lunes, 7 de diciembre de 2020

Adviento, navidad, tiempo

TIEMPO DE ADVIENTO


José Antonio Espejo Zamora

       Pensar que éste es el Hijo de Dios y que ésta es su madre sigue siendo inaceptable para muchos y así seguirá siendo. Realmente, este hombre, al que llora su madre está entre las víctimas. Pudo ser una víctima de la guerra, pero no lo fue; pudo caer tras una enfermedad, pero no fue eso lo que lo llevó a sentarse entre las víctimas. Lo que lo colocó entre ellas fue el intento de vivir una vida ordinaria y cotidiana.  Intentó ser hombre. Anduvo por los caminos, habló con sus amigos y se confrontó con sus enemigos; habló con la libertad que desearía hacerlo todo hombre, se sentó para conversar con una samaritana, enemiga de su pueblo, pero no de él; ambos bebieron; se recostó para comer con los suyos; noches de sereno diálogo con Dios, su padre, o atormentadas, como en Getsemaní. Cuando murió Lázaro lloró; cuando vio una multitud que no tenía qué comer, se compadeció, también cuando oyó llorar a una madre la muerte de su hijo, nada extraordinario que no hayan vivido y sentido millones de personas a lo largo de la historia: andar, comer, llorar, sentir, y como en toda persona, también en él palpita con fuerza el misterio que, si se nos desvelase, podríamos llegar a conocer a este hombre; como toda persona que desde el interior de su propio misterio dijese: éste soy yo. Oculto. ¿Acaso nos desvelamos ante cualquiera? A veces nos vemos sorprendidos, pues alguien ha penetrado dentro de nosotros y, desvistiéndonos de las apariencias, se ha introducido en el misterio que somos; el único instrumento para ello es el amor; lo demás sería una violación. El amor nos desarma y nos desvela. También Jesús queda desarmado ante el amor, entonces se desvela y más allá de las apariencias, surge del misterio el Hijo de Dios. Desde que comenzó la modernidad, conocer se ha convertido en sinónimo de dominar; sólo conozco algo cuando lo domino; dominando entiendo: las cosas, la naturaleza; así lo hace la ciencia en sus laboratorios, deshacer para analizar; en la medida en que voy dominando la cosa, la voy conociendo; entre las personas, en cambio, en la medida en que las voy dominando, las voy destruyendo; entre las personas, conocer es posible en tanto en cuanto se aman, entre las personas, dominar, destruir o violar no equivale a entender; entre las personas, sólo hay conocimiento en la medida en que aman. Sólo puedo llegar a conocer a Jesucristo si lo amo. La teología, la ciencia, la filosofía no sirven para conocer a una persona, tampoco a Dios. Los libros son como el prospecto de un medicamento, nos informan pero no nos dan la salud; sólo cuando correctamente me medico recupero la salud; de la misma manera, sólo cuando amo llego a la cúspide de lo que es ser persona. Obviamente, tampoco el perfecto desarrollo biológico de un cuerpo construye a una persona; sólo el desarrollo del alma, en todas sus posibilidades, hace que una máquina  llegue a ser persona: libertad, amor, pensamiento, comunión…


Si el desarrollo económico necesita del tiempo de comprar y vender, del tiempo de las rebajas, del tiempo de vacaciones, el tiempo pensado como instrumento económico, la persona, para serlo, necesita del tiempo litúrgico, requiere que el tiempo sea marcado con el pálpito del desarrollo de su alma; requiere sacralizar su tiempo: tiempo para la esperanza, adviento; tiempo de plena alegría, Navidad; tiempo de lo cotidiano, esto es, tiempo para vivir lo rutinario, lo finito, pues no somos sólo infinito, sólo alma, sólo eternidad; la cuaresma, tiempo para la austeridad, para la purificación, para la reconstrucción del alma que se vuelca hacia la comunión entre los amigos, incluido Dios (Última Cena); destrucción de la comunión, dispersión de los amigos, muerte y silencio de Dios; tragedia tantas veces acontecida en la historia de los hombres (Viernes Santo); el silencio absoluto del Sábado Santo; en la oscuridad de la noche se gesta la luz; la Resurrección de Cristo, que tras bajar al lugar de los muertos despierta a la vida a los que cayeron, la Pascua de Resurrección, cincuenta días como si fuese uno sólo para cantar con Pablo: muerte ¿dónde está tu victoria? El tiempo litúrgico no elimina al tiempo económico, éste último no es mas que una caricatura del primero; del mismo modo la persona sin el tiempo litúrgico se convierte en caricatura de sí misma. El hombre sin su alma no es mas que un instrumento de la economía; y su obra, la del hombre, ya sea en el ámbito científico, político, cultural… se convierte en instrumento económico; haciendo de la sociedad un espacio tragicocómico.


En la celebraciones litúrgicas entran en juego todo lo que es la persona. Los sentidos, el olfato (incienso, el olor de las flores); la vista (los gestos, los colores, el barroco de la pascua de navidad y de resurrección; la austeridad de la cuaresma…); el tacto (el gesto de la paz, tomar la comunión); el gusto (beber el vino, comer el pan); el oído (la escucha de la Palabra y de las palabras, la música, el silencio); el cuerpo en movimiento se convierte en la expresión del alma: de pié ante Dios, mirándolo a la cara, como entre iguales; inclinado y recogido dentro de sí para pedir perdón; arrodillados como los magos de oriente cuando vieron al niño en Belén, o como los que han sido curados o han recobrado la vista, o como la mujer que le lavó los pies a Jesús, o como el mismo Cristo en oración. El silencio y la palabra; los ojos cerrados para ver con el tercer ojo como nos dirá Hugo de San Victor, el ojo del alma.


La filósofa Hannah Arendt distinguirá, como recoge la última encíclica del Papa Francisco, entre Pueblo y populacho, afirmará que el populacho es la caricatura del Pueblo, y que está compuesto por los residuos de todas las clases sociales; esto es el populacho no son los pobres, está integrado por pobres y ricos, por personas cultas e incultas; el Pueblo está compuesto por individuos que no han perdido su alma, esto es, su capacidad para la libertad, para pensar, para amar; el pueblo esta compuesto por las personas que son señoras de sí mismas, y que por lo tanto no le regalan a ningún líder, a ninguna institución, a ningún partido, a ninguna ideología su alma.


La liturgia debe contribuir a construir al Pueblo y no al populacho por ello debe hacerse correctamente, en la liturgia sobran las mil moniciones, las peticiones que no expresen las necesidades de los hombres, los muñequitos, los globos y demás pamplinas que degradan al Pueblo, a la liturgia y que banalizan las experiencias fundamentales del hombre y de la relación de éste con Dios. Un día en Valladolid tomando café con el Premio Cervantes, José Jiménez Lozano, me dijo que cada día se acercaba a la ciudad desde su pueblo para asistir a misa pues el cura de su pueblo cantaba la canción La misa es una fiesta muy alegre, Lozano añadió: ¿esto no era una tragedia?. A veces algunos introducen en las celebraciones litúrgicas “innovaciones” de este estilo, buscan hacer una liturgia más atractiva para la gente, como si fuese un teatrito banal, porque desde luego no llegan a ser Samuel Beckett, otros se centran en la liturgia tridentrina pero sin el fondo teológico del concilio de Trento, que tanto bien hizo a la Iglesia y a la gente sino que al igual que los modernos hacen de la liturgia un teatrito con olor a bolas de alcanfor pero sin conexión con el tiempo que nos toca vivir, estos quisieran ser Calderón de la Barca y no alcanzan ni a Avellaneda. Por otro lado están los encargados de la liturgia en el Vaticano con sus asesores, estudiosos etc… a ellos ni se les ve ni se les conoce. Pongamos dos ejemplos: el color morado para las celebraciones del adviento, la cuaresma y los funerales, qué ocurre que eran daltónicos los liturgistas y no vieron nunca el arco iris y su infinidad de combinaciones o simplemente carecían de la capacidad de empatía para distinguir las experiencias vitales que acontecen en el adviento, en la cuaresma y en un funeral. Qué ocurre, que si soy un indígena puedo celebrar la liturgia con plumas en la cabeza y hacer el baile de mi tribu pero si soy un occidental, esto es, heredero de Grecia, Roma y del pueblo Judío no puedo vestirme de negro en un funeral, como si la muerte no fuese una tragedia; con esperanza pero tragedia. En un funeral los dolientes asisten vestidos de negro, al menos en mi mundo cultural, pues es el modo solemne y elegante de expresar el dolor, pero el sacerdote y el ambón vestidos de morado como si el desarrollo de la liturgia no expresase de otros muchos modos la esperanza y la resurrección. El segundo ejemplo es que durante la liturgia el sacerdote siempre está de cara al pueblo y me pregunto si no hay momentos en la liturgia donde el sacerdote entrando en comunión con el resto del Pueblo de Dios se gire con ellos y juntos con la misma postura pueda recogerse en oración mirando como Jesucristo en las noches de oración miraba a su padre. Esto se ridiculiza diciendo que se trata de dar la espalda al pueblo, sin embargo, pienso que se trata de caminar junto al pueblo, de orar junto al resto de los cristianos; la liturgia no es un teatro donde el sacerdote es el actor principal. No estoy proponiendo que durante toda la misa el sacerdote mire al sagrario, pero cuando se celebra la misa hay momentos en el que el sacerdote nota cómo debería estar haciendo ciertas oraciones y no mirando al pueblo, sino con el pueblo, mirando a Dios. Hay ciertas liturgias que parecen un inmanentismo-tautológico; en palabras llanas: nosotros nos lo guisamos, nosotros nos lo comemos mientras giramos sobre nosotros mismos; al tiempo que giramos nos miramos sin ver ni lo sagrado en el otro ni en uno mismo, puesto que en esa danza falta la mirada a Él.

El mundo del Adviento no es una cuaresma de menor categoría; en él, se moviliza el tiempo en, al menos, dos direcciones: la lineal, que avanza hacia la Noche Buena; y la vertical, que tiene que ver con el tiempo del alma humana; casi en el centro del mismo, la Iglesia mira a María, la sin pecado, nos hace mirar a la plena realización del hombre en una mujer, María Inmaculada. La llena de Gracia comparte con nosotros la dinámica del bien en la historia; a través de la Gracia, vemos la acción de Dios en la obras de la madre Teresa de Calcuta, en la obra de Gandhi en la de Martin Luther King; en esos momentos sagrados  de la historia humana, como cuando Edith Stein toma de la mano a su hermana al salir del Carmelo y le dice: por nuestro pueblo, camino de los campos de concentración donde morirán a manos de uno de los tres grandes ateos del siglo XX; podrían haber muerto en la tierra de Stalin o en la del otro gran ateo, Mussolini.


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