor de Jesús, fue hijo de un “mudo” (pueblo en silencio) que renunció al “sacerdocio” (a los privilegios de la herencia), y de una “estéril” (fruto del Espíritu). Le “vino la palabra” estando apartado del poder y en el contacto con la bases, con el pueblo. La palabra siempre llega desde el desierto (donde sólo hay palabra) y se dirige a los instalados (entre quienes habitan los ídolos) para desenmascararlos. La palabra profética le costó la vida a Juan. Su deseo profético es profundo y universal: “todos verán la salvación de Dios”. La salvación viene en la historia (nuestra historia se hace historia de salvación), con una condición: la conversión (“preparad el camino del Señor”). ¿Qué debemos hacer para ser todos un poco profetas?
La invitación de Isaías, repetida por Juan Bautista y corroborada por Baruc, nos invita a entrar en el dinamismo de la conversión, a ponernos en camino, a cambiar.
Cambiar desde dentro, creciendo en lo fundamental, en el amor para “aquilatar lo mejor” (Flp 1,10). Con la penetración y sensibilidad del amor escucharemos las exigencias del Señor que llega y saldremos a su encuentro “llenos de los frutos de justicia” (1,11).
Esa renovación desde dentro tiene su manifestación externa porque se “abajan los montes”, se llenan los valles, se endereza lo torcido y se iguala lo escabroso (Bar 5,7). Se liman asperezas, se suprimen desigualdades y se acortan distancias para que la salvación llegue a todos. La humanidad transformada es la humanidad reconciliada e igualada, integrada en familia de fe: “los hijos reunidos de Oriente a Occidente” (Bar 5,5).
Convertirse entonces es ensanchar el corazón y dilatar la esperanza para hacerla a la medida del mundo, a la medida de Dios. Una humanidad más igualitaria y respetuosa de la dignidad de todos es el mejor camino para que Dios llegue trayendo su salvación. A cada uno corresponde examinar qué renuncias impone el enderezar lo torcido o abajar montes o rellenar valles. Nuestros caminos deben ser rectificados para que llegue Dios.
Adviento es el tiempo litúrgico dedicado por antonomasia a la esperanza. Y esperar es ser capaz de cambiar, y ser capaz de soñar con la Utopía, y de provocarla, aun en aquellas situaciones en las que parece imposible.
Dejémonos impregnar por la gracia de este acontecimiento que se nos aproxima, dejemos que estas celebraciones de la Eucaristía y de la liturgia de estos días nos ayuden a profundizar el misterio que estamos por celebrar.
Unidos en la esperanza caminamos juntos al encuentro con Dios. Pero al mismo tiempo, Él camina con nosotros señalando el camino porque “Dios guiará a Israel entre fiestas, a la luz de su Gloria, con su justicia y su misericordia” (Bar 5,9).
Para la revisión de vida
Preparen el camino del Señor, enderecen sus senderos... ¿Qué caminos torcidos hay en mi vida? ¿Qué es lo que El quiere que yo enderece en mi vida personal? Y, ¿sobre qué caminos torcidos de la sociedad puedo y debo influir para enderezarlos?
Para la reunión de grupo
- ¿Cuales son los grandes caminos torcidos hay en la sociedad de hoy, las causas más influyentes en el malestar de esta sociedad mundial conmocionada por la inseguridad, la tensión, el terrorismo?
Servicio Bíblico Latinoamericano
- ¿Qué caminos se puede construir para la esperanza en esta sociedad? ¿Cómo enderezar caminos para que llegue más expedito el Reinado de Dios?
- ¿Cómo vive este tiempo inmediato a la Navidad el común del pueblo?
- Se dice que "cambió el paradigma", y "ya no es tiempo de profetismo, sino de sabiduría", ya no es tiempo de denuncias, sino de exilio y de contemplación… ¿Estamos de acuerdo? ¿Por qué?
- Comentar: la misión del Bautista como precursor de Jesús y la misión de los cristianos hoy como preparadores de los caminos de Dios en un tiempo de pluralismo religioso. ¿Qué ideas u opiniones tenemos acerca de la conversión?
Para la oración de los fieles
- Para que en este tiempo de Adviento, alimentemos nuestra esperanza y la de los demás, dando testimonio concreto, con nuestro compromiso, de que el mundo puede cambiar y de que la esperanza es posible, roguemos al Señor.
- Para que no nos falten profetas en este desierto en el que se dice que ya pasó la hora del profetismo y sólo es hora de "sabiduría silenciosa"...
- Por todos los que tienen vocación de profecía, para que la secunden y no nos priven de ese don de Dios que a todos nos pertenece...
- Por todos los que gritan y claman proféticamente: para que no se cansen, aunque se sientan "voz que clama en el desierto"...
- Ante el aniversario de la Declaración de los Derechos Humanos, oremos por la sociedad civil, para que cada vez cale más en ella una conciencia de su obligatoriedad, su necesaria observación y cumplimiento, su mundialización…
- Por el mundo entero, para que demos pasos hacia un mundo donde sean efectivos todos los derechos humanos...
Oración comunitaria
Oh Dios Padre y Madre, que suscitaste a Juan Bautista precediendo a Jesús, anunciándolo y clamando por la conversión; haz que también nosotros seamos siempre "precursores" de la Buena Noticia que Jesús anunció, enderezadores de los caminos por los que cada día estás queriendo venir a nosotros, por Él, que vive y reina contigo por los siglos de los siglos.
Oh Dios de todos los pueblos, que has enviado a lo largo de los siglos mensajeros, profetas y precursores tuyos para todos los pueblos; te pedimos que nosotros los cristianos reconozcamos tu presencia en todos ellos, y nos alegremos de tu acción constante y callada en todos los pueblos y en todas las religiones, hasta el día en que llegue el Adviento de tu Reinado para todos los seres humanos. Nosotros te lo pedimos por Jesús, hijo tuyo, nuestro hermano mayor. Amén.

Estos comentarios están tomados de diversos libros, editados por Ediciones El Almendro de Córdoba, a saber:
- Jesús Peláez: La otra lectura de los Evangelios, I y II. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Rafael García Avilés: Llamados a ser libres. No la ley, sino el hombre. Ciclo A,B,C. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Juan Mateos y Fernando Camacho: Marcos. Texto y comentario. Ediciones El Almendro.
        - Juan. Texto y comentario. Ediciones El Almendro. Más información sobre estos libros en 
www.elalmendro.org
        - El evangelio de Mateo. Lectura comentada. Ediciones Cristiandad, Madrid.
Acompaña siempre otro comentario tomado de la Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica: Diario bíblico.